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899. María Sánchez Abós, maestra.

Para entender la significación de María Sánchez Arbós (Huesca, 31 de octubre de 1889-Madrid, 15 de agosto de 1976) en la educación española es necesario remontarse un poco en el tiempo para considerar el trabajo que realizaron aquel grupo de intelectuales que se reunieron en torno al círculo filosófico de Julián Sanz del Río, profesor de la Universidad Central que, tras su viaje a Alemania, introdujo en España las ideas de Krause, un discípulo de Hegel. A partir de entonces, y bajo la bandera del krausismo, germinaron algunas de las iniciativas más importantes de nuestra historia social y cultural. Una de ella fue, sin ninguna duda, la Institución Libre de Enseñanza (ILE) que fundó Francisco Giner de los Ríos en 1876 en compañía de un grupo de liberales –muy vinculados al proceso revolucionario de la Gloriosa (Gumersindo de Azcárate, Figuerola, Federico Rubio, Eduardo Gasset y Artimo, Eduardo Chao, Joaquín Costa, Segismundo Moret, Eugenio Montero Ríos, Nicolás Salmerón, etc.)- que pensaron que el principal problema de este país era el de la educación. Como ha señalado Cuesta Escudero, si sólo se atendiera a los 200 ó 300 alumnos que se formaron en las aulas de la ILE, habría que reconocer que la influencia de este centro no pudo ser mucha, sin embargo, los institucionistas crearon un estado de opinión que se extendió a todos los ámbitos culturales, políticos e ideológicos. En muchas ocasiones, fueron los poderes públicos los que recurrieron al bagaje de la Institución para plantear las reformas legislativas.

La extensión de los ideales de aquel reducido grupo de personas fue posible a través de diversos medios como el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza (BILE) que se publicó desde 1877 hasta 1936 y que fue cauce de penetración de las grandes corrientes de pensamiento europeo; por la presencia y participación de destacados institucionistas en congresos pedagógicos y científicos; por la dispersión de profesores formados en la ILE o en sus Centros por todo el territorio del Estado (como por ejemplo, las Universidades de Oviedo, Barcelona, Sevilla, Salamanca, Valladolid, etc., que acogieron en sus claustros a profesores pertenecientes a la Institución o que compartían sus postulados o simpatizaban con sus ideas). A este último grupo, el de los simpatizantes, suscriptores de publicaciones, etc., se le ha denominado la Institución difusa, y ha sido considerado por los historiadores de la educación como el grupo más determinante en la extensión de la influencia institucionista.

Además de las vías de difusión del pensamiento institucionista que acabamos de señalar, durante las últimas décadas del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX se hicieron realidad algunas iniciativas por influencia de los institucionistas que acabarían transformando el panorama intelectual y científico español. Entre éstas podemos considerar el Museo Pedagógico (1882); la Junta para Ampliación de Estudios (1907), que auspició viajes de científicos, profesores, maestros y estudiantes al extranjero; la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio (1909), donde se formaban los inspectores y profesores de Escuelas Normales; la Residencia de Estudiantes (1910), que fue la casa de personalidades como Alberti, García Lorca, Menéndez Pidal, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Ortega y Gasset, Américo Castro, Dalí, Moreno Villa, Buñuel, Jorge Guillén, Salinas, Azorín, etc., y en sus laboratorios trabajaron científicos como Ramón y Cajal, Achúcarro, Calandre o Sacristán; el Instituto-Escuela (1918), que se convirtió en laboratorio pedagógico para ensayar reformas que permitieran la unidad dentro del sistema educativo, la unidad entre la educación primaria y la secundaria; las Misiones Pedagógicas (1932), cuyo patronato presidió Manuel Bartolomé Cossío y que pretendieron llevar la cultura a aquella anacrónica España rural de los años treinta.

En buena medida, ésta es la tradición pedagógica que conformaría la filosofía educativa de la II República que, tal y como expresaba Marcelino Domingo, primer ministro de Instrucción Pública, heredó "una tierra poblada de hombres rotos", y mediante la educación, mediante la acción de la escuela se intentó una revolución pedagógica. Así lo defendió Rodolfo Llopis en Zaragoza en diciembre de 1932: "La misión de la escuela es transformar el país en estos momentos (...) que los que estaban condenados a ser súbditos, puedan ser ciudadanos conscientes de una República". De ahí que el régimen de Franco pusiera tanto empeño en borrar de las memorias todo lo que recordase el trabajo en favor de la educación y en beneficio de la extensión de la cultura realizado por la República.

El magisterio -y, por supuesto, el sistema educativo-, después de la Guerra Civil, tras la persecución, se convirtió en una profesión al servicio de los intereses del régimen totalitario. Muchos maestros, profesores, artistas e intelectuales sufrieron el exilio. Otros, enfermos de soledad, de impotencia y de miedo permanecieron en el interior de un país que les había sido arrebatado.

María Sánchez Arbós fue la maestra aragonesa que más cerca estuvo de todo aquel movimiento de renovación cultural y pedagógica que defendía el respeto a la libertad; la importancia de la educación integral como alternativa al intelectualismo imperante; la necesidad de que la vida penetrase en la escuela; la importancia de conocer al niño y respetar sus ritmos evolutivos de desarrollo; la urgencia de abrir los centros científicos y docentes a Europa; la coeducación; la educación para la tolerancia, etc. Como veremos, conoció, trató y gozó de la amistad de hombres y mujeres con grandes responsabilidades en estos proyectos y, además, trabajó en la concreción práctica de algunas de las empresas educativas más fecundas de la época. Luego, sufrió la depuración y la cárcel. Con este trabajo quisiéramos arrojar sobre ella un poco de luz y librarla de un injusto olvido.

María Sánchez Arbós era hija de Manuel Sánchez Montestruc, secretario del Ayuntamiento de Huesca, y de Paciencia Arbós Campaña. Fue una joven inquieta y como tenía deseos de independizarse, tras cursar los dos primeros años de Magisterio en Huesca, en la Normal instalada en el convento de Santa Rosa, se trasladó a Zaragoza con el decidido propósito de obtener el grado superior. Ya había concluido el Bachillerato en el instituto de la capital oscense. Los estudios de magisterio fueron, durante décadas, uno de los pocos caminos abiertos para aquellas mujeres que deseaban continuar estudios más allá de la escuela primaria. Para muchas jóvenes, sin ninguna aspiración laboral, se convertían en unos "estudios de adorno". En Zaragoza ejerció como maestra de párvulos, pero descontenta con la labor que realizaba, firmó las oposiciones que convocó el rectorado de Madrid (1912) y obtuvo la escuela de La Granja de San Ildefonso.

Lo más importante para esta maestra parece que ocurrió por casualidad y, además, casi todo sucedió en abril. Como si el destino hubiera querido hacerle un guiño, cuando acudió a La Granja a tomar posesión de su escuela, el 11 de abril de 1913, allí estaba Francisco Giner de los Ríos con los niños de la ILE disfrutando de una de sus frecuentes excursiones. Ya durante el primer año de estancia en esta escuela e impulsada por una inquietud intelectual que le acompañó siempre, inició los estudios de Filosofía y Letras. Más tarde, en septiembre de 1915, cuando paseaba por Madrid se encontró con Rosa Roig, una antigua compañera de la Normal de Zaragoza que acababa de graduarse en la Escuela Superior del Magisterio. Aquella tarde, después de muchas confidencias y de compartir sueños e insatisfacciones, Rosa Roig llevó a María al Museo Pedagógico. Allí escuchó la conferencia de Manuel Bartolomé Cossío "El maestro, la escuela y el material de enseñanza" que, tal y como escribiría casi cincuenta años después María Sánchez Arbós, "borró todos mis pesares y me dio ánimo para conquistar la escuela con que yo soñaba". Cuando Cossío defendió la importancia del juego en el desarrollo infantil, la necesidad de buscar en la realidad el mejor material de enseñanza, la urgencia de "gastar" en maestros y de formar superiormente al profesorado de todos los grados... la joven maestra supo que en ese ambiente, en esa escuela, entre ese grupo de personas encontraría las respuestas que buscaba porque "el alma" que transmitía Cossío con sus palabras era lo que perseguía y no había encontrado hasta entonces.

Es fácil suponer cómo aquel encuentro con Manuel Bartolomé Cossío y con lo que Cossío representaba terminó condicionando toda la vida de María Sánchez Arbós: sus estudios en la Escuela Superior del Magisterio, su estancia en la Residencia de Señoritas, su trabajo en el Instituto-Escuela, su matrimonio con Manuel Ontañón, su relación con los hombres y mujeres de la ILE, sus colaboraciones en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, en la Revista de Pedagogía, en La Escuela Moderna, etc. y, después, como ya hemos apuntado, la depuración, la cárcel y la expulsión del magisterio.


Mi diario: la mirada de una maestra.

Quizá convenga empezar por lo que sería, cronológicamente, el final. En 1961 María Sánchez Arbós publicó en México un diario del que se hizo una edición limitadísima de tan sólo 100 ejemplares. Este diario es la principal fuente documental utilizada en la elaboración de este trabajo.

María Sánchez Arbós preparó esta edición partiendo de las notas que contenían unos cuadernos que le habían acompañado desde 1918, desde su primera época como maestra en el Instituto-Escuela. Cuando lo hizo, se encontraba en un momento muy especial: su marido había muerto unos meses antes y ella estaba abatida, desanimada y sola, a pesar de la cercana compañía de sus hijos y nietos. Por otra parte, hay que considerar que en España no habían cambiado los pilares del régimen impuesto por el general Franco en 1939. Además, algunos dolorosos hechos estaban muy vivos en el recuerdo de esta maestra. Estas circunstancias explican, en primer lugar, que el libro se editase tan lejos y, después, las elipsis, los silencios de algunos episodios que necesariamente hubieron de invitarle a la reflexión porque un diario se caracteriza por la inmediatez, por el presentismo de lo que el testimonialista cuenta. En el caso del diario no existe el filtro del tiempo tan presente en las memorias. El diarista carece de perspectiva y la escritura se convierte en "lugar de repliegue, de confinamiento, de preservación del yo; el diario se erige como un espacio privilegiado para exprimir ese indefinible malestar que atenaza el ánimo y arrojarlo por la borda".

Esta maestra tuvo en su vida muchos momentos de angustia, como tantos españoles que compartieron los mismos dramas.

Un diario está escrito para sí porque nadie más, en principio, ha de leerlo. Escribir un diario es un ejercicio de descarga emocional. Por eso sorprende que en la versión del diario que se publicó en México en 1961 no haya enjuciamientos de cada uno de los regímenes políticos que se sucedieron en esta etapa tan convulsa de la historia de España, como tampoco hay, prácticamente, alusiones a los padecimientos, a las privaciones, a la angustia y a las tragedias tan cotidianas en el Madrid de la Guerra Civil. La autora decidió, por razones que ya se han señalado, no incluir en esta edición algunas de las páginas que redactó en los cuadernos originales.

En aquella situación de 1961, María Sánchez Arbós se empeñó en ofrecer su visión como educadora en unas notas que fueron escritas en la propia escuela, en la mesa de la profesora y en presencia de las niñas. De esta manera, podemos leer las dudas y las satisfacciones que nos descubren a una maestra comprometida con la tarea de enseñar, a una maestra que gozaba estando en clase, a una maestra –como las que hoy son tan necesarias- contenta de serlo.

Los cuadernos manuscritos fueron rescatados por su autora al menos dos veces: primero del Grupo Escolar "Francisco Giner" cuando ya había sido ocupado por la columna Durruti y, luego, entre los restos de la casa de la familia Ontañón Sánchez de Madrid, en la calle Bretón de los Herreros, después de la depuración, de los juicios de urgencia y de la cárcel.

Este diario recoge, en definitiva, "lo que una maestra entusiasta de su oficio ha pensado sobre los niños, y cómo se ha preocupado por ellos". María Sánchez Arbós nos muestra en este diario cómo lo esencial, cómo lo más importante es la mirada sobre las cosas:

"Estas notas no han sido escritas sobre la mesa de un despacho; han sido vividas en la propia escuela y experimentadas ante la presencia de los niños. No he sentido prisa por darlas a conocer. Siempre he creído que casi nadie las leería. Ahora que ya vivo retirada de todo, me ocurre pensar que quizá a algún padre preocupado por la suerte de sus hijos o a algún maestro apasionado por su escuela, les pueda servir de agradable curiosidad leer lo que una maestra entusiasta de su oficio ha pensado sobre los niños, y cómo se ha preocupado por ellos".


La formación: el ambiente de la Institución Libre de Enseñanza.

Ya hemos adelantado que el pensamiento pedagógico de María Sánchez Arbós, su manera de entender la educación se consolidó en su relación con la Institución Libre de Enseñanza. Fue alumna de la octava promoción (1916-1919) de la Escuela Superior de Estudios del Magisterio en la sección de Letras donde coincidiría con Rodolfo Llopis, futuro director general del primer Ministerio de Instrucción republicano. A la vez cursó la Licenciatura en Filosofía y Letras y los cursos de doctorado. Por su brillante expediente académico, Asín Palacios le ofreció acceder al reducido grupo de arabistas de la época, y Menéndez Pidal le encargó trabajos de colaboración. En la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio profesaba Magdalena Santiago Fuertes, que había sido durante bastantes años maestra en Huesca. A ella se presentó María Sánchez Arbós con una carta de su padre y esta profesora la propuso para que le fuera concedida media beca para la Residencia de Señoritas que dirigía María de Maeztu. Allí asistió a las clases de Literatura que impartía María Goyri, "mi mejor maestra", como la calificaba María Sánchez Arbós. La herencia intelectual que María Sánchez Arbós conservó de su relación con María Goyri, la esposa de Menéndez Pidal, fue su amor por El Quijote, por el romancero, por las leyendas y los mitos... Su estancia en la Residencia también fue determinante para su futuro porque María de Maeztu propuso a la Junta para Ampliación de Estudios que María –quien ya había iniciado entonces el tercer curso de la Escuela Superior de Estudios del Magisterio- hiciera sus prácticas en el Instituto-Escuela, desde el mismo año de su inauguración (1918) como maestra de la Sección Preparatoria. En este mismo centro profesaron, entre otros, Miguel A. Catalán Sañudo, Samuel Gili Gaya o Domingo Barnés.

Como la juventud y el entusiasmo son fuente de inagotables energías, por las tardes daba clase desinteresadamente en la Institución Libre de Enseñanza porque, simplemente, allí encontraba el ambiente que, como maestra, buscaba:

"En mi continuo contacto con la Institución aprendí más que enseñé dando clases desde párvulos hasta mayores; asistí a las colonias infantiles en verano y me vi siempre rodeada de sinceridad y de ánimos para la lucha. Aún me parece oír la dulcísima voz del señor Cossío, diciéndome: "Alma, alma, María", en los momentos de desánimo de mi trabajo".


El matrimonio con Manuel Ontañón y Valiente.

En 1920, María Sánchez Arbós se casó con Manuel Ontañón y Valiente (Madrid, 4 de diciembre de 1891 - Madrid, 19 de mayo de 1960), el hijo menor de Teófila Valiente y de José Ontañón Arias, profesor de la Institución Libre de Enseñanza que en colaboración con Joaquín Costa escribió en 1882, en las páginas del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, el primer artículo en España sobre colonias escolares de vacaciones.

El curso 1896-1897 fue el primero en que Manuel asistió a la Institución, donde ya eran alumnos sus hermanos José, Juana y Esteban. Para el pequeño Manuel las actividades escolares fueron una prolongación de su vida familiar. En aquel ambiente transcurrieron para él años de gran felicidad y el recuerdo de sus profesores (Giner de los Ríos, Cossío, Rubio, Flórez, etc.) le acompañará toda su vida.

En 1905 se reincorporó al claustro institucionista Edmundo Lozano, que había residido durante 15 años en Sudáfrica. El joven Manuel se sintió muy influido por su nuevo profesor, lo que le decidirá a estudiar la Licenciatura en Ciencias, sección Físicas.

Colaboró en la organización de las actividades de la Institución: excursiones, colonias escolares... Durante un tiempo, las deficiencias en la salud de su hermano Esteban, desde muy joven topógrafo del Instituto Geográfico, le impulsaron a acompañarle y secundarle durante sus campañas de campo, muchas de ellas en el Maestrazgo.

Conoció a María Sánchez Arbós en el Instituto-Escuela, donde él mismo dio clases en su época inicial. A partir de entonces, siempre sometió sus intereses profesionales a las conveniencias de su familia. Así, en Tenerife fue profesor del Instituto al tiempo que impartía clases en la Universidad de La Laguna. También por aquellos días, comenzó sus estudios de Doctorado bajo la dirección de Blas Cabrera sobre efectos de corrientes eléctricas inducidas. Luego, en Huesca, se inició en la hidráulica aplicada, en los Riegos del Alto Aragón, especialidad que ocupará en adelante la mayor parte de su vida profesional. En Madrid, formó parte de la Secretaría Técnica del Canal de Isabel II y fue profesor de Física y Química del Instituto San Isidro. Además, su dedicación a la Institución (clases, conferencias, excursiones, colonias, etc.) fue continua. En 1930, para no apartarse de su familia, renunció a una beca de la Junta para Ampliación de Estudios en la Universidad de Praga.

En julio de 1936 se encontraba en San Vicente de la Barquera, donde había organizado una colonia escolar para los hijos de empleados del Canal de Isabel II. Con gran esfuerzo logró que alumnos y profesores regresaran a Madrid a través de Francia. Meses más tarde recuperó, con la ayuda de su condiscípulo, entonces embajador en Londres, Pablo Azcárate, y también a través de Francia, a sus tres hijos mayores, sorprendidos por la Guerra Civil en la finca de la familia del señor Cossío en la aldea de San Victorio (Bergondo, A Coruña).

Terminada la contienda, lo que antecede aparece como motivo para procesarle, con detenciones y pérdida de puesto de trabajo en el Canal de Isabel II.

La posguerra fue especialmente dura para él y su esposa. Su dominio de los principales idiomas científicos y sus conocimientos de Hidráulica le permitieron desarrollar su actividad profesional en empresas consultoras y en editoriales técnicas. Por su formación humanista pudo realizar traducciones como Siete estadistas romanos de Charles Oman (Pegaso, 1944). No le faltaron alumnos particulares, generalmente aspirantes a Escuelas Técnicas.

Cuando se creó, en 1950, el Laboratorio de Puertos de la E.T.S. de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos trabajó en el canal experimental de oleaje de dicho laboratorio, durante los diez últimos años de su vida.

En 1952, con motivo de la boda de su tercera hija, la acompañó a México, donde el nuevo matrimonio fijó su residencia. Manuel Ontañón visitó a antiguos condiscípulos residentes en aquel país y en Venezuela, y se reunió con su hermana Juana a la que no había vuelto a ver desde 1938.

La acuarela y la interpretación de música constituían sus principales distracciones. Por su afición a los viajes y a la naturaleza, iniciada en los años de alumno de la Institución, conoció en profundidad el territorio español.

Murió a causa de una dolencia cardiocirculatoria, sin ver realizada su nunca perdida esperanza de normalización de la vida política y social de España.


La pasión de educar.

El 20 de mayo de 1920 le comunicaban a María Sánchez Arbós desde la Escuela Superior del Magisterio que había sido nombrada profesora en la Escuela Normal de La Laguna (Tenerife). Llegó a la isla a finales de septiembre sin ningún entusiasmo, convencida de que había dejado un apasionante trabajo pendiente en el Instituto-Escuela. Ya se había casado con Manuel Ontañón, quien no dudó dejar Madrid para acompañar a su esposa.

Como profesora de Escuela Normal, muy pronto encontró en falta algunas cosas que sólo la escuela primaria le daba: la alegría de comenzar las clases; frente a las espontáneas preguntas de las niñas, en la Normal las alumnas estaban excesivamente preocupadas por tomar unos apuntes que luego habrían de repetir en el examen; le dolían la rutina y sus propios fracasos en el empeño de hacer las clases más activas. Consciente de la importancia de la lectura, recomendaba a sus alumnas las de la colección de la Revista de Pedagogía, que dirigía en Madrid Lorenzo Luzuriaga.

En 1925 le correspondió en el turno de ascenso una vacante en Huesca. En septiembre dejaba la Normal de La Laguna. Ya habían nacido sus tres primeros hijos. Como quería retrasar el momento de incorporarse a la Normal de Huesca, firmó unas oposiciones a cátedras de Instituto que le permitirían vivir unos meses en Madrid.

El día 1 de abril de 1926 tomó posesión de la Escuela Normal de Huesca. Acudía a su ciudad natal con el presentimiento de que no iba a encontrarse a gusto. En Huesca, además del calor de la familia, tuvo otros apoyos afectivos: coincidió con Leonor Serrano, una inspectora que había sido expedientada por discrepar con la política de Primo de Rivera; también se reencontró con Ramón Acín y con su esposa, a quienes visitaban con mucha frecuencia en una casa llena de magia que hechizaba a los hijos de María Sánchez Arbós (allí había, entre otros "tesoros", un misterioso esqueleto, una hermosa caja de música, o un arpa que Ramón Acín tañía para los niños). A pesar de esto, en octubre de 1927, escribía que su desánimo no disminuía, y que estaba haciendo gestiones para abandonar aquel trabajo, trasladarse a Madrid y volver a la escuela primaria. Estas dudas profesionales ya habían comenzado el mismo día que le anunciaron que había una plaza para ella en la Normal de La Laguna y tuvo que abandonar el Instituto-Escuela. Ninguna de las supuestas pérdidas que representaba dejar el Escalafón del profesorado de Escuelas Normales le importaban tanto como volver a recuperar la ilusión por el trabajo, el entusiasmo por la educación. Madrid representaba, además, la posibilidad de que sus hijos pudieran educarse en la Institución Libre de Enseñanza. Firmemente decidida, no empezó el curso 1928-29 en la Normal de Huesca porque se anunciaron oposiciones a las escuelas de Madrid y, entretanto se celebraban, solicitó volver a trabajar en el Instituto-Escuela, donde le asignaron, a partir de octubre de 1928, un grupo de secundaria.

Aprobó las oposiciones y fue destinada, en febrero de 1930, al Grupo Escolar "Menéndez Pelayo". Allí volvió a recuperar la ilusión por un trabajo que le apasionaba. Un mes más tarde cesaba oficialmente en la escuela Normal de Huesca.

Proclamada la II República, fue invitada por el Ministerio de Instrucción Pública para elaborar una propuesta de reglamento de funcionamiento de los nuevos grupos escolares que se construyeron para paliar el grave problema de la escolarización. En 1933, ganó las oposiciones a la dirección de Grupos Escolares. Como había obtenido el número 1, pudo elegir la dirección del que se levantó en la Dehesa de la Villa y que se llamaba, precisamente, "Francisco Giner", nombre que tantas sugerencias despertaba en ella. Se enfrentó entonces al reto de poner un gran Grupo Escolar en marcha: el problema que representaba que el profesorado fuera interino, la falta de autonomía en la organización y funcionamiento del centro, la falta de previsión, los meses que se perdían en la aplicación de soluciones provisionales, etc. Convencida de que la escuela daría sus mejores resultados cuando además de ser de los niños fuera de los padres, les animó para que constituyeran una asociación de padres que colaborase en la escuela y ayudase a resolver los muchos problemas que el Grupo Escolar planteaba.

Como maestra, puso todo lo suyo, todas sus relaciones y todos sus conocimientos a disposición de la escuela. Así no dudaba en solicitar ayuda y colaboración de antiguos alumnos del Instituto-Escuela o de la Institución Libre de Enseñanza y, por supuesto, de su familia. En 1934 organizó un ciclo de conferencias para los padres en el que participaron Manuel Ontañón, que habló de las aguas de Lozoya que surtían a Madrid; Juana Ontañón, profesora de la Normal, del Romancero; Emilia Elías sobre alimentación; José Subirá sobre música popular; y Enrique Rioja Lo-Bianco, que proyectó una serie de películas científicas.

María Sánchez Arbós sostenía que era preciso crear una escuela nueva, alegre y risueña donde los niños disfrutasen, donde tuvieran más comodidades que en su casa, y donde hubiera maestros satisfechos de serlo, amigos de los niños, fervientes amadores de la escuela. En este sentido, compartía aquella solución tan simple y tan compleja de los hombres de la Institución: "Maestros, maestros, sólo ellos harán la escuela" porque el maestro es lo que más importa.

Como consecuencia de la renovación metodológica que sacudió la escuela del primer tercio del siglo XX, participó en el debate sobre lo nuevo y lo viejo en educación, sobre el papel del maestro, sobre el uso y abuso del libro de texto, etc., pero tampoco se dejó llevar exclusivamente por lo que dictaban las teorías: llegó a escribir que las teorías de Rousseau eran maravillosas para su Emilio, pero en el "Francisco Giner" tenían unos niños concretos, y unos padres, y un ambiente y una vida que les acuciaba sin cesar. Muchas de sus dudas y de sus preocupaciones las compartió con Manuel Bartolomé Cossío, como se desprende de la página que María Sánchez Arbós redactó en septiembre de 1935, pocos días después del fallecimiento del maestro:

"Vengo a la escuela triste de verdad. Mañana se abrirá a los niños sin la sombra protectora del señor Cossío que se nos fue el día 1. Conocía la escuela porque yo se la había descrito tantas veces... ¡Cuánto hemos discutido sobre ella! "Quite usted, María, todo lo que sobre -me decía-; no se preocupe usted de que sobre más que alma". Y yo lo tomaba con tanto ahínco que llegaba él a regañarme amorosamente cuando veía que me excedía en mi afán. Más de una vez he ido a él desconsolada y débil, y siempre he hallado ánimo en sus palabras. "No se desconsuele, María; usted conseguirá cuanto se proponga". ¡Qué ganas de llorar he sentido hoy al entrar en la escuela! He recordado una vez más el valor inestimable que para mí tenía su sola sombra, dentro y fuera de la escuela".

Durante los meses que precedieron al levantamiento de los militares contra la República, María Sánchez Arbós sólo recogió en su diario algunas referencias, escasas, a las circunstancias que afectaban al trabajo de los maestros en la escuela de una barriada obrera, al desasosiego de los alumnos, a las elecciones de febrero de 1936, a las huelgas que influían en el estado de ánimo de los escolares, a la tensión social que crecía conforme se acercaba el verano de 1936: en mayo ardía un colegio católico a 200 metros de la escuela. Y, por supuesto, después, a "la maldita guerra" que le robó, entre tantas cosas, su querido Grupo Escolar "Francisco Giner". El 12 de octubre de 1936 escribía:

"Fiesta de la Raza. ¡Con qué tristeza te miro y te veo indómita y anárquica! No sé qué decir a los niños. Mejor será no decir nada ni mencionar esta desdichada guerra, que yo querría olvidar (...) Pobres niños, tan indefensos y tan inocentes! El ayuntamiento ha mandado una litografía del actual Presidente de la República, para que se ponga en la escuela. No quise poner la del anterior Presidente, ni voy a poner ésta. La escuela debería recordar solamente a los hombres que han laborado por ella, cuyo recuerdo es imperecedero. Esta variabilidad de personajes, adorados o despreciados según el sentimentalismo de los tiempos, no debe estar en la escuela. Esperaré un poco a ponerle marco, como esperé a ponerlo al primero, que no vio la hora de adornar la pared".

El 8 de noviembre de 1936 cayó una bomba en uno de los torreones de la escuela. Niños y maestros abandonaron el edificio que fue ocupado, pocas semanas más tarde, por la columna Durruti, llegada de Barcelona para defender Madrid. Participamos con la lectura de este episodio de la inmensa tristeza de María cuando le rogaba a un oficial respeto y cuidado por la escuela, por el edificio, por el material. Para tranquilizarla le ofrecieron un salvoconducto que le permitiría visitar la escuela cuando ella quisiera. Cuando regresó a las pocas semanas comprobó que el oficial no había podido cumplir su palabra y entonces, ante la contemplación de la escuela, María Sánchez Arbós describe con precisión el fin de la utopía: "Yo me llevo ahora mi diario, el retrato de don Francisco, y las llaves de la escuela. ¡Triste recuerdo totalmente ilusorio porque las puertas han desaparecido! ¡Con qué desesperación abandono estas ruinas!".

Tras perder el edificio, y empujada por la apremiante necesidad de escolarizar a los niños de su escuela, pidió permiso a Julián Besteiro –rector entonces de la Institución- para trasladar a las dependencias de la ILE a los alumnos del "Giner de los Ríos". Pero era necesario contar con la autorización del Ministerio, que no llegó hasta 4 de febrero de 1937.

A pesar de la desolación de la guerra, del Madrid asediado, había que sobrevivir y las anormales circunstancias de aquellos días le llevaron en el invierno de 1937 a dar clase en los locales de la ILE en el barrio de Chamberí. Después, de marzo a agosto de 1938, estuvo en Valencia prestando servicios de Inspección. "Allí como aquí, es inútil trabajar en estos momentos. (...) Mis hijos no se separaron de mí". El trabajo daba una nota de normalidad y de esperanza entre tanto caos: "Yo me agarro a estas dos clases como a tabla de salvación. No quiero sucumbir".


"No ha llegado la paz, ha llegado la victoria": el asalto a la Institución Libre de Enseñanza.

Cuando cayó Madrid, les dieron instrucciones a los vencedores para que ocupasen los edificios abandonados por republicanos en su huida o tras su desaparición. Siguiendo estas consignas, un grupo de falangistas se presentó muy pronto en la sede de la Institución Libre de Enseñanza. María Sánchez Arbós les salió al paso y les advirtió que aquel edificio no estaba abandonado, pues en él funcionaba un Grupo Escolar del Estado –el "Francisco Giner"- y era, por consiguiente, un centro oficial. Los asaltantes no atendieron sus razones y la obligaron a salir del edificio, casi empujándola, y, penetrando en él, comenzaron su tarea destructora: quemaron muebles y libros, talaron los árboles que en otro tiempo fueron testigos de felices encuentros y dieron cobijo a las conversaciones de Giner, de Cossío, de los hombres y mujeres que soñaron un país mejor.

Como escribe Antonio Jiménez Landi, las pérdidas materiales podían haber sido mayores, pero los maestros de la Institución fueron previsores y ya habían retirado los cuadros de Sorolla y de Beruete de la sala del Sr. Cossío y habían llevado el grueso del archivo a un lugar más seguro: al "Instituto Valencia de don Juan", con la colaboración de Leopoldo Torres Balbás.

Tras la victoria, el celo depurador fue especialmente severo entre magisterio. Aunque la depuración alcanzó todos los órdenes de la vida social y profesional, es necesario admitir que fue especialmente relevante en el aspecto cultural. Como ya se ha señalado, la República se había apoyado en la educación para conquistar las mentes y los corazones de los ciudadanos. Los maestros fueron las "luces de la República". Luego, el régimen de Franco intentó borrar todo vestigio de modernidad, de laicismo, de coeducación, de tolerancia, del respeto a la conciencia del niño y del maestro, de igualdad de oportunidades, etc. También se pretendió borrar todo recuerdo a personas alejadas ideológicamente del nacional-catolicismo. Así por ejemplo, en Madrid, el Grupo Escolar "Francisco Giner" se denominó a partir de entonces, y hasta hoy mismo, "Andrés Manjón".

María Sánchez Arbós, aquella maestra que era toda alma, conoció los horrores de la cárcel. Pasó tres meses (de septiembre a diciembre de 1939) en la cárcel de mujeres. En 1941 fue absuelta por el tribunal militar de urgencia que la juzgó, aunque la expulsaron del magisterio. Luego pasaron muy despacio los años de la subsistencia, del dolor, del silencio y del no olvido. A pesar de todo, se impuso la fuerza de la vida y la urgencia de sacar adelante a cinco hijos: "tuvimos que ponernos a trabajar donde pudimos, para llevar a cabo nuestra empresa de sacar adelante a nuestros cinco hijos. No vacilamos en aceptar cuanto nos tocó en suerte, aunque nuestra decisión fue no mendigar favores".

Llegó, pues, la dura y amarga postguerra y además de las clases particulares, trabajó en algunos colegios privados en los que la educación y la cultura -tal y como las entendía- no tenían demasiada cabida. Ella creía en la función social de la escuela, en la importancia de la educación en la liberación y promoción intelectual del individuo. Pero en aquellos colegios privados se estudiaba para otra cosa: las notas, los premios o el prestigio.

En julio de 1952 fue rehabilitada para el magisterio, gracias a las gestiones de un hombre próximo al régimen cuyo hijo recibía clases particulares de María Sánchez Arbós. Con la vuelta al ansiado ejercicio oficial, todavía le esperaba una amarga experiencia. En septiembre de 1953 acudió a Daganzo (Madrid) con el mismo entusiasmo que a su primera escuela, aunque habían pasado 38 años. Pero pronto comprendió que no existía en el pueblo el ambiente propicio para la educación y que su trabajo era cuestionado por las autoridades locales. Esto les ocurrió también a otros maestros rehabilitados. Si dura era la labor del magisterio, todavía lo era más cuando se sabía que el maestro o la maestra habían tenido problemas con el régimen.

Cuando ya estaba dispuesta a renunciar a la que había sido la gran vocación de su vida, por un favor personal le devolvieron su plaza de maestra en Madrid (una plaza que, por otra parte, había ganado en tres ocasiones). Prestó sus servicios en la escuela preparatoria del Instituto Isabel La Católica donde disfrutó de los últimos gozos profesionales, de las últimas alegrías y donde le llegó, por fin, en octubre de 1959, la jubilación.


Su obra.

María Sánchez Arbós colaboró asiduamente en las más importantes y significativas revistas pedagógicas de la época en un momento en que se estaba construyendo la pedagogía y muchos maestros, inspectores y profesores de escuelas normales participaron en estos debates: el Boletín de la Institución Libre de EnseñanzaLa Escuela Moderna, la Revista de Pedagogía, la Revista de Escuelas Normales, etc. No es mi propósito ofrecer una relación completa de los artículos que firmó en cada una de estas revistas.

Además publicó una serie de libros y folletos, que se señalan a continuación, todos ellos antes de la Guerra Civil, salvo Mi diario que, como sabemos, se editó en México en 1961. También hay que destacar el breve, pero hermoso texto titulado "Recuerdos de una maestra", que redactó para contribuir al libro colectivo dedicado al centenario de la Institución Libre de Enseñanza.

.- Morrison, Henry C.: La práctica del método en la enseñanza secundaria. Adaptación al castellano de María Sánchez Arbós. Madrid, La Lectura, 1930, pp. 181.
.- Don Marcelino Menéndez Pelayo al alcance de los niños. Anotado expresamente para el Grupo Escolar Menéndez Pelayo. Madrid, 1931, Diana Artes Gráficas, pp. 15.
.- Muresanu, Constantino: La educación de la adolescencia por la composición libre. Traducción de María Sánchez Arbós. Madrid, Espasa-Calpe, 1934, pp. 214.
.- El Grupo Francisco Giner. Sus dos primeros años de funcionamiento, Madrid, Imprenta La Rafa, 1935, pp. 31.
.- Mi Diario, México, Tipográfica Mercantil, 1961, pp. 225.
.- "Recuerdos de una maestra", En el centenario de la Institución Libre de Enseñanza, Madrid, Tecnos, 1977, pp. 19-21.


Colofón.

María Sánchez Arbós fue la maestra aragonesa que vivió más de cerca todo aquel movimiento de renovación cultural y social que representaba la Institución Libre de Enseñanza. Las relaciones con las personas de la Institución se vieron incrementadas y favorecidas por su matrimonio con Manuel Ontañón, que pertenecía a una de las familias que acompañaron a Francisco Giner en sus empresas.

Por otra parte, estamos ante el caso de una maestra que redactó un diario, que comprende un amplio y muy significativo período de nuestra historia reciente (1918-1959). Ésta es una circunstancia muy especial, por la escasez de este tipo de documentos. Mi diario es un libro hermosísimo para los educadores, por la limpieza de la mirada de su autora, por la pasión y lucidez de sus planteamientos educativos. Para los historiadores de la educación constituye una fuente insustituible porque ofrece un testimonio personal y directo de las principales transformaciones pedagógicas de una época muy significativa de la historia contemporánea y de la historia de la educación. Por otra parte, el libro es un homenaje a toda una tradición, a un ambiente, a una sensibilidad silenciada tras la Guerra Civil. Todavía hoy, cuando en ocasiones algunos acontecimientos parecen tan lejanos, son necesarias recuperaciones como ésta. Todavía hoy es necesario recuperar a personas e ideas que se pretendieron sepultar en el olvido. Mi Diario es el texto que hemos utilizado para reconstruir, en sus rasgos más sobresalientes, la trayectoria profesional de María Sánchez Arbós.

Los cinco hijos de Manuel Ontañón y de María Sánchez Arbós, fieles a la memoria de sus padres, fieles al espíritu en que fueron educados, han estado y están muy presentes en actividades relacionadas con la recuperación y conservación de un patrimonio cultural que nos hace, hoy, más ricos: la Fundación Giner de los Ríos, el Colegio Estudio, la recuperación de las colonias de vacaciones, la Asociación de Amigos de la Residencia de Estudiantes, etc.


María Sánchez Arbós. Una maestra aragonesa en la edad de oro de la pedagogía, de Víctor M. Juan Borroy

Artículo publicado en Rolde. Revista de Cultura Aragonesa, Nº 89, octubre-noviembre 1999, pp. 12-21.



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