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1149. Así fue la defensa de Madrid. II - Planteamiento de la Batalla (3)






La Junta de Defensa.

El segundo de los órganos que al desplazarse a Valencia el Gobierno de la República dispuso que se organizara en la plaza de Madrid, para cooperar al Mando Militar en la difícil misión que le había señalado, fue la Junta de Defensa.

Derívase del texto de dicha orden ministerial que la Junta de Defensa tenía una función auxiliar, debía constituirse con representaciones de todos los partidos políticos que forman parte del Gobierno y que tendría, bajo la presidencia del comandante de la Defensa, facultades delegadas del Gobierno, para la coordinación de todos los medios necesarios a la defensa de Madrid.


Cuando el jefe de la Defensa trató de constituir el organismo sobre la base de las personalidades más destacadas de los partidos, se encontró con que la mayor parte de esas personalidades habían seguido al Gobierno en su éxodo hacia Valencia. Por eso tuvo que llamar, junto con alguna personalidad de relieve político, a elementos jóvenes de los que voluntariamente habían decidido permanecer en la ciudad dispuestos a participar activamente en su defensa, lo cual fue un buen punto de apoyo de orden moral para la eficacia del nuevo organismo; pero, además, desbordando la limitación que imponía aquel texto, tuvo dicho jefe el acierto de incorporar a representantes de todos los partidos y sindicales, tuvieran o no éstos parte en la responsabilidad gubernamental. Esto iba a ser un buen paso hacia la indispensable unidad de acción, como también para liquidar las fricciones que existían entre los partidos y sindicales por aquella circunstancia (tener o no representación en el Gobierno). Fue así como el Comando garantizaría los primeros frutos beneficiosos, imponiendo un deber común y asegurando la unidad de acción, nacida de la unidad de dirección político–militar y administrativa.


Por ello, no obstante su pomposo nombre, la Junta de Defensa no sólo no tenía autoridad sobre el Comando Militar, sino que le estaba subordinada y carecía de atribuciones en todo cuanto pudiera referirse a lo operativo.


Se trataba realmente de un organismo político y auxiliar. Conocida es la intervención que hasta entonces había tenido la política, no sólo en la dirección de la guerra, como le correspondía, sino en la formación de columnas y ejecución de ciertas operaciones; el nuevo elemento de acción u órgano que iba a formarse para participar en la defensa de la capital podía resultar pernicioso si se persistía en la conducta interventora de la acción política sobre la acción militar. Por fortuna no fue así.


La composición de la Junta no la conocimos hasta la tarde del día 7. La integraban, como se ha dicho, delegados de todos los partidos y sindicales, y sus primeros componentes, no obstante tener algunos de ellos cierto relieve político, no aportaron a la acción de la Junta el lastre de intervencionismo característico de los primeros meses de la guerra.


Los dirigentes políticos altos o medios que se quedaron en Madrid tal vez llegaron a comprender que la guerra había tomado un significado eminentemente nacional y humano; que se trataba de algo más que de ganar el poder o de conservarlo, y que, a la hora de batirse, el Mando Militar necesitaba libertad de acción porque, si ésta faltaba, el fruto que se recogiese no podría ser otro que el que, tan notoria como lamentablemente, se había acumulado hasta las jornadas que precedieron al 7 de noviembre.

Por ello el Mando de la Defensa, para tener una actuación libre de trabas, hizo que se deslindasen concretamente las actividades que incumbían al Comando Militar y a la Junta de Defensa, partiendo de la base de que las de ambos organismos estuviesen conjugadas. Así se hizo.

En verdad, si interesaba mucho a los dirigentes políticos controlar la buena marcha de las operaciones, mucho más interesaba al Mando Militar no sufrir interferencias perniciosas en sus determinaciones. La Junta de Defensa podía ser un buen elemento rector en la vida ciudadana y un eficaz colaborador del Comando, pero conduciendo las actividades de todo orden de la retaguardia y, fundamentalmente, cuantas repercutían en la potencialidad de las Fuerzas Armadas, a fin de dar eficacia a las actividades civiles involucradas en la lucha, y principalmente y con urgencia: al restablecimiento del orden y la disciplina sociales y al mantenimiento de aquella potencialidad con el trabajo y aportaciones de la masa social.


Y sucedió como debía suceder: que desde el momento de su constitución, y pese a la resistencia que en los primeros días ofrecieron algunos de sus miembros y a las torpezas de otros —que pronto quedaron reemplazados—, las relaciones entre dicho organismo y el Mando Militar fueron correctas y fecundas.

Inicialmente se acordó que en fin de jornada se celebrara diariamente una reunión para que, a través del jefe de EM, la Junta recibiera información de la marcha de las operaciones y, al propio tiempo, tuvieran lugar las insinuaciones o peticiones que la acción militar recababa de la dirección de las actividades políticas y sociales.

Con tal planteamiento quedó montada una cooperación eficaz que tuvo los mejores resultados durante todo el tiempo que duró la batalla de Madrid, no obstante haberse prescindido, por rutinaria, de aquella diaria reunión dentro del mismo mes de noviembre.


Los diversos cometidos que asumieron los componentes de la Junta fueron, en realidad, todos los propios de un Gobierno, pero actuando bajo la presidencia del comandante de la Defensa por delegación de los ministerios del Gobierno nacional, ya reorganizado en Valencia. Tales cometidos fueron: Orden Público, Justicia, Transportes, Industria, Abastecimientos, Información, etc.


En el desempeño de esas funciones, no sólo ponían en ejecución las disposiciones del Gobierno de Valencia, sino las que interesaban específicamente a la defensa de Madrid. Su cooperación fue extraordinariamente eficaz en cuanto el mecanismo del mando quedó totalmente montado, y así como el Estado Mayor era completamente ajeno a las cuestiones de índole política o administrativa que debatía la Junta, en ningún caso ejerció ésta presión ni intervención alguna sobre el Estado Mayor o sobre los mandos militares. Su actuación contribuyó de manera muy notable a corregir los vicios que se habían venido cometiendo desde el comienzo de la guerra.


Gracias a esa cooperación algunas actividades que hubieran tenido anteriormente una realización difícil, si no imposible, se vieron extraordinariamente impulsadas, y siempre con notable eficacia, no sólo las de significado militar, sino las que afectaban al orden, a la moral y a la dignificación que nuestra lucha armada venía reclamando. Testimonio de su sentido de responsabilidad sería el acto con que el más alto Tribunal de Justicia, con sus magistrados y presidente, en su visita a aquel organismo hicieron pública la adhesión del Tribunal Supremo a la misión histórica de la Junta de Defensa, ofreciéndose a ella con toda su significación jurídica y moral, para colaborar en la obra patriótica que le había encomendado el Gobierno de la República: «Para el Tribunal no es solamente un deber, sino un honor, ponerse a la disposición incondicional de la Junta», dijo el presidente del Tribunal, quien manifestó asimismo que el Pleno de magistrados había acordado por unanimidad permanecer en Madrid, salvo una de las Salas, que, por disposición del Gobierno de la República, se trasladaba a Valencia.

Cuando se escriba la historia de la guerra española, la eficiente labor de los hombres que formaron la Junta de Defensa de Madrid ocupará un lugar sobresaliente y merecerá la gratitud de los españoles. El alcance dado a una de sus primeras disposiciones fue poner decisivamente coto a los últimos desmanes del populacho incontrolado, según consta en el siguiente bando:

Por acuerdo de la Junta de Defensa de Madrid, y a propuesta de esta Consejería, vengo en disponer lo siguiente:

a) A partir de la fecha de la publicación de esta disposición, la vigilancia del interior de la capital y sus accesos estará exclusivamente a cargo de las fuerzas organizadas que a tal efecto disponga esta Consejería.

b) Se autoriza a las organizaciones políticas y sindicales a establecer puestos de vigilancia en el interior de los locales que ocupen, pero en ningún caso en el exterior.

c) Queda prohibido el ejercicio de la vigilancia a las fuerzas que no estén autorizadas especialmente por esta Consejería; sancionándose con arreglo al fuero de Guerra toda contravención de esta disposición.

Madrid, 9 de noviembre de 1936. El consejero de Orden Público. Visto bueno: El presidente.

Por mi parte he creído necesario exponer los caracteres de esa cooperación en este análisis que estoy haciendo de los medios con que contó el comandante de la Defensa, porque si no se tuviera en cuenta la labor de esa Junta sería difícil explicar cómo pudo asegurarse la participación de la retaguardia, indispensable para ganar una batalla, tan difícilmente planteada como fue la de Madrid.

Digamos ya, como conclusión, que de la revisión de los medios que pudo hacerse cuando se estaba iniciando la batalla se podía establecer que se disponía de lo siguiente:

—Un Jefe, el general don José Miaja Menant, auxiliado por tres órganos del Comando:

a) El Estado Mayor de la Defensa, constituido y organizado entre las 8 y las 12 de la noche del 6 de noviembre, con jefes, oficiales y personal subalterno de diversos organismos, que iba a tener a su cargo las funciones exigidas por la conducción de las operaciones de guerra.

b) Restos del EM de la 1.ª División Orgánica (desarticulada como tal división a raíz del alzamiento subversivo), que asumiría las funciones burocráticas de rutina, especialmente las relativas al entendimiento con el personal civil y las evacuaciones. 

c) Una Junta de Defensa, integrada por representantes de los partidos políticos y organismos sindicales. Estaría presidida por el propio comandante de la plaza y entendería en los problemas de índole politicosocial, en cuantas actividades afectasen al orden y disciplina de la retaguardia y, de modo expreso, a la cooperación de ésta en la acción militar y, especialmente, en lo relativo a abastecimientos y transportes. 

—Unas tropas, irregulares en su organización, con mandos improvisados, sin otra instrucción y aptitud (salvo algunas pequeñas unidades que subsistían de la antigua organización regular) que la adquirida según el tiempo de su actividad combatiente; con disciplina defectuosa y de significado más político que militar; arbitrariamente armadas y equipadas; de efectivos sólo aproximadamente calculables; de moral muy variable, que iba desde el apasionamiento ideológico extremo hasta la linde del fácil derrumbamiento en las situaciones críticas; con dotaciones, recursos, potencia aplicable y movilidad inestimables; dislocadas en el frente de combate en forma desordenada y confusa; en un estado físico (especialmente el de quienes sostenían la lucha) de agotamiento por la intensidad de la acción, que sostuvieron ininterrumpidamente las seis jornadas precedentes. 

—Una red de enlace y transmisiones entre las columnas y con el mando muy defectuosa, intervenida y de dudosa eficacia en lo operativo. 

—Un apoyo artillero precario. 


—Un apoyo antiaéreo nulo; y un apoyo blindado y anticarro ineficiente e incontrolable en aquellos momentos y difícil de ponderar, por escapar a las atribuciones de la Defensa el manejo de los escasos medios de esa índole con que el Mando Superior pudiera contar.

— Un sistema de abastecimientos positivo que podía garantizar, bajo el control del Mando y de la Junta de Defensa, un mantenimiento eficaz, incluso durante acciones de larga duración.

— Una reserva humana, (en la retaguardia), copiosa, desorganizada y sujeta a la intervención política. 

—Una reserva de armamento y recursos bélicos desconocida. 

—Una moral de guerra en crisis, que lo mismo podía evolucionar en plazo breve hacia una exaltación de incalculable valor como hacia su completo derrumbamiento.

El Sistema de Fuerzas formado por los combatientes (dislocación de unidades, articulación, misiones específicas, ponderación de medios, enlaces, etc.) era simplista, lineal, formando un cordón de agrupaciones tácticas con la simple misión, a veces intuitiva, de contener al atacante. Dicho sistema se puede sintetizar en este orden de batalla de oeste a este:

1. Columna Barceló: En la zona de Boadilla del Monte–Majadahonda, reorganizándose a base de unidades que habían sido batidas sobre la carrera de Extremadura.

2. Columna Fernández Cavada: En análogas condiciones en el espacio Pozuelo de Alarcón–Húmera–Estación–Aravaca.

3. 3.ª Brigada: Desembarcando en la región Aravaca–Estación–Pozuelo de Alarcón, procedente de la Base de Organización de Valencia. Se había constituido a base de Carabineros y personal movilizado. Ejercía el mando el capitán de Carabineros José María Galán.

4. Columnas Enciso y Clairac: Cubriendo la Casa de Campo en la linde con la carretera de Extremadura.

5. Columna Escobar: Cubriendo la zona de Carabanchel Bajo y carretera a Extremadura con efectivos desconocidos y dos baterías.

6. Columnas Rovira y Mena: Cubriendo las carreteras a Toledo y Andalucía con las unidades que se habían batido en ese frente.

7. Columnas Líster y BuenoCubriendo las zonas de Entrevías y Villaverde y amenazando el flanco derecho del adversario. Parte de esas fuerzas estaban reorganizándose en Vallecas.

8. Reservas: a) De dos a cuatro batallones en organización en los centros de reclutamiento de los partidos políticos y de la Inspección de Milicias; b) De dos a cinco baterías incompletas, que desempeñaban la misión de acción de conjunto; c) Algunas unidades de Transportes, que se hallaban manejadas por los Sindicatos; d) Algunas unidades de trabajadores (empleados principalmente en trabajos de fortificación) que estaban manejadas en su mayor parte por técnicos civiles.

Los efectivos de los batallones oscilaban entre los 150 y los 700 hombres y el total podía evaluarse, arbitrariamente, entre los 15 000 y 20 000 combatientes.

El frente asignado a la defensa tenía un desarrollo aproximado oscilante entre los 32 y los 35 kilómetros.


Prácticamente no se disponía de Aviación y las tropas no tenían asignados Carros de combate ni blindados. Existían los restos de las pequeñas unidades que se habían empleado en la sierra desde el comienzo de la guerra y los que pudiera haber en razón de las adquisiciones hechas en la Unión Soviética y que tan desafortunado empleo habían tenido en el mes de octubre en el combate de Seseña; pero éstos no estaban a disposición del comandante de la Defensa, sino del ministerio, y se desconocía su cuantía.



General Vicente Rojo

"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo  II - Planteamiento de la Batalla (3)
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006
















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