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1393. Republicano, fraile y presidente del Madrid.

Miguel Ángel Lara / Marca.com

Poco después del mediodía del jueves 2 de abril de 1964, en una celda del convento de los Dominicos de Villava (Navarra), se apagó la vida de Rafael Sánchez-Guerra. Murió acompañado por su hija Rosario y sus hermanas (Emilia, María y Constancia) después de pedirles con su último hilo de voz que rezaran junto a él una Salve que no llegó a completar. Se iba una vida de película, la de un hombre que combatió en la Guerra de África, un republicano convencido pesadilla de Primo de Rivera y que se negó a abandonar Madrid durante la Guerra Civil, secretario de la Presidencia de la República, preso franquista, fraile… y presidente del Real Madrid.

Nacido en Madrid el 28 de octubre de 1897, Rafael era hijo de José Sánchez Guerra, presidente del Consejo de Ministros entre diciembre y marzo de 1922 y ministro en diferentes carteras durante el reinado de Alfonso XIII como miembro del Partido Liberal Conservador, además de gobernador del Banco de España. Apasionado por el fútbol desde niño, Rafael estudió en el Colegio del Pilar, cuna de políticos y también de jugadores del Madrid. En sus aulas conoció a Réne Petit. Licenciado en derecho, hizo del periodismo una de sus formas de vida.

En 1918 fue llamado a filas y pidió su ingreso voluntario en los Regulares para combatir en Marruecos. Así, pasó a formar parte de los Regulares. El 23 de julio de 1921 fue herido gravedad en el barranco de Farhana, a tres kilómetros de Melilla, en la pierna izquierda. Tras mes y medio de recuperación en un balneario de San Sebastián, pidió su regreso a África, donde permaneció hasta septiembre de 1923. Como herido de gravedad habría podido evitar la vuelta al frente africano.

De regreso a Madrid, con 26 años, se entregó de manera total a la causa republicana desde sus ideas conservadoras. Junto a su padre tomó parte activa del levantamiento republicano fracasado de 1929 y sus artículos en ABC y otras publicaciones fueron un azote para el dictador, Primo de Rivera. Hombre de confianza de Niceto Alcalá Zamora y gran amigo de Julián Besteiro y Miguel Maura, fue elegido concejal por Madrid en las elecciones del 12 de abril de 1931, las que acabaron con la proclamación de la II República. Él fue la persona que apareció en el balcón del Ayuntamiento de Madrid (hoy sede de la Comunidad en la Puerta de Sol) exhibiendo la bandera republicana el 14 de abril.

Rafael Sánchez-Guerra fue Secretario de Presidencia de la República desde la llegada al poder de Alcalá Zamora hasta la victoria del Frente Popular en 1936. Durante ese tiempo también alcanzó su sueño de ser presidente del Real Madrid. Tras no superar la fuerte oposición de las fuerzas más conservadoras del madridismo en 1933, dos años después, con su entonces amigo Santiago Bernabéu claramente en contra, llegó a la presidencia. La renovación de la masa social blanca, una fuerte abstención en la votación de los más conservadores, un buen acuerdo con el Banco Urquijo y la presencia en su junta de dos pesos pesados de la anterior (Valerio Ribera y Gonzalo Aguirre) le dieron una clara victoria con 442 votos a favor.

Su llegada a la presidencia fue un soplo de aire fresco para el Madrid. Sánchez-Guerra impulsó la idea que llamaba "fútbol a peseta" para hacer del equipo blanco un fenómeno de masas. Gracias a él, y para horror de los más antiguos, cada socio tuvo derecho a voto. Con los fichajes de Lecue, Kellemen y Alberty, el Madrid ganó la última Copa de la República (al Barça en Mestalla) y su presidente lanzó el proyecto de levantar un gran estadio en la calle de Alcalá, frente a la plaza de toros. Pero el estallido de la Guerra Civil acabó con aquel sueño.

El levantamiento liderado por Franco, del que siempre dijo que "no tienen ni tendrá ningún valor intelectual", hizo que el Madrid pasara a ser gestionado por el Frente Popular. El 4 de agosto el club pasó a ser dirigido por una junta encabezada por Juan José Vallejo, presidente de la Federación Deportiva Obrera. Sánchez Guerra desaparecía del club.

A pesar de que se le ofreció huir de Madrid e irse con el gobierno a Valencia, Sánchez Guerra se negó. "Decidí permanecer en Madrid porque mi identificación era con el pueblo", escribió años después. A pesar de su posición de republicano conservador, fue siempre respetado por socialistas y comunistas. Nunca ocultó su desacuerdo con ciertos comportamientos y no dudó en criticar a ciertos dirigentes extremistas instalados en la capital a los que consideraba desertores del frente y cobardes por haber abandonado a sus compañeros para refugiarse en despachos. Durante la defensa de Madrid tuvo cargo de oficial en el Ejército de la República.

Cercano siempre a Besteiro, era habitual verle por Madrid con Antonio Ortega, coronel comunista, miembro de la directiva del Madrid durante la guerra y que murió ejecutado a garrote vil en Alicante al tomar esta ciudad las tropas franquistas. Y, sobre todo, fue hombre de confianza del coronel Segismundo Casado, el hombre que trató de alcanzar una paz negociada con Franco.

El 28 de marzo de 1939, a primera hora, sonó el teléfono de la casa de Sánchez Guerra en el número 18 de la Claudio Coello. Era Casado. Después de haber dominado Madrid en el llamado 'golpe casadista' contra los comunistas de Negrín con el fin de evitar el último impuso prosoviético y fracasar en las negociaciones para una rendición pactada con Burgos, Casado decidió huir a Gandía. Citó a Sánchez-Guerra en el Ministerio de Hacienda, donde le informó de sus intenciones y le pidió que se fuera con él. El diálogo fue breve. "¿Qué hace Besteiro?", preguntó Rafael. "Se queda" dijo Casado. "Pues no hay más que hablar. Yo también", espetó el ex presidente blanco. Besteiro queda en Madrid como máxima autoridad republicana y como tal tenía que entregar la capital a las tropas franquistas. Entre Besteiro y Sánchez Guerra, ya con todo perdido, tomaron la simbólica decisión de nombrar último alcalde del Madrid republicano a un anarquista: Melchor Rodríguez García.

Allí, en Hacienda esperó Sánchez-Guerra la detención. Después de no reconocer a una pareja de jóvenes requetes, tuvo que ser la Guardia Civil la que le llevara a la cárcel de Porlier y de allí a la de las Salesas. El 9 de junio de 1939 conoció su condena. En ella se explicaba que lo natural, por la fidelidad la República, era la pena de muerte, pero que se cambiaba por la "reclusión permanente" por su denuncia y postura en el asesinato de José Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936, además de un catolicismo al que nunca renunció.

Arrancó allí su recorrido por varias cárceles franquistas en las que vio el horror, conoció la corrupción del padre Elías en el Castillo de Cuéllar (ni eso le hizo dudar de sus convicciones religiosas) o escuchó con estupor como un comerciante al que le tocó atender en un una sala de espera al tener trabajo de ofician le explicaba que venía a vender una máquina capaz de matar a 3.000 presos en media hora.

A finales de 1941, cuando en el Penal del Puerto de Santa María se había convertido en el lector de libros para los presos que no sabían leer (les estaba leyendo 'Disraeli', de André Maurois), le llegó la libertad gracias a las gestiones de su primo hermano, Antonio Barroso Sánchez-Guerra, ministro el Ejército. Fue detenido de nuevo, pero logró escapar y cruzar la frontera francesa en 1946.

En París se le nombró Ministro de la República en el Exilio. La muerte de su mujer, Rosario, a la que consideró siempre la gran víctima de su vida, le hizo caer en una profunda depresión. A principios de 1960, de nuevo su primo hermano intercedió para que pudiera volver a España. Franco exigió garantías y llegaron con su ingreso en febrero en el Noviciado de Hermanos Cooperadores de Villava, donde recibió el Hábito de Honor.

Allí encontró la paz que buscaba… y el fútbol. A pesar de su edad, volvió a tocar la pelota y dirigió los partidos entre los novicios. Un año antes de su muerte, el 6 de abril de 1963, le avisaron que tenía visita, algo que no era frecuente. Cuando salió se encontró con Santiago Bernabéu y todo la expedición del Real Madrid que al día siguiente jugaba con Osasuna en Pamplona (1-1, Hormaechea y Puskas). Fue idea del presidente blanco, que había combatido en el bando rebelde durante la guerra y del que le había separado un mundo desde aquellas elecciones madridistas de 1935.

"Nunca lo hubiera podido imaginar" dijo Sánchez Guerra cuando Bernabéu abandonó el convento junto a Miguel Muñoz, Puskas, Gento, Amancio, Müller, Pachín y compañía.



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