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1212. Palmira Plá, más que una maestra republicana.

“No nos conocemos, pero me has invitado a que te hable de mi y voy a hacerlo….

Me llamo Palmira Plá Pechovierto y, según la partida de nacimiento, nací el 1 de abril de 1914; aunque según mi madre, y entiendo que ella es la que más sabe de este asunto,  nací a las once de la noche del 31 de marzo. Lo que sí tengo claro es que fue en un pueblecito de Teruel llamado Cretas, donde mi padre, un guardia civil, estaba en aquel momento destinado.

Siendo apenas un bebe de 2 años sufrí de una virulenta poliomielitis que me dejó postrada en la cama, sin poder moverme. Mi padre no se dio por vencido y tuvo el acierto de comprarse unos libros que trataban de aquel tema. Gracias a ese saber descubierto entre sus hojas, mi padre me regalaba todos los días con sendos masajes en brazos y piernas. Con el tiempo, su empeño empezó a dar resultados, hasta el punto de poder levantarme de la cama, e incluso comencé  a decir alguna palabra.

Si admirable fue la decisión de mi padre,  no se quedó atrás mi madre. Recuerdo que cuando ella salía de casa a coger agua a la fuente, me dejaba agarrada a los barrotes del balcón con la orden de que allí, de pie, la esperase. Muchas veces cuando ella regresaba con el cántaro lleno, me encontraba en el suelo tirada. Nunca la vi derramar una lágrima delante de mí sino al contrario, siempre me animaba a seguir con la lucha, hasta superar aquel primer obstáculo que me había puesto la vida…  

Y así lo hice, como no podía jugar con normalidad con los otros niños, me quedaba sentada mirándolos. De aquella situación que a muchos les parecería una condena, yo saqué lo positivo: me hice observadora. Y entendí que se podía aprender igual, o más, observando que estudiando.

A los 5 años nos trasladamos al cuartel de Cedrillas y comencé a ir a la escuela. Sinceramente no me gustaba mucho… pero a los 10 años empecé a tomarle gusto… tanto que decidí ser maestra… tuve la ocurrencia de contárselo a mi profesora, que me contestó que estaba loca, que yo jamás podría ser maestra porque tenía una pierna mas corta que otra… Figuraros mi decepción. Cuando se lo confesé a mis padres, mi madre también fue de la misma opinión que mi maestra: que no me dejarían ejercer. Pero mi padre me contestó que estudiaría igualmente magisterio… Como veis, una vez más, mi padre me enseñó a no darme por vencida…. De hecho, recuerdo que en una ocasión, me dijo: “…tengo que tirar de ti si no quiero que se te coma el mundo…”. 

A los trece años ingresé en el colegio de las Teresianas de Teruel. Estudié unos meses hasta que caí enferma de bronquitis. Tenía mucha fiebre y las monjas, la verdad, no me atendieron como se debía. Cuando se enteró mi padre vino a buscarme y me sacó del colegio. Esa fue la primera vez en que pensé que aquel amor que proclamaba la Iglesia, luego, en la vida real, no lo practicaba. Además comenzó a crecer dentro de mí, la idea de que había otras formas de educar mucho mejores…

Casi con 18 años terminé la escuela y empecé a prepararme para maestra, siendo ya consciente de que la red de escuelas de la provincia de Teruel, que era la que yo conocía, tenía que ser renovada con nuevos valores y planteamientos educativos.

… Ay, pero va y llega la República, y de golpe establecen otro sistema para ejercer. Ahora también se debían de hacer unos cursillos de pedagogía, psicología, filosofía, organización escolar… Pero no todo iban a ser trabas, también iban a valorar mejor a los profesores y profesoras, incluso les iban a subir el sueldo… ¡de tres mil pesetas al año, a cuatro mil! Y lo principal: querían que hubiesen mas escuelas, y por lo tanto mas directores de escuelas y organizadores… Por supuesto me sumé encantada a aquel nuevo sistema. 

En aquellos cursos formativos lo primero que me enseñaron fue la asignatura de Coeducación, y que los alumnos y alumnas eran lo más importantes. A los dos años ya pudimos hacer prácticas y una de las tareas que  más me llenó de satisfacción fue ir a escuchar las clases que impartían los profesores/as, para luego preguntar a los alumnos/as sobre ellas… Fue estupendo, porque al mismo tiempo que los niños/as aprendían, también aprendíamos nosotros de ellos.

¡Esta  nueva escuela tenía otro espíritu, que a mí me encantaba y estaba decidida a defender por todos los medios!

Comencé ejerciendo en Teruel y eligiendo estas 3 especialidades: deficiencias mentales, superdotados y retrasados mentales. Al mismo tiempo también empecé a exigir a las autoridades más escuelas, y si se excusaban en que no se podían construir por falta de dinero, les reclamaba entonces que se utilizasen locales de la Administracion pública que estaban en desuso. Además, empecé a crear grupos de padres y madres de alumn@s, para que se involucrasen mas en esta nueva escuela, haciéndoles ver que “la escuela era suya y que debían de valorarla porque hasta entonces no la habían tenido…”

… Creo poder asegurar que tuve el privilegio de ser parte de aquella generación irrepetible de maestros en la edad de oro de la Pedagogía. Maestros y maestras que fueron las luces de la República.

En septiembre de 1935, con escasos 21 años, en la escuela de Rubielos de Mora incorporé con mis alumnos de 3 a 5 años, nuevos métodos didácticos para enseñarles a leer, basados en el juego como herramienta educativa, y en darles mas amor y menos dureza. Mientras yo andaba con aquella tarea, mi familia se trasladó a Salou, donde mi hermano comenzó a ejercer también como maestro. 

Al poco comenzó la guerra y nos dijeron que debíamos trasladarnos a las zonas libres de Teruel. Yo me fui a Caspe, y como por entonces era ya Delegada de Colonias Escolares, me ocupe de la organización de las colonias infantiles, con la intención de alejar a los niños y niñas,  de la primera línea del frente.

Fue en esa época en la que conocí a Francisco Ponzán, un joven maestro anarquista. Él fue, diríamos, mi primer amor, y su hermana Pilar, una de mis mejores amigas.  

Francisco dejó la enseñanza para dedicarse a pasar detenidos desde Zaragoza a Francia, antes de que los fusilasen. Era un trabajo arriesgado, pero alguien tenía que hacerlo y él se prestó a ello. Mientras tanto la guerra continuaba masacrando al Pueblo, y yo me trasladé hasta Puigcerdá, organizando más y más  colonias escolares. Un día nos llegó la orden de ir a Gerona, a mí y a la hermana de Francisco. Pilar se dedicó a una escuela de niñas, y yo a una de niños. Pasó  el tiempo y cuando ya estaba claro que íbamos a perder la guerra, apareció Francisco. Nos dijo que se marchaba a Francia, porque ahora tenía que ayudar a pasar refugiados y pilotos ingleses y americanos por el Pirineo, hasta Francia, para de esta forma seguir con la lucha, esta vez contra los nazis. Cuando se despidió de nosotras nos pidió que también huyésemos antes de que fuese tarde.

Le hicimos caso y a los pocos días Pilar y yo hicimos la maleta, llegamos a Figueras y comenzamos a caminar hacia la Junquera… iba mucha gente como nosotras, a pie y desorientados… por suerte encontramos a un compañero de lucha que iba en coche y nos subimos a él. Al llegar a la frontera fue terrible… había mucha gente, mujeres, ancianos, niños, soldados heridos, otros que tenían que romper las armas porque los franceses no nos dejaban entrar armados… y lo peor, tener que escuchar cómo nos decían que allí, en Francia, no éramos nadie: “nada, rien, niente…”. O sea, que habíamos luchado y dado la vida por mantener un gobierno legitimo en España y de pronto no éramos nada… ¡miles de desventurados que éramos... “rien, niente”!.

Fue un momento terrible, en el que saboreé el amargo trago de sentirte derrotada y sentenciada a muerte… el shock fue tan brutal que me quede muda… no podía hablar… y así estuve bastantes horas… hasta que llegaron unos trenes y nos hicieron subir a ellos. Cerraron las puertas con cerrojos para que no pudiéramos saltar… recuerdo que pasamos por algunas estaciones, pero no había ni un alma en ninguna de ellas… 

Afortunadamente en Milau se detuvo el tren y nos dejaron salir…. ¿y qué diréis que hicieron? … por fin nos dieron algo para comer, lo recuerdo perfectamente: chocolate caliente y un croissant. De allí nos subieron en un autobús, recorrimos bastantes kilómetros, hasta llegar a Saint Jean du Bruel.  De nuevo vi las calles desiertas, todo el mundo se escondía… hasta que llegó el alcalde y nos condujo a unas escuelas, en el sótano pusieron un cubo para hacer allí las necesidades y un monton de paja… así pasamos la noche…  

Pilar, yo y una maestra que conocimos por el camino,  nos arrinconamos contra una ventana, juntas… imaginaros qué noche mas larga… tiempo después me entere que mi familia creía que yo estaba fusilada, y mientras tanto,  yo temía por ellos, porque mi padre había quedado como militar en zona republicana… En aquel pueblo Pilar encontró trabajo pero yo no me quise quedar, y un día, a escondidas para que nadie me lo impidiese, subí a un autobús, y luego a un tren, hasta alcanzar Paris y de allí a un pueblecito llamado Cheles, donde sabia habían unos refugiados conocidos, que me ayudarían. Allí trabaje en una pensión a cambio de comida y cama. Un día en que los alemanes llegaban al pueblo mucha gente se marchó, incluidos los dueños de la pensión. Yo me quede junto con el resto de trabajadores pero cuando llegaron los alemanes nos hicieron marchar porque se apropiaron de la casa para hacerla cuartel de operaciones.

Así que me fui a Paris… allí supe que un compañero mío, Adolfo Jimeno, al que siempre quise como un hermano, estaba en un campo de concentración. Me dije que tenía que sacarlo, pero fue imposible, se lo llevaron a la costa atlántica vestido con un traje a rayas de presidiario, para hacer trabajos de fortificaciones.

En Paris sobreviví como pude, dando clases de español, y trabajando en todo lo que surgiese a cambio de cama y comida…. De aquellos tiempos recuerdo que vivía en una habitación alquilada, junto con otra chica española que había escapado de un campo de concentración, éramos pocos vecinos en ese edificio…. Un día regresaba yo a casa cuando, antes de entrar, la portera me hizo una seña para que no entrase, así que me marche y estuve varias horas en un rincón del río Sena, donde habían unas paradas que vendían libros… yo solía ir allí a leer, porque a comprar, ya me diréis sin dinero qué libros iba yo a comprar… cuando ya estaba mas que desesperada por la incertidumbre, regresé, para enterarme que mis vecinos del piso de arriba, 5 jóvenes  que yo conocía de vista, habían sido detenidos porque habían montando una emisora de radio para hablar con Inglaterra… , y que los nazis, aprovechando el registro del edificio, se habían enterado de que unas españolas vivían allí y habían preguntado por nuestro horario, así que era mejor que me marchase… cogí lo poco que tenia y me fui desorientada, sin saber a dónde ir, entré en la catedral de Notre Dam y me senté al lado del confesonario, creyendo que pasaría la noche escondida allí dentro, pero entonces me acorde de una familia que conocía, eran judíos, y a ellos acudí. Les explique mi situación y que podían correr riesgo por tenerme allí con ellos,  a lo que me contestaron que la que corría mas riesgo era yo porque ellos por ser judíos, tenían que llevar una cruz cosida en su ropa y cualquier día irían a llevárselos…. Pero allí me quede, sin saber qué me iba a deparar el destino…

Al poco me entere que Francisco Ponzan había sido capturado por los nazis y estaba detenido en Tolouse… Durante aquel tiempo se había convertido en un enemigo importante porque tenía a su mando el  “grupo de guerrilleros Ponzan” , que se dedicaba a sacar gente escondida, a falsificar documentación… en definitiva, era alguien de cierto relieve… recuerdo que fui varias veces a verle y a llevarle ropa limpia… hasta que el 17 de agosto fue fusilado junto con otros 50 partisanos… en un bosque… luego quemaron sus cuerpos para que nadie pudiera reclamarlos… Fue muy doloroso… sobre todo si se tiene en cuenta que solo 2 días después, los nazis abandonaron el territorio…

Aquellas circunstancias hicieron que me encontrase de nuevo y por sorpresa con Adolfo Jimeno, que había sido liberado del campo de concentración. Adolfo me consoló de mi desconsuelo y yo entiendo que también le consolé a él de las desgracias de pasar por dos guerras seguidas….

Nos casamos el  30 de noviembre del 46… Adolfo era bueno  en mecánica, matemáticas, trigonometría…  en fabricar piezas de automoción, eso hizo que encontrase trabajo con el que salir adelante…  Los dos seguíamos vinculados con el partido socialista, pero empezamos a estar bastante desencantados de la política… y en concreto de los jerifantes, de esos señores  que mandan en los partidos, y que están bien escondidos mientras es el pueblo el que da la cara…. En esos momentos fue cuando tuve claro que hasta que el pueblo entero no fuera mas instruido, la Democracia sería una entelequia, no una realidad. Yo debía de colaborar en ello, ayudando a que el pueblo se formara lo suficiente para alcanzar la verdadera  y plena Democracia.

Ese desencanto nos hizo marchar de Francia, dejando una España, una Europa llena de ruinas y miseria.  Venezuela se convirtió para nosotros en una promesa, un lugar donde poner en práctica nuestros proyectos, entre los que figuraba entender la educación de una manera muy próxima a la Institución Libre de Enseñanza, que habíamos conocido en la Republica. 

Cruzamos el océano a bordo del Colomby, un barco hospital lleno de refugiados, viajábamos en la bodega y con solo 50 dólares en el bolsillo. Recuerdo que ambos nos abrazamos cuando zarpamos, y no paramos de repetir: “la noche queda atrás, la noche queda atrás…”. Y efectivamente, la noche con todas sus pesadillas quedaba atrás en nuestras vidas….

Ya en Caracas encontramos trabajo  en un colegio particular llamado “Los Caobos”, nos fue bien e incluso nos compramos un coche pequeñito. Aún así a mí me continuaba quemando cierto anhelo interior: poder abrir un colegio propio. Empezamos a mirar sitios y pedir permisos, para finalmente en el estado de Aragua, en Maracay, abrir el Instituto-Escuela Calicanto. Comenzamos con 15 niños y acabamos con más de 800. Había niños y profesorado de raza blanca, de color, mestizos…. Yo no quería que hubiese ningún resquemor entre ellos y menos por el color de su  piel o la condición social. En nuestras clases se respiraba tolerancia, exigencia académica según sus aptitudes, y responsabilidad tanto individual como colectiva.

Durante los primeros 15 años apenas cubrimos gastos…. Aunque mi mayor felicidad fue que viniese mi hermano desde España a trabajar  con su mujer, como maestros. En Venezuela estuvimos 22 años, pero mi marido enfermó y añoraba mucho España, así que finalmente decidimos regresar, además, al no tener delitos de sangre, no nos podía suceder nada malo.

Mi primer trabajo aquí fue como maestra en el pueblo de Valdealforja, Teruel, en preescolar… de allí recuerdo que unos jóvenes me golpearon el coche llamándome “maestra roja”…  pero digo yo que eso no me importó mucho porque paralelamente, me presente como diputada a las Cortes Constituyentes y salí diputada por Castellón por el partido socialista. Mi actividad parlamentaria se desarrolló como vocal de la Comisión de Educación durante un año, de la de Presidencia por unos meses, y por un año y dos meses de la Comisión Especial de los problemas de disminuidos físicos y mentales.

Cuando pasó aquella etapa me trasladé al colegio Cardenal Cisneros de Almazora. Allí estuve hasta que me jubile. Por entonces mis padres y mi marido ya habían muerto…. Yo no tuve hijos y un sobrino  me invitó a ir a su casa por Gerona, pero era inquiera y no me gustó la estancia, así que me volví a Montornés. Allí trabajé en el ayuntamiento y luego baje hacia la costa… en concreto, en el año 1983 fui elegida Concejala del Ayuntamiento de Benicàssim (Castellón) ostentando las Concejalías de Cultura, Educación y Hacienda. Durante los 3 años que ocupe este cargo, entre otras tareas, creé la  biblioteca y posteriormente la Casa de Cultura.

Al dejar aquel puesto no me quede inactiva, sino que con parte de los fondos de la venta del Instituto-escuela El Calicanto, creé la Fundación Adopal que se ocupa de otorgar ayudas económicas a centros públicos educativos de las provincias de Teruel, Zaragoza y Castellón. En 1992 la Fundación fue absorbida por la Fundación Universidad Carlos III, dirigida en ese momento por Gregorio Peces-Barba con el fin de dar un giro a las ayudas. Con los fondos que aporta la Fundación Adopal, más una importante inversión económica personal, la Fundación Universidad Carlos III desde entonces convoca ayudas dirigidas a estudiantes de la ciudad de Maracay para que desarrollen sus estudios en la Universidad.

En 2004 publiqué mi bibliografía, “Momentos de una vida”, y paralelamente cree la Fundación Palmira Plá con la finalidad de ayudar a sectores desfavorecidos: ancianos, niños, etc.

Durante estos últimos años de mi vida he  recibido algunos reconocimientos como el Premio del Consejo Escolar de Aragón, Medalla de José de Calasanz y algunas distinciones del gobierno Venezolano. 

De mi se ha dicho que soy una mujer con sentido del humor y buena conversadora.

Yo os digo que solo he sido…  una mujer de acción, y mi acción ha sido la escuela. Solo he hecho lo que tenia, lo que debía de hacer en cada momento. Y si me lo permitís os daré un consejo: no renunciéis nunca a vuestros principios. La vida no tiene mas sentido que el de hacer, que el mundo sea un poco mejor cada día…

… Os dejé el 27 de agosto de 2007. Tenía 93 años y estaba corrigiendo las pruebas de imprenta de mi último artículo. Antes de irme definitivamente quise dejar las cosas atadas y en mi testamento determiné que la Fundación Palmira Plá, continuara funcionando, esta vez presidida por mi sobrina, Mari Carmen Borrego Pla. Por lo que se mi sobrina está haciendo una buena labor: desarrolla una importante actividad dirigida a los niños de la provincia de Teruel a través de ayudas a centros rurales y convocatorias de premios, donde su máxima es… “educar en valores y ciudadanía”.

Si tenéis la oportunidad, vivid y educad vosotros, vosotras, de esta misma manera. Es una forma que mi trabajo, y el trabajo de otros compañeros y compañeras que conocí, no se pierda en el tiempo…  ni en el camino” 


Cristina Laborda








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