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1682. Guerra subterránea y crueldad

Refugiados en la estación de metro "Sevilla" de Madrid. Autor: Juan Miguel Pando Barrero



El mando rebelde se obstina durante todo el mes de diciembre en la misma maniobra que le fracasó al lanzarse al ataque inicial sobre Madrid, el siete de noviembre. Su obsesión sigue siendo el avance por el paseo de Ramón y Cajal para ganar la Cárcel Modelo y por el parque del Oeste hasta llegar al paseo de Rosales. Como punto de apoyo para esta operación siguen teniendo los facciosos el soberbio edificio del Hospital Clínico, del que se apoderaron el primer día de la ofensiva. Es una vasta y sólida construcción de ocho plantas, capaz para albergar dos mil enfermos, que se eleva en la parte más alta de una colina desde la que se domina toda la Ciudad Universitaria y la parte Oeste de Madrid.

Los rebeldes tienen, además, la Escuela de Agricultura, la Fundación del Amo, el Instituto Nacional de Higiene y las ruinas de la Casa de Velázquez. Estas posiciones forman una bolsa en la que los nacionales mantienen unos cinco mil hombres, que se avituallan y relevan por el pasillo abierto a través de la Ciudad Universitaria y por la pasarela tendida sobre el Manzanares, que los rojos no aciertan a cortar.

Firmes al Norte, en el edificio de la Facultad de Filosofía y Letras, cuyas aulas se han convertido en nidos de ametralladora y al Sur en la Moncloa, que con su espeso arbolado es una defensa natural magnifica, los republicanos han conseguido estabilizar el frente en estas posiciones y durante semanas y semanas se lucha en los mismos lugares. Un avance de cincuenta metros cuesta muchas horas de combate y centenares de vidas. Las frondosas ramas de los eucaliptus y los álamos de la Moncloa van siendo poco a poco desgajadas por la metralla; sobre el césped de las praderas donde antes jugaban los niños madrileños, se pudren al sol los cadáveres de los combatientes y el agua de los regatos se estanca, sucia de sangre; alrededor de las obras de fortificación que van cambiando la fisonomía de los apacibles jardines y de los campos de deporte. Cada día, las fortificaciones son más perfectas y llega el momento en que es absolutamente imposible hacer ninguna salida, lo mismo a unos que a otros. Las trincheras están tan cerca que los adversarios dialogan fácilmente, pero sin poder levantar jamás la cabeza por encima del parapeto, pues los fuegos cruzados de las ametralladoras barren día y noche las posiciones.

La guerra se hunde en el subsuelo y los hombres, convertidos en topos, comienzan los penosos trabajos de zapa, la lucha subterránea por medio de minas y contraminas. Los gubernamentales minan el terreno hasta llegar a los cimientos del Hospital Clínico, en los que provocan una gran explosión de dinamita, que ocasiona el derrumbamiento de una parte del edificio. Aprovechando la confusión y la alarma, avanzan los republicanos y consiguen instalarse en los ingentes montones de escombros que la explosión ha acumulado en la planta baja. Pero el edificio del Hospital Clínico es enorme y está construido sólidamente. Pasados los primeros momentos, los legionarios y los moros que lo defienden se rehacen y atacan furiosamente a los asaltantes desde los pisos superiores, en los que se atrincheran sólidamente. Empieza en los corredores y las escaleras del edificio una lucha feroz. Las fuerzas rebeldes, desde arriba, hacen un fuego mortífero sobre los rojos contenidos en la planta baja. Hay un momento en que a los asaltantes les es imposible seguir allí. El jefe de las fuerzas leales se pone en comunicación con el general Miaja.

—¡Nos es imposible mantenernos aquí! ¡Nos están asesinando desde arriba! —dice.

—¡Con su vida me responde usted de que la parte del Hospital Clínico que hemos ocupado no será abandonada, pase lo que pase! —es la respuesta de Miaja.

Y así es. Desde aquel montón de escombros que ya no se abandonará jamás, proseguirá durante muchos meses el ataque a los cimientos del gigantesco edificio, que fue alzado para aliviar los sufrimientos humanos y poco a poco se irá abatiendo sobre los hombres que hicieron de él una fortaleza y, al final, un panteón de la juventud española.


«No intervención»

Mediado el mes de diciembre, el enemigo, ante el fracaso de sus embestidas por la Ciudad Universitaria y la Moncloa inicia una maniobra más vasta, atacando desde la Casa de Campo hacia Humera y Pozuelo, para cortar las comunicaciones de Madrid con la sierra. La lucha en estos sectores es durísima.

Se advierte en el tiro de las baterías rebeldes una precisión una intensidad desacostumbradas, que delatan la presencia de los artilleros alemanes, comprobada más tarde. Las brigadas internacionales son concentradas en estos sectores. La oncena brigada, a las órdenes del general Kléber, y mandada por el comandante francés André Dethés, lucha desesperadamente.

La guerra civil empieza a colocarse fuera del marco de las posibilidades puramente españolas. Frente a los artilleros hitlerianos, los batallones de comunistas alemanes, franceses, polacos, yugoslavos y húngaros defienden palmo a palmo el terreno con aquella técnica perfecta del combate moderno, que aprendieron en Verdún. El comisario político de los batallones alemanes, Hans Beimler, antiguo diputado del Reichstag, cae en este sector con el puño en alto y gritando «¡Rot Front!». Mientras las escuadrillas de aviones italianos, piloteados por «voluntarios» ametrallan las trincheras republicanas, vienen a instalarse en estas mismas trincheras los antifascistas italianos del batallón Garibaldi.

La aviación libra en estos días grandes combates en los que a veces toman parte hasta un centenar de aviones. Los aparatos de caza de la URSS, rapidísimos, salen a cortar el camino a las escuadrillas de Junkers y Savoias. Han pasado ya los tiempos en que cuando se anunciaba un bombardeo el jefe de la aviación republicana daba solemnemente la orden de ataque: «¡Qué salga el caza!», decía enfáticamente. Y salía a defender Madrid un viejo aparato de caza que no había logrado nunca los doscientos por hora, acompañado de otro avión de turismo, que carecía de ametralladora y salía solo para producir «un cierto efecto moral».

Ahora se lucha lo mismo en la tierra que en el aire con los más potentes elementos. Rusia, Alemania e Italia atizan la hoguera de la guerra civil española. Las batallas que se desarrollan al avanzar los rebeldes en dirección a Pozuelo y Humera son terribles y en ellas se despliega un lujo de material moderno de combate ajeno en absoluto a las posibilidades españolas.

Se dispone de carros de asalto, aviones, artillería y armas automáticas en grandes cantidades. Se combate con todos los elementos y recursos de la técnica moderna. Las estaciones emisoras de radio se convierten en arma de primera línea, merced a los camiones con potentes altavoces, que llevan hasta las trincheras enemigas la voz desmoralizadora de la propaganda.

Un día, los radios franquistas proclaman urbi et orbe, que Humera y Pozuelo han caído, al fin, en poder de las tropas nacionalistas. Un grupo de periodistas adscritos al cuartel general de los rebeldes, creyendo auténtica la noticia, llega confiadamente en automóvil hasta las avanzadas republicanas de Humera y tomando por nacionalistas a los soldados que les dan el alto, exponen incautamente el objeto de su excursión:

—Somos periodistas y venimos a hacer información de la nueva victoria.

Los rojos, extrañados porque realmente en aquellos días no tienen muchas victorias que cantar, les preguntan de dónde vienen y qué periódicos son los que representan.

—Venimos de Zaragoza y somos del Heraldo de Aragón, periódico al servicio de España y del Caudillo.

—¡Arriba España! —dice orgullosamente el director del periódico, señor Casanova, que es uno de los expedicionarios.

—¡Ah! Pues vengan ustedes con nosotros, que vamos a informarles.

Fueron llevados al Cuartel General y de allí a la prisión donde habían de permanecer largos meses.

El caso no era insólito. La guerra de las ondas ha estado esparciendo constantemente noticias falsas, lo mismo del lado republicano que del nacionalista. Meses antes, una periodista roja, Lina Ódena, se presentó también en automóvil ante los centinelas fascistas de Granada, que, según los radios gubernamentales, se había reconquistado. Pero aquella infeliz muchacha fue fusilada en el acto.


«Canis familiaris»

Los perros son los primeros que cuando suenan las sirenas de alarma y zumban allá en lo alto los motores de los aviones, corren a meterse en las bocas del Metro. Su instinto les hace echar a correr hacia los refugios subterráneos, adelantándose a los humanos, con los que comparten el castigo de los bombardeos aéreos.

Madrid está lleno de perros abandonados por familias fugitivas. En el frente, en la tierra de nadie, los perros famélicos merodean en torno de los cadáveres abandonados, aullando desesperadamente, hasta que uno por uno los va abatiendo el fuego de la fusilería. En la ciudad, todavía no ha llegado la hora de que se hagan con ellos salchichas y los pobres canes buscan humildes y temerosos la protección de los hombres, juntándose a ellos con el rabo entre las patas y la mirada triste cada vez que ventean la inminencia de las terribles explosiones.

Los andenes del Metro están invadidos de continuo por una muchedumbre que hace de ellos su vivienda. Hasta en las escaleras hay gente que allí cocina, come y duerme. Como los bombardeos son más frecuentes durante la noche, apenas cae la tarde, empiezan a congregarse en los andenes del Metro centenares de familias provistas de mantas y almohadones, porque no se atreven a pasar la noche en sus hogares. Cada trozo del andén es disputado por una familia que, luego de haber pasado en él una noche, lo considera ya como de su propiedad particular.

Unos junto a otros, hacinados, duermen bajo las bóvedas del Metropolitano hombres, niños y mujeres. Los perros, que parecen penetrados de la gravedad de las circunstancias, andan silenciosos y comedidos, olisqueando cautamente por entre aquella muchedumbre dormida en el suelo y terminan enroscándose suavemente al lado del durmiente que más les gusta, de preferencia un niño.

Aquella promiscuidad en que viven centenares de familias es peligrosísima para la higiene pública y se hacen grandes esfuerzos para desalojar las estaciones del Metro, de las que muchos madrileños han hecho sus viviendas definitivas. Pero es difícil. La gente lo prefiere todo a tener que tirarse precipitadamente de la cama a media noche, para ir al refugio a medio vestir, tiritando y con la angustia de sentir ya las terribles explosiones de las bombas tronando sobre sus cabezas.


El terrible cauidllo rojo

Miaja es, ante todo y sobre todo, lo que se llama un buen hombre. Podrá permanecer durante veinte horas diarias batallando furiosamente en aquel caos de pasiones e instintos que es la guerra civil y la revolución; pero en la hora veintiuna, cuando se encierra en aquella celda situada a seis metros bajo tierra que le sirve de alcoba y tendido en su humilde lecho, siente cómo se aflojan los resortes que le mantienen firme en la inhumana misión que le ha correspondido, surge en él, cálida y palpitante, la blanda humanidad, la ternura contenida, que, a pesar de su máscara terrible de caudillo rojo, le hace ser fundamentalmente un hombre bueno.

Tendido en el lecho, con los ojos clavados en la bóveda rezumante y en las paredes cubiertas de gutapercha roja de su celda, Miaja intenta evadirse del horror de la realidad circundante evocando el pasado feliz, pensando en los suyos, su familia, su hogar. ¿Qué habrá sido de ellos?

Al comenzar la guerra civil habían quedado allá en Marruecos, en la humilde casita penosamente construida gracias a las economías hechas por su mujer sobre la exigua paga. Los jefes rebeldes se apresuraron a comunicarle entonces como amenaza: «Su familia está en nuestro poder…». Creían que esta infame advertencia bastaría para apartarle del cumplimiento de su deber.

—¿Les maltratarán? —piensa Miaja angustiado. Prisioneros de los rebeldes en Melilla están su esposa, sus hijos Enrique, Emilio, Conchita, María Luisa y Teresa, más un nieto de dos años, su nodriza y su abuela. Otro hijo de Miaja, teniente de la Guardia de Asalto, está también prisionero de los rebeldes en Castilla. ¿Qué será de todos ellos?

Los ojos de Miaja, sin la protección de los gruesos cristales de sus gafas, se abrasan de lágrimas al imaginar los sufrimientos de su prole inocente. ¿Cómo podría consentir este hombre el martirio igual de los inocentes deudos de los rebeldes que se hallan en Madrid? Más de una noche, Miaja ha tenido que recurrir a los efectos de un somnífero para librarse de la punzante inquietud.

En la noche del 24 de diciembre le llaman desde Barcelona por teléfono y un consejero de la Generalidad le transmite la noticia que más podía alegrarle: «Su familia ha sido, al fin, canjeada y ha llegado a la zona francesa de Marruecos, donde se halla en libertad».

El júbilo hace tartamudear al viejo general, que no esperaba tanta ventura. Las gestiones para el canje se han llevado a cabo sin prevenir a Miaja. A cambio de la familia del defensor de Madrid, se ha entregado la del diputado tradicionalista don Federico Bau, que ocupa un alto cargo en el campo nacionalista.

—¡Esta sí que es Nochebuena! —exclama gozoso el general Miaja, que quiere hacer partícipe de su alegría a todo el que le rodea. Pide ansiosamente detalles y horas después recibe un telegrama de su propia esposa, contándole detalles del cautiverio que han padecido.

Han estado presos durante más de seis meses; los tenían encerrados en tres celdas, con una cama cada una; como eran nueve personas, tenían que dormir tres en cada cama. Las celdas estaban incomunicadas entre sí y solo por las ventanas que daban a un patio, podían verse los de una celda con los de las otras. A este régimen han estado sometidos durante medio año todos los miembros de la familia Miaja, incluso el nieto de dos años, que no ha podido cometer más delito que el de cabalgar sobre las rodillas de su abuelo. Los carceleros les maltrataban amenazaban constantemente. «Si los aviones rojos vienen a bombardear Melilla, os fusilaremos a todos en el acto», decían los falangistas a la hija menor del general.

Desde la zona francesa de Marruecos, la familia de Miaja es trasladada a Marsella. Entonces las radios facciosas dicen que es el propio general quien se encuentra en Marsella porque ha desertado…

Miaja, en su sótano del Ministerio de Hacienda, se ríe a carcajadas cuando se lo cuentan.

—Pude abandonar Madrid —dice— cuando el Gobierno dio la orden de retirada hacia Levante y no lo hice. Juré entonces no abandonar la capital, aunque tenga que perecer en ella. ¿Por qué iba a marcharme ahora, ya que no hay ningún peligro?


Manuel Chaves Nogales
La defensa de Madrid, capitulo XII
















La Defensa de Madrid es una recopilación de dieciséis artículos periodísticos de Manuel Chaves Nogales publicados en dieciséis entregas semanales, entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938 en la revista mexicana Sucesos para todos bajo el título Los secretos de la defensa de Madrid con ilustraciones de Juan Helguera. En 1939 fueron publicados en el diario británico Evening Standard bajo el título de The Defender of Madrid, en doce entregas, del 16 al 28 de enero.

María Isabel Cintas Guillén, tras un exhaustivo trabajo de investigación, reunió los artículos en un libro publicado en 2011, editado por Renacimiento.



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