Lo Último

1134. El extremoso deber del artista.

Ramón Gaya en el Museo ambulante de las Missiones Pedagógicas
(Murcia, 10 de octubre de 1910  Valencia, 15 de octubre de 2005)




El 15 de octubre de 2005 fallecía Ramón Gaya, pintor y escritor. Colaboró con las Misiones Pedagógicas de la II República española, realizando copias de cuadros del Museo del Prado para el Museo del Pueblo, y viajó con este proyecto por los pueblos de España. Participó en la fundación de Hora de España y en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Dos de sus cuadros: Espanto. Bombardeo de Almería y y Palabras a los muertos. Retrato de Juan Gil-Albert, fueron expuestos en el Pabellón de la República Española de la Exposición de París de 1937.

En los últimos días de la Guerra, perdió a su mujer en el bombardeo de Figueras y cruzó los Pirineos con el Ejército republicano. Tras pasar por el campo de concentración de Saint-Cyprien, en junio de 1939 embarcó en el Sinaia camino de México, donde permaneció exiliado hasta 1952 que regresó a Europa.


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    Al joven compositor Salvador Moreno 

Creo, además, que no venimos a la vida a ser felices, sino a cumplir con nuestro deber, 
y podemos considerarnos dichosos si logramos hallar cuál es ese deber.
NIETZSCHE (De una carta a su amigo el Barón de Gersdorff)


En efecto, venimos tan sólo a cumplir con nuestro deber. Y esto es verdad, más que para nadie, para el artista, ya que nació cargado de compromisos. Lo más terrible entonces no es, como pudimos pensar un día, perder esa felicidad a la que por lo visto nadie tiene derecho, sino perder nuestro deber, es decir, perder nuestra vida y, sin embargo, seguir viviendo. No haber encontrado nuestro deber es diferente, porque eso puede sernos angustioso, tremendamente angustioso, pero nada más, de ahí que despreciemos al adolescente que se mata y admiremos en cambio el suicidio de Séneca. Y es que suicidarse por no saber descubrir en sí mismo sus deberes, o mejor, su deber total, es en efecto, como suelen decir las gentes un poco de memoria y por repetición, una cobardía. Pero morir voluntariamente, coincidiendo con que su deber ha quedado cumplido, y tan bien cumplido como en el caso de Séneca, no puede ser cobarde, sino algo mucho más fuerte que la valentía, es tener un maravilloso sentido de la perfección. Suicidarse, pues, sin haber adquirido ese derecho puede significar, sobre todo, y las más veces, vanidad, petulancia. Sólo tendrán nuestro respeto quienes acaban, cierran, terminan plenamente de vivir, y nuestro desdén aquellos que lo cortan, haciendo así con su muerte una estafa a los demás, al mundo todo.

No, no venimos a ser felices. Y cuando una política o una amante hablen de ofrecernos la felicidad, desconfiemos mucho de una y otra porque son, de seguro, falsas, ya que una política, la mejor, la más certera, la más inteligente y honrada que se idease podría ofrecernos, cuando más, justicia; y una amante, la mejor y más enamorada podría ofrecernos, a lo sumo, pasión, pero ni la justicia ni la pasión nos darían felicidad alguna. Desconfiemos también, por otra parte, de esas gentes que no se comprometen con nada, que no se ligan a nada y declaran que lo que ellos quieren es vivir. ¿Vivir qué? Porque si no vivimos nuestros deberes no viviremos nada, o por lo menos nada verdadero. Por eso ese mismo loco, es decir, ese hombre desnudo, ese hombre descarnado que escribe a un amigo las palabras que encabezan estas líneas, escribe además estas otras: “trabajo en la construcción del puente que ha de unir el deseo interior con el deber exterior”. El artista, que a tantas y tantas desventajas está condenado, tiene una gran ventaja, por lo menos, sobre la mayoría de los demás mortales, y es que su deber exterior no es nunca más que su deseo interior, o sea, coincide lo que debe con lo que quiere, y no puede, por lo tanto, sentirse enteramente desgraciado, o vacío, aun cuando le agobien graves y terribles sufrimientos -porque, eso sí, no venimos tampoco a ser desdichados-, sino que siempre lo envolverá un consuelo, un deber consolador, un deber que no lo ata, un deber que lo libera. 

Vemos, por lo tanto, que no venimos a la vida para aprovecharnos de ella, sino a entregarle cuanto somos. Y no ya nuestros valores, sino incluso las pasiones y los sentimientos parece que nos han sido prestados, que nos han sido entregados, más que para dicha y desdicha nuestra, para que la vida misma, para que la vida del mundo se adorne, se emperifolle, se engalane de pasiones y sentimientos. Nada, pues, salvo el deber, nos pertenece de veras. Cuando nos asalte la soledad, el desengaño, el dolor, aferrémonos a ese deber, a ese deber que nada ni nadie puede quitarnos, amparémonos en eso que es nuestro y muy nuestro. No, que no se diga luego triste y pobremente que cumplimos con nuestro deber; no, no sólo debemos cumplir con nuestro deber, sino esgrimirlo.

Y aunque todo esto pueda aplicarse a todos, quede dicho aquí, más que para nadie, para el artista. El artista -este es un punto al cual quería llegar cuanto antes- no es un algo aparte del hombre, sino más bien una extremosidad del hombre, una especie de exageración suya. Nada de todo lo humano se le oculta al artista, mientras que al hombre, al hombre general, no le alcanzan muchos de los problemas, muchos de los... climas que vive el artista, lo cual no significa que el artista sea superior al hombre, sino tan sólo que es como más extenso, como más llevado al colmo del hombre mismo, y de ahí que suela tenérsele por más loco que a los demás, cuando eso que hay de raro y de distinto en él no es propiamente locura, sino, como dije, simple extremosidad.

Y por eso, por extremoso, es por lo que están tan extremados en el artista los deberes con que naciera. Todo tendrá que sacrificárselo, él más que nadie, a su deber. ¿Todo, hasta sus propios sufrimientos, hasta su más desgarradora pena de hombre? Sí, hasta eso. ¿No se le permitirá, pues, que viva su dolor a solas, que viva su dolor para sí? No, es decir, no aunque cuando un artista crea está solo en realidad. Todo, todo tendrá que entregárselo a su deber. Y tanto, tanto deber es el suyo, tan exigente y tiránico es este deber, que la entrega de estos íntimos sentimientos no podrá nunca estar hecha así, de cualquier manera, espontáneamente, quiero decir demasiado teñida de esos íntimos sentimientos mismos, sino con... mucha frialdad. Sí, así es de penoso el deber del artista; ni siquiera le está permitido sufrir sus sufrimientos. Ha de cuidar mucho que sus pasiones de hombre no le quemen los dedos, las manos que ha de reservar y conservar para su obra. Y cuanto más intenso, cuanto más inmenso sea el dolor -o la dicha, que en arte, dolor y dicha valen igual-, más vigilante ha de volverse, y si se trata de un poeta es entonces cuando más preocupado ha de estar por su endecasílabo, por su rima, por su lenguaje, por sus leyes poéticas, por su artificio todo. 

No, no venimos a ser felices ni desdichados, sino a cumplir con nuestro deber. Hallar cuál es el deber que se nos asignó, y cumplirlo o esforzarse en cumplirlo, esa puede ser nuestra felicidad, o dicho de otro modo, nuestra tranquilidad. Claro que un artista puede recibir en su vida golpes que lo hagan zozobrar en la vida; nada podrá salvarle entonces si no es, acaso, su deber. Ese deber que, por lo visto, es mayor que la vida misma.

Recuerdo ahora dos versos de Luis Cernuda, con los que quiero terminar: 

Como esta vida que no es mía
y sin embargo es la mía.  


Ramón Gaya
México,  1940 



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