Lo Último

1380. Cuando Miguel Hernández quiso volver a ser pastor.





No creo en los poetas pastores. Y que me perdonen las Arcadias. Sí, por el contrario, en los poetas cultos que crean pastores con su palabra poética. Sobre todo si esos aedas se llaman Garcilaso, Lope o Góngora. Cuando Miguel Hernández escribe poesía, puede bien afirmarse que ya no es pastor; se había formado junto a su fraternal amigo Ramón Sijé, anagrama de José Marín, en la biblioteca de los Padres Jesuitas de Orihuela. En los años primeros de la década del 30, años en que yo le conocí, Miguel no guardaba rebaños de cabras o de ovejas en las riberas del Segura. Apacentaba, eso sí, recentales de versos de los que más que simple pastor, iba a ser rabadán.

Sin embargo, por entonces, no había en su rostro palideces de poeta; se le veía curtido por las intemperies y pleno de juventud y vitalidad; su cara era solar y sus ojos se abrían desmesuradamente al asombro. Lo invité, como poco antes a Ramón, a dar unas lecturas en la Universidad Popular de Cartagena, noble institución víctima de la guerra civil; llegó desde Madrid donde ya estaba instalado, y tuvo gran éxito recitando las cultas y gongorinas octavas reales que integraron su Perito en lunas, volumen número 2 de Ediciones Sudeste, que puso en marcha Raimundo de los Reyes (El número 1 fue mío y se llamó Tiempo cenital y el tercero, aunque no de versos, Júbilos de Carmen Conde, con prólogo de Gabriela Mistral). Al referirse a las frutas, recuerdo que partía a punta de navaja una sandía y mostrando a los oyentes una tajada empezaba la recitación. También recuerdo que imitó los romances de cordel con un gracioso cartelón pintado por él mismo que se desenrollaba como un mapa, ante el cual decía el octosílabo épico. Este cartelón lo olvidó en el tren a su regreso de Cartagena a Orihuela y no lo pudo recuperar.

Siguieron de nuevo y más largos los años de su trabajo «cornudo» en la capital de España, en la enciclopedia sobre los toros, que Espasa-Calpe, había encargado a José María de Cossío. En los días de la Revolución de Octubre andaba toscamente vestido y escribiendo versos en las orillas del Manzanares, lo que motivó las sospechas de la policía, que le pidió la documentación y estuvo a punto de detenerlo. Por este tiempo visitaba Miguel el domicilio de Pablo Neruda, en la Casa de las Flores, barrio de Argüelles, lo que hacían muchos escritores españoles e hispanoamericanos. Rafael Alberti describió en un poema a muchos de los contertulios y entre ellos a nuestro poeta al que, si no recuerdo mal, evocó de esta forma: 

Miguel Hernández olía 
a oveja y calzón de pana.

En Madrid vivió hasta 1936, consiguiendo plenos triunfos literarios. 

En 1937 encontré a Miguel en pleno campo recién casado con Josefina Manresa y, desde entonces, no lo volví a ver más. Apartir de 1940 supe de sus padecimientos a través de Juan Guerrero Ruiz y de José Ballester. Yo me hallaba entonces en Murcia, anclado frente a la Puerta de los Apóstoles de la Catedral y nada, en absoluto, podía hacer por él. Seguí, íntimamente, las noticias de su enfermedad, cada día más grave, y cuando me instalé en la calle de la Acequia en Espinardo, ya muerto Miguel, allí leímos un domingo versos suyos y rezamos por él José Ballester Nicolás, Dictinio del Castillo-Elejabeytia, Francisco Cano Pato, Antonio Garrigós y el que esto escribe. Al llegar a Madrid en 1945, su biografía se me fue aclarando a través de amigos mutuos como Víctor González Gil o del hoy arquitecto Emilio Abad Miró. El primero lo tuvo refugiado en su casa de Madrid en los primeros días de la paz. Y el segundo convivió con él todas las penalidades de la prisión, hasta verlo morir extenuado por el tifus y la tuberculosis. 

Pero quien me dio más vivos detalles de la vida de Miguel por aquellos azarosos días, fue –ya entrados los años 50, y cuando era director de una Sala de Arte madrileña–, Eduardo Llosent Marañón. Este cofundador de la revista Mediodía de Sevilla, había llegado con las tropas triunfadoras adscrito al servicio jurídico militar y Miguel puso en él todas sus esperanzas que, por desdicha, no llegaron a cumplirse. Eduardo me habló casi dos horas sobre todo esto, como otro día en una esquina del paseo de Recoletos me tuvo mucho tiempo igualmente, pero informándome fogosamente del caso García Lorca, el llorado Adriano del Valle y como en otra ocasión, Manuel García Blanco, hoy también muerto, me habló en Salamanca del repentino fallecimiento de Unamuno, después de un soliloquio sobre España, ante un joven profesor de Economía, ahora –afortunadamente para él– enriquecido plenamente.

La circunstancia del hombre Miguel Hernández, después del triunfo nacionalista es, a mi entender, la siguiente. Desaparición súbita y a los pocos días de aquel hecho histórico, de casa de González Gil, su simpático admirador. Intento de fuga a Portugal. Detención, esta vez ya inevitable y no como en las orillas del Manzanares por la Guardia Civil, que lo trató caballerosamente; nueva escapada en Madrid. Inútil deseo de marcha a Andalucía y fatal y ulterior decisión de encerrarse en Orihuela, donde algún paisano lo denunció, motivando así la prisión y la muerte. 

La vida de Miguel Hernández en España, como se ha dicho de la de José Martí en América, no pertenecía tan sólo a un bando contendiente. Su Viento del pueblo y demás producción de este sentido, representa una parte mínima de su vasta creación poética. Fue pena que él no fuese como las palmeras levantinas que, al empuje del huracán, se cimbrean pero no se quiebran. La vida de Miguel Hernández pertenecía, como la de Lope o la de Góngora, a la gloria literaria española, gloria total e indivisible, y nadie, ni siquiera el propio Miguel, debió atentar contra ella. Al marchar a Orihuela, él mismo decretaba su propio fin, porque de la pasión excesiva de la fratricida lucha reciente, no podía esperarse sino furia desatada. 

El hecho de haber contraído matrimonio en plena acción guerrera con la hija de un caído, condenada en otro caso al hambre y la cárcel, debió atenuar sus males. Josefina Manresa era hija de guardia civil, asesinado en la zona republicana. La condena de Miguel debió ser menor y el trato carcelario mucho más suave. 

La cárcel fue quien lo mató. ¡Pobre Josefina, con un muerto a cada lado de España! Uno, su propio padre. Otro, el padre de su hijo. En la cárcel tuvo Miguel que presenciar los fusilamientos, recibidos en ocasiones con alto heroísmo; en la cárcel tenía que ser testigo del hambre, de la suciedad y de la injusticia; en la cárcel, oír la predicación no precisamente conciliar de algunos eclesiásticos; en la cárcel apenas si encontró papel para escribir las «Nanas de la cebolla» inspiradas en su hijo; en la cárcel hubo de sufrir todas las humillaciones inherentes a esa situación y en la cárcel, por supuesto, se le derrumbó definitivamente el anhelo de volver a ser pastor. 

¡Volver a ser pastor! Esto es lo que le ofrecía Sancho Panza a Don Quijote, cuando este, recobrada la razón, estaba en el lecho de muerte. ¡Volver a ser pastor! ¡Volver a ser libre! Eso es lo que Miguel Hernández pidió para sí mismo, como si fuese un Sancho quijotizado, a Eduardo Llosent Marañón a través de amigos comunes, al ser vencido por la guerra. Pero no pastor de cabras ni de corderos sino de reses bravas en las dehesas anchas de la Andalucía Baja, concretamente en las de Sevilla. No pudo lograrle eso el poeta de Mediodía pese a su buena voluntad. Miguel, a pecho descubierto, tuvo que marchar hacia la tierra natal, hacia la Oleza de Gabriel Miró o hacia las orilluelas del río, como en El libro de la caza le llamó a Orihuela don Juan Manuel.

No pudo ser pastor Miguel Hernández nunca más. En la prisión volvió a ser únicamente el rabadán de sus versos, el mayoral de sí mismo, del bravo animal de fondo, que él, como todos los españoles, solemos llevar dentro. Por eso, en su entierro y luego de ser dibujado por Ricardo Fuentes, otro recluso, la banda de música de la cárcel alicantina interpretó la Marcha fúnebre de Chopin y la bandera roja y gualda ondeó aquel día a media asta, notable caso de excepción que nunca se había registrado en los fríos anales de los presidios. 


Antonio Oliver Belmás
Madrid, 29 de mayo de 1967



No hay comentarios:

Publicar un comentario