Lo Último

1490. De vivos y de muertos

En porcelana de apagados oros
por negro terciopelo agavilladas
custodio algunas briznas de tomillo.

Lo arranque suavemente
diecisiete años hace
y era fragante como el pan más tierno.

Victoria iba a mi lado.
Estrenábamos vida, amor, futuro.
En él nos esperaban alegrías,
trabajos. Y los hijos. Pero antes
nuestros dos corazones desbocados
visitaron tu muerte.

Bajo la tierra húmeda
de un calvero sin lápidas
no lejos del murmullo de la fuente
oculto estabas cual insecto inmóvil
en un vasto hormiguero de osamentas.

La tarde era muy pura
y aspiramos olor de serranías.

Victoria dijo: ¿Oyes?
Nos llegaba un susurro de palabras
entre la canción tenue de las gotas.



O disparos lejanos.
O acaso tu gemido
de juventud al borde de la nada.

Aquí esta -nos dijeron- Federico.
Y yo robé las briznas
que habían sorbido sumos de frente.

Desde entonces las guardo
en un jarrrito antiguo
sobre mi estantería
al lado de otra efigie muy querida.

Han perdido su aroma
y hoy son alambres secos.

En las noches febriles
mientras duerme la casa y el bolígrafo
se resiste mi mano a sus oficios
miro tu carne vegetal y fósil
y pienso delirante
que tu también me observas.

Vagos remordimientos me acometen
porque soy casi viejo y he vivido.
Mi sangre joven afrontó unas balas
que al fin no me encontraron.

Arracimadas sombras de caídos
-la del retrato amado está entre ellas-
por el pasillo lóbrego
me acechan, y la tuya
parece abandonar el ramillete
para sumarse a la legión callada.

¿Por qué tu, padre mío?
¿Por qué tu y tu agonía, Federico?
¿Por qué ellos y no yo? Nadie responde.

En boca, vientre y ojos os clavaron
los proyectiles ciegos
y mis nervios soportan cada día
sus cirugía horrible.

Mi padre en su retrato se sonríe,
pero no me responde.

Desde el tomillo donde te imagino
nadie responde.

El bolígrafo vuelve a su tarea.
El corredor oscuro está vacío.

Yo sé que algunos de los asesinos
alientan todavía por las calles.
Decrépitos y asmáticos se alegran
con sus hijos y nietos,
aún beben rojos vinos,
babean sobre una puta
o se apresuran a llamar al médico
por un leve dolor en el costado
intentando el olvido
del tesoro infinito que abatieron.

Pero ellos están muertos. Dispararon
luego están muertos.

Y en mis adentros, padre, tu pervives.

Y tu, ya sólo fósforo de huesos
o ennegrecida hierba quebradiza,
tu, Federico, vives.

Y es inmenso el latido de la vida
que estalla en tus timbales.

Y eres la tempestad que anubla el cielo
de todos esos muertos que deambulan.


Antonio Buero Vallejo, 1976
"De vivos y muertos"
El crimen fue en Granada. Elegías a la muerte de García Lorca
Lumen, 2006



Antonio Buero Vallejo compone este poema en 1976 para el primer homenaje que se hace a Federico García Lorca en España en la revista Trece de Nieve de diciembre de 1976.


2 comentarios:

  1. De casualidad parece que llego y como en ello no creo, después de estremecerse mi alma, me quedo a aprender y te llevo a mi blog...

    Un gusto conocerte,

    tRamos

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  2. Gracias por tus palabras.
    Nos alegra encontrarte en el árido camino de la Memoria.
    Un abrazo.

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