Lo Último

1441. La negación de la mujer.

Clara Campoamor Rodríguez
(Madrid, 12 de febrero de 1888 - Lausana, 30 de abril de 1972)




Se ha combatido las aspiraciones de la mujer desde todos los terrenos: el monumental y abrumador de la biología y el mezquino y vulgar, pero corrosivo y desalentador, del ridículo. A todos ellos fue en el fondo inconmovible, impermeable, y con una fe digna de la buena causa que representaba, no renunció un momento. Frente a su inquebrantable firmeza la realidad iba modificando las viejas conclusiones, y filósofos y biólogos la ofrecían, contra las desconsoladoras teorías de su incapacidad, otras que confortaban su espíritu animándola a la emprendida lucha.

Nunca como hoy puede decirse que el espíritu femenino, el espíritu moderno de la mujer, ha surgido más que de la nada, porque se ha fortalecido en la negación, y contra la dolorosa destrucción teórica se ha afirmado.

Porque tanto se quiso destruir en las sucesivas tendencias que, puestos a recapitular, ¿qué quedaba de la mujer?

Se la discutió en principio el alma, y luego el cerebro; la desaforada crítica llegó a desmenuzar, valorando por cantidad, no por calidad, cuando integra su constitución propia, dichosamente diversa de la del varón, si ha de realizarse una fusión útil a las futuras vidas. Y así se la hizo marchar de asombre en decepción y de decepción en asombro.

En esta serie de desvaloraciones, no se la escatimó negaciones; desde la que aventuró que la mujer no contaba nada, o casi nada, en la procreación, y era solamente una celda de hospedaje, hasta la proporción inversa de longitud de cabellos e ideas.

Hubo negaciones tajantes y las hubo cómicas; pero, desde luego, no hubo negación que nos economizara.

En esta relación de más o menos hasta se nos contó como una incapacidad el hecho de ser mucho menos saladas que el varón, aunque otra cosa pensaran nuestros admiradores; esto es: poseedoras de una menor cantidad de cloruro de sodio; y de esta afirmación doctrinal también se deducían anatemas furibundos contra nuestra consistencia física, que no alcanzaba a aminorar la sugestiva afirmación del anti-feminista Delauney al comprobar que las patas de un pollo –un pollo de corral- contienen más sal que sus alas, merced del ejercicio continuado que con aquéllas realiza, lo que aumenta la cantidad de sodio. Y por aquella afirmación éramos ligeras, frívolas, ingrávidas, aunque para los definidores de los problemas del metabolismo seamos permanentes, ponderadas, centrípetas y serenas, ajenas en un todo al vagabundeo centrífugo que caracteriza al varón por su célula más catabólica.

También se nos sumo como defecto la constitución de nuestros huesos, pues si bien era mayor la cantidad de fosfato de cal y materias orgánicas de la osamenta femenina, éramos en cambio inferiores en carbonato de cal, que en el hombre se da en cantidad de 9,98 y en la mujer de 4,25. ¿Cuál será la importancia cerebral del carbonato?, nos decíamos, y la única deducción, nada práctica, era aproximar a la mujer a los leones, que cuentan tan sólo con 3,5 de carbonato, y el hombre a los carneros, que tienen un 19,13. Y claro es que aun no estándole encomendado al consuelo en el ánimo sentirse tan cerca del rey de la selva, por lo menos, como se pretendía alejarnos del rey de la creación.

Pero, en suma, quien prueba mucho no prueba nada, afirma un decir vulgar, y del cúmulo de negaciones de la mujer sólo quedó en pie aquello que era fuerza y era realidad: su espíritu, su valor humano, su alma imperecedera.

Acaso las desconsoladoras negativas tuvieron por efecto obligar a la mujer al recuento íntimo de sus propios valores, a analizarse y convencerse, y de esta meditación, tímida y angustiosa al principio, serena y firme después, nació la fe en sí misma, la que prepara su dignificación.

La mujer es una realidad futura cuya totales posibilidades se ignoran todavía; las afirmaciones que la definían como inepta o como diosa están en crisis, y es imposible no vislumbrar en la confusa agresión de opiniones en lucha una futura y consoladora realidad.

Los autores que tratan estos problemas caen en el error de olvidar en sus observaciones a la mujer de hoy, y mucho menos imaginan la del porvenir; se basan exclusivamente en las afirmaciones del pasado. Si acaso se deciden a afrontar la realidad, aceptan los modelos pasajeros, y sin mirar nos ofrecen variedades de la mujer, pretenden sentar como verdad sus observaciones sobre un tipo excepcional, de ilimitada capacidad y sólida cultura, o de tipos descentrados, deformados. En realidad, no se detienen a examinar el núcleo femenino, que es lo que daría valor a las afirmaciones sobre la mujer contemporánea.

El ser humano tiende, por su mal, a vivir con exceso del pasado, de las reliquias del pasado; el presente corre entre sus dedos descuidados como agua de arroyo. Así, en los que a la mujer se refiere, se aceptan sin escrúpulo los retratos de ayer que se aplican sin inquietud espiritual a la mujer de nuestros días. Y, sin embargo, los tiempos han cambiado y la mujer y su alma y su conciencia surgen del sopor en que yacían. Renovándose de acuerdo con el ambiente, la mujer se modifica con las circunstancias, y a ellas se adapta como todo ser humano.

Es inadmisible que el hombre, que desde la cumbre de sus elevados pensamientos puede contemplar el camino recorrido por la humanidad, pretenda encerrar a la mujer en las viejas normas de los tiempos muertos.

Porque la realidad nos demuestra que la mujer evolucionó siempre con el hombre, claro que a la distancia que separaba culturalmente a ambos espíritus; y que esta unión fue más completa y nivelada cuanto el hombre no disciplinado cerebralmente, no oponía diferencia alguna de educación con la mujer. Así, ésta se ha manifestado a través de los tiempos con actividades las más ajenas y extrañas a su fisiología y temperamento, tal como hoy se conciben, y la historia tiene afirmaciones tan pintorescas cual las de Tácito, que refiere cómo los bretones entraban en campaña llevando mujeres por delante, suponemos con un propósito galante y caritativo, aunque Tácito no lo afirma. Estos ejemplos de mujeres que hacían y daban más guerra que las actuales son bastante numerosas; igualmente se comprueba cómo en los países donde se torturaba a los enemigos, la mujeres eran tanto o más crueles que el hombre; las mujeres dakotas han sido verdaderos ejemplos de refinamiento, y parecía reflejarse en ellas el instinto de crueldad que el hombre expandía en la guerra.

La mujer, desdeñada como factor social, ha sido totalmente desconocida. Ni aun en sus mismos contradictores hay acuerdo; en tanto dicen unos que su temperamento dulce pacífico la predispone a la calma exterior, otros, con Fenelón, os dirán “que es impetuosa y extremada en todo”.


Clara Campoamor
La mujer y su nuevo ambiente [La Sociedad] Conferencia pronunciada en la Universidad Central en mayo de 1923




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