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1449. El abuelo muerto en Gusen



El abuelo desconocido muerto en Gusen y su hermano fusilado por Franco

Es uno de los más de 7.500 españoles que fueron deportados al campo de concentración de Mauthausen, en Austria, durante la segunda guerra mundial. De ellos, tan sólo sobrevivieron 2.300, pero el carabinero Pablo Villarrubia Martín  no regresó jamás. Es un olvidado, un desconocido incluso para su propia familia. Nadie supo nada de él, desapareció un anochecer cuando, al finalizar la guerra civil, cientos de miles de personas huían de una España perdida, sumergida en las redes del franquismo.

Sirva este texto como reconocimiento a tantos otros desconocidos que merecen, por parte de sus familiares y de la sociedad, el rescate de su historia. Este hombre es el causante del interés por la deportación de quien suscribe estas líneas, el abuelo desconocido de su familia política, y el detonante para llevar a cabo más de veinte entrevistas a españoles supervivientes del horror nazi que forman parte de ‘Vivos en el averno nazi’. Es también la historia de una investigación, de cómo reconstruir una vida, un pasado.

Fueron casi diez años de combate incesante en tiempos crueles. Luchó durante la guerra civil (1936-1939), se exilió a Francia, fue detenido y preso en un Stalag, campo de prisioneros de guerra en Alemania, más tarde deportado al campo de Mauthausen en diciembre de 1940 y, finalmente, trasladado, en una de las primeras expediciones, al anexo de Gusen, a cuatro kilómetros del campo central, donde fallecería un año más tarde.

Mientras él se debatía entre la vida y la muerte en los campos nazis, su hermano, Nicanor Villarrubia, seguía luchando contra el fascismo en la España de Franco de los años 40. Fue preso, torturado en la cárcel y, finalmente fusilado junto con otros hombres. Les denominaron los 17 de Carabanchel, ejecutados en agosto de 1947. De él tan sólo quedaba un recorte de periódico guardado por la familia durante toda la vida y gracias al cual podremos reconstruir una pequeña parte de su vida.

La historia de estos dos hermanos es una de tantos miles de españoles anónimos que perdieron la guerra, de los que no hay apenas registro alguno. El franquismo los eliminó del camino y la transición los olvidó.

Es posible aún hoy, después de setenta años de la liberación de los campos nazis, reconstruir sus vidas. Esta en concreto ha requerido la consulta de listados como el “Livre Memorial” de la Fondation pour la Mémoire, archivos y documentos del Centro Documental de Memoria Histórica de Salamanca, el Boletín oficial del Instituto de Carabineros, el Diario Oficial de la Gaceta de la República y los archivos Juan de Diego en el Museo de Historia de Cataluña. También fue crucial la localización de dos cartas guardadas por la familia que en su día emitió la Cruz Roja Española y Alemana.


Guerra civil, familias destrozadas

Nacido en Yuncler (Toledo) el mes de enero de 1913, Pablo Villarrubia Martín era el dueño, junto con su hermano Nicanor, de una imprenta de carteles de cine en el Madrid de los años treinta. Su vida transcurría normalmente hasta que estalló la guerra civil y decidió luchar como oficial republicano. Fue nombrado sargento del batallón nº 31 de carabineros el 5 de febrero de 1938, dato conseguido a través del Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca.

En plena contienda trasladaría su residencia de Madrid a Camprodón (Gerona) junto con su esposa Carmen y su hijo Pablo, un niño de apenas cinco años, hoy mi suegro, que es gracias a quien conocería su historia.

Un año más tarde, enero de 1939, tras el nacimiento de una hija y cuando ya se daba por perdida la guerra, serían desplazados hacia Puigcerdá realizando el trayecto en la oscuridad de la noche, amparados por soldados republicanos. Allí se separaron, él como militar emprendería otra ruta. Jamás volverían a verse.

Su esposa e hijos tendrían pronto un nuevo destino, primero hacia La Bretagne en tren, para llegar después a Les Chammps-Géraux, donde residirían unos dos años hasta trasladarse definitivamente a Cognac (Francia) donde entrarían en contacto con los maquis. Allí Carmen trabajó en la cocina del campo de aviación donde conoció a un piloto de la Luftwaffe, el mismo que, tiempo después, tras realizar diversas averiguaciones, le dio la mala noticia de la muerte de su marido en Gusen.


Épinal, Fallingbostel y Mauthausen

¿Cuál habría sido la trayectoria del camarada Villarrubia? En Puigcerdà vio por última vez a su familia y meses después estalló la segunda guerra mundial, en septiembre de 1939. Fue capturado por los franceses en Épinal en 1940 y entregado a los alemanes, que le condujeron al Stalag XI B de Alemania, situado en la población de Fallingbostel, en el departamento de Hannover.

Hasta este instante era un prisionero de guerra, pero pronto se vería desposeído de tal condición para convertirse en un apátrida, entregado a los nazis con el beneplácito del gobierno de Franco, que abandonaba a su suerte a quienes le incomodaban allende de sus fronteras. El 5 de septiembre de 1940 un convoy parte de dicho Stalag hacia el campo de Mauthausen, adonde llegará tres días más tarde, el 8 de septiembre de 1940. Allí su nombre desparecerá, será tan sólo el preso número 4.384.

El abuelo de esta historia se encontraba a bordo de la 8ª expedición, de un total de hasta 118 trenes con republicanos españoles que cubrieron el trayecto desde los Stalags (campos de prisioneros de guerra) hasta su trágico destino en Mauthausen.

Para reconstruir algo más de su vida en los campos era preciso saber cuántos españoles viajaban en aquél tren de la 8ª expedición y cuáles sobrevivieron tras la liberación. Se trataba de localizar alguno para intentar saber algo más de cómo fue su día a día dentro del campo, cómo murió.

De los 201 deportados que viajaban a bordo, murieron 162, una mayoría. El “Livre-Mémorial des déportés de France 1940-1945”, editado por Fondation pour la Mémoire de la Déportation, dio la pista necesaria, aparecían los nombres de los españoles en el mismo convoy del abuelo, sus compañeros de viaje a los campos nazis.

El azar quiso que la autora de estas líneas localizara vivo a uno de entre una treintena de nombres: Emilio Caballero Vico, con quien se produciría otra coincidencia, si así puede decirse. Además de haber estado en el mismo Stalag XI B Fallingbostel, pertenecieron a la misma Compañía de Trabajadores Extranjeros, la 89 CTE y, por último, ambos serían conducidos desde Mauthausen a su anexo Gusen en la misma fecha, el 24 de enero de 1941. Sólo que Emilio sobreviviría y el abuelo desconocido moriría el  7 de diciembre de 1941.

Por lo tanto, aunque no se conocieran o no se identificaran visualmente, ambos habían compartido vivencias, espacio y tiempo.

Al comentar estas fechas y situaciones con Emilio, éste sonreía y decía:

“Si, son muchas coincidencias. Bueno, yo era cuatro años más joven que él solamente. Lo que está claro es que, además de todo eso, llegamos a Gusen en el primer equipo de españoles, en la peor época”.


La Cruz roja y otros documentos del pasado

Ayudó a reconstruir esta historia una carta que la Cruz Roja Española envió a la familia, a la hermana del fallecido residente entonces en Madrid, en el año 1944 con el objetivo de informar del deceso del carabinero Villarrubia. Escrita a mano, en letra inglesa y firmada por un peculiar personaje, ‘El Conde de la Granja’, jefe del gabinete de información de la Cruz Roja Española, en contacto permanente con la Cruz Roja Alemana.

Igualmente fundamental fue localizar en el baúl de los recuerdos un documento fechado un 13 de mayo de 1948 en París que recibió en Francia su viuda. El remitente era la Association Nationale de Déportés et Internés Résistants et Patriotes -entidad creada por los propios deportados en octubre de 1945- y la AIEA (Association des Déportés Internes Espanols Antifascistes) cuyo secretario Manuel Razola, superviviente de Mauthausen, firmaba dicho documento certificando los datos auténticos del fallecido. Es el mismo Razola autor del libro ‘Triángulo Azul’ junto con otro deportado, Mariano Constante.  


En busca de cinco deportados de Gusen

De los veinte deportados entrevistados para el libro Vivos en el averno nazi, cuatro sobrevivieron al horror en Gusen.

Son: el ya citado Emilio Caballero Vico (Mahora-Albacete, 1917-Champigny-París, 2012) del kommando de los albañiles; Luís Estañ Alfonsea (Callosa de Segura 1917-2010), el hombre cercano al temido oberkapo conocido como El Asturias o Matajudios por su crueldad;  Alejandro Vernizo (Madrid, 1918-La Val de Marne-París, 2013), que trabajó en la cantera de Kastenhof en Gusen; José Marfil Peralta (Rincón de la Victoria, 1921) el hijo del primer español muerto en Mauthausen, y Jesús Tello Gómez (Épila de Jalón-Zaragoza, 1924-Tournefeuille-Toulouse, 2013) superviviente del barracón de los inválidos.

El testimonio de estos hombres sería importante para conocer un poco más como pudo ser el día a día en aquél infierno. El trabajo duro en la trituradora de piedra donde tantos españoles murieron, las canteras de granito, el barracón 32 de los inválidos, la epidemia de tifus, y, especialmente, la tortura de las duchas frías –Totbadeaktion- que tan bien describió Jesús Tello con su memoria milimétrica y su carácter enérgico. Contaba lo siguiente:

A algunos presos los veías llegar balanceándose, débiles y les empujaban allí… horroroso…. Las duchas frías eran una fosa, algo así como una piscina y, alrededor, había como un pasillo cementado.  Tenía unos desagües para el agua, las tuberías,  no había techo, no había tejado, el agua quedaba cerrada al exterior y podía llegar a una profundidad de dos metros. Tapaban los desagües cuando entrábamos tenían que eliminar a cuantos más mejor. Te gritaban, más o menos les entendías. ¡raus, raus, schnell! Oye que gritaban como locos, había que oírles…. Daba miedo….aquello era como una película. Tal como lo cuento (...) Mira, en esas duchas, si entrabas muy adentro tus propios amigos se agarraban a ti porque no soportaban el frío…se enganchaban y  no te soltaban. Te transmitían su frío su desespero. Si se hundían en el agua podías estar perdido, lo cual era peor, incluso te ahogaban sin darse cuenta…. Algunos pensaban que si se agachaban evitarían el frío del agua…. Otros pensaban que alguien les ayudaría….Todos estos acabaron en el crematorio.”

Tello y los otros deportados entrevistados contaban auténticas barbaridades que generaban aún más interrogantes. ¿Fallecería el abuelo en una de aquellas horribles duchas frías? Las fechas coincidían ya que murió en uno de los inviernos más fríos, el de 1941, que se cobró la vida de muchos españoles. ¿Quizás fue a la cámara de gas? ¿O sería trasladado a lo que denominaban un ‘centro de reposo’ destinado, en realidad, al exterminio de los más debilitados?

Este último caso formaba parte de la temida operación Eutanasia o Aktion T4 nazi aplicada a los campos de concentración. Uno de estos centros era el castillo de Hartheim (Austria), lugar de exterminio y experimentos médicos al que fueron conducidos casi 500 españoles.

Para saber algo más consulté en Barcelona los archivos Juan de Diego (el que fue tercer secretario del campo de Mauthausen) ubicados en el Museo de Historia de Cataluña. Cuatro cajas  contienen interesantes cartas y documentos, todo conservado en una cámara cerrada a fin de preservar su contenido.  

Existen varios listados, pero el apellido Villarrubia tan sólo aparecía en la lista global de los españoles registrados en Mauthausen. No se encontraba entre los nombres de los enviados a las cámaras de gas y, además, los gaseamientos en Gusen no comenzarían hasta 1942.

En cambio, según otro documento, a inicios del mes de diciembre de 1941, varios transportes de españoles partieron de Gusen hacia el ‘sanatorio’ de Dachau, forma encubierta que en realidad casi siempre les conducía a Hartheim, centro de la eutanasia nazi. Las fechas de dichos transportes eran muy cercanas al día de la muerte oficial del abuelo, el 7 de diciembre de 1941.

Sin embargo, su apellido no aparece en la relación de los 499 españoles enviados a este ‘sanatorio’ de entre un total de miles de hombres y mujeres de todas las nacionalidades.

Jamás sabremos qué ocurrió, cómo murió, si fue de hambre, frío, inanición, agotamiento, palizas, enfermedades, todo ello era cotidiano y habitual dentro de los campos de concentración nazis. Por lo menos ahora ya no es un absoluto desconocido, nos aproximamos un poco más a lo que pudo sufrir dentro de las alambradas de Mauthausen y Gusen, su lucha cotidiana para mantenerse, durante un año y tres meses, vivo dentro de aquél infierno nazi.





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