Lo Último

1387. Regreso al nicho 1009.





La niebla corta la oscuridad como un cuchillo y oculta a la luna que supongo y, deseo llena; la noche se puebla de bruma y en ella tiemblan voces; imagino espectros, siento presencia y… me nace el miedo.

Adoleceré de falta de originalidad y diré que lo intuía, estas sensaciones confirman mis temores, fundamentan mis sospechas, esta noche es especial en este lugar y, para mí, será tétrica y larga.

El valor no es una de mis virtudes, no obstante acepté este puesto de trabajo, en el cementerio, por pura necesidad de supervivencia. Había agotado la prestación por desempleo, mis ahorros se habían esfumado, no me podía permitir decir que no a una oferta laboral sea cual fuere y, por lo tanto dije sí. Y no todos los días me arrepiento, pero algunas noches sí.

Y esta noche de luna llena tamizada de niebla, va a ser una de esas ocasiones en las cuales maldiga mi decisión, lo sé. Hace lustros que sucede y este año no va a ser una excepción, al contrario, precisamente este año, sucederá con más razón.

En otras ocasiones he oído susurros, rumores; he sentido presencias, he presenciado presentimientos; he visto sombras deslizarse evanescentes, misteriosas; y, por si todos esos sobresaltos no fueran suficientes, cada treinta de octubre, sucede esto. Pura magia incomprensible o inexplicable que empieza con una mirada, unos ojos oscuros y muy abiertos que, ávidos de luz, me miran por un instante.

Pero vayamos despacio y en orden cronológico, contaré primero lo acontecido ayer y luego, si hay ocasión, lo que suceda hoy según vaya ocurriendo.

Ayer el día comenzó lloviendo. Una tormenta gris e infernal, con viento de ráfagas fuertes y gélidas. Septiembre había sido soleado y cálido, en cambio en octubre todo cambió; todo, no solamente el tiempo, y yo sabía que aquellos cambios eran un mal presagio, un funesto augurio…

Aquel nuevo día no me gustaba y menos aun me atraía su noche. Los truenos no cesaban, parecían enfadados y no permitían la aparición del habitual y necesario silencio nocturno. Y eran truenos de esos desgarradores que interrumpen el descanso si has tenido la fortuna de haber conciliado el sueño, truenos hórridos de los que arrastran miedos consigo y ya no te permiten dormir si te sorprenden despierto.

Las gotas de lluvia castigaban el mármol de las tumbas sin descanso. No sé cómo alguna vez llegué a pensar que era grato y relajante ese ruido estridente. De repente cesó el temporal, como si una parte de mis oraciones hubieran sido escuchadas y las peticiones formuladas en ellas, concedidas. Sin embargo, una tiniebla amenazadora y tan silenciosa que se podía escuchar su sonido, resultando este tan horrísono y estrepitoso como el de la furia de la tormenta, sucedió al chaparrón.

El frío de la noche y la humedad persistente golpeaban en mi rostro manteniéndome despejado, el miedo me mantenía alerta, atento a cualquier sonido, a cualquier… mirada. En el cementerio apenas se vislumbraban sombras y de vez en cuando, con ayuda de los rayos, la intermitente blancura violenta de las lápidas impactando contra el fondo negro se las tinieblas.

Y entonces lo vi.

No era un fantasma esa figura oscura que ayer surgió entre las tinieblas dándome un buen susto, era mi predecesor en el puesto, un vigilante ya jubilado, aquél que había resistido tanto tiempo de misterios e incertidumbres en el cementerio de Orihuela, que ahora, ya apartado del servicio, apenas podía dejar de visitarlo a diario. Tal era la atracción que ejercía el camposanto.

No me produjo demasiado pavor su presencia, lo había visto en otras ocasiones y supe enseguida que era él, que esta vez no era un espectro ni un engendro, que se trataba, al menos por el momento, de alguien humano y vivo.

En cuanto puso el pie dentro del cementerio fui tras él, lo seguí, aunque bien sabía yo el lugar al que se dirigía. Al nicho 1009. Se detuvo en una zona casi en penumbra, allí donde la luz de las farolas del paseo nunca se atreven a entrar, frente a un nicho sin flores que ya nadie visita porque está vacío. El famélico esqueleto que sucedió al famélico cuerpo que lo habitaba, fue trasladado hace tiempo, en 1987 si no recuerdo mal, a otro panteón donde reposa en la actualidad junto a su esposa y su hijo.

- Miguel ya no está ahí y tú lo sabes mejor que nadie- dije sin saludo previo.

- Sí lo sé, pero aquí estuvo mucho tiempo, casi tanto como yo he estado cuidando de este recinto sagrado.

-Y ¿qué te trae hoy por aquí y a estas horas intempestivas?

-Mañana es su cumpleaños, ¿lo sabes, verdad? Su centenario para más detalle.-

-Sí lo sé, es una fecha marcada en rojo en mi calendario.

-No temas, lleva años sucediendo, son sus amigos, vienen a saludarle, pasan un rato con él, lo felicitan según su propia ambigua tradición y, tal como parecen, se vuelven a marchar. No te pasará nada malo.

-Quizá, pero sigue sin gustarme, no consigo acostumbrarme.

-Este año será especial.

-Lo dices por que se trata del centenario de su nacimiento.

-Sí, pero hay algo más- me dijo tendiéndome un recorte de un periódico y poniéndolo al alcance de mi mirada. Solo leí el titular, no había luz suficiente para desenmarañar las pequeñas letras negras del resto del artículo que se apelotonaban confusas en la oscuridad, no obstante, con lo que vi fue suficiente para comprender de qué se trataba.

En breve aparecerán dos poesías inéditas de Miguel Hernández”.

-A estas alturas nuevos poemas, ¿crees que es cierto o es un titular más de la prensa sensacionalista con motivo del centenario?- no respondió pero por la forma en que me miró supe que sí. Creía que era cierto. Lo sabía.

Estuvo mucho tiempo en silencio, mirando fijamente al nicho 1009, movía sus labios pero no emitía sonido alguno, pensé que rezaba, luego, de repente, comenzó a recitar un poema.

-“Sí se me acaba la vida

  y de mí no sabes más

  busca en la tierra de España

  que cruzado a sus terrones

  en ella me encontrarás…”

-Es uno de los poemas nuevos ¿verdad? Los tienes tú.

-Sí, es un romance, se titula: “Si se me acaba la vida”, el otro es una silva asonantada, su título: “El retorno”.

-Si me permites la pregunta, ¿cómo han caído en tus manos?

-Eran de mi padre, compartió literatura y trincheras con Miguel, fueron compañeros del mismo bando durante la guerra, estuvieron juntos todo el año 1937, el poeta le regaló dos poemas escritos de su puño y letra cuando se despidieron y sus vidas se separaron. Mi padre me los entregó poco antes de morir, poco antes de volver a ser compañero de Miguel aquí, en el cementerio, estos dos poemas eran su tesoro más querido, ¡están tan deterioradas las dos cuartillas de tanto manosearlas y leerlas que casi se les cae la tinta!

-¿Estás completamente seguro de que son obra de Miguel Hernández?

-Totalmente seguro, además de tener el testimonio de mi padre, con lo cual ya sería suficiente garantía, he visto y estudiado sus características literarias, están plagados de referencias a su tierra amada, de ecos amorosos y sentimientos de dolor, de palabras de sangre y de gritos de muerte. Tienen todas las características de la escritura de Miguel.

-¿Conservas entonces los originales con la letra del poeta?

-Los conservaba hasta hace un par de días, ahora no sé dónde están, aunque lo sospecho. Por estas fechas siempre me sucede lo mismo, desaparecen misteriosamente, no los encuentro donde los dejé, se evaporan abandonando en lugar donde los guardo, no hay caja fuerte ni combinación que consiga retenerlos. Vuelan. Después, al día siguiente de su cumpleaños, vengo a buscarlos aquí, al cementerio. Siempre los hallo al pie del nicho 1009. Siempre. Si mañana no pudiera venir yo, ¿quieres tú buscarlos pro mí y guardarlos hasta que yo regrese?

-Sí, los buscaré y si los encuentro los guardaré, pero ¿por qué razón no podrás venir tú, como siempre, a por ellos?

-No lo sé, es un presentimiento, una más de mis locuras. Desde que decidí publicar los poemas tengo una extraña sensación, como si no estuviera obrando bien, como si fuera a arrojar luz a una sombra secreta que no me pertenece y cuyo propietario prefiere mantener en la arcana penumbra de la inexistencia.

-Si en verdad hay dos obras inéditas de Miguel Hernández la humanidad debe conocerlas, no se pueden mantener en secreto, no se deben ocultar a la historia de la literatura y menos ahora, en plena celebración del centenario del nacimiento del poeta. No son tuyas, ni de tu padre, ni siquiera de Miguel, son patrimonio de la humanidad.

-Sí, piensas igual que yo, pero tal vez “ellos” no piensen lo mismo, mañana obtendremos la respuesta.

Ya había amanecido cuando llegué a casa calado hasta los huesos y con frío en cuerpo y alma. La ducha consiguió hacerme entrar en calor pero también desvelarme, di mil vueltas en la cama y ante mi inquietud creciente y el nerviosismo que me impedía dormir, opté por levantarme.

Pasé el día sumergido en el aturdimiento del insomne, creyéndome observado por unos ojos oscuros permanentemente abiertos, leyendo poemas de Miguel, buscando anécdotas de su vida…

No lo mataron, ni siquiera tuvieron ese detalle que hubiera acortado su padecimiento, lo dejaron morir en soledad, lo dejaron apagarse poco a poco, consumiéndose en el dolor y la angustia de su celda. Quizá por eso murió con los ojos abiertos, para no perderse nada de las miserias humanas, para que en sus pupilas, viera quien lo amortajaba, el reflejo de la injusticia cometida, para que sus ojos oscuros, en búsqueda permanente de la luz, me miraran cada año desde el silencio de su niebla.

Y aquí estoy de nuevo, en mi puesto, sumergido en la oscuridad de la noche en el cementerio, hundido en el miedo; ya siento los ojos abiertos clavados en mi cuerpo, ya oigo susurros, percibo carreras veloces en los pasillos vacíos del camposanto, siento como se aproximan. Es ya medianoche, es ya treinta de octubre y no podían faltar a su cita.

No son fantasmas los que salen de la niebla, es la propia bruma la que nace de sus lamas yertas. Son los mismos de siempre, sus amigo; son poetas y escritores, todos ellos, como Miguel, ya fallecidos hace tiempo. Puedo verlos con mis ojos asustados a la luz de la poca luna que atraviesa su niebla, ahí están: Juan Ramón Jiménez, Neruda, León Felipe, Lorca, Vicente Aleixandre, Luis, Emilio, Manolo, Alberti, Arturo, Pedro, Juan, Antonio Machado; levitan murmurando sus poemas, avanzando entre la niebla que les nace a cada paso, se detienen a los pies de una sepultura. La de siempre.

De nuevo huele a azahar esta tierra yerta, de nuevo recitan versos sobre la tumba donde yace Miguel y, despierta la mirada incesante del “hombre que acecha” mientras yo tiemblo y “el rayo no cesa”. Parece de nuevo que el Miguel amigo  ha llamado a los poetas como hizo en vida y ellos, esta vez sí, han acudido a su llamada.

Y parece que ya desaparecen, difuminados en su niebla, se apartan de la tumba y yo me acerco a ella. Sobre el túmulo de Miguel han escrito las manos descarnadas de sus amigos un fragmento de uno de sus poemas:

“Callo después de muerto.

Hablas después de viva.

Pobres conversaciones

desusadas por dichas,

nos llevan a lo mejor

de la muerte y la vida.”

Al final, justo encima de sus nombres, otra frase: Feliz centenario Miguel.

Se ha trasladado el rumor de sus versos a otro lugar apartado, al sitio que bien conozco; ahora toda la comitiva de aparecidos, arrodillados junto al nicho 1009, recitan un poema:

-“No salgas al camino del retorno

  que el que esperas ha muerto.

  Esconde tus sonrisas y tus flores

  y sigue con la rueca de tu ensueño”.

Es su amigo más cercano, Vicente Aleixandre, quien entona con mayor fervor los últimos versos del poema:

-“Soy viajero

  de un camino de horror

  que sella el labio, ciega los ojos

  y me abrasa el pecho”.

Se levantan, se despiden, desaparecen. Sopla el “viento del pueblo” persiguiendo aromas dulces sin calvarios, arrastrando ausencias en la niebla. En la bruma desaparecen y ésta desaparece con ellos, como si fantasmas y nebulosa una sola cosa fueran.

Siento la mirada ardiente de unos ojos grandes y densos en mis manos, tengo una promesa por cumplir: de “nacido en mala luna” paso a sentirme “perito en luna llena” y, a su luz, que sí se atreve a iluminar el nicho 1009, busco dos cuartillas escritas a mano. No tardo en encontrarlas, al pie del gélido mármol que oculta la concavidad donde durante muchos años reposó el cuerpo de su autor, las han dejado.

Dos cuartillas, ambas escritas por las dos caras, repletas de sus letras dolorosas y de su literatura ensangrentada. Cada una de ellas contiene un poema y un pedacito de su alma: “Si se me acaba la vida” y “El regreso” rezan los títulos de cada una de ellas en su inicio.

Se le acabó la vida a Miguel demasiado pronto y no pudo regresar.

Ya no hay niebla, ni fantasmas. Solo silencio, luna llena y letras inéditas en azul melancolía, cubren la tumba del poeta.




Finalista en el III Certamen de relato corto Miguel Hernández con el texto titulado “Regreso al nicho 1009”.

Abril de 2011



Nota del autor: El fragmento escrito en negrita es una adaptación del inicio de otro relato, el titulado “Croac” cuyo autor es Javier Valls Borja.




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