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1133. Noche aquella sin sueño.






"Motores
¡Alerta, milicianos!
Mientras por la interminable neblina
se van perdiendo Las Meninas
y el Carlos V de Tiziano"



“El Museo del Prado cerró sus puertas al público a partir de los primeros bombardeos de Madrid por la aviación franquista, cuyas bombas lo habían alcanzado, cayendo precisamente algunas en la sala de Velázquez, aunque la gran mayoría de las obras ya había sido evacuada a los sótanos, no muy profundos, del Museo, que comenzó a ser la gran preocupación del Gobierno, de todo el Madrid intelectual y artístico que amaba y se enorgullecía de poseer una de las pinacotecas más ricas y asombrosas del mundo. También para la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de la que yo era secretario con José Bergamín, el inmenso peligro que corría el museo era su mayor, su más permanente desvelo.

Madrid, hacia comienzos de aquel mes de noviembre, era ya una ciudad totalmente en guerra. El Gobierno había partido ya para Valencia. En Madrid se había creado la Junta de Defensa presidida por el general Miaja. Los artistas e intelectuales más viejos habían partido también, entre ellos nuestro gran poeta Antonio Machado. Solo quedaba en madrid, al lado de cierta población imposible de evacuar, el ejército, que se preparaba para defender nuestra capital de un casi asedio que duraría veintisiete meses Y el museo aún estaba allí, esperando. Tarea inmensa, de una infinita responsabilidad. Pero un atardecer de ese mismo mes de noviembre, María Teresa y yo, con un permiso del jefe del Gobierno, Francisco Largo Caballero, entramos en el Prado para iniciar, con un primer envío, el salvamento de las principalísimas obras que el Ministro de Bellas Artes de la República se proponía sacar de Madrid.

Ya se había recibido la orden de que ese envío lo compusieran dos de los cuadros más insignes y universales del Museo del Prado: Carlos V en la batalla de Mühlberg, de Tiziano, y Las Meninas, de Velázquez.  Nos recibieron dos milicianos armados. El gran museo estaba en soledad. En la alrga galeria central, más interminable que nunca, se veían sobre las paredes las huellas de los cuadros que habían sido ya descendidos a los sótanos. A ellos bajamos. En la sala de restauración nos aguardaba el subdirector del museo, con varios carpinteros y empleados, mostrándoles nuestra autorización del Ministerio para iniciar la evacuación de las obras. Allí pudimos ver, en la penumbra, Las Meninas, que poco tiempo después, con el Carlos V a caballo, nos mandaron a medianoche a nuestra Alianza de Intelectuales para que nos encargásemos del envío. Dos inmensas cajas, sujetas por barrotes de hierro a los lados del camión que había de transportarlas, unidas fuertemente por entrecruzados barrotes de madera, levantaban un alto y extraño monumento, protegido por grandes lonas para preservarlo de la humedad y de la lluvia. En un auto, milicianos armados del Quinto Regimiento y motoristas de la columna motorizada custodiaron, carretera de Madrid hacia Levante, la histórica marcha. Comenzaban a borrarse los perfiles de la ciudad en el momento de partir. Noche aquella sin sueño”. 




Rafael Alberti
"La arboleda perdida" (Galaxia Gutenberg, 1ª Edición, Barcelona 2003, páginas, 102-104)




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