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1586. A Carmen Conde

Carmen Conde Abellán
(Cartagena, 15 de agosto de 1907 - Madrid, 8 de enero de 1996)




Carmen, ¿te acuerdas?
Fealdad, hermosura sólo es un nombre.
Aquella niña miraba con ojos grandes.
Trenes, barcos, tranvías, árboles, azucenas,
todo pasaba lentamente, girando
por aquellos ojos tan grandes.
Y un rostro podía allí reflejarse un instante, bellísimo, absorto,
en aquel espejo tan limpio,
que, como amasándolo en su pura luz, clarísimo lo entregaba.
Como podía verse, al instante siguiente, el rostro duro, injurioso
que por un azar se cruzase,
y que piadosamente se devolvía.

La niña crecía. Maduraban los frutos
con su mano. Crecía más, y unas flores
repentinas rodaban
desde sus dedos frescos
Sin pensarlo enredaba su pelo
en árboles o en penumbra. Besaba y cantaba,
mientras los lisos pájaros le decían secreta su fuga.
Pero ella quedaba. Siempre quedaba. En el borde del mar
sus dedos menudos tocaban, sabían,
y la espuma se retiraba. ¡Qué libre, ese cielo!
Crecía y decía. ¿Se llamaba...?

Pero no lo diré. Su nombre se escucha
en la cueva profunda donde el viento la nombra,
sin entrar. Y se oye en el mudo
silencio con que la ola en la noche rompe en la playa.
Y en el árbol inmóvil. Y en el tiempo...

Pero allí está, en lo alto, quieta, dormida, en un borde, en peligro. 
Siempre en peligro, en el borde, dormida, diciendo.
¡Oh, qué claros ojos abiertos, con mundo en su fondo!
¡Oh, qué claros ojos abiertos, con mundo en su fondo!
Y allí dormida, diciendo, ignorando, enseñando, inquiriendo...

Oh, dinos, dinos, Carmen, si la niña ha crecido.


Vicente Aleixandre

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