Lo Último

1078. Usos amorosos en la posguerra española. - I Bendito atraso.






"Yo envío una bendición especialísima a las familias de los mártires españoles. De España ha salido la salvación del mundo". (1)

Con estas palabras, escritas en abril de 1939, recién concluida nuestra guerra civil, Eugenio Pacelli se convertía en el primer soporte ideológico del régimen de Franco.

Nacido en 1876, de familia de juristas y diplomáticos, hacía solamente un mes que había accedido al Papado con el nombre de Pío XII, justamente cuando las tropas autodenominadas «nacionales» estaban ya a las puertas de Madrid, y su caudillo, el general Francisco Franco Bahamonde, a punto de agarrar las riendas del país para no soltarlas en mucho tiempo. La simultánea ascensión al poder del burgués romano y del militar gallego (dieciséis años más joven) me parece una coincidencia simbólica, que muy bien puede servir de pórtico para entrar en la etapa de la historia española cuyas costumbres quiero analizar.

La verdad es que pronto empezaron a llevarse peor y a desconfiar uno de otro, pero era una verdad que en aquel tiempo se filtraba, como todas, veladamente; y ni se creía ni se dejaba de creer.

Todos los comentarios a la política, a las enfermedades venéreas, a las ejecuciones capitales, a los negocios sucios o a la miseria del país eran velados y clandestinos, y a lo sumo afloraban de repente en algún chiste de humor negro inventado por sabe Dios qué oscuro oficinista. 

El nuevo Régimen había establecido como norma: 

"... la obediencia, el cuidado de no murmurar, de no concedernos la licencia de apostillar... La fórmula es ésta: el silencio entusiasta".(2)

O sea, sospecháramos lo que sospecháramos, impasible el ademán.

Al fin y al cabo, no se tenían datos seguros más que para la conjetura y el encogerse de hombros. Si las relaciones del jefe de la Iglesia con el jefedel Estado no eran transparentes —como no lo fueron las de Franco con nadie—, allá ellos desde sus respectivas alturas. 

Fuera como fuera, aquellas primeras declaraciones de amor de Pacelli, que se siguieron citando en los años siguientes, como el que alimenta la validez de un idilio releyendo cartas atrasadas, habían dado pie sobrado al general español para que tanto él como sus propagandistas explotaran explotaran hasta la náusea la cantinela de que España, aquel país de donde había salido la salvación del mundo, era una nación elegida, excepcional, diferente. El Papa, infalible por definición, lo había escrito. Y lo escrito, escrito queda.

"La nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del nuevo mundo y baluarte inexpugnable de la fe católica acaba de dar a los precursores del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que, por encima de todo, están los valores de la Religión y del espíritu". (3)

Los altibajos posteriores de aquella comunidad de intereses entre Franco y el Vaticano podrían compararse a las sordas desavenencias conyugales de tantos matrimonios de la época, condenados a aguantarse mutuamente y cuyas relaciones, nacidas al calor de un entusiasmo retórico y fugaz, estaban basadas en el desconocimiento del aliado.

Es bien sabido que Franco era, sobre todo, un militar ambicioso, decidido y sin escrúpulos de conciencia, para quien no existía mayor infierno que la indisciplina ni mayor enemigo que el que no se plegase incondicionalmente a su autoridad. Hijo de un militar de poco relieve y conducta algo disoluta, al que nunca quiso parecerse, y de una madre anodina y resignada, a la que siempre veneró como modelo de mujeres, jamás se le conoció más pasión que la del mando absoluto. Ni pasiones de la carne, ni pasiones del espíritu. Sus biógrafos destacan, unos con admiración y otros con reticencia, el hecho de que hubiera aplazado por dos veces su boda con una señorita ovetense, de mejor familia que la suya, requerido por exigencias del servicio a la Patria. Sabía esperar. Nunca se ponía nervioso.

"Carece de nervios. No se queja de nada" —declaró años más tarde aquella señorita, Carmen Polo, convertida ya en su santa esposa.(4)

Elogio más bien soso, pero sin duda verídico.

De pasión religiosa o inquietudes espirituales tampoco había dado la menor señal antes de llegar al poder. Se decía, por el contrario, que era tibio y poco amigo de curas; y el código de valores que había aprendido de joven en las campañas de Marruecos distaba mucho de ser el de un príncipe cristiano. Pero desde que se puso al mando de las tropas rebeldes, comprendió claramente que, si ganaba la guerra y se convertía en el primer mandatario del país, su régimen sólo podría arraigar y popularizarse asociándolo con el concepto de «españolidad» que los republicanos habían traicionado, al beber su ideología en fuentes de «ateísmo materialista» importadas del extranjero. La verdadera España la representaba él. Más todavía: era él mismo.

"¿Quién se ha metido en las entrañas de España como Francoclamaba ya en 1938 el exaltado Giménez Caballero—, hasta el punto de no saber ya si Franco es España o si España es Franco?" (5)

Por ahí, por esa identificación con la esencia de España, era por donde convenía insistir —y se insistió hasta el delirio— para echar los cimientos del pedestal sobre el que se afirmaría el Generalísimo de los Ejércitos, cada vez más seguro de su estrella, de su misión redentora.

"Nuestra revolución —dijo en un discurso de 1945— hizo posible la vuelta de España a su verdadero ser". (6)

Pero no se trataba solamente del ser, sino también del parecer. A España la habían violado los rojos al injertarle costumbres y vestirla con atuendos que «no le iban». Era preciso renovar su faz buscando la inspiración en modas tradicionales, resucitando su famosa peculiaridad.

"Hemos de hacernos el traje a nuestra medida, español y castizo — dijo en las Cortes españolas en 1943—; que si el régimen liberal y de partidos puede servir al complejo de otras naciones, para los españoles ha demostrado ser el más demoledor de los sistemas". (7)

Ya tendremos ocasión de ver más adelante la importancia que se daba a la apariencia exterior, y hasta qué punto la decencia en el vestir se interpretaba como síntoma de españolidad. Pero, aunque la frase citada no pase de ser una metáfora, mirando las revistas de la época saca uno la consecuencia de que aquel traje castizo que devolvía a España su verdadero ser era una mezcla de bata de lunares y sotana de cura. Pero sobre todo esto último. Franco, consciente del apoyo incalculable que podía prestarle la Iglesia en una coyuntura como aquella, había decidido echarse en sus brazos, siempre que ella, a su vez, le rindiera ciega pleitesía. El 20 de mayo de 1939, recién terminada la guerra, ofrendó la espada de la Victoria al cardenal Gomá, quien agradeció con sentidas palabras aquel «gesto nobilísimo de cristiana edificación», mientras el cardenal Eijo Garay, presente en el solemne acto, declaraba, con el botafumeiro en la mano:

"Nunca he incensado con tanta satisfacción como lo hago con Su Excelencia". (8)

Así se iniciaban los bombos mutuos y los mutuos inciensos de aquel incipiente idilio entre Franco y sus obispos, que si bien se mira tenía algo de escandaloso, como todo favor comprado. Porque la Iglesia española iba a recibir un tratamiento privilegiado como en pocas etapas de su historia, a cambio de que el poder público, aun declarando de manera ostentosa seguir sus directrices paternales, impusiera una condición: la de que no ocupase sede episcopal alguna un solo obispo sospechoso de abrigar tendencias opuestas al Régimen. (9)

No parece que esta megalomanía e injerencia en asuntos de competencia ajena hiciera mucha gracia al nuncio Cicognani ni al propio Pacelli, que de hecho no reconoció abiertamente el régimen de Franco hasta el Concordato de 25 de agosto de 1953, es decir, más o menos cuando termina el plazo que nos hemos marcado para esta historia. Temeroso de que el Estado español, en nombre de su tan decantada peculiaridad, estuviese mangoneando la doctrina de Cristo de un modo también demasiado peculiar, debió arrepentirse más de una vez de haberle dado alas a aquel gallego más papista que el Papa, y que parecía más dispuesto a capitalizar su bendición inicial que a dejar de hacer lo que le viniera en gana o a renunciar al lujo de desfilar bajo palio.

La censura oficial, de todas maneras corría un tupido velo sobre aquellas presuntas desavenencias entre Eugenio y Francisco, del mismo modo que los confesores ordenaban el más celoso silencio sobre los problemas conyugales de sus penitentes femeninas. Había que guardar las apariencias para no dar al traste con la estabilidad de las instituciones intocables. Si el marido engañaba a la mujer, con tal de que lo hiciera sin demasiado escándalo y de tapadillo, lo mejor era hacer como si nada, que no se enterara nadie, para que los hijos pudieran seguir viendo a sus padres aliados en lo esencial, en la tarea de sacarlos adelante a ellos, de enseñarles a amar la España nueva, de prohibirles cosas. El padre junto a la madre como un bloque indestructible ante el cual se estrellaba cualquier actitud que no fuera la del respeto.

De la misma manera había que mirar a Franco y al Papa. 

Encadenados uno a otro, apoyándose mutuamente en aquella cruzada del espíritu contra la materia, mediante cuya exaltación se pretendía inducir a las nuevas generaciones a soportar cualquier revés y aceptar cualquier cruz con sana alegría. Se llevaran bien o no, tenían que dar ejemplo a sus hijos. Y nunca llegaron al divorcio. El divorcio no existía. Era cosa de rojos.

Durante la época que voy a estudiar, sus retratos aparecían con frecuencia uno cerca de otro en aulas, sacristías y despachos, en el ABC, en el cuarto de estar de muchas casas. Crecimos bajo la vigilancia de aquellos dos rostros, el del casquete blanco y el del bigotito, donde no puede decirse que anidaran precisamente la ternura, la compasión ni la fantasía. Miradas de alerta y severidad, acechando el más leve desmán contra la indisciplina.

"Que el niño perciba que la vida es milicia, o sea, disciplina, sacrificio, lucha y austeridad". (10)

Y el niño lo percibía, ya lo creo. Percibía en casa, en la calle y en la escuela una atmósfera tensa, un clima de encogimiento que coartaba la espontaneidad. Además, por mucho silencio entusiasta que se predicara, nadie podía dejar de reconocer que casi todo el mundo pasaba hambre. Y que no había carbón, ni gasolina.

Es bien sabido que aquellos años, llamados triunfales, fueron de gran penuria económica, de rigurosas sequías, de bajos jornales agrícolas, de falta de vivienda para la gente que emigraba del campo a la ciudad, de mal funcionamiento de los servicios públicos.

Y además de aislamiento político. Porque en ninguno de los países rectores del nuevo orden mundial se miraba con simpatía la dictadura del general Franco, y mucho menos a partir de la derrota de las fuerzas del Eje. Pero él se crecía y lo achacaba a envidia. Muy de marchamo español también, por otra parte, esa exhibición de desdén olímpico hacia lo que los demás puedan pensar de uno.

"A España se la ha hostilizado siempre que ha resurgido, desde los tiempos de Felipe II..., y cuanto más se ha levantado, cuanto más independiente se ha hecho, cuanto más enérgicamente se ha extirpado un cáncer o una enfermedad que la corroía, más ha crecido contra España la hostilidad de fuera". (11)

Frente al espejuelo de riqueza y «modernidad» de aquellos otros países que nos despreciaban, se levantaba el banderín de la tradición autóctona. Después de todo, de ellos no había salido la Salvación del mundo, como del nuestro... Y se acudía a la Historia para refrendar el destino de «rompeolas europeo» de que se jactaba ahora la España «nueva». Aunque para buscar las fuentes de tal «novedad» hubiera que remontarse a los godos. Que era precisamente lo que más se hacía.

"Desde luego, sin petulancia, tal vez podamos decir los españoles que Europa nos debe la vida. Porque España fue el rompeolas europeo donde quebró su ímpetu la más formidable amenaza que vieron los siglos: la marea islámica". (12)

Desde la Reconquista para acá, todo habían sido glorias y triunfos del Imperio español hasta el siglo XVIII, que es cuando habían empezado a entrar en la Península los vientos antiheroicos y burgueses del progreso material, cuya culminación se situaba en el ateísmo de cuño extranjero implantado por la reciente República, de triste memoria.

Pero Franco lo había dicho en enero de 1942:

"No hemos venido a regalarnos con la vida ni a disfrutar de esa paz que muchos burgueses aman". (13)

Ni a él ni a los ideólogos del nuevo Régimen, que al principio vivieron de prestado de la retórica falangista, se les ocurría ahondar en la contradicción existente entre la austeridad que predicaban y el escandaloso florecimiento del estraperlo, la prostitución y los negocios sucios, acaparados por unos cuantos vivales que conducían coches ostentosos apodados «haigas», manipulaban los permisos de importación y «fumaban a todo pasto Philip Morris», como se cantaba en una revista musical de la época. El español medio, escindido entre las imposiciones de la moral pública y el ejemplo creciente de aquellos pescadores en río revuelto, que medraban como la espuma, aguantaba cansino un bombardeo de prédicas sobre la vida heroica de los pueblos viriles más interesadas en legitimar la Cruzada frente a sus detractores que en hacer justicia social o dar facilidades para que la gente de carne y hueso, que había sobrevivido a la catástrofe fuera un poco menos infeliz. Buscar la felicidad se consideraba un propósito deleznable.

"Escuchamos con frecuencia a personas que no pertenecen a nuestra generación la alusión a formas de vida que nada tienen que ver con el espíritu de la Falange. Hablan con nostalgia de «tiempos fáciles», de «tranquilidad», de «abundancia», de «bienestar». Los falangistas no sentimos hoy nostalgia de bienestar material, ni mucho menos de aquella triste época de la vida fácil". (14)

A través de este jeroglífico sólo para iniciados, donde lo fácil se identificaba con lo triste, se iba abriendo paso trabajosamente una noción aproximativa del tipo de alegría que teníamos que cultivar los jóvenes de la España nueva, conforme a nuestras peculiaridades raciales. Se trataba de una alegría tensa, sublime y como atormentada, algo muy «sui generis». Con música de himno quedaba bonito, pero ¿quién podía identificarse con aquello a la hora de la merienda?

Repasando las publicaciones de la época, cuajadas de adjetivos como impasible, viril, señero, altivo, entusiasta, pujante, augusto e imperial, salta a la vista su ineficacia como catecismo de aplicación concreta para un pueblo con las heridas en carne viva, harto de descalabros y ansioso de consuelo, que difícilmente podía sentirse aplacado por aquella palabrería y mucho menos reflejado en ella.

"El retoricismo y superficialidad de aquellas composiciones escribiría años más tarde Dionisio Ridruejo, refiriéndose a las suyas propias— no trasluce en ningún momento experiencia viva, y más parece aludir a cosas ocurridas en el país de los sueños que a furias, dolores y esperanzas encarnizadas en un pueblo real." (15)

Este escamoteo de la experiencia viva, sustituida por la mención a cosas que parecían ocurridas en el país de los sueños es una de las claves más importantes para entender también el desconcierto y la ceguera con que la mayoría de los jóvenes de ambos sexos llegaban al matrimonio, como luego veremos.

Todas las perplejidades de quien no estuviera dispuesto a comulgar con ruedas de molino derivaban de aquella esquizofrenia entre lo que se decía que pasaba y lo que pasaba de verdad, entre lo que se imponía y lo que se necesitaba. 

Se imponía, por encima de todo, la definición de un estilo de vida  propio y que resultara convincente. Pero ya vamos viendo que aquel  atuendo de estilo español para muchos resultaba un disfraz incómodo. La palabra «estilo», pronunciada y escrita por entonces hasta la saciedad, era  un concepto en perpetua búsqueda de su propia definición, vocablo  prestigioso con unas resonancias aristocráticas que intentaban concederle  un valor «per se», como un guiño dirigido a halagar los bajos instintos de  las clases acomodadas, invitadas a la participación y al ascenso al sentirse  imbuidas de su misión ejemplificadora.

"Cuando hablamos de una época sin estilo, como los tiempos de  esa segunda república fenecida, queremos decir que su estilo no llegó a formarse por falta de espíritu, parándose en caótica confusión". (16) 

A la falta de espíritu remitía, en última instancia, toda condena. Ya había pasado la hora de las alternativas y de las disidencias, de no conformarse cada cual sin rechistar con lo que le toque, con lo que le mande Dios. La vida fácil había resultado ser una indecencia. Y ante la sospecha de que volviera a retoñar, al Gobierno se le hacían los dedos huéspedes. 

"Una de las cosas que fundamentalmente nos deben preocupar en la hora que vivimos es ésta: el cambio de estilo. Hay que tener una preocupación: la de estar todos, de por vida, implicados en el afán de que no retoñen los estilos viejos. Nada de lo que se practicaba hace tres años es ya posible, es un estilo que se suicidó con el arma de su propia indecencia. Lo que hay que cuidar, más que una resurrección imposible, es el riesgo de que se instalen costumbres que en el futuro pudieran crear una atmósfera semejante". (17) 

La atmósfera proscrita en este texto aludía, sin embargo, a un pasado demasiado reciente como para que la evocación de sus modas y costumbres no provocara en las mentes juveniles cierta añoranza al compararla con la atmósfera actual, más estática y como más «antigua» que la otra. ¿Por qué llamaban viejos a aquellos estilos y nuevos a éstos? 

Los chicos y chicas de posguerra, fuera cual fuera la ideología de sus padres, habían vivido una infancia de imágenes más movidas y heterogéneas, donde junto a la abuela con devocionario y mantilla de toda la vida, aparecían otra clase de mujeres, desde la miliciana hasta la «vamp», pasando por la investigadora que sale con una beca al extranjero y la que da mítines. Las habían visto retratadas en revistas, fumando con las piernas cruzadas, conduciendo un coche o mirando bacterias por un microscopio. Habían oído hablar de huelgas, de disputas en el Parlamento, de emancipación, de enseñanza laica, de divorcio; sabían que no todos los periódicos decían lo mismo, que no todas las personas pensaban lo mismo y también, claro está, que a uno cuando fuera mayor le sería posible elegir entre aquellas teorías distintas que hacían discutir tanto a la gente, y entre aquellos tipos de mujer, para imitarlo, si se era una niña, o, para casarse con ella, si se era un niño. Ahora esos estilos «viejos» se habían quedado para los países sin fe, donde soplaba, según expresión del Papa un aire malsano de paganismo renacido, que tendía a engendrar e introducir una amplia paridad de las actividades de la mujer con las del hombre.(18) 

Esos vientos de paganismo renacido venían, como casi todo lo malo, del extranjero. Y la mujer que los bebiese o soñase con beberlos no merecía el nombre de española. Ni más ni menos. Lo cual no quiere decir que algunas no soñasen con beberlos. 

"La mujer de España, por española, es ya católica —leemos en un texto de la época—... Y hoy, cuando el mundo se estremece en un torbellino guerrero en el que se diluyen insensiblemente la moral y la prudencia, es un consuelo tener a la vista la imagen «antigua y siempre nueva» (el entrecomillado es mío) de esas mujeres españolas comedidas, hacendosas y discretas. No hay que dejarse engañar por ese otro tipo de mujer que florece en el clima propicio de nuestra polifacética sociedad, esa fémina ansiosa de «snobismo» que adora lo extravagante y se perece por lo extranjero. Tal tipo nada tiene que ver con la mujer española y, todo lo más, es la traducción deplorable de un modelo nada digno de imitar" (19) 

Dotar de novedad, es decir vender como moderno, aquel tipo de mujer tradicional antigua y siempre nueva es tarea a la que se dedicó incansablemente la propaganda de la época, en un empeño, no siempre coronado por el éxito, de hacerlo competir ventajosamente con otros modelos de conducta no tan fáciles de extirpar y por los que se seguían pereciendo algunas féminas «ansiosas de snobismo». Se gastó mucha tinta en tomar el pulso a la sorda contienda entablada entre los estilos heredados de la República y los impuestos por el franquismo, tomando como foco más sintomático del sondeo el comportamiento de la mujer, ya que ella había de ser el puntal y el espejo de futuras familias. Y, según la mayoría de las declaraciones, no había graves motivos de preocupación. A finales de la década de los cuarenta, España seguía teniendo fama de dar mujeres «muy mujeres». 

"He viajado bastante, conozco toda América —declara María Teresa Casanova en una entrevista—, y creo sinceramente que donde la mujer se conserva más mujer es aquí. No en vano pertenece a un pueblo donde todo es tradición". (20) 

Aunque resulta un tanto esquivo a la definición este concepto de la mujer muy mujer, lo cierto es que su adjudicación suponía un gran elogio. 

En una semblanza de 1950 sobre la esposa del Generalísimo, se la definía ante todo como «muy mujer». A lo largo del texto, el lector busca datos que justifiquen tal atribución, y todos los que encuentra se relacionan con la actitud pasiva y el espíritu de sacrificio:

"Tenía solamente catorce años cuando murió su madre, y siendo la mayor de las chicas, naturalmente correspondió a ella el cuidado de sus hermanas más jóvenes, de su hermano mayor y de su padre. Estaba cuidando de ellos cuando Franco, aún sólo comandante, llegó a Oviedo en comisión de servicio. Franco fue su primer novio y también el único. Se casaron cuando ella tenía veintitrés años". (21)

No creo que para las féminas ansiosas de snobismo significaran acicate alguno los méritos de esta borrosa provinciana, que ni siquiera convertida en la primera dama de España dio nunca muestras de interés real por ninguna cuestión social o política, mera figura decorativa que se limitaba a sonreír, mucho, a recibir a señoras de luto y a ponerse collares. 

No. Los modelos «nada dignos de imitar» que soliviantaban a las jóvenes de posguerra con ansias de modernismo no venían de El Pardo, evidentemente. Los proponía, sobre todo, Norteamérica, en muchos de cuyos estados la mujer había conseguido el voto electoral y se jactaba de tener iguales derechos que el hombre. 

Y con esto llegamos al quid de la cuestión, que explayaré más detenidamente en otros capítulos de este trabajo. Creo que es imposible entender los usos amorosos de la primera posguerra sin tener en cuenta la mezcla de fascinación y rechazo que despertaba en la España del estraperlo y del racionamiento el progreso económico de aquella nación, contra la que existían tantos prejuicios pero que, al fin y a la postre, nos iban a sacar de pobres y a arrancarnos, con el traje de lunares, la careta de detentores exclusivos de la verdad y de la fe. 

A principios de la década de los cincuenta, cuando ya se estaban dando pasos para la luna de miel con los Estados Unidos, cuya caricatura plasmó Luis G. Berlanga en su famosa película Bienvenido, mister Marshall, Carlton Hayes, ex embajador de aquel país en el nuestro, deseoso de limar asperezas, reconocía así la mala imagen que uno seguía teniendo del otro:

"Existen en España —decía— ignorancia y prejuicios acerca de la vida y el pensamiento de los Estados Unidos. La mayoría de los españoles se inclinan a juzgar a los americanos a través de las películas inmorales de Hollywood o las jactanciosas emisiones de la propaganda radiada de Nueva York, y llegan a la conclusión de que somos toscos, materialistas o bárbaros incivilizados. Envidian nuestra maquinaria, nuestros automóviles y nuestro progreso material, pero alimentan sospechas respecto a nuestros objetivos y a nuestro poder... La ignorancia popular y prejuicios existentes en los Estados Unidos acerca de España es sencillamente colosal... La minoría que entre nosotros trata de simpatizar con España lo hace probablemente de una manera romántica. La gran mayoría se contenta con aceptar los viejos estereotipos y slogans de la intolerancia, atraso y crueldad de los españoles". (22) 

El arraigo de estos estereotipos allende las fronteras era fruto de una «leyenda negra», que se escribía sin embargo con la complicidad de la parte denigrada. A lo largo de los años cuarenta nuestro país, tercamente encastillado en la altivez de sentirse diferente, y proclamando a los cuatro vientos que no necesitaba limosna de ateos y masones, aunque se estuviera muriendo de hambre, daba poco pie a relaciones cordiales. En algunos textos de entonces, la jactancia del «pobres pero honrados» adquiere tonos fanáticos, mitad de esperpento, mitad de rabieta infantil:

"Que sea español nuestro amigo y nuestro criado y nuestra novia, que sean españoles nuestros hijos. Que no haya sobre la bendita tierra de España otras costumbres que las nuestras. Y si esto es un feroz nacionalismo, pues mejor. Y si el que defiende esto es un absurdo retrógrado, pues mucho mejor. No queremos el progreso, el romántico y liberal, capitalista y burgués, judío, protestante, ateo y masón progreso yanqui. Preferimos el atraso de España, nuestro atraso, el que nos lleva a considerar que ante unos valores fundamentales deben sacrificarse los intereses materiales... Bendito nuestro atraso que nos hace considerar el Matrimonio como un sacramento que no es cosa de juego; bendito nuestro atraso para el que el Amor no ha de tomarse a broma, sino como una aventura honda en la que hay que fundamentar nuestro futuro,.. que nos lleva a considerar la familia como una sociedad jerarquizada en que los padres tienen el deber de educar a sus hijos al servicio de Dios y de la Patria, y los hijos no tienen derecho a vivir su vida, sino a que su vida sirva para algo". (23) 

Aunque un sector del país donde se escribían artículos como éste pudiera avergonzarse de leerlos, se seguían escribiendo con el beneplácito del Gobierno, incluso cuando ya estábamos a punto de pactar con el oro yanqui, por muy judío, ateo y masón que fuera. Eran como los coletazos de un camaleón herido. Hoy, al revolver en las hemerotecas, llama la atención la falta de cautela con que se insultaba a un país cuyo primer mandatario, el Presidente Eisenhower, había de desfilar pocos años más tarde por las calles de Madrid junto al general Franco, entre un delirio de vítores y banderas. 

Veamos ahora la imagen que, por su parte, tenía de nuestro bendito atraso el corresponsal del New York Post en Madrid por los años cuarenta: 

"La posición de la mujer española está hoy como en la Edad Media. Franco le arrebató los derechos civiles y la mujer española no puede poseer propiedades ni incluso, cuando muere el marido, heredarle, ya que la herencia pasa a los hijos varones o al pariente varón más próximo. No puede frecuentar los sitios públicos en compañía de un hombre, si no es su marido, y después, cuando está casada, el marido la saca raramente del hogar. Tampoco puede tener empleos públicos y, aunque no sé si existe alguna ley contra ello, yo todavía no he visto a ninguna mujer en España conduciendo automóviles". (24)

Se trataba, en definitiva, de la oposición entre dos mundos y dos morales. Norteamérica, país en progresiva expansión económica, llevaba años elaborando mitos de bienestar e independencia que exportaba a Europa, principalmente a través de su boyante industria cinematográfica. 

El foco de fascinación mundial, que en las primeras décadas del siglo XX emanaba de Francia y dictaba la moda desde la «Ville Lumiére», se había ido desplazando a la antorcha de la estatua de la Libertad. Más o menos a partir de 1925, fecha en la que, según un escritor español: 

"...los viejos pueblos deciden adoptar el ritmo norteamericano y bailan al son de su música. Son años en que la propia Europa cae dentro de la mentalidad de América, que ejerce así a través de su cinematografía el más poderoso imperio mental que haya tenido el mundo. La juventud de todos los países se deja ir alegremente. Es como un nuevo descubrimiento de tierras donde acuden todas las imaginaciones decididas a prosperar". (25) 

Por eso, mientras nuestra imaginación, en vez de decidirse a prosperar, se siguiera empleando en desempolvar la lista de los reyes godos y en bendecir el atraso, no había mayor bestia negra que los Estados Unidos. Se descalificaba un progreso como el yanqui porque no estaba al servicio de la Idea, sino basado en el dinero. 

Una escritora de la época comentaba con escándalo haber conocido a una joven americana de dieciocho años que lucía sobre el escote una moneda de oro colgando de una cadenita:

"¡Una moneda de oro en el lugar donde las muchachas de nuestra Patria llevan las imágenes que más veneran!... Nosotros, los exportadores de ideales, los que conquistamos tierras para fecundarlas de Fe, los que vivimos al servicio de la Idea y sabemos morir por ella, no podemos entender una mentalidad de la que es heraldo una moneda de oro colocada sobre el corazón". (26) 

Pero había que reconocerlo: el «made in U.S.A.» era mucho más atractivo para un amplio sector de la juventud que los modelos de comportamiento basados en el aguante y la austeridad, por muy castizos que nos los quisieran presentar. Y había que estar en guardia, no cejar en los sermones. Porque casi todo lo que se escribía en la prensa por los años cuarenta, tratara de cine, de modas o de decoración de interiores, tenía tono de sermón. 

"El «made in U.S.A.» es un atentado a lo nuestro: ricos o pobres por la gracia de Dios.. Norteamérica no ha propagado francamente una idea nacional o religiosa. Ha existido en algunos sectores de la juventud europea un entusiasmo peligroso por la vida o el cine de Norteamérica..., acompañado siempre de un desprecio por lo propio y hondo de nosotros... El mimetismo es el primer paso para la disolución de una Patria". (27) 

Aquel mimetismo se reflejaba en las costumbres y se inmiscuía en el lenguaje. En mayo de 1940, se prohibió el uso innovador y deformante de vocablos extranjeros en marcas, rótulos, frases y escritos, por considerar que suponían desollamientos en la piel española. Tales atentados, normalmente perpetrados por Francia, nos invadían ahora también desde América, por si no fuera bastante —decía el mismo texto— nuestro servilismo intelectual hacia el país del brioche y del bidet. Se invitaba a rechazar semejantes neologismos. 

"...para que no infesten con amapolas ociosas los trigales del idioma vigilante y erecto desde la atalaya de su nido secular." (28) 

El rechazo era mayor cuando el neologismo invadía un campo de tradición autóctona, como por ejemplo el de las fiestas navideñas. A mediados de la década estaba totalmente implantada la denominación de "crismas" para las tarjetas de felicitación de Pascuas, sustituyendo, según se quejaba un texto.

"...a las viejas décimas con que los gremios de la ciudad deseaban a nuestros abuelos el holgorio de estos días". (29) 

Y en ciertos hogares, el árbol de Navidad suplantaba al belén de toda la vida. 

"Ceremonias paganas —decía un artículo— de una Navidad con árboles de cartón y canciones de «music hall»... Un Papá Noel con una botella de «whisky» bajo el faldón y apareciendo tras una chimenea es lo más opuesto a la interpretación recogida e infantil de esta augusta noche, que supieron describir en estrofas inmortales los mejores poetas de la Cristiandad". (30) 

Difícil era, como se comprobaría años más tarde, detener la avalancha de aquellos influjos perniciosos para nuestras costumbres tradicionales. Principalmente porque toda aquella fatigosa palabrería trataba en vano de enmascarar la cuestión esencial, que era de tipo económico. Nuestra ambivalente actitud hacia los Estados Unidos descubre que, bajo las diatribas y condenas de tipo moralista con que España juzgaba a aquel país tachado de frívolo, latía el resentimiento con que siempre han mirado los pobres a los ricos. 

Esto se notaba más que nada en los asuntos donde de verdad entraba en juego el dinero, como era la industria cinematográfica. Por mucho que, de acuerdo con la mayoría de los testimonios, lo más urgente fuera darle al cine español 

"...una nueva orientación más acorde con nuestra cultura y nuestra tradición..., con nuestra moral y con nuestro concepto de la familia..." (31) 

La verdad era que no resultaba un negocio productivo. Y algunas voces sensatas se atrevieron a delatarlo: 

"Sin disimulos timoratos, rotundamente, hemos de afirmar que la producción española se halla en el más trágico desamparo... Las limitaciones con que la industria topa y en las que encuentra su mayor dificultad de desarrollo radican en la incomprensión y escasez de arrestos de la gran industria, en la mediocridad con que la producción se realiza y en la falta de expansión que en el mercado encuentra". (32) 

Pero generalmente se escamoteaba la raíz de la cuestión o se aludía a ella de pasada, quitándole importancia.

"Que el cine produzca millones y la gente sueñe con ellos importa tan poco para la pureza del cine... como importa para el toreo que sea una lucrativa profesión... Tampoco que el cine mejor —o el más propagado— sea el yanqui quiere decir nada definitivo... El cinema americano da siempre ese buen consejo, que es observar la preponderancia del enemigo para hallar la raíz de su éxito y derrotarlo con sus propias armas". (33) 

La conclusión final resulta sorprendente. Difícilmente iba a poder luchar con las mismas armas Cifesa que la Metro Goldwyn Mayer ni Josita Hernán que Katherine Hepburn, y la prueba está en el escaso éxito taquillero que tenían las películas españolas. 

Eso sí, constituían un género sin imitación posible; se reconocía a la legua aquel marchamo del «bendito atraso» que logró caracterizar todos los usos y manifestaciones culturales del país durante la década de los cuarenta. Ya sólo con mirar las carteleras, donde se veían rostros varoniles y austeros enmarcados por una «golilla» o tocados con gorra militar, gitanas risueñas con peineta y mantoncillo, reinas a caballo o almibaradas burguesitas de escote honesto, la aventura que suponía entrar en el cine se descargaba casi automáticamente de intensidad y se convertía en una especie de visita familiar de cumplido. Los jóvenes de posguerra sabíamos muy bien que una película española o nos iba a contar una historia heroica de las que venían en los libros de texto o nos iba a ensalzar las delicias de un amor sacrificado y decente. Los propios actores españoles eran muy decentes en su vida privada y nunca hacían declaraciones estrepitosas de modernidad. Y esto solía destacarse como un índice más de nuestra superioridad moral. 

Hablando, por ejemplo, de Aurora Bautista, una revista de la época comenta con orgullo:

"En otros países más volcados al sensacionalismo de la propaganda ya se habrían escrito acerca de nuestra actriz libros enteros llenos de aventuras imposibles, de sucesos conmovedores, de episodios tremendos, de agitación y de lucha. Pero la más famosa de nuestras estrellas tiene una vida real sencilla, en la que lo único importante reside en la poesía de las pequeñas cosas tiernas y vulgares, de los recuerdos infantiles, que sería desdeñada por los elaboradores de biografías de cualquier estudio extranjero". (34) 

La maldad o la frivolidad que pudieran darse en algunos personajes de película española se justificaban siempre en nombre del redoblado brillo de ejemplaridad que adquiría, por contraste, la conducta contraria. 

En una conferencia que Ana Mariscal pronunció en Valencia titulada «La actriz católica y el cine», se preguntaba: 

"¿Mujer, frívola o de malos sentimientos? Yo creo que no. Si acierta a dar a su papel toda la negrura, toda la tristeza y desamparo que acompañan a tales personajes, servirá para resaltar el bien que le es ajeno. Será a modo de contrapunto, que ensalce las virtudes que otros representan". (35) 

Se llegó a decir, y creo que con todo acierto, que nuestros actores manifestaban una manera de ser nacional obsesionada por la trascendencia. Pero, claro, es que ya era mucha trascendencia la que nos predicaban por todas partes para que además, en los ratos de asueto, tuviéramos que verla reflejada en los rostros de Alfredo Mayo o de Manel Luna, ya hicieran de juez, de alférez de complemento o de caballero de capa y espada.

Frente a otros países más avanzados por su tecnología o su riqueza, nosotros no teníamos más baza que la de seguir siendo siempre españoles, que consistía más que nada en decir una y otra vez que no queríamos parecernos a nadie. 

"El cine español debe renunciar a todo intento de emulación de cualquier cinematografía extranjera buscando inspiración en temas exóticos. El triunfo se hallará por la ruta de la personalidad. Nuestro cine debe estar empapado del paisaje de la emoción y del perfume de España en su más noble valoración artística". (36) 

En la cinematografía, como en todo, España estaba orgullosa de ser diferente. 


Carmen Martín Gaite
"Usos amorosos en la posguerra española"


Capítulo VI - El arreglo a hurtadillas
Capítulo VII - Nubes de color rosa
Capítulo VIII - El tira y afloja
Capítulo IX - Cada cosa a su tiempo



NOTAS

1. Cit. por Eccíesia, 1 de marzo de 1941.
2. Destino, 9 de septiembre de 1939.
3. Pío XII, 16 de abril de 1939. Cit. por Santiago Potschen: La Iglesia en la España de Franco, Sedmay, 1977, p. 13.
4. Antología de 40 años, ed. Carlos Fernández, Libros de las Hespérides,1983.
5. Antología, op. cit., p. 56.
6. Franco ha dicho, cd. Carlos Jaime, Madrid, 1947, p. 44.
7. Ibidem, p. 83.
8. Antología..., op. cít. PP. 78 y 79.
9. Algunos le salieron respondones, como el cardenal Segura, pero ése es otro cuento que nos alejaría mucho del nuestro.
10. Boletín Oficial del Estado, 8 de marzo de 1938.
11. Franco ha dicho, op. cit., 2 de abril de 1941, p. 43.
12. El Español, 11 de septiembre de 1943.
13. Franco ha dicho, op. cit., p. 132.
14. Medina, 5 de junio de 1941.
15. Dionisio Ridruejo: Hasta la fecha, 1961. Cit. por Historia y crítica de la literatura española, ed. Crítica, tomo VII.
16. Destino, 9 de septiembre de 1939.
17. Destino, 5 de agosto de 1939.
18. Cit. por Eccíesia, 15 de octubre de 1941.
19. Agustín Isero, en Y, septiembre de 1943.
20. Meridiano femenino, enero de 1949.
21. «La primera dama de España», sin firma. En Letras, sept. 1950.
22. Los Estados Unidos y España, una interpretación de Carlton J. H. Hayes, Epesa, 1952, pp. 226-7.
23. Antonio Castro Villacañas, en La Hora. 14 de mayo de 1948.
24. Cit. por La Hora, 7 de diciembre de 1945, y rechazado como testimonio mendaz.
25. Augusto García Viñolas, en Primer Plano. 20 de octubre de 1940.
26. Julia Maura: Estos son mis artículos. Madrid, 1953, p 58.
27. Destino, 30 de septiembre de 1939.
28. Bartolomé Barceló, en El Español, 12 de mayo de 1945.
29. Revista Liceo, 23 de diciembre de 1945.
30. Semana, 23 de diciembre de 1941.
31. Sebastián Juan Arbó, cit. en «Fuera de cuadro», Primer Plano, 27 dejulio de 1941.
32. Primer Plano, Editorial. 20 de abril de 1941.
33. D. Fernández Barreira, en Primer Plano, 6 de julio de 1941.
34. Triunfo, 18 de octubre de 1950.
35. Triunfo, 31 de octubre de 1951.
36. M. A G. Viñolas, Primer Plano, 17 de noviembre de 1940.
37. Alfonso Sánchez, «Trascendencia y misión de la hora española», en Primer Plano, 19 de octubre de 1941. 



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