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1561. La guerra de España

Luis Buñuel Portolés
(Calanda, Teruel, 22 de febrero de 1900 - Ciudad de México, 29 de julio de 1983)



En el mes de julio de 1936, Franco desembarcaba al frente de un contingente de tropas marroquíes con la decidida intención de acabar con la Repú- blica y restablecer «el orden» en España.

Mi mujer y mi hijo acababan de regresar a París un mes antes. Yo estaba solo en Madrid. Una mañana temprano, me despertó una explosión, a la que siguieron varias otras. Un avión republicano bombardeaba el cuartel de la Montaña, y oí también varios cañonazos.

En este cuartel de Madrid, como en todos los cuarteles de España, las tropas se encontraban en estado de alerta. Sin embargo, un grupo de falangistas se habían refugiado en él, y desde hacía unos días salían del cuartel disparos que herían a los transeúntes. Secciones obreras ya armadas, apoyadas por los guardias de asalto republicanos —fuerza de intervención moderna creada por Azaña— atacaron el cuartel en la mañana del 18 de julio. A las diez, todo había terminado. Los oficiales rebeldes y los miembros de la Falange fueron pasados por las armas. Acababa de empezar la guerra.

A mí me costaba hacerme realmente a la idea. Desde mi balcón, escuchando a lo lejos el rumor del cañoneo, veía pasar por la calle, a mis pies, una pieza de artillería «Schneider» tirada por dos o tres obreros y —lo que me pareció horrible— dos gitanos y una gitana. La violenta revolución que íbamos sintiendo ascender desde hacía unos años, y que yo personalmente tanto había deseado, pasaba bajo mis ventanas, ante mis ojos. Y me encontraba desorientado, incrédulo.

Quince días después, el historiador de arte Elie Faure, que defendía ardientemente la causa republicana, vino a pasar unos días a Madrid. Fui a visitarlo una mañana en su hotel, y todavía me parece verlo, con sus calzoncillos largos atados a los tobillos, contemplando las manifestaciones callejeras, convertidas en cotidianas. Lloraba de emoción al ver al pueblo en armas. Un día, vimos desfilar un centenar de campesinos, armados a la buena de Dios, unos con escopetas de caza y revólveres, otros con hoces y bieldos. En un visible esfuerzo de disciplina, intentaban marchar al paso, de cuatro en fondo. Creo que lloramos los dos.

Nada parecía poder vencer a esta fuerza profundamente popular. Pero muy pronto la alegría increíble, el entusiasmo revolucionario de los primeros días dieron paso a un desagradable sentimiento de división, de desorganización y de total inseguridad, sentimiento que duró hasta, aproximadamente, el mes de noviembre de 1936, en que comenzaron a implantarse en el bando republicano una verdadera disciplina y una justicia eficaz.

No pretendo escribir yo también la historia de la gran escisión que desgarró a España. No soy historiador y no estoy seguro de ser imparcial. Sólo quiero intentar decir lo que vi, lo que recuerdo.

Por ejemplo, he conservado recuerdos concretos de los primeros meses en Madrid. Teóricamente en poder de los republicanos, la ciudad albergaba aún al Gobierno, pero las tropas franquistas avanzaban rápidamente en Extremadura, llegaban a Toledo y veían cómo otras ciudades, en toda España, caían en manos de sus partidarios, Salamanca y Burgos, por ejemplo.

En el interior mismo de Madrid, simpatizantes fascistas desencadenaban tiroteos cada dos por tres. A cambio, los curas, los propietarios ricos, todos aquellos que eran conocidos por sus sentimientos conservadores y de los que cabía suponer que prestaban apoyo a los rebeldes franquistas, se hallaban en constante peligro de ser ejecutados. Al estallar las hostilidades, los anarquistas habían liberado a los presos comunes y los habían incorporado inmediatamente a las filas de la C.N.T. (Confederación Nacional del Trabajo), situada bajo la influencia directa de la Federación Anarquista.

Algunos miembros de esta Federación hacían gala de un extremismo tal que la mera presencia de una imagen piadosa en una habitación podía conducir a la Casa de Campo. Allí, en este parque público situado a las puertas de Madrid, tenían lugar las ejecuciones. Cuando se detenía a alguien, se le decía que lo llevaban «a dar un paseo». Esto ocurría siempre de noche.

Se recomendaba tutear a todo el mundo y acompañar todas las frases con un enérgico «Compañeros» si se hablaba con anarquistas o con un «Camarada» si se trataba de interlocutores comunistas. La mayor parte de los automó- viles llevaban sobre el techo uno o dos colchones como protección contra los francotiradores. Era sumamente peligroso sacar la mano para indicar que el coche iba a virar a uno u otro lado, pues este gesto podía ser interpretado como un saludo fascista y atraer una ráfaga de disparos al paso. Los señoritos fingían vestir mal para disimular sus orígenes. Se ponían viejas gorras y se manchaban la ropa, a fin de parecerse a los obreros, mientras que, del otro lado, las consignas del partido comunista recomendaban a los obreros ponerse corbata y camisa blanca.

Ontañón, dibujante muy conocido, me comunicó un día la detención de Sáenz de Heredia, director que había trabajado para mí en el rodaje de La hija de Juan Simón y ¿Quién me quiere a mí? Sáenz dormía en un banco público, por miedo a entrar en su casa. En efecto, era primo carnal de Primo de Rivera, el fundador de la Falange. Detenido, pese a sus precauciones, por un grupo de socialistas de izquierda, se hallaba en constante peligro de ser ejecutado por causa de su fatal parentesco.

 Me dirigí inmediatamente al estudio Rotpence, que conocía bien. Los obreros y los empleados del estudio habían formado, al igual que en muchas empresas, un consejo del estudio, y se encontraban celebrando una reunión. Pregunté a los representantes de las diversas categorías de obreros cómo se había comportado Sáenz de Heredia, bien conocido por todos. «¡Muy bien! —me respondieron—. No hay nada que reprocharle.»

Pedí entonces que una delegación me acompañara hasta la calle del Marqués de Riscal, donde se hallaba custodiado el director de cine, y repitieran ante los socialistas lo que acababan de decir. Seis o siete hombres me siguen con fusiles; llegamos, encontramos un hombre que monta guardia con el arma negligentemente apoyada en la jamba. Adoptando una voz lo más ronca posible, le pregunto dónde está el responsable. Aparece éste. Resulta que he cenado con él la noche anterior. Es un teniente tuerto, chusquero. Me reconoce.

 —Hombre, Buñuel, ¿qué quieres?

Se lo digo. Añadí que no podíamos matar a todo el mundo, que, desde luego, conocíamos el parentesco de Sáenz con Primo de Rivera, pero que eso no me impedía decir que el director se había comportado siempre perfectamente. Los delegados del estudio dieron igualmente testimonio en favor de Sáenz, que fue liberado.

Poco después, pasaría a Francia para incorporarse al bando de Franco. Terminada la guerra, reemprendió su profesión de cineasta e, incluso, realizó una película en honor del Caudillo, Franco, ese hombre. Una vez, en el festival de Cannes, en los años cincuenta, almorzamos juntos y hablamos largamente del pasado.

Por la misma época, conocí a Santiago Carrillo, secretario a la sazón, creo, de las Juventudes Socialistas Unificadas. Muy poco antes de que estallara la guerra, yo había dado dos o tres revólveres que poseía a unos obreros impresores que trabajaban debajo de mi casa. Desarmado ahora en una ciudad en la que se disparaba desde todas partes, fui a ver a Carrillo y le pedí un arma. Él abrió el cajón, vacío, y me dijo: «No tengo ni una.»

Finalmente, me dieron, de todos modos, un fusil. Un día, en la plaza de la Independencia, donde me encontraba con unos amigos, comenzaron los tiroteos. Se disparaba desde los tejados, desde las ventanas, desde la calle, en medio de la más absoluta confusión, y allí estaba yo, detrás de un árbol, con mi fusil inútil, sin saber contra quién disparar. ¿Para qué, entonces, conservar un fusil? Lo devolví.

Los tres primeros meses fueron los peores. Como a muchos de mis amigos, me obsesionaba la terrible ausencia de control. Yo, que había deseado ardientemente la subversión, el derrocamiento del orden establecido, colocado de pronto en el centro del volcán, sentía miedo. Si algunos gestos me parecían insensatos y magníficos —como aquellos obreros que, un buen día, subieron a un camión, fueron hasta el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, levanta- do a unos veinte kilómetros al sur de Madrid, formaron un pelotón de ejecución y fusilaron con todas las de la ley a la gran estatua de Cristo—, detestaba, en cambio, las ejecuciones sumarias, el pillaje, todos los actos de bandidismo. El pueblo se rebelaba, tomaba el poder e inmediatamente se dividía y se desgarraba. Injustificados arreglos de cuentas hacían olvidar la guerra esencial, la única que hubiera debido contar.

Todas las tardes, acudía a la reunión de la Liga de Escritores Revolucionarios, donde encontraba a la mayoría de mis amigos: Alberti, Bergamín, el gran periodista Corpus Varga, el poeta Altolaguirre, que creía en Dios. Este último produciría años después una de mis películas en México, Subida al cielo, y moriría en España en un accidente de automóvil.

Discusiones interminables y a menudo apasionadas nos enfrentaban unos a otros: ¿espontaneidad u organización? En mí, luchaban, como siempre, la atracción teórica y sentimental hacia el desorden y la necesidad fundamental de orden y de paz. Cené dos o tres veces con Malraux. Vivíamos una lucha mortal elaborando teorías.

Franco no cesaba de ganar terreno. Si bien cierto número de ciudades y pueblos permanecían fieles a la República, otras se entregaban en manos de Franco sin combatir. Por todas partes, la represión fascista se mostraba clara e implacable. Todo sospechoso de liberalismo era ejecutado en el acto. Y nosotros, en vez de organizamos a toda costa y lo más rápidamente posible para una lucha que, con toda evidencia, iba a ser una lucha a muerte, perdíamos el tiempo, y los anarquistas perseguían a los sacerdotes. Un día, mi asistenta me dijo: «Baje a ver, hay un cura fusilado en la calle, a la derecha.» Aunque era anticlerical, y ello desde mi infancia, yo no aprobaba en manera alguna semejante matanza.

No se crea, sin embargo, que los sacerdotes no participaron en los combates. Tomaron las armas, como todo el mundo. Algunos disparaban desde lo alto de sus campanarios, y se vio, incluso, a varios dominicos manejar una ametralladora. Si bien algunos miembros del clero se alineaban en el bando republicano, la mayoría se afirmaba claramente fascista. La guerra era total. Imposible permanecer neutral en medio de la lucha, pertenecer a esa «tercera España» en que algunos soñaban oscuramente.

Yo mismo sentía miedo algunas veces. Inquilino de un piso burgués, me preguntaba a veces qué pasaría si, de pronto, en medio de la noche, una brigada incontrolada derribase mi puerta para llevarme a «dar un paseo». ¿Cómo resistir? ¿Qué decirles?

Por supuesto que del otro lado, del lado fascista, no faltaban las atrocidades. Si los republicanos se conformaban con fusilar, los rebeldes mostraban a veces un gran refinamiento en la tortura. En Badajoz, por ejemplo, los rojos fueron lanzados al ruedo de una plaza de toros y muertos según el ritual de la corrida.

 Se contaban millares de historias. Recuerdo ésta: las religiosas de un convento de Madrid o de su región se dirigieron en procesión a su capilla y se detuvieron ante la estatuía de la Virgen, que tenía en sus brazos al niño Jesús. Con ayuda de un martillo y un cincel, la superiora separó al niño de los brazos de su madre y se lo llevó, diciendo a la Virgen:

—Te lo devolveremos cuando hayamos ganado la guerra.

Sin duda, se lo devolvieron.

En el interior del bando republicano comenzaban a manifestarse graves divisiones. Los comunistas y los socialistas querían, ante todo, ganar la guerra, aplicar todos sus esfuerzos a la obtención de la victoria. Por el contrario, los anarquistas, considerándose como en terreno conquistado, organizaban ya su sociedad ideal.

Gil Bel, director del diario sindicalista El Sindicalista, me citó un día en el «Café Castilla» y me dijo:

—Hemos fundado una colonia anarquista en Torrelodones. Están ocupadas ya unas veinte casas. Deberías tomar una.

Quedé sorprendido. En primer lugar, aquellas casas pertenecían a personas expulsadas, a veces fusiladas o huidas. En segundo, Torrelodones se halla situado al pie de la sierra del Guadarrama, apenas a unos kilómetros de las lí- neas fascistas, y ¡allí, a tiro de cañón, los anarquistas organizaban tranquilamente su utopía!

Otro día, estamos almorzando en un restaurante, en compañía del músico Remacha, uno de los directores de «Filmosono», donde yo había trabajado. El hijo del dueño ha sido gravemente herido combatiendo contra los franquistas en la sierra del Guadarrama. Entran varios anarquistas armados que saludan con un «¡Salud, compañeros!» y que, inmediatamente, piden al patrón unas botellas de vino. Yo no puedo contener mi cólera. Les digo que deberían estar en la sierra, combatiendo, en lugar de vaciar las bodegas de un buen hombre cuyo hijo luchaba contra la muerte.

Me escuchan sin reaccionar y se van, pero llevándose, de todos modos, las botellas. Es cierto que, a cambio, han dado unos «bonos», trozos de papel que no significaban gran cosa.

Todas las noches, brigadas enteras de anarquistas descendían de la sierra del Guadarrama, en que se desarrollaba la batalla, para entrar a saco en las bodegas de los hoteles. Su ejemplo nos impulsaba a volvernos hacia los comunistas.

 Muy poco numerosos al principio, pero robusteciéndose de semana en semana, organizados y disciplinados, los comunistas me parecían —y me siguen pareciendo— irreprochables. Aplicaban todas sus energías a la conducción de la guerra. Es triste decirlo, pero necesario: los sindicalistas anarquistas los odiaban quizá más que a los fascistas. Este odio había comenzado años antes de la guerra. En 1935, la F.A.I. (Federación Anarquista Ibérica) desencadenó una huelga general, muy dura, entre los obreros de la construcción. Una delegación comunista se dirigió a la F.A.I. —debo este episodio al anarquista Ramón Acín, que había financiado Las Hurdes— y dijo a los responsables de la huelga:

—Hay entre vosotros tres confidentes de la Policía.

Y citaron nombres. Pero los anarquistas respondieron con violencia a los delegados comunistas:

—¿Y qué? ¡Ya lo sabemos! ¡Pero preferimos los confidentes a los comunistas!

 Pese a mis simpatías teóricas por la anarquía, yo no podía soportar su comportamiento arbitrario, imprevisible, y su fanatismo. En algunos casos, bastaba casi con tener el título de ingeniero o un diploma universitario para que le llevasen a uno a la Casa de Campo. Cuando, ante la proximidad de los fascistas, el Gobierno republicano decidió salir de Madrid para instalarse en Valencia, los anarquistas montaron una barrera en la única carretera que quedaba libre, cerca de Cuenca. En Barcelona mismo —un ejemplo entre otros—, liquidaron al director y a los ingenieros de una fábrica metalúrgica, para demostrar que la fábrica podía funcionar perfectamente en manos sólo de los obreros. Fabricaron un camión blindado y lo mostraron, no sin orgullo, a un delegado soviético.

Éste pidió una «parabellum» y disparó, perforando sin dificultad el blindaje.

 Se cree, incluso —pero hay otras versiones—, que un pequeño grupo de anarquistas fue responsable de la muerte del gran Durruti a consecuencia de un balazo cuando bajaba de un coche en la calle de la Princesa para acudir en auxilio de la asediada Ciudad Universitaria. Estos anarquistas incondicionales —que llamaban a sus hijas Acracia (no poder) o Catorce de Septiembre— no le perdonaban a Durruti la disciplina que había logrado imponer a sus tropas.

Debíamos temer también las arbitrarias acciones del P.O.U.M., grupo teó- ricamente trotskista. En el mes de mayo de 1937, se vio incluso a miembros de este movimiento, a los que se habían unido anarquistas de la F.A.I., levantar barricadas en las calles de Barcelona contra los ejércitos republicanos, que tuvieron que combatirlos y reducirlos.

Mi amigo el escritor Claudio de la Torre, a quien yo acababa de regalar un Max Ernst con motivo de su boda, vivía en una casa aislada, a poca distancia de Madrid. Su abuelo había sido francmasón, lo cual era para los fascistas la cosa más abominable de la Tierra. Los masones eran detestados como los comunistas.

Claudio tenía a su servicio a una cocinera muy respetada porque su novio combatía con los anarquistas. Un día, voy a almorzar a su casa, cuando, de pronto, veo venir hacia mí, en pleno campo, un automóvil del P.O.U.M., perfectamente reconocible gracias a las grandes siglas que lleva pintadas. Me asalta la inquietud, pues sólo llevo encima documentos socialistas y comunis- tas, que, a ojos del P.O.U.M., carecen de todo valor. El coche se detiene junto a mí, el conductor me pregunta algo —el camino a seguir, creo— y se marchan. Respiro.

Repito que no doy aquí más que una impresión personal, una entre millones, pero creo que corresponde a la de cierto número de hombres que en aquellos momentos se hallaban situados a la izquierda. Predominaban, ante todo, la inseguridad y la confusión, agravadas por nuestras luchas internas y la fricción de las tendencias, pese a la amenaza fascista que teníamos delante. Veía un viejo sueño realizado ante mis ojos, y no encontraba en él más que una cierta tristeza.

Un día, por un republicano que había cruzado las líneas, nos enteramos de la muerte de García Lorca.


Luis Buñuel

La Guerra de España 1936-1939
"Mi último suspiro"



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