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1243. Combatientes autónomos de Madrid luchan en guerras dentro de la guerra.






Por Herbert L. Matthews (Pasado por censura)
Madrid


En tierra española se libran hoy guerras dentro de la guerra. Hay una guerra civil española; en menor escala hay guerras civiles alemanas e italianas; hay una especie de guerra europea de Alemania e Italia contra Rusia; hay una guerra de clases del tipo más complicado que ha llevado al proletariado contra las clases altas y a los izquierdistas y moderados de todas clases contra el fascismo, por lo que mucha gente ha llegado a llamar a ésta, una guerra de ideologías. Los ejércitos que se enfrentan en los frentes de Madrid son endebles si se comparan con las vastas fuerzas que se han desencadenado por todo el mundo tras el levantamiento del general Franco. Esta guerra es como una vorágine en la que los países más próximos a España han sido los más profundamente afectados, pero incluso en sus fronteras más lejanas, ha conseguido atrapar a hombres, partidos y clases, en su enloquecido torbellino.

Era inevitable que jóvenes idealistas, hombres mayores de convicciones sinceras, mercenarios y, en menor medida, aventureros, se hayan visto sumergidos en esa tormenta para encontrarse en España, dirigiendo tropas o disparando rifles y ametralladoras en cualquiera de los lados en que hayan sentido que debían estar. Por razones fundadas en las corrientes profundas de la política y el pensamiento mundial, la mayoría de esos hombres ha venido a España para pelear del lado del Gobierno español contra los insurgentes. Ningún extranjero objetivo que esté aquí puede dejar de estar estupefacto ante la fuerza de esta inmadura, desorganizada, pero verdaderamente poderosa expresión de la opinión mundial. Algo ha empezado aquí que va a dejar una impronta profunda en el mundo y en las generaciones venideras. No podría cometerse mayor error que el de considerar esta lucha como un mero conflicto localizado.

No obstante, es demasiado pronto para perderse en especulaciones cuyo panorama puede parecer demasiado vasto y nebuloso como para tener mucha validez. Es preferible tratar de comprender lo que está sucediendo aquí, y una buena manera de hacerlo es acercarse a algunos de esos hombres que han venido de los cinco continentes del mundo para luchar por sus ideales. No viene al caso intentar clasificarlos, ya que no muestran clasificación alguna. Unos son comunistas, otros socialistas, algunos republicanos, demócratas, liberales, otros sólo son revolucionarios, pero todos son antifascistas. Hay que tomarlos como son.

Por ejemplo, está Emil Kléber, que es la figura más importante de todas. Él manda a toda la Columna Internacional, en la que también se incluye ahora a una buena parte de las tropas españolas. El general Kléber es comunista. Junto con Tim Buck, con quien trabajó en Canadá, sabe lo que es sufrir prisión por las ideas.

La historia de su vida parece una novela romántica. Nació en Austria. (Puede que su verdadero apellido no sea Kléber; en los círculos revolucionarios no se clasifican las identidades con demasiado cuidado.) Durante la Guerra Mundial fue reclutado por el ejército austriaco, y se encontró luchando como oficial contra los rusos. Fue «capturado» y «escapó». El entrecomillado refleja la sonrisa astuta y cómplice con la que me lo contó. Incluso entonces estaba del lado de los comunistas.

En lugar de reunirse con las fuerzas austriacas, se marchó a Canadá, donde mantuvo una existencia precaria, hasta que ingresó en las fuerzas canadienses que formaron parte del ejército expedicionario enviado a Siberia. Fue una manera de llegar a Rusia. Luchar en la que parecía estar convirtiéndose en una guerra japonesa de conquista le vino tan bien como a otros radicales sinceros y, mediante un proceso cuyos detalles son bastante confusos, al poco tiempo se vio combatiendo junto a las fuerzas rusas que estaban creando lo que entonces se denominó la República del Lejano Oriente. Eso estaba más en su línea y su ayuda fue un factor nada despreciable en el éxito ruso. Cuando la República del Lejano Oriente se fusionó con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, su trabajo concluyó y dejó Siberia como un soldado con experiencia y gran destreza en un tipo muy peculiar de guerra.

Siguieron años de luchas opacas en Europa y América. Se le conocía bien en los círculos comunistas de Nueva York. Durante esos años se nacionalizó canadiense. En la siguiente ocasión en que la guerra supo de él, era ya «general» al mando de un Ejército Rojo en China (56 000 hombres armados con rifles con sólo doce cartuchos de munición cada uno). Fue en Kiangsi, donde el mariscal Chiang Kai-shek, con 1 200 000 soldados bien armados, lo tuvo prácticamente rodeado.

Si alguien pudiera conseguir que Kléber contara lo que ocurrió después, se podría escribir uno de los libros más emocionantes que se hayan publicado jamás. Fue una auténtica epopeya. Condujo a sus hombres en retirada hasta Sichuan en ocho meses, durante los cuales caminaron unas 3500 millas (5630 km), derrotando a todas las fuerzas, una tras otra, que Chiang envió contra ellos, manteniendo siempre el orden y la disciplina hasta que estuvieron a salvo, en aceptables condiciones y fuera del alcance del mariscal. Por cierto, la mayor parte de ese ejército está combatiendo actualmente contra la expedición armada japonesa en el norte de China.

Concluida su labor, Kléber regresó a Canadá, donde trabajó conjuntamente con Tim Buck. (A propósito, Buck estuvo en España durante los primeros días de la guerra.) Hace un año que salió de Canadá para venir a Europa y, cuando empezó la guerra civil, ofreció sus servicios al Gobierno. Junto con su columna, se lanzó contra las fuerzas de Franco el día que empezó el sitio de Madrid. Fue el momento más apropiado, ya que coincidió con un sorprendente resurgimiento espiritual y moral de la milicia española.

Kléber es muy modesto al respecto y se niega a admitir mérito alguno. Es un personaje extremadamente atractivo, un hombre bien parecido con una personalidad encantadora. A pesar de su larga carrera sólo tiene 41 años, es un tipo grande, corpulento, con una cara triangular, en la que destacan sus pómulos altos, nariz ancha, labios gruesos y cejas pobladas. Es un rostro que podría parecer brutal si no fuera por su sonrisa infantil e ingenua que aflora constantemente. Además, muestra una camaradería y una modestia que son incuestionablemente genuinas. Es idolatrado por sus tropas, con las que ha luchado en las trincheras del frente disparando su rifle con extraordinaria puntería y demostrando un valor que resulta contagioso. En estos momentos convulsos e inquietos a los que se enfrenta el mundo, a nadie le sorprendería que Emil Kléber resultara ser un factor importante de futuro.

Resultaría complicado colocar a Kléber dentro de una categoría en particular. Es cierto que es comunista, pero no está luchando aquí por el comunismo; está luchando porque está del lado del Gobierno y del pueblo español, y porque odia el fascismo.

Nadie debería intentar etiquetar a las fuerzas que combataen en esta facción. Tomemos, por ejemplo, a Randolfo Pacciardi. Tiene el rango nominal de teniente coronel. (Los rangos son términos convencionales para establecer la disciplina adecuada en el frente; detrás de las líneas todos son «camaradas».) Pacciardi es un intelectual, pero al mismo tiempo un hombre de acción. Este escritor mencionó hace un momento que hay más de una guerra civil librándose en España. Hay una italiana, por ejemplo. En este lado, los italianos están en el Batallón Pacciardi y sus filas están aumentando a tal ritmo que esperan tener muy pronto una «Brigada Pacciardi».

El jefe de este batallón es un abogado guapo, culto, joven (de unos 45 años o menos), con un historial en la Guerra Mundial tan bueno que ha sido propuesto para la más alta condecoración del ejército italiano: la Medalla de Oro. Después de la guerra se dedicó a la política y no como comunista, ni siquiera como radical, sino como republicano. El término «republicano» no significa que quisiera convertir a Italia en una república, sino que se usaba como una expresión de liberalismo y democracia. Formó una organización de veteranos de guerra con hombres que simpatizaban con sus ideas. En una famosa causa legal que llevó Italo Balbo (ahora Gobernador General de «Libia») contra un periódico socialista en Ferrara, Pacciardi defendió con éxito al periódico.

Sobra decir que un hombre así fue declarado persona non grata cuando los fascistas llegaron al poder y una mañana huyó a Suiza apenas una hora antes de que la policía fuera a buscarlo. Tal como ocurrió con muchos de sus colegas, Suiza tampoco lo admitió y terminó en ese paraíso de refugiados políticos que es París. Allí ejerció con éxito durante años la profesión de periodista. Está felizmente casado; se ganaba bien la vida y lo dejó todo para luchar por España, porque sintió que eso era lo justo y lo correcto. Su batallón se ha distinguido de modo brillante, en particular en el enfrentamiento que ocurrió en torno a Pozuelo hace unas pocas semanas.

Pacciardi es uno de esos curiosos extranjeros que, como Kléber, luchan en España. Hay otros italianos como él aquí, pero el espacio sólo permite una breve mención a dos de ellos. Pietro Nenni, uno de los dos asesores políticos de la Columna Internacional, es otro intelectual. Es socialista y hace mucho tiempo fue, además de amigo cercano, colega de Benito Mussolini en una causa común. Ahora, por así decirlo, están luchando uno contra el otro. Nenni no es un hombre joven, ni es fuerte. Tampoco es soldado. Es un individuo amable y culto, cuyas convicciones son tan profundas que ha sacrificado todo para hacer su contribución en la lucha contra el fascismo.

El ayudante de Pacciardi, Humberto Galliani, también merece ser mencionado. Fue uno de los directores del New York Stampa Libera, un periódico antifascista. También él pasó cuatro años en la Guerra Mundial, y tenía convicciones profundas que lo trajeron desde su situación segura y acomodada en Nueva York al frente de guerra de Madrid, donde ha luchado con singular valentía.

Era inevitable que tanto los antinazis como los antifascistas, vinieran aquí para luchar también en «su» guerra civil. Los alemanes se mezclan con hombres de Francia, Polonia, Checoslovaquia y otros países continentales en la XI Brigada Internacional que, sin embargo, está comandada por un alemán. Su nombre, Hans —sólo Hans y nada más—. Nadie sabe su apellido y, por otra parte, a nadie le importa. Tiene parientes en Alemania y no sería conveniente para ellos si los nazis llegaran a saber quién es Hans exactamente.

Tiene 38 años, está casado, es alto y moreno, no es lo que ahora en Alemania es reconocería como de apariencia nórdica. Antes de la Guerra Mundial era cadete en un colegio militar, puesto que proviene de una buena familia. Durante la guerra fue oficial del ejército alemán y buen combatiente. Pero lo que vio entonces le hizo odiar el nacionalismo, por lo que se dedicó al periodismo en publicaciones radicales. En la lucha contra Hitler, estuvo en el bando perdedor y tuvo que salir de Alemania.

Hasta aquí, su caso podría ser similar al de miles de refugiados; sin embargo no le convencía aceptar su suerte de forma pasiva. Durante la revuelta asturiana de 1934, Hans vino a España para ayudar a los mineros, que fueron reprimidos con tal ferocidad y crueldad que proporcionaron una de las causas de la presente división en España. De forma que cuando empezó la Guerra Civil, Hans no tuvo dudas. Dejó a su mujer y su trabajo en Francia y vino aquí, como dice él, «a defender la libertad».

Si se quieren nombres, aquí hay uno muy conocido: Gusta[v] Regler, el escritor alemán. Regler proviene de una familia católica y de niño fue educado en un colegio católico. Inteligente y sensible, libró una larga lucha interna en su juventud, de la que salió convertido en librepensador. También tiene 38 años, su rostro es arrugado y pálido y tiene un tic nervioso en la boca que le da un aspecto particular de intensidad e incluso de adustez. Pero no es un personaje hostil en absoluto, sino uno de los hombres más populares de la Columna Internacional.

Los nazis no mostraron ningún afecto por él. Uno de sus libros más conocidos es sobre el Sarre, Under Crossfire[Bajo fuego cruzado], donde pintaba un retrato que hubiera hecho del Sarre un sitio incómodo para él incluso si no hubiera desempeñado una parte importante en la lucha política que precedió el referéndum. Perdió la ciudadanía alemana y se fue a Francia. Cuando empezó la Guerra Civil contribuyó a reunir fondos mediante los cuales los trabajadores franceses donaron varios camiones a la causa del Gobierno de España, y que él mismo trajo aquí. Como hablaba un buen francés y no era demasiado fuerte, fue nombrado comisario político de la XII Brigada.

Otro comisario político alemán era Hans Beimler, quien resultó muerto en combate hace varias semanas. Fue una de las figuras más importantes de la columna y su pérdida fue muy sentida. Beimler era bávaro y los nazis lo encerraron en el campo de concentración de Dachau. Consiguió escapar, pero su viuda sigue detenida como rehén en Alemania. Él fue el verdadero líder de los comunistas alemanes de aquí y, a pesar de que era el comisario político del Batallón Thälmann, no resistió la oportunidad de tomar parte activa en los combates. Su cadáver está ahora camino de Moscú para ser sepultado.

Tal vez se esté concediendo demasiada importancia a los jefes. También vale la pena tener en cuenta a la base. Allí está Paul, por ejemplo. Una vez más, no se mencionarán los apellidos. Paul es un oficial no comisionado (o el equivalente a uno) de un destacamento de ametralladoras. Viene de Alemania occidental. Tiene 27 años, es bajo, rubio, callado. Cuando se le pregunta sobre política parece no tener opinión; en lo que a él respecta, eso no existe.

Era trabajador en una fábrica metalúrgica hasta 1934 y debido a sus actividades sindicales fue expulsado de Alemania. Entonces se fue a Francia. Dueño de un carácter más bien turbulento, se las arregló para ser expulsado en dos ocasiones de ese tranquilo país. La segunda vez se fue a Suiza y justo cuando lo iban a echar de allí, estalló la guerra y se vino a España, donde, para usar sus propias palabras, «se decidirá el destino de la gente como yo».

Y ahora les presento a Ernest, un francés de la misma brigada. Parece tener unos 30 años y hasta hace poco era capataz en una fábrica de Francia. El levantamiento de España lo conmovió intensamente y se hizo voluntario para luchar junto a los republicanos. El día que lo llamaron, murió su padre, pero él se fue al día siguiente, dejando atrás una familia y un buen empleo. Cuando le pregunté por qué, no conseguía explicarse: «Sólo sentí que debía ir», me dijo.

El otro día, cuando comíamos la horrible comida del Hotel Gran Vía, estaba con nosotros un joven inglés: mejillas sonrosadas, saludable, desaliñado, con un impresionante cabello castaño que parecía no haber tocado nunca un peine. Era David MacKenzie, hijo del contraalmirante del mismo nombre de la Armada inglesa, un estudiante del Marlborough School y una especie de oveja negra, de tan sólo 20 años de edad. Huyó de casa porque sintió una llamada. ¿Aventura? ¿Idealismo? ¿Convicciones? Todo ello, sin duda. Ahora es todo un experto operador de ametralladora, pues ha conseguido un buen historial en los enfrentamientos recientes.

Viene con un amigo, Esmond Romilly, sobrino de Winston Churchill. Romilly tiene 19 años y fue expulsado de Wellington porque fundó una revista comunista que, por cierto, MacKenzie distribuía en Marlborough. También está en un destacamento de ametralladoras.

Merece la pena mencionar a otro alemán: Alois Weissgärber, quien, al igual que Regler, proviene del Sarre. Weissgärber es una especie de «lobo solitario». Cuando le pregunté si era comunista, socialista o qué, me contestó simplemente: «Soy católico». Era un trabajador del metal que organizó una especie de partido católico contra los nazis en el Sarre. Tras el referéndum tuvo que marcharse, por supuesto. Siempre vivía solo; es un joven impasible, callado, taciturno. Él también sintió que sus convicciones le obligaban a venir a combatir a España.

Llegó a Valencia y buscó la forma de ir a Madrid. Se encontró un camión estropeado y abandonado a un lado de la carretera. Como experto mecánico, se puso a juguetear con él y lo reparó hasta que el motor funcionó lo suficientemente bien como para conducirlo hasta Madrid. Consiguió un bote de pintura roja y pintó unas cruces de ese color en los lados y en el techo. Ahora es una ambulancia y Weissgärber es el conductor estrella de la Columna Internacional. Sus camaradas no pueden hablar más que maravillas de su coraje y espíritu de sacrificio al recoger a los heridos. Curiosamente (o quizá no sea tan curioso, después de todo), en las últimas semanas se ha vuelto mucho menos taciturno y mucho más humano. La lista podría extenderse indefinidamente. Ni siquiera se han mencionado todavía algunos nombres muy importantes. Está André Malraux, el famoso novelista francés, cuyos trabajos traducidos al inglés son muy conocidos en Estados Unidos. Representa esa combinación casi única del hombre de letras creativo y el vibrante hombre de acción. Uno de los escuadrones aéreos republicanos lleva su nombre.

También está el general Lukacs, comandante de la XII Brigada. Él es sobre todo un pacifista, pero por alguna causa le ha parecido necesario luchar una y otra vez por sus ideas. Durante la Guerra Mundial fue oficial de los Húsares húngaros (es húngaro de nacimiento). Después de la guerra, su distrito pasó a formar parte de Checoslovaquia. Entonces pensó que el comunismo ofrecía la posibilidad de alcanzar la paz mundial y se unió a los soviéticos. Llegó a ser comandante de división en el Ejército Rojo y luchó contra Kolchak. Cuando ganaron los rusos, él se retiró, como Cándido, a cultivar su jardín. Ahora está combatiendo nuevamente, y cuando le pregunté el porqué, me dio tres razones: porque odia a Hitler, y esta es la guerra de Hitler; porque Franco está matando a mujeres y niños; y porque a pesar de su comunismo, tiene ideales democráticos.

Esa es sin duda una mezcla curiosa, pero hay muchos en la misma situación en la Columna Internacional. Un caso más comprensible es el de André Marty, el comunista francés que dio nombre a un batallón. Él y Pietro Nenni son consejeros políticos de toda la columna. Marty es especialmente famoso por haber organizado el motín naval en el mar Negro, durante la guerra civil rusa en 1919.

Se podría escribir todo un artículo sobre los médicos que han dejado sus consultas para cuidar aquí de los heridos.

Una convicción anima a todos los extranjeros. Sean lo que sean, todos ellos odian el fascismo.


Herbert L. Matthews
«Combatientes autónomos de Madrid luchan en guerras dentro de la guerra»
The New York Times, 3 de enero de 1937 



















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