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925. Morir cuando el campo ya ha sido liberado.





Jorge Semprún, uno de los supervivientes, -tenía 22 años cuando Buchenwald fue liberado en un domingo de abril de 1945- ha escrito uno de los testimonios literarios más estremecedores sobre aquel campo de exterminio, la novela La escritura o la vida. De ella reproduzco el desgarrador pasaje en que narra la muerte del español Diego Morales días después de haber sido liberado el campo por los americanos:


-No hay derecho... -acaba de susurrar Morales, vuelto hacia mí.

Tiene razón: no hay derecho.

Diego Morales llegó al campo hacia finales del verano de 1944, tras una breve estancia en Auschwitz. Suficientemente larga, no obstante, para poder captar lo esencial de los mecanismos de selección específicos del complejo de exterminación masiva de Auschwitz-Birkenau. Antes incluso del testimonio del superviviente del Sonderkommando, por medio de Morales tuve una primera idea del horror absoluto que era la vida en Auschwitz.

Entre nosotros, Morales encontró de inmediato un puesto de trabajo como obrero cualificado en la fábrica de Gustloff: era un ajustador -o fresador: no soy ninguna autoridad en materia de nomenclatura metalúrgica- realmente fuera de lo común. Tan hábil y preciso que la organización clandestina acabó confiándole un puesto clave en la cadena de montaje de los fusiles automáticos: aquel, al final de la cadena, en el que había que sabotear inteligentemente una pieza decisiva del mecanismo con el fin de conseguir que el arma se volviera inutilizable.

Instalado en el bloque 40, en el mismo dormitorio que yo, después del periodo de cuarentena, Morales me había deslumbrado por su facundia de narrador. No me cansaba de escucharle. Hay que reconocer que su historia era de lo más novelesco.

Solía decir que un libro era el responsable del carácter aventurero de su existencia. «Un jodido librito»; decía riendo. Un libro cuya lectura había trastornado su vida, proyectándola de cabeza -nunca mejor dicho- al torbellino de las batallas políticas. A los dieciséis años, en efecto, había leído el Manifiesto Comunista, y su vida había quedado transformada. Todavía se refería a ello, en Buchenwald, con una emoción existencial. Como hay quien habla de los Cantos de Maldoror o de Una temporada en el infierno.

A los diecinueve años, Morales había participado en la Guerra Civil española en una unidad de guerrilla que operaba más allá de las líneas del frente, en territorio enemigo. Después de la derrota de la República Española, en Prades, experimentó su segundo choque literario. Lo había recogido y lo ocultaba una familia francesa, después de su evasión del campo de refugiados de Argelès. Allí había leído El rojo y el negro. Por descontado, el hecho de que el libro le hubiera sido aconsejado por una muchacha cuyo recuerdo todavía conservaba, carnal y sublimado a la vez, no parecía ser ajeno a la fascinación suscitada. Cualquiera que fuera, no obstante, la parte del ardor de la llama amorosa de antaño, a la novela de Stendhal se le atribuían en su relato unos efectos comparables a los del panfleto de Marx en un ámbito diferente. Si el Manifiesto le había introducido en la comprensión de los grandes movimientos masivos e ineluctables de la Historia, El rojo y el negro le había iniciado en los misterios del alma humana: hablaba de ello con una precisión emocionada y matizada, inagotable en cuanto se le orientaba hacia este tema, y yo no me privaba del placer de hacerlo.

-No hay derecho -acaba de susurrar Morales, apenas me he sentado junto a la cabecera de su litera, apenas he cogido su mano entre las mías.

Tiene razón, no hay derecho, morir ahora.

Morales ha sobrevivido a la Guerra Civil española, a los combates en la meseta de Glières -es su recuerdo  más terrible, según me explicaba: el largo caminar por la nieve profunda, bajo el fuego cruzado de las ametralladoras, para escapar del cerco de las tropas alemanas y de los destacamentos de la gendarmería y de la milicia francesas-. Ha sobrevivido a Auschwitz. Y a Buchenwald, al peligro diario de ser sorprendido por un meister civil o un Sturmführer SS, en delito flagrante de sabotaje en la cadena de la Gustloff, lo que le habría llevado directamente al cadalso. Ha sobrevivido a mil peligros más, para acabar así, estúpidamente.

-Morirse así, de cagalera, no hay derecho... -me susurra al oído.

Me he arrodillado junto a su litera, para que no tenga que esforzarse cuando me habla.

Tiene razón: no hay derecho, morirse tontamente de cagalera, tras tantas ocasiones de morir empuñando las armas. Después de la liberación del campo, por añadidura, cuando lo esencial ya parecía haber sido alcanzado, la libertad recobrada. Cuando se le ofrecía otra vez la ocasión de morir empuñando las armas, en la guerrilla antifranquista, en España, como testimonio de libertad, precisamente, era estúpido morir de una disentería fulminante provocada por una alimentación que de repente se había vuelto demasiado abundante para su organismo debilitado.

No le dije que la muerte es estúpida por definición. Tan estúpida como el nacer, por lo menos. Tan pasmosa, igualmente. No le iba a servir de consuelo. No hay ninguna razón, además, para valorar en momentos así las consideraciones metafísicas y desengañadas.

Le aprieto la mano en silencio. Pienso que ya he estrechado entre mis brazos el cuerpo agonizante de Maurice Halbwachs. Idéntica descomposición, idéntica pestilencia, idéntico naufragio visceral, que dejaban desamparada un alma desasosegada pero lúcida hasta el último segundo: llamita vacilante a la que el cuerpo ya no suministraba su oxígeno vital.

Ô mort, vieux capitaine, il est temps levons 1'ancre...

A modo de oración para los agonizantes le había susurrado a Halbwachs unos versos de Baudelaire. Me había oído, me había comprendido: su mirada había brillado con un orgullo terrible.

¿Pero qué podía decirle a Diego Morales? ¿Qué palabras susurrarle que fueran un consuelo? ¿Podía consolarle, por cierto? ¿No valdría más hablar de compasión?

¡Tampoco iba a recitarle el Manifiesto de Marx! No, sólo se me ocurría un texto que podría recitarle. Un poema de César Vallejo. Uno de los más hermosos de la lengua española. Uno de los poemas de su libro sobre la Guerra Civil, «España, aparta de mí este cáliz».

Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!». Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo...

No tengo tiempo de susurrar el principio de este poema desgarrador. Un sobresalto convulsivo agita a Morales, una especie de explosión pestilente. Se vacía, literalmente, manchando la sábana que le envuelve. Se aferra a mi mano, con todas sus fuerzas reunidas en un postrer esfuerzo. Su mirada expresa el desamparo más abominable. Unas lágrimas fluyen por su máscara de guerrero.

Qué vergüenza -dice con el último aliento.

¿Oigo acaso ese susurro? ¿Acaso adivino sobre sus labios las palabras que expresan su vergüenza?

Se le ponen los ojos en blanco: ha muerto.

(...) Cierro los ojos de Morales.

Se trata de un gesto que nunca había visto hacer, que nadie me había enseñado. Un gesto natural, como son los gestos del amor. Gestos, en ambos casos, que se ocurren a uno naturalmente, desde el fondo de la más antigua sabiduría. Del más remoto conocimiento.

Me levanto, me doy la vuelta. Los compañeros están ahí: Nieto, Lucas, Lacalle, Palomares... Ellos también han vivido la muerte de Morales.


Félix Santos
Españoles en la liberación de Francia: 1939-1945
Capítulo III

















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