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1309. Experiencias de la guerra.

Recordamos a Indalecio Prieto en el aniversario de su muerte en el exilio mexicano, el 11 de febrero de 1962, con uno de sus discursos.


"Quiero, ahora hablaros de la experiencia de la guerra, que, cual dije antes, fue para mí la ex­periencia más aleccionadora que se me ha ofrecido desde los puestos de mando, desde la atalaya del Gobierno, desde todo donde se contempla todo, desde donde se divisa, alegrándonos el alma, el heroísmo, y desde donde se ven también, acongoján­donos, el desfallecimiento y la locura. Yo dije por entonces que ganaría la guerra quien tuviese más sana la retaguardia, y si lo dije fue porque veía cómo nuestra retaguardia iba pudriéndose. ¿Quién osará decir una sola palabra que ponga en duda el heroísmo del pueblo español, re­presentado por las fuerzas de su entraña, que se batieron en los frentes? Nadie, y menos que nadie, yo. ¿Pero quién, por muchos que sean los cuidados que acumule en defensa de las respectivas agru­paciones políticas y sindicales, podrá ne­gar que en la retaguardia hubo muchas desvergüenzas? No seré yo quien las nie­gue. Las proclamo, no con alborozo, sino con profunda tristeza; pero, me parecería cobarde callarlas. De la guerra yo saqué esta lección, que quiero clavar en vues­tras mentes: ni en la guerra ni en la paz, por ninguna clase de motivos, se debe entregar las facultades directivas del Es­tado a los sindicatos. La fuerza del sindi­cato, cuando es desbordante, muestra con frecuencia síntomas de degeneración. Ello es explicable, porque toda fuerza sin fre­no, todo poder sin contención tiende fa­talmente al abuso. Los sindicatos, que aportaron masas inmensas de heroicos combatientes, estorbaron, a través de sus elementos directivos, la acción del Gobier­no. Yo, ministro de Defensa Nacional, he asistido a perturbaciones en la producción de material de guerra, ocasionadas por instrucciones, órdenes y ukases de elementos directivos de los sindicatos, y he sonreído tristemente cuando conocí aquí la noticia de que quien más pertur­baba en Cataluña la producción con exi­gencias y cortapisas a todas horas era un señor Vallejo, protegido de los sindica­tos más poderosos, que pasea hoy tranquilamente por Barcelona. ¿Se trataba de hechos aislados?  Ojalá quedaran reducidos a proporciones tan insignificantes que permitieran su señalamiento total con las citas siguientes. Quien fue ministro de Defensa Nacional en diciembre de 1937 os debe revelar hoy que las operaciones que dieron por resultado la toma de Te­ruel se retrasaron cuatro días porque, a la hora crítica del transporte de las tro­pas destinadas a conquistar la vieja ciu­dad aragonesa, a un sindicato se le ocu­rrió declarar la huelga de los encendedo­res de locomotoras en Barcelona. No sé de nadie que desde la cumbre de las organizaciones sindicales condenara el he­cho. ¡Ah!, si el ministro hubiese tenido verdadera fuerza propia, que no tenía, porque al Gobierno le era imposible do­meñar a los sindicatos, si el ministro hu­biera tenido verdadera fuerza propia, os juro que los muros del depósito de loco­motoras de la estación de Barcelona hu­biesen sido el paredón contra el cual ha­brían sido fusilados aquellos insensatos que... (Los aplausos impiden percibir las palabras finales del párrafo.). Si fueron grandes los estorbos de origen sindical, si, a consecuencia de ellos, la producción de material de guerra se veía perturbada desastrosamente, lo que se llamó «colectivización» constituyó un sarcasmo. Aun­que el hecho resulte cómico, si bien en su fondo palpita cierto sentido trágico, me referiré en este aspecto, a un socialis­ta, hoy exilado en México, propietario de una peluquería en la calle del Prado, de Madrid, quien, a impulsos de su deber, marchó a la sierra de Guadarrama a com­batir; y cuando regresó, encontróse con que su establecimiento, producto del es­fuerzo de muchos años, se lo habían «colectivizado». Quienes no habían ido al frente se apoderaron de la peluquería, y quien fue a luchar por sus ideales quedó expoliado expoliado. A estas horas el expoliado se halla aquí. No me sorprendería que los expoliadores siguieran tranquilamente en Madrid. ¿Y aquellos excesos a cargo de los «incontrolados»? Hay una familia en España —restos de una familia, porque de ella apenas si queda más que el ele­mento femenino— que podía ser en nues­tra lucha un símbolo. La familia Martí­nez de Aragón, casi todos cuyos hombres cayeron en el frente, murieron fusilados o se les recluyó en prisión. Cuando las mujeres de aquella familia, enlutadas, fue­ron a buscar refugio a su pena en la pla­ya alicantina de Benidorm, miembros de un sindicato, sin respeto para el dolor, sin conmoverse ante el llanto, las some­tieron a vejámenes ¡a unas mujeres que tenían asidos a sus piernas los huérfanos de hombres que acaban de darlo todo, incluso la vida, por la República! Gana­rá la guerra, dije, quien tenga más sana la retaguardia. La nuestra iba pudriéndose a ojos vistas... Estas lecciones de la guerra son también lecciones para la paz. Yo socialista y reconociendo el papel for­midable de los sindicatos en las luchas sociales, ni puedo aprobar los excesos, sindicales, ni quiero guardarlos en silen­cio. Cuando la ocasión llega, y creo que ha llegado, vengo a execrarlos, para ver si consigo que los demás los execren tam­bién, haciendo imposible su repetición".


Indalecio Prieto
Dircurso en el Círculo Pablo Iglesias de México
1 de mayo de 1942




2 comentarios:

  1. Prieto exagera y elude responsabilidades cuando culpa a los sindicatos. Su actuación al frente del ministerio de Marina primero y del de Defensa después fue nefasta. Cuando por motivos políticos, contentar al PNV y conseguir su adhesión a la lucha contra el fascismo, envió la Flota al Cantábrico dejando el Estrecho y el Atlántico en manos de los sublevados cometió el gran error de la guerra civil. Su ineficacia en el control de los quintacolumnistas infiltrados en la Base Naval de Cartagena, Talleres de la SECM, el Estado Mayor e incluso en el Ministerio restó total eficacia a la flota republicana.

    Según Michael Alpert :

    "No se puede minimizar la importancia del control nacional sobre el Estrecho de Gibraltar. Los nacionales dominaban una posición central, controlando una ruta marítima estrecha, y dominaban también el hinterland donde se encontraban las bases de apoyo. Al dominar el Estrecho se abrió la posibilidad, de gran significación para los meses venideros, de establecer una base avanzada en Palma de Mallorca, cuyo abandono por las fuerzas expedicionarias de la República llegaría a adquirir ahora una significación evidente".

    En el capitulo III de la Historia de la Armada Española, editado por el Ministerio de Defensa, titulado “Las acciones Navales de la Guerra Civil Española” se reconoce la importancia del dominio del Estrecho y la importancia del papel de los buques :

    “…El dominio del Estrecho, primero republicano y más tarde nacional, la campaña del Cantábrico totalmente favorable para la Armada nacional y la guerra en el Mediterráneo, ya en la última fase de la contienda, dieron la victoria final a quienes mejor supieron utilizar la herramienta naval que poseían. La decisión de Indalecio Prieto fue la peor de toda la guerra civil".

    La decisión de Prieto es calificada por el capitán de navío Cerezo en los siguientes términos:

    "Al tomar la decisión de enviar la Flota al Cantábrico, a Indalecio Prieto le ha sobrado osadía; la osadía propia de los ignorantes cuando resuelven una cuestión que desconocen"

    La frase de su discurso: “os juro que los muros del depósito de locomotoras de la estación de Barcelona hubiesen sido el paredón donde hubieses sido fusilados aquellos insensatos… “ (refiriéndose a los sindicalistas) es del todo reprobable.

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  2. Gracias por el comentario Benito. Siempre tan certero.

    Salud!

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