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1677. Los refugiados españoles.


Albert Camus
(Dréan, Argelia, 7 de noviembre de 1913 - Villeblevin, Francia, 4 de enero de 1960)





En estas mismas columnas hemos expresado ya lo que debemos a nuestros camaradas de España. Creíamos de nuestro deber que eso debía ser dicho, porque ellos habían sido los primeros en entrar en ese silencio que las doctrinas fascistas han iniciado en 1938 a hacer pesar sobre Europa. 

Seguimos pensando que nuestra lucha es la suya y que, nosotros, no podemos ser felices ni libres mientras que España siga esclavizada y martirizada.

Por estas razones nos produce sorpresa el trato que se aplica a hombres que han merecido siempre la libertad.

Cuando hablamos de los españoles es porque los conocemos bien. El trato que se les dispensa no es digno y nosotros queremos unir nuestra protesta a la de la Comisión de Justicia del C.N.R., ante el Ministro responsable.

¿Qué sucede? ¿Se pretende, por el simple juego de cualquier reglamento, concentrar de nuevo los republicanos españoles en un cuartel de París o de evacuarlos hacia provincias donde se encontrarán sin medios de ganarse la vida?

Antes de nada quisiéramos refrescar la memoria de los faltos de imaginación. En 1938 los que calificamos de refugiados, nombre que entonces ignorábamos el sentido aplastante que habría de tener más tarde para nosotros, fueron, en su mayoría, encerrados en campos de concentración. Durante la guerra hicimos de ellos trabajadores forzados.

El régimen de Vichy superó ese innoble proceder, exigiendo de esos hombres la sumisión o la muerte. Los trabajadores españoles debían trabajar para Alemania o ser entregados a España.

Una buena parte de ellos ganaron el maquis y se batieron por nuestra libertad que, con una obstinación digna de mejor suerte, pensaban que era batirse por la suya. Otros, en las ciudades se procuraron falsa documentación lo que les permitió escapar al control de los alemanes y el resto ha trabajado para los ocupantes. 

Hoy se pone orden en todo eso. Es decir que los republicanos que gracias a los certificados

alemanes, falsos o verdaderos, tienen su situación regularizada son concentrados en el cuartel Kellerman o rechazados a otros departamentos. En cuanto a los combatientes del maquis son los que, justamente, se encuentran en la más irregular de las situaciones, ya que no solicitaron acogerse al orden alemán. Pueden, por consiguiente, ser detenidos en cualquier momento.

Hace seis años que dura esa vida. Para esos hombres no ha habido solamente la derrota y el exilio. Han sufrido también seis años de humillaciones y de decepciones. Sabemos el mal que ha hecho cierta propaganda en el espíritu de algunos franceses. Y por esto queremos proclamar muy alto que esos hombres nos han dado los primeros un gran ejemplo de coraje y de dignidad y que somos nosotros los que habríamos de sentirnos orgullosos de tenderles la mano.

Lo único que se opone a ese sentimiento elemental es de orden administrativo. Pero el problema que se nos plantea no es de orden administrativo. Es un problema de corazón. Y si los reglamentos administrativos no corresponden a esas exigencias profundas, el problema es simple: hay que cambiar los reglamentos antes que modificar lo más mínimo la deuda de reconocimiento que tenemos hacia España. 

Ayer pensábamos en esto a la salida de una proyección de “Sierra de Teruel”, el film emocionante de Malraux sobre la guerra de España. Habríamos deseado que todos los franceses vieran el rostro de ese combatiente y de ese pueblo sin igual unidos en el mismo heroísmo y en el mismo sacrificio. Para que podamos merecer el título de gran nación es preciso que sepamos reconocer la grandeza y saludarla donde se encuentre. No puede existir una persona digna de ese nombre que ayer no hubiera sentido su corazón oprimido anta las imágenes de esta lucha de antemano desigual, pero jamás resignada.

Sabemos muy bien que no se puede a la vez recibir al embajador de Franco y rendir justicia a los hombres que él ofende. Pero nosotros declaramos que hay que elegir. No es posible eludir un deber imperioso so pretexto de reglamentos absurdos. Si las oficinas se obstinan en ignorarlos, entonces sería necesario destruir las oficinas a fin de evitar que nos coloque en la situación miserable de un país que exalta la República y la libertad persiguiendo a los más grandes y sinceros de sus defensores.


Albert Camus
Combat, 5 de octubre 1944





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