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1405. La República.

Ayuntamiento de Madrid - 14 de abril de 1931




La República suscitó una inmensa ilusión, una gran esperanza, de la que se contagiaron hasta muchos que no la hubieran querido. Hubo la posibilidad de que significara una, aunque estuviera llena de discrepancias. Pero muy pronto se vio que no iba a ser así.  En ambas partes hubo síntomas de incomprensión e intolerancia. Entre los republicanos, un aclara voluntad de irritar. Entre los adversarios de la República, una decisión de condenarla en todo caso, independientemente de su conducta real. Antes de un mes, el 11 de mayo, los absurdos incendios de conventos en Madrid y otras ciudades, tolerados con inaceptable pasividad por las autoridades, acabaron con esa posibilidad de concordia. Surgieron los grupos—minoritarios, pero con gran capacidad de manipulación—irreconciliables. En ellos germinó la decisión de no aceptar nada que hiciera el adversario —entendido como enemigo; y de no aceptar el resultado de unas elecciones adversas.

Poco importaba que durante los cinco años de República se hicieran grandes cosas,  en el campo de la educación y la enseñanza: mejoraron casi todas las instituciones, desde luego las Universidades; se creó la Internacional de Santander; un número muy alto de Institutos, mayor aún de escuelas; la República contaba con la colaboración de casi todos los intelectuales de prestigio, pero la verdad es que no fueron muy escuchados, y que si eran independientes resultaron pronto incómodos. Las críticas de Unamuno y de Ortega no fueron bien recibidas y se les prestó poca atención.

Ya el 10 de agosto de 1932 se intentó un movimiento militar contra la República; en 1933 hubo levantamientos anarcosindicalistas, muy graves, y su represión aumentó las tensiones. Las elecciones de noviembre de 1933, después de la disolución de las Cortes Constituyentes, desplazaron del poder a socialistas y republicanos de izquierda para darle la mayoría a los de centro y derecha, principalmente el partido radical y la CEDA; este resultado electoral no fue aceptado por los socialistas, que se opusieron a que la CEDA ejerciera el poder que democráticamente había ganado, y en octubre de 1934 desencadenaron la revolución de Asturias, con repercusiones inmediatas en Barcelona por parte de los catalanistas y el gobierno de la Generalidad. La República quedó herida de muerte, afectada por la discordia. Unos llamaban «bienio rojo» al primero, los otros calificaban de «bienio negro» al segundo. Lejos de ser el breve tiempo de la República un espacio histórico homogéneo, fue sentido como una lucha, con un repudio total de cada fracción por la otra.

No quiere esto decir que no fuese la vida española en ese tiempo incitante, estimulante, y por debajo de todo, llena de esperanza. Lo que le sucedió fue algo sutil, y que importa ver con claridad. De manera creciente, ya desde 1933, resueltamente desde 1934, sobrevino la politización, es decir, la política ocupó el primer plano de la atención, se empezó a ver todo políticamente, a juzgar de cosas y personas desde la perspectiva de la política. Y esto llevó a una forma radical de desorientación, que condujo rápidamente a la discordia, a la incapacidad de convivir con los demás.

Dos fracciones extremas actuaron sobre el conjunto de la sociedad y provocaron su escisión, la llevaron, en opuestas direcciones, adonde no hubiera querido espontáneamente ir. La inmensa labor creadora acumulada desde comienzos del siglo, el nivel alcanzado, las posibilidades de todo orden —y ante todo intelectual— que realmente se ofrecían, todo fue inútil. Se produjo una tremenda regresión, una simplificación, una vuelta a la tosquedad, a los planteamientos menos inteligentes y más fanáticos. Grupos minúsculos sin fuerza electoral, sin significación democrática, acabaron por ser los decisivos. Faltó la coherencia y la fuerza de un proyecto histórico compartido, y fueron posibles todas las manipulaciones.

Es menester intentar comprender cómo España, que en una dimensión había alcanzado su momento más alto en tres siglos, una cima de capacidad creadora y, lo que es más, de continuidad a lo largo de varias generaciones, se precipita súbitamente, en 1936, en la más violenta discordia de toda su historia, en la destrucción, por ambas partes, de lo que había ido labrando, con geniales esfuerzos, durante cuarenta años.


Julian Marías
"España Inteligible. Razón histórica de las Españas"
Capítulo XXVII - España como desorientación creadora entre dos naufragios.





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