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1562. Vida y muerte de Ramón Acín I

Ramón Acín Aquilué
(Huesca, 30 de agosto de 1888 - 6 de agosto de 1936)



1

Aragón tenía una vieja ciudad de muralla interior: Huesca. Capital de provincia propiamente dicha. Nido de burócratas, clérigos y militares. Oficina de caciques y arbitristas. Instituto de segunda enseñanza. Allí estudiamos Ramón Acín y yo en años distraídos.

Nos interesaba poco ver en la plaza de toros, cerca del cuartel de Caballería y desde el mismo en domingo primaveral, aquellas pantomimas estruendosas de principio de siglo, aquellas desdichadas corridas de pólvora que representaban indefectiblemente, como eco de las campañas africanas del 60, «el triunfo de la cruz contra la media luna».

Escenario grande, redondo y arenoso. Un ejército con ros y fusil vencía a los moros que se retorcían como piezas cazadas por las huestes apostólicas. El público relinchaba.

Ramón y yo preferíamos ir a Jara, arboleda de tupida flora romántica para merendar allí y hablar en tono de escasa suficiencia para ser bachilleres predestinados. Y si algún domingo por la tarde acudíamos a la plaza era para ver a dos insignes payasos: Navarrete y Caprani.

Para nosotros, Navarrete y Caprani eran más divertidos que los catedráticos del Instituto: Eyaralar, gramático exigente; Enciso, el consabido ogro de las Matemáticas; Castejon, profesor de Geografía que sabia repetir de memoria los nombres de todos los territorios de Asia y nos deslumbraba al pronunciarlos con una seguridad imponente.


2

Huesca guardaba para nosotros, muy amigos de la calle y poco del claustro, un regusto escasamente agradable lleno de contradicciones. Yo tenia un pariente, furibundo reaccionario, pero de mentalidad risueña. Nunca me hablaba de religión. Me creía a una distancia de medio siglo de sus cofradías y de sus cirios. Y como era él confitero y cerero, iba yo a la trastienda con Acín a empapelar caramelos. La Comisión la cobrábamos en especie manifiesta y en especie clandestina. Al recibir el importe de nuestro trabajo, reducido a un paquete de caramelos, ya nos habíamos apropiado y casi devorado triple botín.

Aquella trastienda era una especie de corte celestial. Curas y canónigos entraban y salían como volando en un aquelarre a bordo de sus anchos manteos. Llegaban párrocos rurales con cara redonda y epicúrea a encargar unas libras de cera y sacristanes más anticlericales que “El Motín”.

Las conversaciones versaban siempre sobre la maldad de los tiempos. Pero allí se despellejaba al prójimo con una diligencia verdaderamente seráfica.

Acín me guiñaba un ojo y decía, cuando la marea de la maledicencia estaba a punto de ahogarnos:

-Hoy se saca ánima.

Delicada alusión a la salmodia de aquellos rezadores que despellejaban al prójimo ausente con una mordacidad propia de las gentes de iglesia.

Había un cura joven que por congraciarse con el amo de la casa, presidente de todas las asociaciones católicas de la ciudad, dijo una tarde:

-Aquí hay Rinconete.

Acín y yo nos habíamos metido entre pecho y espalda una buena libra de caramelos de verano.

Todos callaron.

-El delito puede publicarse, pero no el nombre del delincuente- insistió el cura.

Y nos miraba con ojos de topo, acostumbrados a las tareas inquisitivas.

Dando quince y raya a su propia hipocresía, añadió el curita con soma muy mal llevada:

-Podríamos registrar a los bachilleres en ciernes.

Avanzo hacia Acín y este dio dos pasos atrás.

-A mi no me registra nadie.

-Ni a mi- salte yo envalentonado con aquella solidaridad en peligro.

El confitero se echó a reír:

-Nada, pequeños, os vais al Coso a dar una vuelta y... buen provecho os hagan esos caramelos de verano, que no serán tantos...

Ramón y yo salimos de la trastienda como si hubiéramos ganado la batalla de Zama.

Tarde mayo, entre luces. El Coso se iba poblando de paseantes: parejas de novios, empleados, matracos llegados de los pueblos con el secretario para trampear o camuflar presupuestos y buscar alguna recomendación, grupos de jóvenes bulliciosos, modistas, curas, curas, curas...

Dábamos un par de vueltas y llegaba la hora fastidiosa para mí de cenar con unos colegiales internos como yo, aunque no tan amigos como yo de las escapatorias y de la intemperie.

Me decía Ramón:

-Mañana tendré que explicar en clase la vida de Sertorio.

En una ciudad sertoriana como Huesca, la vida de Sertorio era casi un artículo de primera necesidad, y nos despedíamos con alusiones mortificantes para Grecia, Roma y Cartago.


Felipe Aláiz
"Vida y muerte de Ramón Acín"
Ediciones Umbral, París, 1937
(Reproducción de la edición original aparecida en 1937 en Barcelona)



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