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964. Soledades de España

Cernuda junto a María Zambrano y Leopoldo Panero en las Misiones Pedagógicas en Pedraza


Soledades de España 

Con el Museo del Pueblo


Pedraza está a poca distancia de Segovia. El tiempo la ha ido alejándola dela vida, abandonándola sobre un cerro, a cierta distancia de la carretera, Al borde de ésta, en la llanura, ha ido surgiendo un nuevo pueblo, Velilla de Pedraza, que recoge para sí la actividad local. Cuando llegaba a La Velilla era ya de noche, y de Pedraza solo pude distinguir, allá lejos, en la cima, bajo el límpido y frío fulgor estelar, una muralla dentada a manera de pétreo fantasma. Eso es hoy Pedraza: un sueño de piedra, de piedra que se derrumba a solas, cara al cielo segoviano.

El coche subió jadeando el camino en pendiente. Aquella tarde habían celebrado mercado enla plaza del pueblo, y aprovechando la aglomeración de campesinos, compradores y vendedores, acudidos de lugares cercanos, nuestro museo ambulante celebró su inauguración. Con rara excepción, siempre hemos encontrado, por parte de autoridades y particulares, fácil acogida; los locales ofrecidos para sala de exposición se cuentan de ordinario entre los mejores del lugar. Las deficiencias no son, pues, culpa de nadie en tal aspecto. El local elegido en Pedraza era tan bajo de techo que algunos lienzos fue imposible apoyarlos contra la pared. Por ello no hubo otra manera de mostrarlos al público que desde el balcón.

[...]

Los trabajos de instalación, las visitas oficiales, las charlas ante los lienzos, habían rendido a mi compañero de trabajo, José Val del Omar, ese extraordinario artista de cámara que, en unión del pintor Ramón Gaya y del poeta Rafael Dieste, acompaña de ordinario el museo.

Era ya tarde; la campana aguda de un reloj de pesas, los casetones blancos y negros del techo, paralelos a las losas negras y blancas del suelo, no se mostraban, decididamente, muy acogedores. Por un postigo vi en la plaza una torre y unos soportales absortos entre la soledad  nocturna.

No obstante el reducido número de habitantes que tiene Pedraza, un grupo de niños daba la sensación del número, gracias a su movimiento personal. Se les veía en todas partes: en la plaza, en las calles, en el castillo. Éste es, quizá, el mayor encanto de Pedraza. Porque no sólo cuenta su situación única, sobre el monte, con una puerta de acceso que, al cerrarse, incomunica el pueblo totalmente; ni sus tornitruantes escudos sobre tantas y tantas casas ruinosas, sino que hay también el cstillo. Domina un dilatado valle poblado de pinos. Desde la puerta, que aún conserva como antigua amenaza unas erizadas púas de hierro, el pueblo se dibujaba menudo y terroso sobre los montes nevados

[...]

Nuestra presencia, como de ordinario, suscitaba la curiosidad del vecindario; los chicos nos daban escolta a un lado y a otro. Siempre nos sorprendía, al recorrer estos pueblos segovianos, la limpieza de los ojos infantiles. Tenían tal brillo y vivacidad que me apenaba pensar cómo al transcurrir el tiempo, la inercia, falta de estímulo y sordidez de ambiente, ahogarían las posibilidades humanas que en aquellas miradas amanecían. Como el arpa olvidada de la rima de Bécquer, tal vez por estos rincones de la Tierra habrá alguien que sólo aguarda el brazo amoroso que levante su espíritu de la sombra donde yace inerte. ¿No es posible aligerar, dilatar la rígida y mezquina vida española? Tal vez en nuestras manos haya un medio para trabajar en ello. Es tarea larga; nosotros no gozaremos y del fruto, si lo hay. Pero pasados bastantes años otros podrán aprovecharlo. No recordarán quizá, quiénes abrieron el camino. Pero no importa. Nuestro esfuerzo debe ser el único premio.


Luis Cernuda
Prosa II











963. Recordando a Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez Mantecón
(Moguer, Huelva, 23 de diciembre de 1881 - San Juan, Puerto Rico, 29 de mayo de 1958)


Creo que en la historia del mundo no ha existido ejemplo de valor material e ideal semejante al que en este 1936 está dando el gran pueblo español. En sólo un día de decisión maravillosa, de recobro inconcebible, de extraordinaria incorporación, tomó su lugar exacto contra el extenso frente militar organizado año tras año, y en medio de su confianza, contra él. Lo sigue y estoy seguro de que lo seguirá sosteniendo, ¡y con qué extraña alegría! Alegría, ésta es la emoción que da el pueblo de Madrid, y sin duda el de toda España, en estos días terribles y supremos. Alegría de convencimiento, alegría de voluntad, alegría de destino favorable o adverso.

Yo deseo de todo corazón, no creo necesario expresar este anhelo de toda mi vida, que tantas veces he manifestado en mis palabras y en mis escritos, el triunfo sin mengua del pueblo español, su triunfo material y su triunfo moral. Le deseo y nos deseo la alegría inmensa de su triunfo completo. Que el hermoso pueblo español salga entero del cuerpo que le quede y de toda su alma, pleno de alegre conciencia de esta empresa decisiva a que ha sido cruentamente citado. Entonces España, eterna y grande, alzará bandera de valor y conducta ante todos los pueblos del mundo.

Sucesos de inevitable horror ocurren en todas las conmociones materiales y espirituales: terremotos, tempestades, luchas de destino, de elemento y vida. Bien sé que es imposible alumbrar del todo la sombra, que nada enorme es perfecto. Pero que la destrucción y la muerte no pasen más de lo inevitable o merecido. ¡No matar nunca, no destruir nunca a ciegas! No debe ser ciega la fe del noble pueblo español.

Ayudémonos todos para que nuestra España vea del todo en medio de su tormenta, para conseguir de nuestra España y a nuestra España esta doble gloria, este doble ejemplo que le traerá para siempre el respeto universal.


Juan Ramón Jiménez
El Mono Azul, agosto 1936








962. El semanario Redención

El primer número del semanario Redención se editó por primera vez en Vitoria, sede del Servicio Nacional de Prisiones, en una fecha cargada de significado: primero de abril de 1939, final oficial de la guerra civil. El último número se publicaría en una fecha tantardía como 1978.

En abril de 1939 era Jefe del Servicio Nacional de Prisiones el general Máximo Cuervo, dependiente del Ministerio de Justicia, cuyo lema Disciplina de cuartel, seriedad de banco, caridad de convento sería difundido en grandes carteles por todas las prisiones españolas.

Se decía que el proyecto del semanario, al igual que la idea de la redención de penas por trabajo, había surgido del propio general Franco. En cualquier caso, sus gestores fueron militares y funcionarios no de la órbita falangista, sino de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), exponente del catolicismo seglar y principal inspiradora del nacional­catolicismo franquista, desde el propio Máximo Cuervo hasta José María Sánchez de Muniaín, primer director de  Redención  y antiguo secretario de Ángel Herrera Oria.

En su calidad de órgano del Patronato Central de Redención de Penas por el Trabajo,  Redención presentaba como único periódico de  circulación carcelaria ­la entrada de los demás estaba prohibida­ destinado a los propios reclusos, en palabras del general Franco, “elementos dañados, pervertidos, envenenados política y moralmente” de la sociedad, con el fin de su redención espiritual. Pero también, según escribió el padre Pérez del Pulgar, principal teórico de la redención de penas por el trabajo, Redención estaba dirigida a todos aquéllos y aquéllas que en mayor o menos medida estaban relacionados con los presos políticos:

“Alrededor de cada cárcel, como alrededor de un tumor maligno, existe una parte de la sociedad, quizá mayor de lo que se cree, compuesta por familiares, amigos y conocidos más o menos afectados por la suerte de los reclusos y, si no disgustada, por lo menos preocupada   y   apenada.   Ello crea un estado de tensión y de malestar inevitable, enteramente semejante al que crea un tumor maligno en derredor del órgano en que se localiza. Y cuando, en vez de un tumor, existen muchos repartidos por todo el cuerpo de un paciente, ello sólo, sin otra enfermedad, constituye una no leve, que es preciso atender” (La solución que España da al problema de sus presos políticos, Valladolid. Librería Santarén, 1939, p. 50). 

Redención era en suma un instrumento propagandístico de primer orden sobre la “labor patriótica” realizada en las prisiones franquistas a modo de escaparate distorsionante de la realidad carcelaria, además de herramienta de adoctrinamiento dirigida a presos y familiares. En el semanario se  publicaban tanto informaciones internacionales durante los primeros años, crónicas filonazis y filofascistas sobre el desarrollo de las operaciones de la Segunda Guerra Mundial­ como colaboraciones periodísticas de los propios reclusos sobre las bondades del régimen para con los presos. De esa manera, los propios presos  redimidos  se convertían en apologetas del Nuevo Estado, ejemplos a seguir por sus compañeros.

Trasladada tempranamente la redacción a la cárcel madrileña de Porlier, la mayor de la capital, el semanario reclutaría como redactores y corresponsales a antiguos periodistas comprometidos con la República y a la sazón encarcelados, como Juan Antonio Cabezas, redactor jefe del periódico asturiano Avance en 1936 y 1937, en plena guerra civil. O el dibujante Bluff, muy popular durante la guerra por su personaje “Canuto, un soldado que es muy bruto”, en el que se apoyaría para dibujar en Redención las viñetas cómicas de “Las cosas de Don Canuto, ciudadano preso bruto”. De la desesperada situación de algunos de estos reclusos da idea lo ocurrido con el propio Bluff, Carlos Gómez Carreras, militante de Izquierda Republicana, cuya colaboración con el semanario fue forzosamente breve: en junio de 1940 sería finalmente fusilado en el cementerio de Paterna, en Valencia. 

Pese a ello, la resistencia organizada en el interior de las prisiones criticaría duramente a estos colaboracionistas, como señala en su testimonio José Rodríguez Vega, que había sido secretario general de la UGT hacia el final del conflicto: 

“El periódico, que tenía como director a un antiguo redactor de El Debate [famoso periódico de la ACNP, dirigido por Ángel Herrera Oria], estaba redactado por los presos y formaban parte del mismo un equipo de periodistas que, con más miedo que dignidad, se avenían a denostar desde las columnas del periódico lo que habían defendido durante la guerra. 

Virtualmente el director era Cabezas, un buen escritor español, redactor jefe de Avance, de Oviedo, diario socialista. Estaba condenado a muerte, pena a la que con muy raras excepciones eran condenados los periodistas en aquel período. El ansia de conservar la vida le hacía humillarse todas las semanas en el periódico en elogio de Franco y del nuevo régimen para hacer méritos y escapar a la temida ejecución. Con él formaban parte de la redacción otros periodistas menos conocidos, a excepción de Valentín de Pedro, periodista argentino, residente en España muchos años, en cuyos medios literarios era conocido por su labor periodística y teatral.

La inmensa mayoría de los periodistas detenidos a los cuales se había requerido para colaborar en Redención se negaron a hacerlo, a pesar de encontrarse en situación parecida o más grave que la conocida por los redactores del periódico. La hoja aquélla era mal vista por los presos, que sentían un profundo desprecio por los redactores. Uno de ellos, el dibujante “Echea” [Enrique Echeverría], puso un pie de mal gusto en una caricatura suya burlándose de los milicianos republicanos, y se encontró con la hostilidad general de la prisión y el desprecio de toda la gente que hasta poco antes le dirigía la palabra. Sin embargo, el periódico tenía cierta venta; acaso una tercera parte de los reclusos lo adquiría. De un lado, la prohibición de pasar periódicos en la prisión, determinaba a algunos presos a comprarlo, en busca de algunas  de las noticias que daba, pero lo importante es que a cambio de la suscripción se podía comunicar una vez más a la semana o a la quincena” (“Notas autobiográficas”, en Estudios de Historia Social, nº 30. Julio/­septiembre de 1984, p. 324).

Para vencer las reticencias de los presos, tanto a la hora de colaborar con el semanario como de comprarlo, el régimen conservaba poderosas bazas de persuasión: desde la posibilidad de salvar la vida, como fue el caso de Cabezas, hasta las comunicaciones postales extraordinarias con los familiares a cambio de la suscripción a Redención o de la compra de un ejemplar de la editorial homónima, con tiradas de miles de títulos. 

Por lo que se refiere al semanario Redención, y según las diversas memorias del Patronato Central de Redención de Penas por el Trabajo, las  estadísticas oficiales hablaban de 20.000 ejemplares a finales de 1940 y 37.800 a finales de 1943. Allí se publicitaron recurrentemente las enormes cifras de reclusos trabajadores del Patronato, o las de presos liberados en las sucesivas oleadas de indultos precipitadas por la insostenible situación de congestión de las cárceles durante los primeros años del franquismo, alabando la presunta política de perdón del régimen. En cuanto a las cárceles de mujeres, se elogiaban las bondades de determinados establecimientos como la prisión de madres lactantes de San Isidro, en Madrid; la labor de las religiosas en los establecimientos femeninos o la realizada en la “prisión especial de mujeres caídas”, o de prostitutas ilegales, en Gerona. 

La cárcel barcelonesa de mujeres de Les Corts, sin embargo, apenas apareció en sus páginas ­salvo algunas fotografías y las inevitables referencias telegráficas referidas a los actos de celebración del día de la Merced­ en detrimento de las crónicas publicadas sobre la Cárcel Modelo de Barcelona, como la que mereció figurar en uno de los primeros números de Redención, cuando la bandera española fue izada “entre himnos y vítores” en el patio del establecimiento. La crónica, con el subtítulo ¡Ya tenemos bandera! describía de esta manera el acto:

“Ha sido en el momento solemne que precedió al Santo Sacrificio de la Misa, cuando ha aparecido en la gran rotonda del centro la gloriosa bandera nacional, que desde este día memorable ha de presidir todas las solemnidades de la cárcel. Oro viejo que nos habla de todas las virtudes de la raza; sangre que en estas horas de triunfo tanto nos dice de los mares derramados  por nuestros héroes y nuestros mártires, y águila del Imperio que abraza con sus alas nuestro escudo. Esta vieja enseña de la Patria llega, con los vivos colores rojo y gualda de sus sedas purísimas, a lo más hondo de nuestro corazón.

Cuando se presencian espectáculos como éste, del que hemos tenido la dicha de ser emocionados testigos, se convence uno de cuán imposible es matar lo que un pueblo lleva en su alma. En vano flameó durante ocho años una enseña que quiso ser nacional  y no pudo pasar de serlo de bandería. No. La bandera de España será siempre ésta: la vieja bandera. “Nuestra bandera”. Ésta que, al aparecer de mañana ante una población reclusa de las más dispares ideologías, a todos ha unido en un mismo centelleo de pupilas y un mismo latido de corazones” (Redención, 13 de mayo de 1939). 











961. "Yo acuso". Madrid bajo las bombas II




Trágico espectáculo

Esta mañana, silencio en todos los frentes de Madrid, incluso en el del dolor.

La ciudad, después de la crisis nerviosa de la noche anterior, permanece callada y postrada. Aún circula gente por las calles, pero pegada a las paredes, mirando con miedo al cielo y examinando al pasar los portales en los que se puede refugiarse.

Al amanecer, se han oído algunos tiros hacia la Ciudad Universitaria. Sólo eran pequeñas escaramuzas, enfrentamientos entre avanzadillas, la reacción de las patrullas inquietas.

Los contrincantes se observan y confían en haber identificado las respectivas posiciones para reanudar el combate. De hecho, entre las primeras filas reina la mayor de las confusiones. Gubernamentales y rebeldes se entremezclan. No saben si esa casa o aquel rincón del parque les pertenecen o son del enemigo.* Han de reconocer cuidadosamente las filas que, en algunas zonas, casi se confunden. Esta exploración metódica requiere mucho tiempo. La lucha no continuará de verdad hasta que ambos Estados Mayores hayan configurado un mapa de este rompecabezas militar. 

Al amanecer, salgo a hacer un gran recorrido por Madrid.

Quizá desde las ruinas y cenizas, la ciudad se vea aún más trágica envuelta en la luz indiferente de la mañana que por la noche, bajo el aullar de los obuses y el estruendo desgarrador de las explosiones.

Pequeñas humaredas suben de los montones de escombros. De entre la maraña de ladrillos y vigas, sobresalen pedazos de tela y de muebles rotos, vestigios de toda una existencia. En una casa del Barrio Madera, un sombrero femenino ha quedado colgado en un perchero del segundo piso. Todo lo demás ha desaparecido, aventado fuera del mundo por el estallido de un obús. Sin embargo, ese sombrero sobre los escombros –como si la mujer que lo colocaba sobre su pelo se dispusiera a salir de la casa hecha añicos–, las señales que han dejado en la pared del fondo los tabiques y los pasillos: todos esos testimonios irrisorios de seres desaparecidos son quizá más conmovedores que el espectáculo de un cadáver.

En la Puerta del Sol, una muchedumbre silenciosa contempla un socavón enorme. En la entrada de la Calle de Alcalá se abre una garganta tenebrosa de quince metros de ancho y más de veinte de profundidad. Un cordón de guardias de asalto y de milicianosla rodea. Al fondo, en la galería reventada, se ven correr los raíles del metro.

En la Carrera de San Jerónimo, otro proyectil (quizá una bomba aérea, como todo el mundo piensa aquí) ha socavado la calzada de una acera a otra, hasta diez metros de profundidad.

En la calle de la Montera, esquina a Gran Vía, un proyectil ha atravesado una casa de cuatro pisos. Afortunadamente, todos estaban desiertos. Pero en la planta baja, había tres ancianas sentadas alrededor de una mesa. Quedaron aplastadas contra el suelo. Dos fallecieron. La tercera, con ambas rodillas fracturadas, pasó siete horas junto a los cadáveres, con el pecho apachurrado entre una viga y la pared. Las dos mujeres muertas aún siguen al final del corredor, con la cara contra el suelo y los cabellos prendidos en un charco de sangre coagulada. Una de ellas agarra un viejo monedero con una mano crispada.

Una pobre gente, arrastrando su rebaño, sus colchones y su inquietud, deambulan por las calles en busca de un refugio subterráneo. Bajo la ciudad se organiza toda una ciudad ciega de trogloditas asustados. Volvemos a gran velocidad al hombre de las cavernas.

En largas filas, delante de las oficinas abiertas a este efecto, mujeres y niños esperan su turno para inscribirse en los registros de la evacuación. Los chiquillos ya no juegan ni en el arroyo. Al igual que sus madres, apretándose contra ellas, miran fijamente hacia delante con una expresión de trágico desasosiego.

¿Se repetirá esta noche? Dígame, ¿de noche, se repetirá de nuevo? Son las únicas frases que se oyen, una y otra vez, por todas partes, y en ninguna parte hay respuesta.

Esta mañana ha renacido la esperanza, luego, otra vez, a primera hora de la tarde, cuando una escuadrilla de nueve aviones gubernamentales ha sobrevolado por encima de nosotros para bombardear al enemigo por los alrededores de la cárcel Modelo.* Pero, si esta noche regresan los aviones insurgentes, ¿qué podrán hacer ellos?

Apenas ha anochecido y ya ululan las sirenas...


Louis Delaprée, Morir en Madrid, Edición de Martin Minchom, Editorial Raíces, 2009, ISBN: 978-84-86115-692.

(Enviado el 18 de noviembre de 1936; en negrita, el texto rechazado por la redacción de Paris-Soir; en cursiva y con asterisco*, las frases censuradas por la censura militar).

960. La Legión Condor en Vigo




María Torres / 26 Mayo 2014

A las doce y media de la mañana del 26 de mayo de 1939, casi seis mil soldados alemanes bajo el mando del general Von Richthofen, (primo del legendario Barón Rojo), junto con una delegación de generales españoles presidida por Queipo de Llano embarcaron en el Puerto de Vigo rumbo a Alemania. Cinco trasatlánticos de la organización alemana "La Fuerza de la Alegría" (un programa de vacaciones nacionalsocialista) eran los encargados de llevarles hasta el Puerto de Hamburgo, donde serían recibidos apoteósicamente por el Mariscal Goering. Los periódicos de la época se deshacían en elogios con los alemanes, al igual que con los trasatlánticos que habían llegado a la Ría, entre los que destaca el Wilhelm Gustloff, que se hundiría en 1945 dejando más de diez mil muertos, incorporando la embarcación a la historia de la mayor tragedia marítima.

Los miembros de la Legión Cóndor, nombre con que se bautizó a la fuerza de intervención alemana que ayudó a Franco en la Guerra, integrada mayoritariamente por aviones y pilotos de la Luftwaffe -aunque más tarde se incorporaron a su filas soldados de la Wehrmacht-  llegaron a Vigo el 23 de mayo de 1939. Un día antes habían participado en León en el homenaje que les ofreció el caudilloporlagraciadedios. 

El 24 de mayo desfilaron marcialmente por la ciudad, concretamente  por García Barbón y Urzáiz.  Los vigueses no tuvieron más remedio que echarse a la calle para ver a estos "valientes y arios soldados", pues así lo había requerido el bando del Alcalde Luis Suárez-Llanos Menacho, manifestando que estaban obligados a expresar la gratitud de España a la "noble nación alemana". "Los vigueses que tienen el honor de poder testimoniar por última vez la gratitud de España a la noble nación alemana, acudirán todos a despedirlos" También desde el propio "Faro de Vigo" se animaba a una participación masiva de la ciudadanía para "sumarse a las vibraciones de entusiasmo jubiloso que atraviesan en estos días las campiñas y las montañas gallegas"

El alcalde vigués envió «afectuosos y fraternales saludos de Vigo a Alemania y a su Caudillo Hitler» y ofreció una brillante recepción a Von Richtoffen, que agradecido le hizo entrega para la ciudad de Vigo de un retrato de Adolf Hitler. Se desconoce el paradero del retrato del dictador alemán. No existe documentación en el Ayuntamiento que avale que el cuadro pasó por sus dependencias.

Los "héroes de Guernika" que habían permanecido en España desde el 5 de agosto de 1936, combatiendo junto al ejército de Franco en su guerra contra el legítimo gobierno republicano, y regresaban por fin a casa, fueron despedidos en Vigo en loor de multitudes como lo demuestra el reportaje gráfico firmado por el fotógrafo local Pacheco y por el fotógrafo del Führer, Hugo Jaeger.  No importaba si habían violado sistemáticamente las leyes internacionales para tiempos de Guerra fijadas en la Convención de la Haya de 1899 y ampliada en 1927, vigente en España en los años 1938 y 1939, que prohibía "el bombardeo aéreo con motivo de aterrorizar la población civil, así como también la destrucción de sus propiedades y la agresión a los no combatientes". También debían desconocer  que "En caso de que los objetivos especificados estén situados de manera que sea imposible diferenciar la población civil de la instalación militar, el avión se abstendrá de bombardear". (Artículo 24, La Haya, 1927).

Atrás, olvidadas ya por estos "valientes y arios soldados", quedaban miles de víctimas civiles inocentes que empaparon con su sangre todo el territorio de una tierra que quedó herida para siempre.

Pero a Vigo aún le quedaban unos años para despedirse definitivamente de los nazis y de la tela de araña que tejieron en la ciudad que sería el escenario de la lucha por el wolframio junto al resto de Galicia, del espionaje alemán y el contraespionaje aliado. Además, su puerto albergó a los submarinos U-Boot y Abwher, teniendo también un papel destacado en la operación Der spinner, para facilitar la huída de criminales de guerra hacia América del Sur como Walter Kutschmann.















959. La odisea del "Sinaia"

Entre el 25 de mayo y el 13 de junio de 1939 un total de 1.599 españoles cruzaron el Atlántico para huir del franquismo a bordo del buque “Sinaia”, rumbo a Veracruz, México.


Por Andrés Trapiello

El miedo al naufragio y la incertidumbre acompañaban todavía, hace 60 años, las travesías en barco, y la mayor parte de las veces la gente sólo consentía en realizarlas por una necesidad extrema: o porque huía de la pobreza o porque huía de la muerte, lo cual añadía grandeza y dramatismo a tal determinación.

El viaje que realizaron los mil quinientos noventa y nueve exiliados españoles en el buque “Sinaia” hacia Veracruz, México, entre el 25 de mayo y el 13 de junio de 1939 no fue menos mítico que el viaje histórico de los supervivientes de los campos de exterminio nazis a bordo del Exodus, hacia Palestina. De éste nos quedan las imágenes nítidas, rotundas, estremecedoras de una película: cientos de refugiados que están a punto de echar a pique con su propio peso un viejo y destartalado buque de hierro, mientras, apiñados en la cubierta, encima de las barcas salvavidas, encaramados en las antenas y en los troncos de ventilación, aferrados a los pescantes para no caer al mar y hacinados en la toldilla, aún tienen ánimos para erizar el cielo azul con sus brazos diciendo adiós a la pesadilla aria y saludando con lágrimas en los ojos el porvenir. Del viaje del “Sinaia” apenas si conservamos una o dos docenas de rotas y muertas fotografías en blanco y negro, el recuerdo de alguno de los expedicionarios y un periódico hecho a bordo por el método mimeográfico, pero en cuanto viaje no resulta menos emblemático que aquél: era la demostración de que ciertas ideas son tan indestructibles como los pueblos que las ennoblecen.

En la Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias de Madrid se conserva no sólo este diario ciclostilado de la travesía, sino la lista de embarque. De los exiliados, 953 eran hombres; 393, mujeres, y 253, menores de edad. No deja de ser una lista extraña. Por ejemplo: no figuran en ella ni las mujeres ni los niños, como si no hubiese habido mujeres que defendieron la República empuñando las armas y como si los niños no fueran las primeras y más inocentes víctimas de la guerra. De los hombres se hacen constar, sin embargo, en media docena de líneas el nombre, la edad, el estado civil, la profesión o el oficio, el partido político al que pertenecen, si pertenecían a alguno, los cargos políticos o cívicos ostentados antes de la guerra, durante la guerra y después de ella, así como el lugar de residencia en Francia. Impresiona repasarla. Tiene uno al alcance esas casi mil vidas, resumidas, con su novela larvada y a la espera de que alguien se haga cargo de ella. "Fernández Pérez, Tomás: 23 años, soltero nacido en Madrid.-Partido Político: Comunista.- Central Sindical: Unión General de Trabajadores.- Residencia en Francia: Campo de Barcarés (Isolote "F") núm. 23.- Cargos durante la guerra: Músico de la Banda del V Cuerpo de Ejército.- Cargos antes de la guerra; Profesor de Orquesta". Así, hasta completar un total de 164 folios de vidas extraordinarias, inesperadas, asombrosas, en las que hasta los nombres y apellidos adquieren, de pronto, dimensiones épicas: Inocencio Fernández, Napoleón Figuerola, Argentino Novo, Silvestre López, Maximino Quijano Quevedo...

Todos ellos habían llegado a Francia en los últimos días de enero o en los primeros de febrero de 1939. La mayor parte lo hizo por los puestos fronterizos de Port Bou, por Le Boulou, por Prats de Molló, y en un alto porcentaje eran milicianos de las unidades rotas de los cuerpos de ejército del frente de Aragón, en retirada tras la batalla del Ebro.

Ninguno sospechaba el recibimiento que les iba a dispensar la gendarmería, capitaneada entonces, tras el fracaso del frente popular del socialista León Blum, por un Daladier que se había apresurado no sólo a reconocer el nuevo Gobierno de Franco, sino a devolverle a éste los fondos depositados en algunas ciudades francesas por las autoridades republicanas españolas, tanto oro como obras de arte.

En unas semanas el sur de Francia sintió el peso de una avalancha humana de 400.000 refugiados que buscaban desesperadamente sobrevivir en un invierno especialmente cruel, con temperaturas extremas que en algunos puntos descendieron de los veinte grados bajo cero.

Primero separaron a los hombres de las mujeres y luego, como a ganado de matadero, les condujeron a las playas rosellonenses, donde los apriscaron en media docena de improvisados campos de refugiados que no tenían más habitabilidad que la doble alambrada de espino y la inacabable arena que la nieve y la escarcha moteaban con manchas de felino. En Argelès se confinó a 80.000; en Saint Cyprien, 60.000; en Gurs, 16.000; en Sept-Fonds, 15.000... Quedaron tirados sobre la arena, frente al mar helado, a merced de un viento glacial que no dejó de soplar ni un solo minuto durante las primeras semanas y que enloqueció a muchos, vigilados a todas horas por tropas coloniales de spahis y reducidos a la inacción por raciones de hambre.

Los concentrados, en su mayor parte hombres curtidos que pensaron que tres años de privaciones les habían preparado para toda suerte de contrariedades, comprobaron con espanto que el infierno es un callejón estrecho, pero sin final. Viajaban con lo puesto, botas rotas, alpargatas de cáñamo, mantas agujereadas, capotes militares, encerados para soportar la lluvia. Iban sucios, desnutridos, sin moral de combate. Ni siquiera podían guarecerse del viento atrincherándose en la arena, porque los hoyos se llenaban con el agua salada del mar. Las enfermedades se cebaron con ellos, la mitad padeció disentería y todos incubaban en las ingles y en las axilas racimos de piojos que les dejaban el cuerpo en carne viva, cuando no crecía la sarna la que les abría la piel con hondos surcos; los heridos se mostraban impotentes al gangrenarse las heridas, y los que podían mostraban indemne su cuerpo tampoco tan a salvo, porque el viento le podía trastornar en el momento menos pensado. Cada mañana, al levantarse, si a aquello podía llamarse dormir, quedaban tendidos unos cuantos muertos, que retiraban diferentes los bambulás senegaleses, de ojos amarillos. Fue entonces cuando las autoridades francesas, tan generosas con la República española durante la guerra a impedir que ésta se rearmara mientras presenciaba con cinismo la colaboración militar alemana e italiana con los fascistas españoles, fue entonces digo, cuando Daladier favoreció, no atajándolos, los brotes de histerismo en una parte de la población del sureste francés. Estos patriotas franceses, muchos de los cuales colaborarían o permanecerían pasivos a los pocos meses con los alemanes que les ocuparon su bella patria, estaban convencidos de que los 400.000 antifascistas españoles, 350.000 eran forajidos, ladrones, violadores, anarquistas, peligrosos bolcheviques, indeseables partisanos que iban a practicar el corso en tierras de su muy pacífica y ejemplar Francia. De los otros 50.000 no tenían opinión, mientras pudieran pagar en francos sus alojamientos, presentar su documentación en regla y dar las gracias a todas horas. Es cierto que las organizaciones socialistas y comunistas francesas, y otras, religiosas o humanitarias, es-pecialmente inglesas, canadienses y norteamericanas, hicieron cuanto pudieron para remediar las condiciones materiales en las que los exiliados españoles naufragaban irremediablemente. Pero sus recursos no alcanzaron para garantizarles un futuro, por otra parte incierto, ya que se temía que la guerra mundial estallase de un momento a otro. Se hubiera podido asegurar que las circunstancias favorecían lo indecible a las autoridades francesas, porque fue entonces cuando empezaron a presionar y amedrentar al elemento refugiado, invitándole, en mítines vergonzosos, encomendados a la oficialidad de su ejército y mediante una propaganda inicua, a la repatriación voluntaria, asegurando que la España de Franco les estaba esperando con los brazos abiertos para la reconstrucción nacional del país que ellos habían destrozado, o amenazando a los infractores de leyes cada vez más restrictivas con el reclutamiento forzoso en batallones de trabajadores de África o de Indochina, lo que aseguraba de paso a las autoridades francesas una mano de obra barata y permanente. Muchos creyeron el embuste y regresaron a la España victoriosa, que les recibió en la mayor parte de los casos con cárceles, depuraciones y un estigma que deberían arrastrar durante cuarenta años: el conocer o haber estado con los rojos.

Los exiliados españoles que no regresaron, hostigados y hostilizados, perseguidos, difamados y bajo permanente sospecha, comprendieron demasiado pronto que la Francia sólo podía ser una tierra de paso, y se lanzaron, desesperados, a una huida ciega.

Ya antes de que terminara la guerra se había creado en París un organismo, el SERE, Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles, controlado por Negrín, al que, cómo no, se le oponía una JARE desde México, Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, controlada por Indalecio Prieto en México. En cualquier caso, el SERE trató de dar un cauce de racionalidad a la riada cada día más caudalosa de refugiados que llamaban a su puerta pidiendo socorros materiales para sobrevivir, y amparo legal, o sea, papeles para poder moverse.

Fue una acción conjunta del SERE, del Comité Británico de Ayuda a los Refugiados y del Gobierno mexicano del general Lázaro Cárdenas, la que hizo posible al fin ese primer embarque de refugiados. Cárdenas, un político ejemplar, conmovido por la tragedia española, tomó personalmente cartas en el asunto y no dudó en modificar la ley de acogida, para que los exiliados españoles pudieran desempeñar sus profesiones y oficios, y de hecho ante la opinión mexicana, se presentó aquello como una oportunidad única: el pueblo mexicano podría beneficiarse de los más cualificados doctores, ingenieros, tipógrafos, abogados, peritos, arquitectos, sin contar a los más agudos y preclaros intelectuales, escritores y artistas que, sin lugar a dudas, iban a impulsar la industria, la medicina o la cultura del país, como de hecho así iba a ocurrir.

Sólo faltaba encontrar un barco idóneo. Hallaron un vapor francés de 12.000 toneladas, con el extraño nombre de “Sinaia” en recuerdo de la residencia estival de la reina de Rumania, que fue quien apadrinó su botadura. Se trataba de un buque preparado para los cargamentos humanos, como prueba el hecho de que ya había efectuado unos cuantos viajes de parecidas características: había llevado peregrinos a La Meca, estuvo fletado por los esperantistas franceses para las temporadas veraniegas, transportó a los supervivientes de los destrozados ejércitos de Wrangel y Donikin, y el año anterior había paseado, a lo largo de diversos puertos mediterráneos, a una curiosa tropa de nudistas militantes, muchos de ellos, es de suponer, afectos también al esperanto.

Las solicitudes para embarcar llegaron por miles a la Rué de Saint Lazare, en París, sede del SERE. La selección la hicieron entre los representantes de este organismo y el embajador mexicano en París, el señor Bassols, A este último se le acusó de haber favorecido a los afiliados comunistas. Es difícil saberlo, porque en aquel momento, y tras las purgas de los trotskistas españoles a manos de los agentes soviéticos y los propios comunistas españoles, no había muchos que se atrevieran a declararse anticomunistas. Puesto que en la ficha personal de los pasajeros se hace constar la filiación, se podrían contabilizar los que eran de un partido o de otro, de éste o de aquel sindicato. Sin embargo no parece que eso llevara a ninguna parte: la gente venía de una guerra de la que muchos habían sobrevivido gracias a tener en la cartera tres carnets diferentes.

Para quienes aman las estadísticas, este pequeño dato: iban a bordo 452 solteros y 847 casados, y sólo había un uno por ciento de analfabetos, lo que quiere decir que al menos por ese flanco la selección fue rigurosa. La República quería usar el “Sinaia” como embajadora de futuras remesas. A todos ellos se les prometió equiparles a bordo con sábanas limpias, mantas, ropa blanca, pasta de dientes, jabón, útiles de costura y medicinas, pero lo cierto es que parte de aquel cargamento jamás apareció o se diluyó de tal modo que apenas sirvió para socorrer las necesidades de quienes habían salido de España con lo puesto, y con lo puesto, después de cuatro meses de vida a la intemperie y en barracones, llegaron al pequeño puerto de Séte para embarcarse.

Tardaron interminables horas en hacerlo. Sobre los muelles se produjeron escenas desgarradoras, encuentros entre familias separadas por la guerra desde hacía meses, incluso años, hijos que no reconocían a sus padres, padres que se quedaban mudos ante la esposa que les abrazaba, mujeres avergonzadas de haber envejecido prematuramente, ulceradas por un dolor no siempre moral.

Se dio a los matrimonios los camarotes y a los solderos se les acomodó en las bodegas, en las que el calor sofocante y el olor de un cargamento reciente de bacalao hacían del aire un caldo irrespirable.

La desmoralización era tanta y tan generalizada, que la señora Gamboa, responsable mexicana de la expedición, y el comité del SERE decidieron imprimir en el barco un pequeño periódico. Contaba para la labor con alguno de los escritores y artistas más destacados de la República, entre ellos algunos de los que habían hecho la mítica revista Hora de España: Gil Albert, Ramón Gaya, Dieste y Sánchez Barbudo, además de Juan Rejano, Manuel Andújar, Benjamín Jarnés o Pedro Garfias. También había artistas, como Arteta, el propio Gaya o Bardasano. El periódico, tres o cuatro hojas de mal papel, aparecía cada día y servía a un tiempo como tablón de anuncios y para la propaganda política, en un tono que, a toro pasado, encuentra uno de un ilusionismo casi cómico si no fuese tan doloroso: trataban de insuflar en los desalentados pasajeros la esperanza de que más pronto que tarde volverían a España para reconquistarla. Creían con ingenuidad que la causa de la libertad era lo bastante importante como para contar con el concurso del resto de las naciones democráticas. Por lo demás, en el periódico se acopiaban noticias recogidas por los radiotelegrafistas del barco, lecciones de la historia de México, para que se fueran familiarizando con su nuevo país, y todo tipo de curiosidades y chascarrillos, la ruta que seguían o los programas de la banda de música. Al doblar la punta de Gibraltar, avistando por última vez España, el octogenario Antonio Zozaya pronunció en cubierta unas palabras que arrancaron las lágrimas a muchos: "¡Qué pena tan honda! ¿Cuántos de nosotros volveremos a pisar su suelo sagrado?".

En el barco se siguió hablando de la guerra, de la derrota, de las causas que les habían llevado hasta él. La desunión a veces era tan palpable como que las heridas seguían abiertas. La travesía les dejaba demasiado tiempo libre para pensar, pese a que los turnos de comedor y las colas ante las letrinas se llevaban buena parte de la jornada, así que los organizadores trataron de llenar los vacíos con conferencias sobre los temas más variados (principalmente sobre México, su industria, su política, sus gentes), comisiones y campeonatos de cartas, y al atardecer se organizaron kermeses al aire libre, en la toldilla de popa, amenizadas por la Agrupación Musical Española del maestro Oropesa. Los días se hacían eternos en la inmensidad del mar y el “Sinaia” no desarrollaba una velocidad excesiva. En medio del océano, Funchal se les presentó como una tregua a tanto pensamiento obsesivo, pero las autoridades portuguesas, partidarias de Franco como era notorio, se negaron a que el barco atracara en el muelle. En Puerto Rico tampoco tuvieron más suerte: se contentaron con ver, desde la cubierta, a algunos simpatizantes de la República española que habían acudido a darles la bienvenida. No hay nada como perder una guerra para cerrarse las puertas. Sin embargo a nadie pareció importarle demasiado, porque a los pocos días avistarían al fin tierras de México.

Fue la medianoche del día 12. Las luces del faro de Veracruz aspaban el cielo estrellado y la gente, desvelada, impaciente y eufórica, corrió a cubierta para verlo, pero no desembarcaron hasta el día siguiente. El recibimiento fue apoteósico. Tras la experiencia francesa, nadie se esperaba nada parecido. Las fanfarrias, las banderolas, las multitudes les subió a una nube. Habían venido representantes del Gobierno mexicano y representantes obreros de la mayor parte de los sindicatos del país. Lo proclamaban las pancartas variopintas, como aquella con bien visibles letras en la que las "tortilleras de México" les daban la bienvenida. Se corrió la voz por el barco y se hicieron algunas bromas: al fin y al cabo, sólo eran las que vendían tortitas en la capital de México. Fue la primera confirmación de que llegaban a un país en el que no todas las cosas significaban lo mismo a una o a otra parte del Atlántico. Sonó la banda con el himno mexicano y el himno de la República. Los expedicionarios fueron bajando del barco. Se hizo un pasillo entre la multitud por el que pasaron entre las aclamaciones. Les vitorearon, les aplaudían, algunos les pataleaban la espalda. Los padres llevaban de la mano a sus hijos, sus mujeres no querían soltarse del brazo de sus maridos, los más privilegiados arrastraban atillos y maletas con las cuatro piltrafas. Muchos de los concurrentes, obreros de izquierdas que afirmaban su internacionalismo puño en alto, impresionados por el aspecto desmedrado de aquellos rostros, angulados por la tragedia, no pudieron contener las lágrimas. Y aquellos rostros sonreían a todos los lados un poco asustados, y daban las gracias tímidamente con movimientos de cabeza, enternecidos por aquella acogida de todo punto inesperada. Es posible que por un momento la algarabía, los gritos y los aplausos les hicieran olvidar la razón que les había traído hasta aquella tierra, pero lo cierto es que ese día fue también para la mayoría de ellos el comienzo de un más doloroso existir, sin poder olvidar y sin poder volver, o más exactamente, sin poder olvidar porque no pudieron volver.












958. Matar a bomba limpia

Enrique Cerdán Tato / El Pais 24/05/2008


Que estirpe de bestias se perpetúa en el helado regazo del capital y sus extensiones.

Aún me remueve las tripas la la expresión de aquel niño destrozado por la metralla y que no quería morir, ¿y a quién no se le remueven?, ¿y a quién no, por el espanto reflejado en el rostro de un niño o de una niña o de un adulto, palestino, iraquí, o de cualquier otra parte del planeta donde acampan los asesinos y la carnicería? Pero aquel niño destrozado por la metralla y que no quería morir, era de aquí, al lado mismo, y se dio con una bomba fascista que venía de los cielos, cuando su ángel de la guarda hacía novillos en vuelo rasante y su madre corría a comprar sardinas, en un puesto del mercado. Mañana, 25 de mayo, se cumplen 70 años, de la criminal agresión de la aviación italiana, sobre la ciudad de Alicante. Era miércoles y poco antes del mediodía, la sombra de los Saboya se cernió, como un Dios impasible, sobre la gente más sencilla e inerme, que andaba con prisas a hacer la compra del día. Qué hazaña la de aquellos aviadores italianos que se montaron una patria bravucona, con despojos de la inocencia y olor a sangre. Noventa bombas devastaron el mercado y sus alrededores y se cobraron la vida de varios centenares de mujeres, de niños, de mayores, en una operación calculada sobre los mapas del resentimiento. Hoy, sábado, a las doce, como otros años, se pondrán flores, palabras, canciones y versos, recuerdos, a tantos queridos muertos, en el mismo lugar donde el fascismo mercenario al servicio del dictador Franco puso terror y exhibió su indignidad. ¿Cuántos muertos los del bombardeo de aquel 25 de mayo de 1938? Es difícil. Historiadores, cronistas e investigadores recurrimos a fuentes diversas, poco fiables, y nada coincidentes. Desde los 62, que Salas Larrazábal cifra en su libro Pérdidas de la guerra, para todo el año 1938, hasta los 393, referidos tan solo a la citada fecha, que he encontrado recientemente en la fotocopia de una relación numérica, que se conserva en el Archivo Municipal, con el sello de Cementerios, elaborada hacia 1940, es decir, por el primer Ayuntamiento de la dictadura, hay una muy considerable diferencia. Claro que no se podía esperar mucho más del general e historiador franquista Salas Larrazábal, quien al trágico capítulo de muertos a bombazo limpio, lo titula como si se tratara de uno de esos enigmáticos expedientes X. Lo titula, agárrense bien, muertos por "accidente producido por cuerpo extraño". Mientras se dilucida, si es posible, ese, en cualquier caso, fatídico número, también se pretende esclarecer otros aspectos de tan dramático episodio, y muy en particular honrar merecidamente a cuantos perdieron la vida, en aquella tremenda infamia, que una comisión británica, enviada por el Gobierno conservador de Chamberlain, constató y calificó de "agresiones deliberadas contra la población civil". 

Si a Guernika, el Gobierno alemán le pidió perdón por las atrocidades de la Legión Cóndor, Berlusconi debería pedir perdón a Alicante. Pero Berlusconi no pasa de carabinieri.

Y la memoria también es un arma cargada de futuro.


La imagen que ilustra es texto es de Tony López.









957. Vota, pero escucha

Tuve, en vísperas de las pasadas elecciones, la humorada de asomarme al paraíso de cierto teatro donde se celebraba un mitin electoral. Era para mí un espectáculo nuevo en el que tomaban parte antiguos amigos de amplias ideas con gentes nuevas de limitadísimas orientaciones. Salí de allí con la cabeza caliente y los pies fríos. Tuve que soportar una regular jaqueca de providencialismo político y, naturalmente, sufrí las consecuencias. Estoy maravillado. No pasan días por las gentes. No hay experiencia bastante fuerte para abrirles los ojos. No hay razón que los aparte de la rutina.

Como los creyentes que todo lo fían a la providencia, así los radicales, aunque se llamen socialistas, continúan ponien­do sus esperanzas en los concejales y diputados y ministros del respectivo partido. «Nuestros concejales harán esto y lo otro y lo de más allá.» «Nuestros diputados conquistarán tanto y cuanto y tanto más.» «Nuestros ministros decretarán, crearán, transformarán cuanto haya que decretar, crear y transformar.» Tal es la enseñanza de ayer, de hoy y de ma­ñana. Y así el pueblo, a quien se apela a toda hora, sigue aprendiendo que no tiene otra cosa que hacer sino votar y esperar pacientemente a que todo se le dé hecho. Y va y vota y espera.

Tentado estuve de pedir la palabra y arremeter de frente contra la falaz rutina que así adormece a las gentes. Tentado estuve de gritar al obrero allí presente y en gran mayoría:

«Vota, si, vota; pero escucha. Tu primer deber es salir de aquí y seguidamente actuar por cuenta propia. Ve y en cada barrio abre una escuela laica, funda un periódico, una biblioteca; organiza un centro de cultura, un sindicato, un círculo obrero, una cooperación, algo de lo mucho que te queda por hacer. Y verás, cuando esto hayas hecho, como los concejales, los diputados y los ministros, aunque no sean tus representantes, los representantes de tus ideas, siguen esta corriente de acción y, por seguirla, promulgan leyes que ni les pides ni necesitas; administran conforme a estas ten­dencias, aunque tu nada les exijas; gobiernan, en fin, según el ambiente por ti creado directamente, aunque a ti maldito lo que te importe de lo que ellos hagan. Mientras que ahora, como te cruzas de brazos y duermes sobre los laureles del voto-providencia, concejales, diputados y ministros, por muy radicales y socialistas que sean, continuarán la rutina de los discursos vacíos, de las leyes necias y de la administración cominera. Y suspirarás por la instrucción popular, y conti­nuarás tan burro como antes, clamarás por la libertad y tan amarrado como antes a la argolla del salario seguirás, de­mandarás equidad, justicia, solidaridad, y te darán fárragos y más fárragos de decretos, de leyes, reglamentos, pero ni una pizca de aquello a que tienes derecho y no gozas porque ni sabes ni quieres tomártelo por tu mano.

«¿Quieres cultura, libertad, igualdad, justicia? Pues ve y conquístalas, no quieras que otros vengan a dártelas. La fuerza que tú no tengas, siéndolo todo, no la tendrán unos cuantos, pequeña parte de ti mismo. Ese milagro de la política no se ha realizado nunca, no se realizará jamás. Tu emancipación será tu obra misma, o no te emanciparás en todos los siglos de los siglos.

«Y ahora ve y vota y remacha tu cadena.»


Ricardo Mella Cea
Solidaridad Obrera núm. 4
Gijón, 25 de diciembre de 1909