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1447. Primera detención de Miguel Hernández.






María Torres / 4 Mayo 2015

Había perdido la guerra, huía de la muerte que le seguía los talones. El miedo le precipitaba al vacio. Tal vez si conseguía llegar a Portugal podría tomar un barco rumbo a América.

Un camión le deja a cuatro kilómetros de Aroche. Atardece. Una vez en el pueblo merienda y compra unas alpargatas. Sobre las nueve de la noche, solo y sin conocer el terreno, cruza la frontera por el río Rivera de Chanza y camina hasta el pueblo de Santo Aleixo, donde vende el traje azul marino e intenta malvender el reloj de oro regalo de bodas de Vicente Aleixandre. Son las únicas posesiones materiales que llevaba consigo, a excepción de los dos salvoconductos y un par de libros: La destrucción del amor  y Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras. Con veinte escudos en el bolsillo se interna hacía Moura, donde es detenido al ser delatado ante la Policía salazarista de Fronteras por el joyero de Santo Aleixo.

Era el domingo 30 de abril de 1939 y comenzaba para Miguel Hernández un horrible periplo carcelario que solo finalizaría con la muerte. No existía salvación para él, tan solo abandono, soledad y desamparo. Nunca recobró la libertad. («No hay cárcel para el hombre/ no podrán atarme, no/Este mundo de cadenas me es pequeño y exterior/quién enseña una sonrisa/quién amuralla una voz...»)

Cada miembro de la Guardinha que participó en el arresto recibió cinco pesetas, un miserable estipendio que pagaba el Régimen de Franco por cada republicano aprehendido en Portugal.  Es posible que Miguel no fuera consciente en su huída de la afinidad del régimen portugués con los sublevados.

El 3 de mayo es entregado a los Agentes del Cuerpo de Investigación y Vigilancia de Rosal de la Frontera (Huelva). A las doce de la mañana del día siguiente le someten al primer interrogatorio los agentes Antonio Marquez y Rafael Córdoba. Diez horas de sufrimiento, diez horas de tortura. En esas diez horas Miguel comprendió cual era la justicia franquista.

«Estrechado a preguntas ha incurrido en muchas contradicciones; estaba muy nervioso y excitado… Por tanto es de suponer que este individuo haya sido en la que fue zona roja por lo menos uno de los muchos intelectualoides que exaltadamente han llevado a las masas a cometer toda clase de desafueros si es que él mismo no se  ha entregado a ello».

Durante los días siguientes continua sometido a un infierno de interrogatorios y torturas. Los repetidos golpes en la espalda y los riñones le hacen orinar sangre y para aumentar su desgracia un tal Salinas, propietario del Cine y la Banca Salinas de Callosa de Sarriá, que se encontraba viviendo en Rosal, emite un informe más que desfavorable sobre él. Además, los agentes policiales, que le creen natural de Alicante, esperan su confesión como culpable de la muerte de Primo de Rivera.

La diligencia de comparecencia del detenido dice:

«COMPARENCIA:- En la villa de Rosal de la Frontera, y siendo las doce horas del día cuatro de de Mayo de mil novecientos treinta y nueve.- Año de la Victoria-, ante el Agente de Segunda Clase del Cuerpo de Investigación y Vigilancia, Jefe de esta Plantilla y del Agente Auxiliar Interino del mismo cuerpo, habilitado como Secretario para practica de esta diligencia, Don Antonio Márquez Bueno y don Rafael Córdoba Collado, respectivamente, se hace comparecer al detenido, en el Depósito Municipal de esta villa a disposición del Iltm. Sr. Secretario de Orden Público e Inspector de Fronteras, al que dice, ser y llamarse Miguel Hernández Gilabert, de veintiocho años, casado en la que fue zona roja, de profesión escritor, e hijo de Miguel y Concepción, natural, de Orihuela (Alicante) y con domicilio en Cox (Alicante), últimamente a la calle Santa Teresa nº quince, el que fue entregado a este Puesto Fronterizo, por la Policía Internacional Portuguesa por haber pasado clandestinamente desprovisto de la documentación necesaria a éste efecto.- De todo lo cual como Secretario habilitado certifico ».

El 6 de mayo escribe a Josefina que se encuentra viviendo en Cox con sus tres hermanas menores. En la carta asegura a su esposa que se encuentra bien: «Ve a mi casa y di a mi padre y a mi hermano que estoy detenido, que un día de estos me llevan a Huelva desde este pueblo y que es preciso que me reclamen a Orihuela…  La detención ha obedecido a que pasaba a Portugal sin la documentación necesaria… No es nada de importancia. No te preocupes, nena, me tratan bien y a lo mejor desde Huelva paso a Orihuela antes que nuestros amigos pudientes de ahí hayan hecho gestión alguna… ».

A las 12:30 del 9 de mayo de 1939 ingresa en la Prisión Provincial de Huelva y dos días después en la Prisión Provincial de Madrid, un antiguo geriátrico de la fundación Fausta Elorz, convertido en la Cárcel de Torrijos, y se inicia el sumario de la causa tramitada como sumarísimo de urgencia, y en cuya indagatoria se indica que: «Que no pertenece a ningún partido político, ni organización sindical, ni antes ni después del Movimiento, pero que reconoce sus ideales antifascistas y revolucionarios, no estando identificado con la Causa nacional, creyendo que el Movimiento Nacional no puede hacer feliz a España…»



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