Lo Último

1386. Imagen primera y definitiva de Miguel Hernández.





Pablo Neruda fue quien lo vio mejor. Solía repetir: «¡Con esa cara que tiene Miguel de patata recién sacada de la tierra!»

De la tierra..., porque si conocí muchacho a quien se le podían ver las raíces, aún con ese dolor de arrancadura, de tironazo último, matinal, era él. Raigón, raigones, guías hondas, entramadas, pegadas todavía de ese terrón mojado, que es la carne, la funda de los huesos, le salían a Miguel del bulbo chato de la cara, formándole en manojo, en enredo, toda la terrenal figura. Pero siempre en lo alto, al inclinarse, tosco, con cierto torpe cabeceo de animal triste, para enlazarle a uno la mano, le resonaban hojas verdes, llenas de resplandores.

Sí, Miguel venía de la tierra, natural, como una tremenda semilla desenterrada, puesta de pie en el suelo. Y nunca este sentir, esta presencia de espíritu y de cuerpo procedente del barro se los sacó de su poesía.

Me llamo barro aunque Miguel me llame...

Sonido de azadón y paletada golpeándole encima, moliéndole el pedrusco de la osamenta, aunque a la vez cruzado de una canción de arada y labradores.

Miguel, como tantos y tantos españoles de hoy, era de entraña católica. De ahí esa aleteante preocupación de muerte, de materia que se recuerda en todo momento deleznable, desprendida, a instantes bronca y dura, de su malograda obra. Cuando yo lo conocí en Madrid, acababa de publicarle Cruz y Raya, la revista de José Bergamín, un auto sacramental, de corte calderoniano, pleno de poder asimilador y fuerza propia: Quién te ha visto y quién te ve. Poco después salía de las manos impresoras de Manuel Altolaguirre su primer libro: El rayo que no cesa (1936). Verdadero rayo deslumbrador, de poeta nativo, sabio. Un rayo milagroso, pues lo pensaba uno del revés, surtiendo de la piedra hacia lo alto, escapando, lumínico, de aquel ser tan terreno, desmanotado y hosco.

Y como rayo que lo descuajara, levantándolo, cegándolo hasta abrirle los ojos, fue también para él el 18 de julio de 1936, día de provocación y respuesta, de embestida de lo más turbio y triste español contra lo más puro y luminoso. Data reveladora. En esa fecha, Miguel se vio como nunca las raíces, se comprendió como jamás de tierra, arrebatándose de aquel viento candente que sacudiera de parte a parte nuestro pueblo. Y la diaria pana aldea-nota de sus pantalones la cambió, de súbito, por el valiente mono azul del miliciano voluntario. Así, pues, a la guerra, a su vida y contacto —«sangrando por trincheras y hospitales»— con aquellas gentes heroicas, vivas y simples como el trigo, debió Miguel Hernández el entero descubrimiento de sí mismo, la completa iluminación de su entraña nativa, verdadera, arrancándose al fin con su Viento del pueblo un aplastante alud de cosas épicas y líricas, versos de encontronazo y empujón, de dentellada y gritos suplicantes, rabia, llanto, ternura, delicadeza. Todo lo que a él le temblaba, entretejido a aquellos raigones profundos.

Mas ahora, después de resonado, como un ondear de habares en júbilo; después de condenado, golpeado, tundido el pecho a borbotón de sangre por campos de concentración y mazmorras, nuevamente Miguel, desesperadamente Miguel vuelve a la tierra, al negro hoyo definitivo. Que no lo han abierto manos campesinas, alegres manos hortelanas, frescas de paz y relente. Que eran lentas, heladas las que lo han cavado, metiéndomelo ahí, enconados, violentos, pensándolo ya mala semilla muerta, rizoma seco, sin sustancia para la sembradura. Pero no saben esos tristes que hay vientos rastrojeras, lluvias benéficas, abonos vivificadores para ciertas raíces, baldías al parecer, para determinadas tierras que ya se creen exhaustas.

Mientras tanto, llórelo en su flautín de avena algún serio zagal de sus valles poblanos, con tal poder de ahogo, que haga marchar a todos los rebaños dispersos hacia los verdes pastizales del día cierto de la esperanza.


Rafael Alberti
Poesía y prosa, Editorial Bruguera 1980.




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