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886. La memoria de los supervivientes. José Artime





Cuando se ha vivido una larga guerra, o, para ser más precisos, cuando se han vivido dos guerras consecutivas -la Civil española y la Guerra Mundial, aunque pueden ser consideradas dos fases de una misma guerra- las situaciones límite por las que se ha pasado difícilmente pueden olvidarse.

Cincuenta años después de los acontecimientos, cuando sus protagonistas han sobrepasado los 70 años de edad, su memoria sigue, vigorosa, nutriendo hechos, sensaciones, estados anímicos. A veces, estos supervivientes recuerdan con pelos y señales detalles que pueden parecer irrelevantes pero que reflejan cómo en la mente humana, incluso en las circunstancias más dramáticas, quedan grabadas cosas nimias o chuscas.

Los testimonios que a continuación reproduzco tienen el incalculable valor de provenir de personas que presenciaron o protagonizaron los hechos que narran. Todos ellos son exiliados españoles refugiados en Francia que, una vez terminada la Guerra Mundial, se quedaron a vivir en el país vecino -en la Alta Saboya, en Toulouse, en Burdeos- donde crearon sus familias.

Es cierto que 50 años después de terminada la Guerra Mundial, por los caminos de la memoria, siempre selectiva, ha podido cruzarse o superponerse lo posteriormente escuchado, comentado o leído, o han podido entreverarse las vanidades o el regusto por redondear o adornar, incluso inconscientemente, los episodios vividos. Todo ello, que sin duda el lector avisado sabe tener en cuenta, no oscurece, sin embargo, el valor testimonial de estas narraciones perfectamente cotejables con los hechos registrados por los historiadores más rigurosos.

En la transcripción de estos testimonios he respetado las peculiaridades de su habla, plagada de galicismos y de distorsiones lingüísticas, inevitables secuelas de su larga permanencia en Francia.


Testimonio de José Artime, prisionero en Dachau.

Natural de Luanco (Asturias), nacido el 11 de noviembre de 1911 y Presidente de la Liga de Mutilados de la Guerra Civil Española. Reside en Toulouse (Francia).

Pasé la frontera pirenaica por Puigcerdà el 27 de febrero de 1939. Era soldado del Ejército republicano. Iba ya mutilado, me faltaba el brazo izquierdo. Me llevaron al campo de refugiados de Septfonds. Allí no había barracas, tuvimos que hacerlas. En mayo de 1940 fui liberado del campo y conducido a una residencia de mutilados en Montauban. En esa Residencia hice varios oficios: era el que hacía las compras, el que llevaba los papeles a la Prefectura, hacía de intérprete. Y ahí empezamos enseguida a tener contactos con «Pichón» a quien yo ya conocía de las Juventudes Socialistas Unificadas. «Pichón» fue quien creó el primer grupo de resistentes de Montauban, pero que no había guerrilleros, quiero que quede claro que yo nunca fui guerrillero, sí miembro de la Resistencia.

Teníamos contacto con un grupo de franceses que habían hecho la guerra de España. Y hubo una denuncia de que escuchábamos la radio de Londres. El 17 de julio de 1941, a las cuatro de la mañana, se presentó en la Residencia de Mutilados una compañía de gendarmes, la Milicia de Pétain. No se salvó más que uno que fue a advertir a «Pichón». Los interrogatorios fueron muy duros. Yo era un poco cabecilla. Les había advertido a los compañeros: «si habláis, vos pegan; si no habláis, vos pegan; comportaos como os parezca, yo sé lo que tengo que hacer». Hubo proceso y algunos fueron  condenados a trabajos forzados y enviados a la fortaleza de Septfonds. Yo fui condenado como jefe sindicalista y terrorista. Me llevaron con seis gendarmes al campo de castigo de Vernet, en el Ariège, el 27 de septiembre de 1941.

En el campo de Vernet había un grupo de resistentes que me esperaban. Sabían que llegábamos dos. En ese campo pasé 33 meses, hasta el 28 de junio de 1944. Soy, según Menéndez, el superviviente más viejo de ese campo.

Preparamos un plan, enviado al exterior, para que liberaran el campo los que estaban fuera. Pero ese plan llegó a manos de la policía, entregado por la mujer del matrimonio francés que lo había recibido para pasarlo al maquis. Informados los alemanes, cercaron el campo de Vernet con las fuerzas de la Gestapo y la Wehrmacht. Esto fue a principios de junio de 1944. Entonces fue cuando los alemanes decidieron llevarnos al campo de la muerte de Dachau (Alemania).

Trajeron a Vernet a los resistentes que estaban en la cárcel de Foix y en el campo de Noé, para embarcarlos con nosotros en camiones el 28 de junio de 1944, y llevarnos a la caserna (cuartel) militar de aquí, de Toulouse, que se llamaba la caserna Cafarelli. Ahí quedamos 5 o 6 días, al cabo de los cuales nos embarcaron en un tren, que llaman el tren fantôme (fantasma), que era un tren de vagones para caballos. Nos metieron a 70 u 80 por vagón, y estuvimos dando vueltas por toda Francia. La gente moría de sed y de hambre. Pasamos por Burdeos, Angoulême... Estuvimos dando vueltas por toda Francia hasta que nos devolvieron a la prisión de Burdeos porque los guerrilleros franceses o españoles intentaron impedir que ese tren pasara la frontera alemana porque sabían que en ese tren íbamos muchos de la Resistencia. Venía en el tren, entre otros, el director de la Banca de Francia, que había sido detenido por «actividad antialemana». Y hubo muchos muertos porque los Aliados intentaron, bombardeando con la aviación, cortar las líneas férreas. A veces las bombas alcanzaban a los vagones. En el vagón en que yo iba hubo dos muertos y tres heridos por esa causa. Pasamos 58 días en ese tren. Tras haber habido muchos muertos en el camino, llegamos a Dachau el 26 de septiembre de 1944.

Verás lo que nos pasó: en el camino, los carros de Leclerc, que había mucho español en la División Leclerc, recibieron la orden de rastrear las vías por si daban con nosotros. Estábamos detenidos en una estación que llaman Dijon. Y no nos encontraron. Llegaron hasta dos kilómetros antes de donde estaba el tren. Volvieron con el resto de la División y dijeron, no hay nada, y se dirigieron a otro lugar. En ese momento pasó el tren hacia Alemania, La Gestapo tenía sus informadores.

Hubo en el camino algunos intentos de fuga. Entre ellos un anarquista español que era un trozo de pan pero que no tenía mucha cultura. Los amigos le llamábamos «Colilla» porque fumaba mucho, siempre estaba con una colilla en la boca y pedía las colillas a todos. En la estación de Orange se empezó a afeitar en el tren. Le digo, por qué te afeitas. Me dice, dame un sitio donde pueda llegar. Le digo, no te puedo dar esto porque si te cogen ya sé lo que vas a hacer y si te cogen ya sé lo que me va a tocar. No te preocupes, que a mí me fusilarán, pero tú no te preocupes. Y le di un sitio. Y se escapó. Al parar en una estación, bajó del tren y se puso a mirar los vagones como si fuera un civil que miraba y un centinela alemán se acercó a decirle que se fuera. Logró escaparse. Y cuando vino aquí a Toulouse, vino a verme al hospital, y me abrazaba y lloraba como un chiquillo.

Hubo también otros que escaparon: un comandante húngaro, de las brigadas internacionales, que Stalin le había enviado a España. Tenía el nombre de De Pablo. Como todos los de las brigadas, un nombre español. Pero yo supe después que fue el que aplastó la sublevación húngara, porque marchó a Hungría al terminar la guerra. Se llamaba Hans. Ya murió. Y escapó con el que fue coronel Francesco Nitti que era un camarada socialista, muy majo, muy inteligente, que escribió un libro en el que habla de mí. Levantaron una plancha en el vagón por la noche y se dejaron caer. Y hubo un diputado campesino polaco que también escapó con ellos, pero en el vagón hay una bola de hierro, los otros lo sabían y ponían la mano sujetando, pero éste no lo sabía y se golpeó y lo encontraron muerto. Muy pocos hubo que se escaparan. Escapó un madrileño, cómo se llamaba..., teníamos los nombres falsos por lo general..., no lo recuerdo.

Hay una película hecha sobre este episodio. Se llama El tren fantasma; de un francés. Y hay ese libro de Nitti que si lo encuentro te lo mandaré.

En ese tren venían cuatro coroneles del Ejército de la República, profesionales, de los que se mantuvieron fieles a la República, entre ellos estaba el profesor Velasco que fue profesor de Franco en la Academia Militar; el coronel Díaz Tendero, el coronel Redondo, y el coronel Blasco. Y estos llegaron a Dachau conmigo.

En Dachau, pasados unos seis meses, ya había perdido yo unos 20 kilos. Un día me llamaron estos coroneles y me dijeron, bueno, esto se ha terminado para nosotros, porque había mucho tifus, me dijeron, tú eres el más joven y te vas a encargar del paquete, qué paquete, primero, dar la noticia a nuestras familias...

En Dachau estábamos organizados. El hombre fuerte allí era un gran cirujano madrileño, el doctor Parra, muy conocido ya en la Guerra Civil como cirujano. Este hombre se salvó y le trajeron aquí, a Toulouse, y le cuidaron en el hospital. Luego se marchó y murió siendo director del hospital de Caracas. Era un tío formidable, una buena persona.

El 29 de mayo de 1945 fuimos liberados por una División americana en la que había muchos que hablaban español, mejicanos, venezolanos, cubanos. Nos pusieron en cuarentena por el tifus. Había un catalán, Martí Vilar, que pesaba 27 kilos. Aquel día yo tuve una emoción... En Dachau murieron bastantes españoles, pero en el campo en que murieron más españoles fue en Mauthausen.


Félix Santos
Españoles en la liberación de Francia: 1939-1945
Capítulo IV
















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