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1035. Madrid (España ensangrentada).





El 31 de julio de 1944, fallecía Antoine de Saint-Exupéry, el autor de “El Principito”, cuando su Lightning P-38, uno de los aviones más veloces entonces, cayó al mar en un punto desconocido de la costa francesa. En 1998 un pescador encontró restos en el mar de su uniforme y un brazalete de plata con su nombre. 

Saint Exupéry llegó a Barcelona a principios de Agosto de 1936 como corresponsal de "L’Intransigeant", y en 1937 a Madrid como corresponsal de "Paris-Soir". Estuvo en el Frente  y desde allí escribió sus crónicas sobre la Guerra española "España ensagrentada".

Las crónicas que trascribimos a continuación, (Madrid) fueron escritas en Madrid, en el frente de Carabanchel, donde convivió con los soldados del Ejército Popular de la República. Inspiraron más tarde el pasaje de Tierra de Hombres titulado: "El despertar del sargento español".


* * *



Las balas restallaban por encima de nuestras cabezas, contra el muro bañado de luna que íbamos flanqueando. Un terraplén, a la izquierda del camino, detenía las que volaban bajo. Así, a pesar de los secos estallidos, a mil metros de una batalla que se desarrollaba en forma de herradura frente a nosotros y nuestros flancos, el teniente que me acompañaba y yo experimentábamos, sobre ese blanco camino de campo, el sentimiento de una gran paz. Podíamos cantar, podíamos reír, podíamos encender cerillas, nadie nos prestaba atención. Éramos como dos campesinos que van al mercado vecino. Mil metros más allá, la dura necesidad nos pondría oficialmente sobre el damero negro de la guerra, pero aquí, fuera de juego,olvidados, hacíamos nuestros novillos.

Las balas también. Balas perdidas, escoria de los lejanos combates. Las que silbaban aquí allí habían fallado su diana. En lugar de estrellarse contra los parapetos o de reventar los pechos de los hombres, algunas, disparadas demasiado alto, sobre el horizonte, se habían escapado.

Ellas llenaban la noche con sus absurdas parábolas, con sus tres segundos de libertad, muertas el mismo instante en que nacían. Unas chasqueaban contra la piedra, y las que iban muy altas hacían llegar sus latigazos a las estrellas, y sólo las que rebotaban zumbaban de un modo raro, como allí mismo, esbozando una vida de abejas, peligrosas durante un abrir y cerrar de ojos, venenosas pero efímeras.

A la izquierda el talud ahora se aplanaba, y mi compañero me preguntó:

“Podríamos tomar el camino de la zapa, pero es de noche, ¿no vamos mejor por la carretera?”

Yo adivinaba, de reojo, su sonrisa burlona. Ya que yo quería conocer la guerra, él era el encargado de hacérmela sentir. Esas balas que, al rebotar, chisporroteaban por un segundo, como insectos en el instante mismo en que se posan, desde luego provocaban mi respeto. Yo inventaba una intención en su música. Mi carne me parecía imantada, como si el destino de las balas fuera el de buscarla. Pero, al mismo tiempo, tenía confianza en mi camarada:

“Quiere impresionarme, pero le tendrá aprecio a la vida. Si me propone esta ruta a pesar de esta lluvia encantada, será que el paseo ofrece pocos riesgos. Está mejor informado que yo”.

“Por la carretera, por supuesto...¡hace tan bueno!”

Yo hubiera preferido seguir por la zapa, evidentemente, pero me guardé mi opinión para mí. Ya conocía el truco. Mucho antes que él, yo había jugado ya a este jueguecito, en Cap July, cuando la zona de peligro se abría a veinte metros del fuerte. Si desembarcaba un inspector un poco estirado, y poco familiarizado con el desierto, mientras le contaba los asuntillos del aeropuerto, me lo llevaba de paseo derecho hacia las arenas. Y esperaba la tímida observación que me resarcía de antemano de todas las sanciones administrativas:

“Eeeh...es tarde...¿y si volvemos?”. A partir de entonces yo tendría plenos poderes, y mi hombre quedaba sólidamente encadenado. La distancia era suficiente como para que no osara volver solo. Yo llevaba pues, tras mis talones, durante una hora, y con paso vivo, bajo los más fútiles pretextos, al esclavo atado a mi andar. Y cuando éste evidentemente empezaba a quejarse de cansancio, yo le aconsejaba suavemente que se sentara allí y me esperara, que volvería a por él a la vuelta. Él fingía dudar, midiendo con la mirada las arenas socarronas, y después, con aire atrevido, decía: “Después de todo, me gusta mucho caminar...”Entonces yo podía ir cómodamente de espaldas al refugio, a grandes pasos, contándole las costumbres crueles de las tribus moras.

Esta noche yo era aquel inspector al que se pasea en esclavitud, pero prefería, una vez por segundo, encoger la cabeza bajo los hombros, antes que aventurar reflexiones vagas, aunque luminosas, sobre lo pintoresco de los carriles de zapa.

Pero nos metimos al final en la falla de tierra sin ganar ninguno de los dos la apuesta. Los acontecimientos acababan de tomar un cariz grave, y nuestro juego nos pareció de repente pueril, no porque nos barriera una ráfaga de metralleta, ni porque un proyector nos descubriera, sino simplemente por causa de una onda de explosión, una especie de gorgoteo celeste y que no nos afectaba en absoluto:

“Eso va para Madrid”, dijo el teniente.

La zapa coronaba la cresta de una colina un poco antes de Carabanchel. En dirección a Madrid, el talud de tierra había sido abatido , y la ciudad se nos apareció, en la escotadura, blanca, asombrosamente blanca, bajo la luna llena. Apenas dos kilómetros nos separaban de esos altos edificios dominados por la “Telefónica”. Madrid duerme, o más bien Madrid finge dormir. Ni un punto luminoso, ni un ruido. El ruido fúnebre que oímos desde ese instante repercutir de diez minutos en diez minutos se ahoga cada vez en un silencio de muerte. No despertará en la ciudad ni rumor ni trajín alguno. Será tragado a cada ocasión como una piedra por las aguas.

Bruscamente se me aparece en el lugar de Madrid un rostro. Un rostro blanco, con los ojos cerrados. Un rostro duro de virgen obstinada que recibe los golpes uno por uno, sin responder. Otra vez suena sobre nuestras cabezas, en las estrellas, ese gorgoteo de botella descorchada...Un segundo, dos segundos, cinco segundos...Sin querer retrocedo, me parece que voy a recibir el golpe y !han¡, ¡es como si la ciudad entera se derrumbara!.

Pero Madrid emerge siempre. Nada se ha derrumbado, nadie ha pestañeado, nada ha cambiado: el rostro de piedra sigue puro.

“Para Madrid...”

Repite esto maquinalmente, mi compañero. Me enseña a discernirlos, esos estremecimientos en las estrellas, a seguir a esos escualos que se deslizan hacia su presa:

“No... eso es una batería nuestra que responde... Ésos son ellos, pero disparando a otro lado... Eso... eso va para Madrid.”

Cuando una explosión tarda, la espera se hace interminable. Cuántos sucesos alberga esa tardanza. Una presión enorme sube, sube... ¡que salte de una vez esa caldera! 

¡Ah! están los que acaban de morir, pero también están los que acaban de nacer. 

Ochocientos mil habitantes, menos una docena de víctimas, reciben su prórroga. Entre el gorgoteo y la explosión, había ochocientos mil en peligro de muerte.

Cada obús en marcha amenaza a toda la ciudad. Yo la siento allí, apretada, compacta, solidaria. Adivino a esos hombres, esos niños, esas mujeres, toda esa humilde población que abriga bajo su manto de piedra una virgen inmóvil. Oigo todavía el innoble ruido y sigo conmocionado, aterrorizado por el descenso del torpedo, ya no sé lo que digo: “Están... están torpedeando Madrid...” Y el otro hace eco, contando las bombas:

“Para Madrid... dieciséis.”

He salido de la zapa. Cuerpo a tierra sobre el talud, miro.

Una nueva imagen borra la anterior. Madrid, con sus chimeneas, sus torretas, sus ventanillas, Madrid parece un navío en alta mar. Madrid, blanca sobre las negras aguas de la noche. Una ciudad dura más que los hombres: Madrid está cargada de emigrantes, a los que pasa de una costa a la otra de la vida. Lleva a una generación. Navega lentamente, a través de los siglos. Hombres, mujeres, niños llenan el navío, de sus cubiertas a sus bodegas. Ellos esperan, resignados o tiritando de miedo, encerrados en su bajel de piedra. Están torpedeando un navío cargado de mujeres y niños. Quieren hundir Madrid como un navío.

Yo, ahora, me río de las reglas de juego de la guerra. Y de las justificaciones y los motivos. Yo escucho. He aprendido a distinguirla de las otras, esa tos sorda de las baterías que escupen sobre Madrid. He aprendido a leer el camino de ese gorgoteo en las estrellas: pasa cerca de la constelación del Sagitario.

He aprendido a contar lentamente cinco segundos. Entonces escucho. No sé qué árbol cede al rayo, no sé qué catedral se estremece, no sé qué niño pobre acaba de morir.

He asistido, desde la ciudad misma, este mediodía, al bombardeo. Había tenido que caer ese trueno en la Gran Vía para desarraigar una vida humana, una sola. Los paseantes se quitaban de encima el yeso, otros corrían, una humareda ligera se disipaba, pero el novio, salvado milagrosamente de todo daño, rencontraba a sus pies a la novia, cuyo brazo dorado sólo un segundo antes apretaba él, y que ahora es un amasijo de sangre, convertida en un montón de carne y ropa blanca. Arrodillándose sin comprender todavía, movía lentamente la cabeza, como diciendo: “¡qué extraño es!”. Él no reconocía a la que fuera su amada en aquella maravilla así esparcida. La desesperación no ahogaba en él su mar de fondo, sino con una atroz lentitud. Todavía por un segundo, sorprendido sobre todo por el escamoteo, buscaba con la mirada a su alrededor la forma leve, como si ella, al menos, hubiera debido subsistir.

Pero allí sólo quedaba un montón de barro. ¡Desvanecido, el débil dorado que hace la cualidad humana! Mientras se preparaba en la garganta del hombre el grito que no sé qué detenía, él tenía ocasión de comprender a fondo que no había amado esos labios, sino la mueca, la sonrisa de esos labios. No los ojos, sino su mirada. No aquel pecho, sino un dulce movimiento marino. Tenía oportunidad de descubrir al fin la causa de la angustia que el amor quizás le producía. ¿No perseguía él lo inalcanzable? No se trataba de estrechar un cuerpo, sino plumón, sino una luz, sino el ángel sin peso que lo vestía...

Yo me río con ganas, ahora, de las reglas del juego de la guerra y de la ley de las represalias. ¿Quién empezó? A una respuesta siempre se encuentra otra, y el primer muerto de todos se pierde en la noche de los tiempos. Más que nunca desconfío de la lógica. Si el maestro de escuela me demuestra que el fuego no quema la carne, yo extiendo la mano sobre el hogar y conozco, sin lógica, que su razonamiento falla por algún lado.

Yo he visto a una muchacha desvestida de su vestido de luz: ¿cómo voy a creer yo en la virtud de la represalia?

En cuanto al interés militar de un bombardeo como éste, no he sabido descubrirlo. He visto a mujeres de su casa destripadas; he visto los niños desfigurados, he visto a esa vieja vendedora ambulante limpiar con una bayeta los restos de ese cerebro que habían salpicado sus tesoros; he visto a la portera salir de su portería y purificar con un cubo de agua la acera, y sigo sin comprender qué papel juegan, en una guerra, estos humildes accidentes de limpieza municipal.

¿Un papel moral? ¡Pero si un bombardeo se vuelve contra su objetivo! Con cada golpe de cañón algo se refuerza en Madrid. La indiferencia, que oscilaba, se determina. 

Pesa mucho un niño muerto cuando es tuyo. Un bombardeo, me ha parecido, no dispersa nada: unifica. El horror hace apretar los puños, y todos nos reunimos en el mismo horror. El teniente y yo trepamos sobre el talud. Rostro o navío, ahí está Madrid recibiendo los golpes sin responderlos. Pero así son los hombres: sus pruebas reafirman lentamente sus virtudes.

Por eso mi compañero se exalta; piensa en esa voluntad que se endurece Ahí está, respirando fuerte, en jarras. No lamenta las mujeres ni los niños muertos...

“Ésta hace la sesenta...”

El golpe resuena sobre el yunque: un herrero gigante forja Madrid.

Hemos reemprendido nuestra marcha hacia la primera línea de Carabanchel.

En semicírculo, en torno a nosotros, el frente se ve animado por unas ráfagas lejanas, incoherentes, universales, parecidas a los desvanecimientos y retornos de los cantos rodados que el mar trae y lleva. A veces el contagio del disparo se alarga, como una llama de grisú, sobre veinte kilómetros de línea, y después todo se serena, todo se calla, todo vuelve en sí. Y son instantes de tan perfecto silencio que siente uno en ellos morir la guerra.

Hay pues remisiones de todos los odios a la vez. Tras treinta segundos de una calma así, el rostro del mundo ya ha cambiado. Ya no hay golpes que devolver, ni respuestas que esperar, no hay ya en ningún lado provocación que contestar. ¡Qué ocasión patética para no volver a fusilar! ¡Quien de ahora en adelante dispare el primero cargará con el peso de la guerra!. Basta, para salvar la paz, con percibir ese silencio. 

Hélo aquí, tierno como un pastor. Está deseando que le escuchen...

Pero en alguna parte, antes de que cada uno lo haya reconocido, un tiro de fusil resuena demasiado pronto. En alguna parte la flama resurge de las aún ardientes cenizas. En alguna parte resucita la guerra, por el gesto de un solo asesino que no es responsable en absoluto.

Y yo evoco el silencio que, todavía una vez más, se instala, cuando, sea mina o torpedo, algo explota. Nos envuelve un polvo de yeso. Yo me sobresalto, pero por el andar campechano del teniente que me precede, entiendo que él se resiste a interesarse por esas erupciones. ¿Costumbre, desprecio de la muerte, resignación? Aprenderé poco a poco que uno se va haciendo un coraje de guerra a la manera de un caparazón. Uno fuerza a la imaginación a reposar. Todo lo que ocurre a más de diez metros, es rechazado a otro universo. Pero yo aún vuelvo la cabeza en la dirección del trueno, e intento descifrar los rumores.

En primera línea, el mundo que estaba vacío se ha repoblado. De vez en cuando luce el resplandor de un fumador o el fogonazo de una lámpara de bolsillo. Ahora atravesamos a tientas las casitas de Carabanchel por las trincheras excavadas en el camino. Vamos flanqueando, sin percibirlo, la estrecha calleja que es lo único que nos separa del enemigo. Hay pasillos que se hunden hacia los sótanos. Allí se duerme, se vela, y se dispara por los tragaluces. Y allí abajo nos mezclamos con la extraña vida submarina. Rozo, sin conocerla, a esta población tragada por la tierra. De vez en cuando, con suavidad, mi guía aparta con la mano a una sombra muda y me empuja al lugar del centinela. Entonces me inclino adelante. La tronera está obstruida por un trapo. 

Lo retiro y echo un vistazo. No veo nada, más que un muro, en frente, y esa extraña luz lunar que parece fulgurar bajo las aguas. Cuando vuelvo a poner con lentitud el trapo, me parece estar enjuagando la colada de luna.

Circula una noticia que rápidamente conozco: debemos atacar antes del amanecer. Hay que tomar treinta posiciones de Carabanchel. Treinta fortalezas de cemento, entre cien mil. Se trata, a falta de artillería, de tirar los muros a base de bombas y ocupar una por una de las celdas destripadas.

Recuerdo esos peces que se pescan con un anzuelo de hierro, hurgando en los agujeros. Experimento un vago malestar, miro a esos hombres que en seguida sorberán un gran tazón de aire, se lanzarán de golpe a la noche azul, y, si llegan al muro de en frente, conocerán, acorralados, mortales agresiones.

¿Cuántos, antes de esos quince pasos, rodarán ya por los suelos, ahogados en el claro de luna?

Pero nada cambiará en sus rostros. Ellos esperaban entrar en servicio. Todos voluntarios, habiendo renunciado a sus esperanzas o a sus libertades particulares, se habían reunido en el gran reclutamiento. Este asalto estaba previsto. Se saca de una provisión de hombres. Se saca de un granero lleno de grano. Se echa un puñado de grano para la siembra.

El miedo empezó con una agitación ligera. El tiro irracional se intensificó. Se temía al enemigo como si, enterado del ataque, debiera estar preparando Dios sabe que desesperado golpe. Como que lo buscaban en la sombra. Temían a la víctima, temían esa serenidad cruel de las víctimas a las que se toca en la nuca. He visto a pequeñas fieras tapiadas en sus agujeros, cómo se volvían ebrias de angustia. Y te saltaban al cuello. Buscaban al enemigo mudo, ese loco suelto en la montaña que prepara crímenes, y tiraban de antemano contra el silencio. Así creían oírle responder claramente; se teme a los fantasmas, no a los hombres. Pero era un fantasma quien respondía.

Y ahora, aquí, en el fondo de esta bodega, oíamos cómo se deshacía nuestro navío. Algo se desmembraba lentamente. La luna entra por las fisuras. Nos oponíamos a esta invasión de lo impalpable. De la luna, de la noche, del mar.

De vez en cuando, la tempestad rompe y sus golpes de ariete nos estremecen. Las balas hacen ahí fuera el aire irrespirable y nos sentimos simplemente encerrados por ellas, pero las minas, y los morteros que ahora se multiplican, nos agobian a cada momento como un atentado, como el cuchillo de un desconocido puesto sobre nuestro corazón. Alguien murmura: 

“Apuesto a que van a atacar ellos los primeros”.

Hemos recibido la onda de ese desmoronamiento en plena carne. Los hombres se estremecían, pero nadie se ha movido. Yo desearía comprender mejor lo que los imanta así, lo que los retiene. Mañana preguntaré al sargento vecino,si es que vuelve vivo de su asalto. Le diré: “¿Sargento, tú por qué aceptas morir?”

No se mueven pero, bajo los hachazos, se estremecen. Al hombre se lo acomete lentamente, como al árbol. Está tieso, pero cada golpe se añade a los otros. Y así yo siento, en la noche, cómo todos esos ramajes se sobresaltan.

Ahora las metralletas dejan ríos de chispas. Los disparos de fusil se exasperan. 

Ya no son el fruto de decisiones individuales. Algo se derrumba a lo largo de las trincheras. Veo cómo oscila la ametralladora más próxima. A treinta centímetros por debajo de la tierra negra, pasa su guadaña. A treinta centímetros bajo la tierra negra, nada respira. Y sin embargo algo está en marcha. ¡Ahora es cuando nos encarnizamos contra un fantasma, sin lograr ahuyentarlo!

¿Están atacando ellos? ¡Todo esto parece un maleficio! A través de aquella tronera nada vi, seguro, nada más que una estrella. Y ahora el ametrallador suelta unas ráfagas. Y, cuando dispara, la estrella parece temblar en el agua. La noche compone sortilegios, luchamos contra las estrellas y ese centinela que, lentamente, levanta el brazo, anuncia, anuncia...

Y bruscamente todo parece explotar de una sola vez. Mis pensamientos se aceleran. Pienso. Pienso como los otros. No quiero, no quiero... No quiero que la noche me ponga sobre la espalda, tras ese salto a la trinchera, el peso del destripador. No quiero oír a dos pasos de mí un grito de bestia. No quiero ganarme esta noche los grandes mausoleos de piedra. ¡Ah, si tuviera un fusil!

¡Atención! ¡Doy hachazos a ciegas!. ¡Atención! ¡Heriré al que avance! Me incorporo a esa ametralladora, revoloteo mi disparo junto al suyo, como el molinete de un sable, ¡en guardia!. Yo no quiero matar hombres, pero la noche, la guerra, el horror, el fantasma pálido que, fuera de la pesadilla, avanza con un paso... ¡Eh, todo aquello no era sino pánico!

Estamos en el despacho del capitán. El sargento informa. Se trataba de una falsa alarma, pero el enemigo parece estar al corriente. ¿Mantenemos el ataque? El capitán se encoge de hombros. Él tampoco hace más que ejecutar las órdenes. 

Y nos tiende dos vasos de coñac.

“Tú sales el primero, conmigo, le dice al sargento. Bebe y vete a dormir.”

El sargento se ha ido a dormir. Me han hecho sitio en torno a esa mesa donde una decena de personas vela. En esa habitación bien encalada, y de la que ninguna luz se filtra, la claridad es tanta que tengo que guiñar los ojos.

Bebo ese coñac vagamente azucarado, un poco empalagoso; tiene un gusto triste a amanecer. Comprendo mal cuanto me rodea, bebo y cierro los ojos. Tengo en la mirada esas casas glaúcas de Carabanchel.

A mi derecha están contando de prisa un chiste del cual no capto más que una palabra de cada tres. A mi izquierda, juegan una partida de ajedrez.

¿Dónde estoy?

Un hombre medio borracho hace su entrada: se bambolea lentamente en ese mundo ya irreal. Acaricia su hirsuta barba y desliza sobre nosotros unos ojos tiernos. Su mirada topa con el coñac, se desvía, vuelve al coñac, y vira suplicante hacia el capitán. 

El capitán ríe por lo bajo. El hombre, tocado por la esperanza, se ríe también.

Una risa ligera se apodera de los espectadores. El capitán retira lentamente la botella. La mirada del hombre juega a la desesperación, y así se entabla un juego pueril, una especie de ballet silencioso que, a través de la espesa humareda de los cigarrillos, el cansancio de la noche, la imagen del ataque próximo, proviene del sueño. Y yo me asombro de esta atmósfera de fin de vigilia, leyendo la hora en las caras que se afilan, mientras que fuera redoblan los golpes del mar.

Estos hombres se limpiarán en seguida el sudor, el alcohol, la mugre de la espera, en las aguas regias de la noche de guerra. Yo siento lo cerca que están de purificarse. Pero aún bailan, mientras puedan seguir bailando, el baile del borracho y de la botella. Prosiguen mientras sea posible hacerlo esa partida de ajedrez. Hacen que la vida dure mientras puedan. Un viejo despertador, sin embargo, atruena sobre una repisa. 

Lo han puesto para que les avise. Yo soy el único que lo mira de hurtadillas.

¿Cómo es que nadie lo oye? ¡Hace un ruido ensordecedor!

Pero ese instrumento seguirá sonando. Entonces los hombres se levantarán estirándose. Es un gesto al que se renuncia raramente cada vez que se trata de sobrevivir. Se estirarán y se abrocharán el cinturón. El capitán, entonces, cargará su revólver. El borracho, entonces, tornará a estar sobrio. Entonces todos tomarán prestado, sin apresurarse demasiado, ese corredor hasta el rectángulo de luz pálida al cual aboca y que es el cielo, dirán alguna cosa simple, como “ bonito claro de luna” o “hace bueno”. 

Y se lanzarán a las estrellas.

Apenas llegó contraorden telefónica para el ataque en el que todos, o casi todos, iban a morir en el asalto del muro de cemento, apenas se sienten seguros, seguros de pisotear durante todo el día, con sus zapatones, su buen planeta, apenas están en paz, empiezan todos a lamentarse.

Son mil quejas. “¿Nos toman por mujeres?” “¿Estamos en guerra o no?”. Mil comentarios ácidos sobre un estado mayor que renuncia a su cabezonada, pero que, declaran, se muestra partidario del bombardeo de Madrid, y del tributo de los niños entregados diariamente al cañón, ya que impone la inactividad justo cuando se estaba intentando hacer retroceder a esas baterías, por debajo del lomo de la montaña, dos veces más lejos de lo que hubiera sido necesario para salvar a la inocencia condenada.

Yo no puedo sin embargo olvidar que se trataba de hacer que un puñado de treinta hombres tomaran treinta fortalezas de cemento, dotadas de troneras y de ametralladoras, y así, en caso de milagro, avanzar como mucho ochenta metros, lo que obviamente no hubiera salvado, de entre los niños de Madrid, más que sólo a los que tuvieran costumbre, por hacer novillos, de instalarse en las afueras de la ciudad, en los últimos ochenta metros accesibles al disparo.

Así me parece, y según la propia confesión de mis compañeros, que ninguno de ellos hubiera retornado tras arrojarse al claro de luna, y que debieran estar satisfechos de poder todavía vociferar tan fuerte, despabilados por esos nuevos vasos de un coñac que beben para consolarse, pero con alegría, y que, después de la llamada de teléfono, ha cambiado curiosamente de sabor.

Pero no veo nada en esa vehemencia que pueda parecerme fanfarrón o ridículo, sabiendo que todos ellos estaban preparados para morir esa noche con simplicidad y sabiendo también algo que desearía que ustedes comprendieran. Por otro lado, reconozco al fondo de mí mismo una contradicción parecida a la suya y que sin embargo no me molesta en absoluto. Desde luego, más que ellos mismos sin duda, no teniendo, como simple espectador que soy, las mismas razones que ellos para asumir esos riesgos, yo deseaba, al fondo de mi noche, que el naufragio en el que estaba embarcado se desconvocara. Pero, ahora que se ofrecen una larga jornada y las jubilaciones prometidas, ahora que no tengo nada que temer, echo de menos también un algo oscuro que acompañaba al naufragio.

El día luce. Me aseo con el agua helada de la fuente, el café humea en los tazones, a cuarenta metros del enemigo, bajo un cenador destripado por las bombas de medianoche, pero que respetará la tregua del alba, y donde los escapados se reúnen una vez aseados, para comulgar en la vida y compartir el pan blanco, los cigarrillos y las sonrisas. Helos aquí instalándose, uno a uno, el capitán, el sargento R..., el teniente, plantando sus codos en la mesa, frente a las riquezas que han despreciado, sabiamente, a la hora de darlas, pero que retoman todo su valor. Ya resuenan los “¡Salud, Amigo!” y las grandes palmadas en la espalda.

Yo disfruto de ese viento helado que me acaricia y de ese sol que nos tiempla bajo el cristal. Disfruto de ese clima de alta montaña en el que me parece ser feliz. 

Disfruto de la alegría de esos hombres que, en mangas de camisa, toman fuerzas con su comida y se preparan, una vez en pie, a dar forma al mundo.

Una vaina madura explota en algún sitio. De vez en cuando, absurda, una bala chasquea así contra la piedra. Es la muerte que vaga, sin duda, pero desocupada, sin mala intención. Todavía no ha sonado su hora. Bajo el cenador, estamos ocupados en festejar la vida. El capitán comparte el pan y aunque yo he sentido en otras ocasiones su urgencia, es la primera vez que descubro tanta dignidad en la alimentación. Yo he visto descargar camiones de víveres para niños hambrientos, y aquello era patético, pero jamás había sospechado esta gravedad de la comida. El equipo completo ha vuelto de las tinieblas y el capitán rompe el pan blanco, ese pan de España, tan prieto, tan nutrido de trigo, para que cada uno de sus camaradas, con la mano tendida, reciba un pedazo embalsamado, gordo como un puño, que se va a cambiar en vida.

Porque todos han vuelto del fondo de las tinieblas. Y yo miro a esos hombres que comienzan así una nueva vida. Miro sobre todo al sargento R..., quien debía salir el primero y que se fue a dormir antes del ataque. He asistido a su despertar, que fue el de un condenado a muerte. El sargento R... sabía que desembocaría el primero frente a un nido de ametralladoras, y bailaría en el claro de luna esa danza de quince pasos en la que se muere.

Las trincheras de Carabanchel serpentean a través de casitas obreras cuyo mobiliario ha quedado intacto, y así, a unos pasos del enemigo, el sargento R..., vestido completamente, dormía estirado en una cama de hierro.

Cuando encendimos una vela y la fijamos en el cuello de una botella, cuando sacamos de la sombra aquella cama fúnebre, no vimos al principio más que dos borceguíes. Borceguíes enormes, claveteados, reforzados con hierro, borceguíes de ferroviario o de pocero, toda la miseria del mundo estaba allí, pues no se trataba, con los zapatones aquellos en los pies, de dar pasos felices en la vida, sino de abordarla como un cargador, para quien la vida es un navío que descargar.

Aquel hombre estaba calzado con instrumentos de trabajo y todo, sobre su cuerpo, eran instrumentos. Cartucheras, revólver, correas de cuero, cinturón. Llevaba la albarda o el arnés, todos los arreos del caballo de labor.

En Marruecos se ven al fondo de cuevas molinos tirados por caballos ciegos. Aquí en el fulgor tembloroso y rojizo de la vela, despertábamos también a un caballo ciego para que tirara de su almiar.

“¡Eh! ¡Sargento!”

Él lanzó un suspiro, pesado como una ola, y se volvió lentamente, de una vez, hacia nosotros, mostrándonos un rostro dormido, pero doloroso. Sus ojos estaban cerrados y sus labios, que dejaban salir la vaharada del suspiro, permanecían entreabiertos como los de un ahogado.

Nos sentamos sobre su cama, asistiendo sin decir palabra a ese despertar laborioso, pues el hombre estaba atrapado en las profundidades submarinas, y retenido por sus puños, que abría y cerraba, a no sé qué algas negras. Por fin, suspirando de nuevo, se volvió otra vez, escapando a nuestra mirada, con el rostro vuelto hacia el muro, con esa obstinación de un animal que no quiere, no quiere morir, y que, testarudo, vuelve la espalda al matadero.

“¡Eh! ¡Sargento!”

De nuevo llamado al fondo de los mares, volvió a nosotros, y su rostro emergió de nuevo en el resplandor de la vela. Pero esta vez hemos esposado al durmiente: ya no se nos escapará. Sus párpados se cerraban, su boca se removió, se pasó una mano por la frente, hizo un esfuerzo por volver a entrar en sus sueños felices, para rechazar nuestro universo de dinamita, de fatiga y de noche helada, pero era demasiado tarde. Se imponía algo que venía de fuera. Así la campana del colegio despierta lentamente al apenado niño. Éste había olvidado el pupitre, la pizarra negra y el castigo. Soñaba con ese día de fiesta y disfrutaba, como los otros, del paseo y las risas... Intenta salvar esa dicha elmáximo de tiempo posible, intenta enrollarse de nuevo en las olas de ese sueño en el que tiene derecho a creerse feliz, pero la campana suena siempre y le devuelve, inexorable, a la injusticia de los hombres.

Similar a él, el sargento retomaba el control de ese cuerpo ajado por la fatiga, ese cuerpo que no quería y que, en el frío del despertar, conocería en breve esos tristes dolores en las articulaciones, después el peso de los arreos del equipo, después esa carrera pesada de la muerte, la suciedad de la sangre en la que sumergimos las manos para volver a ponernos en pie, lo pegajoso de ese sirope que se coagula. No tanto la muerte como el calvario del niño castigado.

Y, uno a uno, estiraba sus miembros, poniendo en su sitio el codo, estirando la pierna, trabada por sus últimas brazadas en el sueño entre las correas, el revólver, las cartucheras, las tres granadas colgadas de su cintura y contra las cuales había dormido. 

Finalmente, abrió lentamente los ojos, se sentó en la cama, nos vio:

“¡Ah, sí!... Es la hora”

Había alargado con sencillez su brazo sobre el fusil.

“No, hay contraorden, no hay ataque”

Sargento R., yo atestiguo que te estábamos haciendo don de la vida. Simplemente. Tan plenamente como al pie de una silla eléctrica. Y Dios sabe si se hace demagogia sobre el patetismo de un recurso de gracia cuando se está al pie de la silla eléctrica. Además, nosotros te llevábamos el recurso de gracia in extremis, pues no había ante tu imaginación, entre la muerte y tú, más que el espesor de un tabique. En ese momento, perdona mi curiosidad: yo te estuve mirando. Y jamás olvidaré tu rostro. Un rostro conmovedor y feo, con esa nariz demasiado grande, abollada, esos pómulos salientes, y esos quevedos de intelectual. ¿Cómo se recibe el don de la vida? Voy a decirlo. Se queda uno sentado, se saca el tabaco del bolsillo, y se baja lentamente la cabeza mirando al suelo. Después se pronuncia:

“Me gusta tanto”

Baja de nuevo la cabeza y añade:

“Si nos hubieran enviado dos o tres brigadas de refuerzo, para que este ataque hubiera tenido sentido, entonces habrías visto aquí el entusiasmo...”

Sargento, sargento,... ¿qué haces tú, del don de la vida?

Ahora mojas tu pan en el café, sargento pacífico, y enrollas cigarrillos, y eres como el niño al que le han levantado el castigo. Y sin embargo, como tus camaradas, estás listo para recomenzar esta misma noche esos pocos pasos tras los cuales sólo queda el arrodillarse. Y yo doy vueltas y vueltas en mi cabeza a la pregunta que desde ayer quiero hacerte: “Sargento, ¿por qué aceptaste morir?”. Pero esta pregunta es imposible formularla, lo sé bien. Ella heriría un pudor que se ignora a sí mismo pero que no perdonaría. ¿Cómo responderías tú, con grandes palabras?. Te parecerían falsas y lo son. ¿De qué lenguaje dispondrías tú para expresarte, tú, pudoroso? Pero estoy decidido a saberlo y sortearé la dificultad. Te plantearé preguntas pequeñas que parezcan naderías...

“En el fondo, ¿por qué viniste?”

En el fondo, sargento, si he comprendido bien tu respuesta, tú mismo lo ignoras. 

Contable en algún lugar en Barcelona, ajeno a la política, tu ordenabas cifras sin preocuparte mucho de la lucha contra los rebeldes. Pero un compañero se enroló, después un segundo, y con sorpresa sufriste una extraña transformación: tus ocupaciones, poco a poco, te fueron pareciendo fútiles.

Tus placeres, tu trabajo, tus sueños, todo aquello era de otra edad. Allí no estaba lo importante. Al final llegó la noticia de la muerte de uno de ellos en el frente de Málaga. No era un amigo al que desearas vengar, y sin embargo la noticia pasó sobre vosotros, sobre vuestros estrechos destinos, como un golpe de viento marino. Un compañero te miró aquella mañana: 

“¿Vamos nosotros? –Vamos nosotros”. Y vosotros “vinisteis”.

Tú no te extrañas siquiera de esa llamada imperiosa, que te obligaba a partir. 

Aceptas una verdad que no has sabido traducir en palabras, pero cuya evidencia te ha dominado. Y, mientras escucho esta sencilla historia, me viene una idea que me guardo para mí.

Me viene una imagen.

Cuando pasan los patos o las ocas salvajes en la época de las migraciones, se levanta una extraña marea en los terrenos que van dominando. Los patos domésticos, como imantados por el gran vuelo triangular, intentan un vuelo inhábil y que a pocos pasos fracasa. La llamada salvaje ha tocado en ellos, con el rigor de un arpón, no sé qué vestigio salvaje. Y así los patos de las granjas se cambian por un minuto en patos migratorios. Así en esa pequeña cabeza dura, en la que circulaban humildes imágenes de charca, de gusanos, de gallinero, se desarrollan las extensiones continentales, el gusto por los vientos de alta mar y la geografía de los mares. Y el pato titubea de izquierda a derecha en el encierro de su valla, dominado por esa pasión repentina que no sabe a dónde le empuja y por ese vasto amor del que siempre ignorará el objeto.

Así, el hombre al que una evidencia desconocida apresa, descubre la vanidad de sus ocupaciones de contable, como la de las dulzuras de la vida doméstica. Pero no sabe dar un nombre a esa verdad soberana.

Para explicar esas vocaciones, se nos habla del deseo de evasión o del gusto por el riesgo, como si no fuera precisamente ese gusto por el riesgo o esa necesidad de evasión lo que hay que explicar primero. Se invoca también la voz del deber, pero, ¿cómo es posible que ésta sea tan imperiosa?. ¿Qué comprendiste, sargento, cuando fuiste turbado en tu paz?

Esa llamada, que te conmovió, atormenta sin duda a todos los hombres. Llámese sacrificio, poesía o aventura, la voz es siempre la misma. Pero la seguridad doméstica ha ahogado muy bien en nosotros la parte que podría oírla. Suspiramos apenas, damos dos o tres aletazos y volvemos a caer en nuestro patio. Somos razonables. Tememos perder nuestras pequeñas ganancias por una gran sombra. Pero tú, sargento, tú has descubierto la racanería de esas actividades de tendero, esos pequeños placeres, esas pequeñas necesidades. Ahí no viven hombres. Y aceptas obedecer a la gran llamada sin comprenderla. Ha llegado la hora, debes mudar, debes encarnar tu envergadura.

El pato doméstico ignoraba que su pequeña cabeza fuese lo suficientemente grande para contener océanos, continentes, cielos, pero ahí está batiendo sus alas, despreciando el grano, despreciando los gusanos, y queriendo ser pato salvaje.

Cuando llega el día en que las anguilas deben llegar al mar de los Sargazos, no hay quien las retenga. Desprecian su comodidad y su paz o las aguas tibias. Emprenden su camino en el criadero, desgarrándose contra las vallas, deshollándose contra las piedras. Buscan el río, que conduce al abismo.

Así tú te sientes transportado en esa migración interior de la que nadie te ha hablado jamás. Preparado para unas nupcias de las que ignoras todo, pero a las que es necesario que respondas: “¿Vamos nosotros? Vamos”. Y te fuiste. Partiste en dirección a un frente de guerra del que no sabías nada. Te pusiste en camino, necesariamente, igual que ese pueblo de plata que reluce, a través de los campos, en marcha hacia el mar, o como en el cielo, ese triángulo negro.

¿Qué buscabas tú?. Esta misma noche estabas casi al final. ¿Qué has descubierto en ti, que estaba casi al borde de aparecer?. Tus compañeros, al amanecer, se quejaban: ¿Qué frustración tenían?. ¿Qué descubrieron en sí mismos, que iba a mostrarse, y que ahora lloran?.

No me interesa saber si esa noche han tenido o no miedo. Qué me importa saber si deseaban o no que se suspendiera ese naufragio. Ni si incluso estaban dispuestos a huir. Pues no huyeron. Pues aceptan, que esta próxima noche, todo vuelva a empezar. 

Hay viajes de los pájaros migratorios que se emprenden con viento contrario sobre el océano. Y el océano se hace demasiado largo para su vuelo, no saben ya si llegarán o no a la otra ribera. Pero en sus pequeñas cabezas están las imágenes del sol y de la cálida arena, sosteniendo ese vuelo.

¿Qué imágenes son ésas, sargento, que gobiernan así tu destino, que valen para ti arriesgar tu cuerpo en la aventura? Tu cuerpo, tu única riqueza. Hay que vivir mucho para convertirse en hombre. Se va trenzando lentamente la red de las amistades y de las ternuras. Se aprende lentamente. Lentamente se compone la obra. Y si uno muere demasiado pronto se ve uno como frustrado en su plan. Hay que vivir mucho tiempo para consumarse.

Pero tú has descubierto bruscamente, con el favor de la prueba nocturna que te ha despojado de todo accesorio, un personaje que viene de ti y que no conocías en absoluto. Lo descubres grande y no sabrías olvidarlo ya. Y eres tú mismo. Tienes el sentimiento repentino de que tú te realizas en ese instante mismo y que el porvenir no te es ya necesario para acumular riquezas. Quien ya no está ligado a los bienes perecederos, quien acepta morir por todos los hombres, quien vuelve a un no sé qué universal, ése ha abierto sus alas. Un gran soplo pasa por él. He aquí que se ha liberado de su ganga, el señor dormido que abrigabas dentro: el hombre. Eres igual que un músico que compone, que un físico que hace progresar el conocimiento, que todos aquellos que construyen las rutas que nos liberan. Ahora bien puedes correr el riesgo de morir. ¿Qué vas a perder? Si fuiste feliz en Barcelona, no estropearás ahora tu felicidad. 

Has llegado a esa altitud en la que todos los amores sólo tienen una común medida. Si sufrías, si estabas solo, si ese cuerpo no tenía donde refugiarse, ahora te recibe el amor.


Antoine Saint Exupéry 
"España ensangrentada"
Publicado en Paris-Soir, los días 27, 28 de junio y 3 de julio de 1937



L'Intransigeant, 19-8-1936



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