Lo Último

1678. Madrid






El sitio de Madrid comenzó en la noche del 7 de noviembre de 1936; terminó dos años, cuatro meses y tres semanas después, simultáneamente con el fin de la guerra.

Cuando Luis Rubio Hidalgo me dijo que el Gobierno se marchaba y que Madrid caería al día siguiente, no supe qué decir. ¿Qué podía haber dicho? Sabía, tan bien como otro cualquiera, que los fascistas estaban en las afueras. Las calles estaban abarrotadas de gentes que, en desesperación, marchaban a enfrentarse con su enemigo en las puertas de su ciudad. Se luchaba en el barrio de Usera y en las orillas del Manzanares. Nuestros oídos estaban llenos constantemente con las explosiones de bombas y morteros, y algunas veces nos llegaban los estallidos del fusil o el tableteo de las ametralladoras. Pero ahora, ¡el así llamado Gobierno de Guerra se marchaba -huía- y el jefe de la Sección de Prensa extranjera del Ministerio de Estado estaba convencido de que las fuerzas de Franco entrarían!… Estaba desconcertado, mientras trataba de mantener toda mi corrección. El cajón en el que tenía una melodramática pistola estaba abierto a medias. 

- Nosotros nos vamos mañana también -continuó-; naturalmente, el personal de plantilla. Me gustaría mucho podérmelo llevar a Valencia conmigo, pero comprenderá usted que no puedo hacerlo. Espero, mejor dicho, el Gobierno espera que se mantenga usted en su puesto hasta el último momento. 

Se interrumpió, movió de lado su cara lisa y le rebrillaron sus gafas ahumadas. Tenía que decir algo, porque él había hecho esta pausa. 

- Oh, sí, naturalmente. 

- Bien. Ahora voy a explicarle la situación: como ya le he dicho, el Gobierno sale esta noche para Valencia, pero nadie lo sabe. Se han dejado instrucciones escritas en pliego cerrado al general Miaja para que él pueda negociar la rendición con la menor efusión de sangre posible. Pero, como le digo, es en pliego cerrado que no debe abrir hasta que el Gobierno ya no esté aquí, y él mismo no sabe nada de esto. Ahora se dará usted cuenta de la responsabilidad que le confiamos. Es absolutamente necesario mantener secreto el traslado del Gobierno, para que no estalle el pánico. Lo que tiene usted que hacer es ir a la Telefónica, tomar el servicio como todos los días y no dejar pasar ni la alusión más pequeña. Yo me voy por la mañana temprano con el personal de la oficina y con los periodistas extranjeros que no pueden arriesgar el que Franco los pille aquí, cuando entre. Dormiré en el hotel Gran Vía, frente a la Telefónica, y si es necesario, puede usted llamarme allí en la noche. 

- Pero, si se lleva usted a los periodistas, tienen que saber lo que pasa. 

- No que se marcha el Gobierno. Desde luego, se pueden figurar algo. Ya les hemos dicho que la situación es muy grave y que de un momento a otro el Gobierno les puede pedir que se marchen, para no correr riesgos, y darles coches para que lleguen a Valencia. Algunos se quedarán, pero esto no importa. Ya les he dicho, además, que no tendrán las facilidades de nuestra censura, porque son los militares los que se van a hacer cargo de ello, y que el servicio en la Telefónica se va a suprimir. Los que se quedan son los corresponsales que están seguros en sus embajadas aquí, que no arriesgan nada, y que estarán muy contentos de asistir a la entrada de las tropas. 

- Así, ¿usted está seguro de que entran?


- Pero, querido, ¿qué cree usted que puede hacer media docena de milicianos? Dígame: ¿qué pueden hacer contra el Tercio, los moros, la artillería, los tanques, la aviación, los técnicos alemanes? ¿Qué pueden hacer? Claro que no puedo decirle que van a entrar mañana mismo en Madrid, pero no hace más diferencia que, cuanto más tarde entren, más víctimas habrá. Bueno, y ahora lo que quiero decirle: puede usted dejar pasar la noticia de que, como una medida de precaución, el Gobierno ha evacuado a los corresponsales extranjeros; esto ya lo sabe todo el mundo. Mañana se proclamará que el Gobierno ha decidido trasladarse a Valencia para continuar la guerra desde un punto estratégico, libre de todas las dificultades que se presentan a la organización de una guerra cuando la administración está en la línea de fuego. 

- Y mañana, ¿qué tengo yo que hacer? 

- No tiene usted que hacer nada. A las nueve, cuando se acabe su turno, cierra usted la oficina, se va a casa, y haga usted lo que le parezca mejor para salvar el pellejo, porque nadie sabe lo que puede pasar. Le voy a dejar el sueldo del ordenanza y de los dos ciclistas, y mañana por la mañana les paga usted y les dice que se marchen donde quieran. Le voy a dejar algún dinero para usted, para que si las cosas vienen mal se pueda bandear un poco.

Me dio ochocientas pesetas - dos meses de salario- y después se levantó muy solemne y me alargó la mano como si estuviéramos en un funeral. No podía decirle nada de lo que sentía y bajé la vista para no enfrentarme con la suya. Encima de la mesa, una hilera de fotografías con brillo de seda me mostraban una sucesión de niños muertos. 

Pregunté estúpidamente: 

- ¿Qué va usted a hacer con esas fotografías? 

- Quemarlas, y los negativos también. Queríamos haberlas usado para propaganda, pero conforme están las cosas, al que le cojan ahora con estas fotos le vuelan los sesos en el sitio. 

- Entonces, ¿no se las lleva usted?

- No estoy loco, y además, ya tengo bastantes papelotes… -y comenzó a explicarme algo que yo no escuchaba. Conocía aquellas fotografías. Se habían tomado en el depósito de cadáveres al cual se habían llevado los cadáveres de los niños de la escuela de Getafe que un Junkers, volando bajito, había bombardeado una semana antes. Se les había puesto en fila y se les había prendido un número en las ropitas para identificarlos. Había un chiquitín con la boca abierta de par en par en un grito que nunca acabó. Me pareció como si Rubio Hidalgo, en su miedo, estuviera asesinando de nuevo a estos niños muertos: 

- ¡Déjeme usted llevármelas! 

Se encogió de hombros. Recogió las fotografías como las cartas de una baraja y me alargó una caja con los negativos: 

- Si quiere usted arriesgar el pellejo, es cuenta suya.

Camino de casa me concentré en resolver cómo iba a salvar aquellas fotografías. Habría lucha. Sabía, sin pensarlo mucho, que el pueblo de Madrid se defendería, a navajazos si era necesario. No entrarían los otros tan sencillamente como aquella cara fría de huevo cocido creía y afirmaba con una sonrisa miedosa. Pero podían entrar, probablemente entrarían y entonces comenzarían las denuncias, las detenciones, los registros y los fusilamientos. Verdaderamente, tener aquellas fotografías en casa era firmar la propia sentencia de muerte. Pero no podía dejar que se perdieran; las caras de aquellos niños asesinados tenía que verlas el mundo.

En casa encontré, esperándome, a mi hermano, a mi cuñado y a sus siete chicos. Agustín, imperturbable y tranquilo como siempre, contó su historia. Aquella mañana, su barrio - el barrio obrero al otro lado del puente de Segovia- había sido atacado por los fascistas. Habían huido, como todos los vecinos, y habían cruzado el puente bajo las balas. Las tropas fascistas estaban ahora establecidas en la orilla opuesta del Manzanares y se fortificaban en la Casa de Campo. Su casa era un montón de ruinas. Habían salvado unas cuantas ropas y la cabeza de la máquina de coser. Por el momento se meterían todos en casa de mi hermano Rafael, porque Concha lo prefería a estar con Aurelia, mi mujer.

No discutimos; era absurdo hacer ningún plan definitivo, cuando dentro de veinticuatro horas podíamos estar todos en la misma situación. Les encargué, sin decir lo que pasaba, que prepararan unas cuantas cosas ligeras y estuvieran dispuestos a escapar en cualquier momento. Me fui a la Telefónica. 

Me encontré a los corresponsales en una excitación salvaje, esperando sus conferencias, pasando las últimas noticias de la lucha en los barrios extremos, ayudándose unos a otros si una llamada venía cuando el que la había pedido estaba ausente. Las mesas del cuarto de los periodistas estaban llenas de papeles, tazas sucias, jarras de café, bebidas de todas clases; todos los teléfonos parecían sonar al mismo tiempo y todas las máquinas de escribir pataleaban furiosas. Nadie hizo referencia a la marcha del Gobierno.

Desde la ventana de mi oficina oía, en la oscuridad de la calle, al pueblo marchando en busca del enemigo, chillando y cantando, automóviles disparados con las bocinas incansables; y en el fondo, detrás de los ruidos de la calle, los ruidos del ataque, disparos de fusil, de ametralladoras, de cañón, explosiones de morteros y de bombas. Me senté a censurar los despachos. 

Hacia las dos de la mañana alguien trajo la noticia de que los fascistas habían cruzado tres de los puentes sobre el Manzanares, el de Segovia, el de Toledo y el del Rey, y que se peleaba cuerpo a cuerpo dentro de las tapias de la cárcel Modelo. Esto significaba que estaban dentro de la ciudad. Me negué a pasar la noticia mientras no tuviera una confirmación oficial, y me marché a la sala de conferencias para advertir a los censores en los micrófonos. El americano, enorme - dos metros de altura y más de cien kilos de peso-, que había estado bebiendo sin cesar toda la noche, se enfureció conmigo: Franco había entrado en Madrid y él se lo iba a comunicar a su periódico, por buenas o por malas. El censor de la República se había terminado. Me cogió de las solapas y me sacudió como un pelele. Saqué la pistola, y se lo llevaron dos milicianos. Se dejó caer en una de las camas de campaña y comenzó a roncar instantáneamente. Cuando el último corresponsal hubo mandado su último despacho, el censor del teléfono y yo nos quedamos solos en la inmensa sala con aquel bulto informe roncando ruidosamente. Todos los nervios los teníamos concentrados en el oído. Escuchábamos el ruido creciente de la batalla; el americano dormía su whisky estrepitosamente. Alguien le había echado encima una manta gris y sus dos pies, enormes, calzados con zapatos de gruesas suelas, sobresalían quietos y erectos como los pies de un cadáver. 

No hablábamos. Teníamos los dos los mismos pensamientos y lo sabíamos. 

La Gran Vía, la ancha calle en la que está la Telefónica, conducía al frente en línea recta; y el frente se aproximaba. Lo oíamos. Estábamos esperando oírlo de un momento a otro bajo nuestras ventanas, con sus tiros secos, su tableteo de máquinas, su rasgar de granadas de mano, las cadenas de las orugas de sus tanques tintineando en las piedras. Asaltarían la Telefónica. Para nosotros no había escape. Era una ratonera inmensa y nos cazarían como a ratas. Teníamos una pistola y unos cuantos cartuchos cada uno. Trataríamos de abrirnos camino a tiros a través de los corredores y las escaleras que conocíamos tan bien. Si perdíamos, mala suerte. Pero no esperaríamos a que nos mataran ellos fríamente. Nos defenderíamos hasta lo que pudiéramos. 

Un muchacho joven, diminuto, el repórter en Madrid de la agencia Fabra, entró en el cuarto, con una cara lívida que se contraía en muecas. Me llevó en silencio a un rincón y balbuceó: 

- Barea, ¡el Gobierno ha huido a Valencia! 

- Ya lo sé. No te asustes y cállate. Lo sé desde las seis de la
tarde, y no podemos hacer nada. 

Se echó a temblar y a hipar, a punto de estallar en lágrimas. Le rellené con coñac, como se rellena una botella vacía, mientras lloriqueaba sobre la suerte de sus hijos. Vomitó y se quedó dormido al lado del americano. 

El ruido de la batalla había disminuido. Abrimos las ventanas que daban a la Gran Vía. Era un amanecer gris. Mientras la niebla fría penetraba en la habitación, una nube densa, azulada, de humo de tabaco y de calor humano se escapaba en oleadas por la parte alta de las ventanas.

Me fui a dar una vuelta a través de los diferentes despachos. La mayoría de los periodistas se habían ido, unos pocos dormían en camas de campaña. Su cuarto estaba saturado de humo frío y vapores alcohólicos: abrí una de las ventanas, silenciosamente. Los cuatro censores de los aparatos estaban ahora todos despiertos, esperando su relevo. Las muchachas de los cuadros eran ya las del turno matinal y tenían los labios recién pintados y los cabellos aún húmedos. Los ordenanzas nos trajeron café negro, espeso, de la cantina y echamos un chorro de coñac en cada taza. 

Uno de los censores del teléfono, un hombre canoso y quieto, deshizo un pequeño cucurucho de papel y sacó dos terrones de azúcar: 

- Los últimos -dijo. 

Al otro lado de la calle, a la puerta del hotel Gran Vía, había una hilera de automóviles. Decidí ir a despedir a Rubio Hidalgo. Los vendedores de periódicos comenzaban a vocear las primerasediciones de la mañana. Ya no era un secreto que el Gobierno se había ido a Valencia. Madrid quedaba bajo el mando militar y se encargaría de su defensa una entidad de nueva creación: la junta de Defensa de Madrid. 

- Y ahora, ¿qué, don Luis? - pregunté a mi jefe-. Madrid no ha caído. 

- No importa. Usted haga lo que yo le he dicho ayer. El trabajo se ha terminado, ahora ocúpese de usted mismo. Deje usted a la junta de Defensa que monte su censura con
unos cuantos oficiales, mientras dure. Madrid caerá mañana o pasado. Espero que no habrán cortado el camino de Valencia, pero no estoy muy seguro. La cosa se ha terminado. -Estaba muy pálido y los músculos bajo la gruesa piel blancuzca se contraían a veces. 

Volví a la Telefónica, pagué a Luis el ordenanza y a Pablo el ciclista, y les dije lo que me había dicho Rubio Hidalgo. Luis, un viejo ordenanza del ministerio, ceremonioso y un poco untuoso en sus maneras, pero por dentro un hombre inteligente, resignado y simple, empalideció: 

- Pero, ¡a mí no me pueden echar así! Yo pertenezco al personal del ministerio, soy un empleado de la plantilla del Estado y tengo mis derechos. 

- Bueno. ¿Qué te voy a decir, Luis? Vete al ministerio y trata de resolver las cosas, pero no creo que nadie te haga caso. Se han marchado simplemente, Luis, y te han dejado en tierra. -Yo mismo me sentía desesperado-. Yo por lo menos me voy a casa. El trabajo aquí se acabó.

Mientras aún zascandileaba por allí, vino un censor de teléfonos y me dijo que monsieur Delume había pedido su llamada de todas las mañanas a París e insistía en mandar su despacho. 

- Nosotros -me dijo el hombre- no tenemos ninguna orden de suprimir las conferencias de prensa, pero ¿cómo les voy a dejar a los periodistas hablar con el extranjero y sus despachos sin censurar? ¡Y ahora tú dices que has cerrado la oficina! ¿No crees que debíamos de suprimir las conferencias?

Traté de explicarle el caso de Rubio Hidalgo, pero a medida que hablaba iba tomando una determinación: yo había entrado en la censura no como empleado del Estado, sino como un voluntario de la guerra contra los fascistas. La prensa extranjera, nuestro contacto con el mundo exterior, no podía seguir recibiendo noticias sin control alguno, pero tampoco se la podía silenciar. La censura militar, de la que Rubio Hidalgo había hablado vagamente, no existía. Los militares tenían cosas más urgentes que atender. A lo mejor, lo único que podían hacer los militares era forzar a los periodistas a usar otros medios, como sus embajadas, y esto era aún peor. A pesar de lo que Rubio Hidalgo hubiera dicho, sólo los que estaban defendiendo Madrid, fueran quienes fueran, tenían el derecho de ordenarme abandonar mi puesto. 

Me interrumpí en medio de una frase y dije al hombre: 

- Vamos a hablar con los demás, las cosas no se pueden dejar así. 

Formé consejo con los cuatro censores de teléfonos que eran empleados de la compañía Telefónica, pero a quienes se había dado órdenes de ponerse a disposición del Ministerio de Estado, y decidimos que yo me iría al ministerio y, si era necesario, a las nuevas autoridades que se encargaban de la defensa de Madrid, y obtendría instrucciones oficiales. Mientras tanto, ellos censurarían los despachos de prensa lo mejor que pudieran. Recogí los sellos de la censura y me fui con Luis y Pablo al Ministerio de Estado. 

Los patios encristalados del ministerio estaban llenos de grupos, gritando y gesticulando. En medio del grupo más numeroso, Faustino, el majestuoso portero mayor, llevaba la voz cantante, mientras el sargento de guardias de asalto encargado de la custodia del edificio, escuchaba aburrido: 

- Las órdenes que yo tengo son éstas, y las he recibido del señor subsecretario -gritaba Faustino-. Tengo que cerrar y ustedes se marchan ahora mismo a la calle. - Hizo sonar un manojo de llaves enorme, como un sacristán al anochecer para echar a las beatas rezagadas. 

- ¿Qué es lo que pasa aquí? - pregunté. 

El torrente de explicaciones fue tal que no entendía una palabra y me tuve que volver a Faustino. Titubeó en contestarme. Era claro lo que pasaba por su mente: yo allí era un don nadie, ni aun tan siquiera un empleado de la «casa», mientras que él era el portero mayor del ministerio más importante de España, el poder detrás del trono de cada ministro y mejor afirmado que ellos; el dictador de escaleras abajo en el viejo palacio. Pero también era verdad que su mundo se había hundido, que se fusilaba a la gente, que… y decidió contestarme. 

- Pues bien, mire usted, señor. La cosa es que esta mañana me llamó por teléfono el señor subsecretario de Estado y me dijo que el Gobierno se había ido a Valencia, y que él se marchaba en aquel momento; y que lo que yo tenía que hacer era cerrar el ministerio y decir al personal que se volviera a sus casas a medida que fueran llegando.

- ¿Le ha mandado a usted una orden escrita para que cerrara el ministerio? -pregunté. Era claro que esto no se le había ocurrido a ninguno. 

- No, señor. Es orden personal del subsecretario. 

- Perdone. Hace un momento ha dicho usted mismo que había sido una orden por teléfono. 

- ¡No me va usted a decir que yo no conozco su voz! - Tampoco me va usted a decir que no puede imitarse una voz en el teléfono. - Me volví al sargento en tono de mando-: Bajo mi responsabilidad, usted queda encargado de que no se cierre el ministerio hasta que no haya una orden escrita de una autoridad superior. 

Se cuadró: - De todas formas yo no me hubiera ido, aunque se hubiera cerrado el edificio, porque yo no he recibido órdenes de mis superiores. Pero lo que usted me dice me parece bien. No se apure, esto no se cierra mientras yo esté aquí. 

Me volví para ver lo que los otros decían. 

Eramos unos veinte, todos de pie en medio del patio embaldosado y frío: diez de ellos, empleados del ministerio con sus cuellos planchados, duros, completamente absurdos en el Madrid de los milicianos; cinco o seis ordenanzas en uniformes azules galoneados con oro; y media docena de obreros de la imprenta del ministerio. Menos en cinco de estas caras, en todas las otras vi claramente una incrédula confianza mezclada con miedo; no era difícil de entender el porqué. El ministerio, esta pieza de la maquinaria del Estado en la cual alguno de ellos había gastado su vida entera, había desaparecido de la noche a la mañana. Podían creer en las realidades de la guerra, la revolución, el peligro en que estaba Madrid, la amenaza de Franco y sus tropas, pero no podían creer que el edificio del Estado se derrumbara de golpe y en su derrumbamiento enterrara sus sueldos, su posición social, la base misma de su existencia. Estos empleados modestos, clase media sin más lustre que su título de empleado del Estado, la mayoría de ellos sin creencias políticas, habían visto la tierra bajo sus pies. No pertenecían a ningún sindicato… ¿Dónde iban a ir, qué podían hacer? Se encontraban de golpe en medio de la calle, sin un grupo que los soportara, incapacitados de pedir protección contra el riesgo de que los fusilaran. Se quedaban sin hogar y sin esperanzas si se cerraba el ministerio. Por su parte, el ejército rebelde podía entrar en la ciudad aquel mismo día y se les encontraría como empleados de la República hasta el último momento. Era muy tarde para decidirse por uno de los dos bandos.

Mi intervención les daba una esperanza nueva y les salvaba de responsabilidad futura. Si Franco tomaba Madrid, sería yo, el revolucionario, quien se había apoderado del ministerio por la fuerza bruta y les había obligado a seguir trabajando. Si Madrid resistía, se encontrarían entre los valientes que se habían quedado, que habían resistido sin abandonar su puesto, y nadie les discutiría sus derechos como fieles sirvientes de la República.

Gritaron todos su aprobación. Estaban dispuestos a soportar mi proposición. Faustino se marchó lentamente, regruñendo entre sí, sacudiendo airado su manojo de llaves.

Torres, un joven impresor, se ofreció a acompañarme a la junta de Defensa, pero ni él ni yo, ni nadie, sabía dónde estaba. Al fin nos decidimos a recurrir a Wenceslao Carrillo, un viejo líder socialista que los dos conocíamos y que era el subsecretario del Ministerio de la Gobernación. Como nos figurábamos, aún estaba en Madrid y en su oficina del ministerio, un cubículo de piedra, húmedo y frío, apestando a papeles apolillados y a moho. Había en la ridiculamente pequeña habitación unas dos docenas de personas y el aire era irrespirable. Carrillo se paseaba furioso entre el enjambre de empleados y oficiales de asalto. El viejo socialista, que rebosaba siempre un optimismo sanguíneo y
saludable alrededor suyo, era indudable que aquella mañana estaba de mal humor, sus ojos ribeteados de rojo de una noche en vela y su cara congestionada. Como siempre, hablaba brusco, pero sin sus guiños picaros: 

- Bueno, y vosotros dos, ¿qué queréis? 

Le explicamos la situación en el Ministerio de Estado: no se podía cerrar el ministerio y la censura mientras estuvieran en Madrid las embajadas y los periodistas extranjeros. Por el momento yo había evitado que se cerrara, pero me hacía falta una orden oficial, algo, en fin, que regularizara la situación: 

- ¿Y qué queréis que yo le haga? Todos estamos en el mismo lío. Se han marchado y aquí se queda Wenceslao para dar la cara a lo que venga. ¡Así se los lleve el diablo a todos ellos juntos! Claro que a mí no me han dicho una palabra de que se marchaban, porque si me lo hubieran dicho… Bueno, mirad, arregladlo entre vosotros mismos como podáis. Id a la junta de Defensa. 

- Pero ¿dónde está la junta de Defensa? 

- ¿Y yo qué demonios sé dónde está? El amo es Miaja y Miaja anda por ahí pegando tiros. Y si no, lo mejor que podéis hacer es ir al Partido y que os den allí instrucciones. No fuimos al Partido Socialista, que era lo que Carrillo pretendía. Yo había perdido toda mi confianza en su capacidad de asumir la autoridad y responsabilidad en una situación difícil, y mi compañero Torres, un viejo miembro de las juventudes socialistas, hacía poco que se había unido a los comunistas. Nos fuimos al comité provincial del Partido Comunista. Allí nos dijeron que la junta de Defensa no estaba aún constituida, pero que Frades, uno de los destacados en el Partido, sería secretario del Comité Ejecutivo de la junta. Frades nos explicó que nuestro caso no podía resolverse hasta que la junta existiera de hecho; debíamos volver a verle al día siguiente, y mientras tanto lo mejor era que no abandonáramos el ministerio. No discutió lo que yo había hecho, ni yo tampoco le pedí su opinión. Era obvio que ningún puesto de importancia en Madrid debía abandonarse.

Regresamos Torres y yo tan absortos en nuestro problema inmediato y el peligro probable de que hubiera elementos fascistas entre el personal del ministerio, que olvidamos la batalla que seguía furiosa a menos de cuatro kilómetros de nosotros. Luis, mi ordenanza en la Telefónica, me preparó una cama provisional en la sala de prensa del ministerio con uno de los enormes divanes color Corinto que allí había.
Se había enfundado en su uniforme de ordenanza e iba y venía con la suavidad y tacto de un perfecto sirviente, aunque debajo de su apariencia suave estaba terriblemente excitado: don Luis le había querido echar a la calle como se echa un perro viejo con sarna, y yo le había salvado de la miseria; «le había salvado la vida» era lo que decía él. Estaba convencido de que se aprobaría oficialmente lo que había hecho y de que se me nombraría. Yo pensaba que también era posible que me dieran cuatro tiros, pero estaba demasiado exhausto para preocuparme. Telefoneé al control de la Telefónica y les pedí que se encargaran de censurar las conferencias aquella noche. Después me dormí como un leño. 

Al día siguiente Torres y yo fuimos al palacio del banquero Juan March, en el cual la Junta de Defensa estaba instalando sus oficinas. Frades me alargó un papel con la cabecera impresa: «Junta de Defensa de Madrid. Ministerio de la Guerra. Este Consejo de Defensa decreta que, hasta nueva orden de este mismo Consejo de Defensa, la totalidad del personal del Ministerio de Estado se mantendrá en sus puestos. El Secretario: Frades Arondo. Madrid, 8 de noviembre de 1936. Sellado por el Comité Ejecutivo de la Junta». Aún conservo el documento. Cuando volvimos al ministerio, el orondo Faustino vino a mí con gran secreto: 

- El señor subsecretario está en su despacho. 

- Bueno, déjele allí. ¿No se había ido a Valencia?

- ¡Oh, sí! Pero se le ha estropeado el coche. 

- Ya le veré más tarde. Ahora, hágame el favor de pasar aviso a todo el personal de reunirse en el despacho de prensa.

Cuando todos los empleados estaban reunidos, les mostré la orden de la junta y les dije: 

- Creo que lo que se debería hacer ahora es formar inmediatamente un comité del Frente Popular que tome sobre sí la responsabilidad de lo que se hace. Y aparte de esto, cada uno debe quedarse en su puesto hasta que haya órdenes concretas de Valencia.

Torres, que era joven e ingenuo, quiso hacer las cosas en gran estilo. Le mandó a Faustino que abriera el salón de embajadores, y dispuso: 

- Como la mayoría de vosotros no pertenece a ninguna organización, nos vamos a reunir en el salón de embajadores únicamente los que estamos afiliados a alguna. 

Eramos nueve, los seis impresores, dos empleados y yo. Torres asumió la presidencia. Era chiquitín y flaco y su cuerpecillo insignificante se hundió demasiado hondo en el muelle sillón del ministerio.

El salón de embajadores es una larga habitación, casi completamente llena por la enorme mesa central. Las paredes están tapizadas de brocado rojo y gualda, las sillas tienen respaldos curvados y dorados, asientos tapizados de rojo, y las garras en que rematan sus patas se hunden profundamente en la gruesa alfombra floreada. Sobre la mesa, frente a cada sillón, hay una carpeta de cuero con el escudo de España estampado en oro. Torres, en mangas de camisa, se encaró con nosotros, los tres chupatintas venidos a menos y los cinco impresores en blusa azul: 

- ¡Camaradas!… 

La enorme sala nos empequeñecía y nos hacía borrosos; para contrarrestar este sentimiento, manteníamos la discusión a puros gritos. Cuando salimos, la alfombra estaba salpicada de ceniza de cigarrillos y los brocados impregnados de humo frío de tabaco malo. Mientras desfilábamos, Faustino entró y comenzó a abrir los balcones para purificar el santuario; pero nosotros estábamos contentos. Habíamos formado un Comité del Frente Popular, del cual era presidente Torres y yo secretario. Y habíamos fundado también la Unión de Empleados del Ministerio de Estado. Una hora más tarde se había adherido todo el personal.

El sargento de los guardias de asalto me llamó a su cuarto, y, cuando entré, cerró la puerta con gran cuidado: 

- Ahora, ¿qué vamos a hacer con el tío ese?

- ¿Con qué tío? 

- Con el subsecretario. Yo creo que debería suprimírsele. 

- Hombre, no sea usted bruto. 

- Yo puedo ser un bruto, pero ese fulano es un fascista. ¿Sabe usted lo que le ha pasado? Tenía miedo de pasar a través de Tarancón, porque allí están los anarquistas, y por eso se ha vuelto a Madrid. ¿Usted no conoce la historia? Pues todo Madrid la conoce ya. En Tarancón, los anarquistas estaban esperando al Gobierno y a todos los peces gordos que se escaparon la otra noche, y querían fusilarlos a todos. El único que tuvo reaños para enfrentarse con ellos fue nuestro propio ministro, don Julio, pero los hubo que se escaparon sin ponerse más que el pijama y yo creo que alguno hasta se ensució en él.

Me fui a ver al subsecretario de Estado. Los ojos del señor Ureña estaban dilatados detrás de sus gafas, la cara tenía un ligero tinte verdoso como el de los cirios de las iglesias. Me ofreció una silla. 

- No, muchas gracias. 

- Como usted quiera.

- Quería únicamente decirle que tengo esta orden de la junta de Defensa, de acuerdo con la cual el ministerio no puede cerrarse. 

- Bueno, lo que usted diga. -No había duda de que el hombre estaba temblando de miedo y su mente llena de visiones de piquetes de ejecución. 

- Esto es todo lo que quería comunicarle. 

- Bien, bien. Pero yo tengo que salir esta tarde para Valencia. 

- Yo no tengo nada en contra. Usted es el subsecretario de Estado y yo no soy más que un temporero en la censura. Supongo que usted tiene sus órdenes directas del Gobierno. La única cosa que yo tengo que decirle es que este ministerio no se cierra. Lo demás no me importa. 

- Oh, bien, entonces todo está bien. Muchas gracias. 

El señor Ureña se marchó aquella tarde y Madrid no volvió a verle. Torres me dio una orden firmada del Comité del Frente Popular ordenándome hacerme cargo del departamento de prensa. En la oficina de censura estaba sentado un hombre ya maduro con un mechón de pelo blanco, el periodista Llizo, un hombre bien educado y de una honradez absoluta, que me recibió con una exclamación de alivio: 

- Gracias a Dios que esto comienza a arreglarse. ¿Usted sabe lo que los periodistas han mandado ayer sin nadie que lo censurara? 

- ¡Pero los censores de teléfonos se habían encargado de ello! - Sí, puede ser, y parece que lo han hecho durante la noche. Pero durante el día, la mayoría de los periodistas hacían sus llamadas desde aquí y telefoneaban sus despachos en la sala de prensa, porque les era mucho más cómodo. Y como antes nosotros censurábamos en el aparato, naturalmente, la Telefónica ha conectado las llamadas y no se ha preocupado de nada más, en la seguridad de que nosotros estábamos todavía haciendo la censura. O tal vez todo el mundo se ha hecho un lío. De todas maneras, ¡mire usted lo que se ha mandado al mundo ayer! 

Miré el montón de papeles y se me revolvió el estómago. Los sentimientos contenidos de muchos periodistas se habían volcado allí. Había textos que no disimulaban, entre malicias, la alegría de que Franco estuviera, como ellos decían, dentro de la ciudad. Las gentes que leyeran aquellos despachos en otros países estarían convencidos de que los rebeldes habían ya conquistado Madrid y que la última resistencia, floja y desorganizada, terminaría inmediatamente. Había también informaciones justas y sobrias, pero la visión general que surgía de aquella odiosa mezcolanza era la de una confusión terrible -algo de esto había en verdad-, sin que apareciera la llamarada de valor y determinación de luchar que existía también y que era, en la jerga del periodismo, la «historia real». Nunca me he convencido tan completamente como entonces de la necesidad absoluta de una censura de guerra, leyendo aquellas informaciones llenas de malicia y de embustes, y dándome cuenta del daño que nos hacían en el extranjero. Era una derrota que se la debíamos al hombre a quien el miedo había llevado a desertar. 

El mismo día, un hombre vestido de luto, escuálido, con cara de enfermo del estómago, vino a verme: 

- Mire usted, yo soy el delegado del Estado en la compañía Transradio. He oído que usted había arreglado las cosas aquí y he venido a ver qué me aconseja. Sabe usted, yo tengo que censurar todos los radios que se mandan al extranjero, menos los que mandan ustedes ya censurados, claro, y la mayoría de estos radios proceden de las embajadas. Como usted pertenece al Ministerio de Estado y todo el mundo se ha marchado, he pensado que usted me podría ayudar. Francamente, yo no sé qué hacer, yo no soy un hombre muy enérgico. -Se estiró la corbata y me alargó un paquete de telegramas. Le expliqué que yo no tenía autoridad para intervenir en sus asuntos y traté de convencerle de que fuera a la junta de Defensa. 

- He estado allí. Me dijeron que siga haciendo la censura como siempre. Pero, ahora pasan cosas… ¿qué voy a hacer yo con esto? - Escogió uno de los telegramas dirigido a «S. E. el Generalísimo Franco. Ministerio de la Guerra. Madrid». Era un pomposo mensaje de felicitación al conquistador de Madrid, firmado por el presidente de una de las más pequeñas repúblicas latinoamericanas. 

- Bueno, eso es fácil -le dije-. Devuélvalo con la nota corriente en el servicio: 

«Desconocido en las señas indicadas».

Pero si este telegrama no era importante desde el punto de vista de la censura, había otros, en clave, de embajadores y legisladores cuyo partidismo por Franco era indudable. Había radios para y de españoles con la dirección de embajadas extranjeras, donde estaban refugiados, cuyo texto dejaba ver claramente las más ingenuas combinaciones bajo simples mensajes familiares. El remitente más prolífico era Félix Schleyer, el comerciante alemán que yo sabía era uno de los agentes nazis más activos, pero que gozaba de una extraterritorialidad espuria como administrador de la legación de Noruega en ausencia del ministro, que residía en San Juan de Luz.

Para ayudar al pobre interventor del Estado en la radio y para evitar algo de aquel desastre, tomé a mi cargo decidir extraoficialmente qué despachos debía mandar y cuáles retener. Pero no me hacía ilusiones: no estábamos en condiciones de enfrentarnos con las cosas que habían abandonado los que así se marcharon sin mirar atrás. Pero tampoco podía yo hacer lo que ellos y rehuir la responsabilidad, aunque me consumiera la furia de mi impotencia y la ira contra los burócratas que habían huido con pánico, sin dejar nada previsto para la continuidad de su trabajo, seguros de la rendición de Madrid. El caso de los radiotelegramas, aunque no me concerniera directamente, me ponía claramente de relieve que esto mismo había ocurrido en cada oficina del Estado, y que los que se habían quedado en Madrid tenían que montar, como yo, servicios de emergencia que seguirían forzosamente las leyes de una
defensa revolucionaria, pero no las leyes de precedencia.

Reorganicé la censura de prensa extranjera con los cinco empleados que Rubio Hidalgo había dejado abandonados. Algunos de los periodistas nos mostraron inmediatamente un resentimiento hosco; el restablecido control les irritaba abiertamente.

- Ahora mandarán por las valijas diplomáticas todo el veneno que tienen dentro -dijo uno de los censores. 

Lo que había montado era una estructura raquítica. Estábamos aislados, sin instrucciones y sin información oficial, y sin ninguna autoridad consultiva con excepción de la junta de Defensa, y la junta de Defensa tenía otras preocupaciones que el ocuparse de la censura de prensa extranjera. Nadie sabía por cierto a qué departamento pertenecíamos y yo no conseguía obtener comunicación telefónica con Valencia. Sin embargo, me sentía orgulloso de mantener el servicio. 

A nuestro alrededor, Madrid estaba sacudido por una exaltación febril: los rebeldes no habían entrado. Los milicianos se felicitaban unos a otros y a sí mismos en las tabernas, borrachos de vino y de fatiga, dando un escape a sus miedos y a sus excitaciones con unos cuantos vasos, antes de volver a la esquina o a la barricada improvisada que aún persistía. Aquel domingo, el interminable 8 de noviembre, desfiló por el centro de la ciudad una formación militar compuesta de extranjeros en uniforme, equipados con armas modernas: la legendaria Brigada Internacional, que había sido entrenada en Albacete, venía en ayuda de Madrid. Después de las noches del 6 y del 7, cuando Madrid se había quedado sola en su resistencia desesperada, la llegada de estos antifascistas de países lejanos era una ayuda increíble. Antes de que terminara el domingo, circulaban ya por Madrid historias de la bravura de los batallones internacionales en la Casa de Campo; de cómo «nuestros» alemanes habían resistido la metralla de las máquinas de los «otros» alemanes que iban en vanguardia de las tropas de Franco; de cómo nuestros camaradas alemanes se habían dejado aplastar por estos mismos tanques alemanes antes que retirarse. Estaban llegando tanques rusos, cañones antiaéreos, aeroplanos y camiones llenos de munición. Se corría el rumor de que los Estados Unidos estaban dispuestos a vender armas al Gobierno. Queríamos creerlo. Esperábamos todos que, ahora, a través de la defensa de Madrid -¿qué mejor voto?-, el mundo se enteraría al fin de por qué luchábamos. La censura de prensa extranjera en Madrid era una parte de esta defensa; o al menos entonces yo lo creía así.

Una de aquellas mañanas, los cañones de sitio que los rebeldes habían emplazado comenzaron su bombardeo diario del amanecer. Lo llamábamos «el lechero». Estaba dormido en un sillón en el ministerio cuando me despertó una serie de explosiones en la vecindad. Las granadas estaban cayendo en la Puerta del Sol, en la plaza Mayor, en la calle Mayor, a trescientos metros escasos del edificio donde yo estaba. De pronto, las gruesas paredes temblaron, pero la explosión y destrucción por la que esperaban mis nervios no llegó, como debía, segundos después. En algún sitio, en los pisos altos, se oían gritos y carreras, y gente medio vestida se volcaba escaleras abajo. Faustino envuelto en una vieja bata, su mujer en enaguas y chambra, con sus pechos blanduchos restallando, un grupo de guardias de asalto en mangas de camisa, los pantalones desabrochados. En el patio, más al sur, se amansaba una nube de polvo nacida en el techo.

Un obús había tocado el edificio, pero no había estallado. Había pasado a través de las viejas gruesas paredes y se había tumbado a descansar a través del umbral del dormitorio de los guardias. La madera del piso estaba humeante aún y en la pared de enfrente había un roto. Una hilera de volúmenes del diccionario Espasa-Calpe había brincado en un remolino de hojas sueltas. Era una granada de 24 centímetros, tan grande como un recién nacido. Después de conferencias sin fin aquí y allá, vino un artillero del parque de artillería y desmontó la espoleta; el obús vendrían a recogerlo después. 

Los guardias transportaron el enorme proyectil, ahora inofensivo, al patio. Alguien tradujo la tira de papel que se había encontrado en el hueco entre la espoleta y el corazón de la bomba. Decía en alemán: «Camaradas: no temáis. Los obuses que yo cargo no explotan. -Un trabajador alemán». Se abrieron de par en par las grandes puertas de hierro y sobre una mesa colocamos el obús, para que todos lo vieran. Vinieron miles a contemplar el obús y la tira de papel escrita en caracteres góticos. Ahora que los obreros alemanes nos ayudaban íbamos a ganar la guerra. «¡No pasarán, no pasarán!» Un avión, deslumbrante en la luz del sol como un pájaro de plata, volaba muy alto sobre nuestras cabezas. Las gentes se lo señalaban unos a otros: «¡Uno de los nuestros! Un ruso. ¡Viva Rusia!». El avión trazó una curva airosa, descendió sobre los tejados y dejó caer un rosario de bombas en el centro de la ciudad. La multitud se dispersó por un momento y volvió a conglomerarse para restaurar su fe, contemplando sobre la mesa el obús muerto, los guardias de asalto haciendo centinela. 

Me fui a casa y recogí las fotografías de los niños asesinados en Getafe. Me las llevé al Partido Comunista para que se usaran en carteles de propaganda.

En la mañana del 11 de noviembre, Luis vino a decirme que dos extranjeros me estaban aguardando en la oficina de Rubio Hidalgo.

Cuando entré en el cuarto oscuro y mustio, con las señales todavía vivas de la huida reciente, me encontré con un hombre aún joven, de facciones enérgicas, móviles y bien coloreadas, gafas de concha y un tupé de pelos castaños rizados sobre la frente, paseándose de arriba abajo, y una mujer pálida y frágil, con labios desdeñosos y un moño de pelo ratonil, recostada contra la mesa. No tenía la más mínima idea de quiénes podían ser. Periodistas, no, desde luego. El hombre golpeó un manojo de papeles
sobre la mesa y dijo en mal español, con un acento gutural:

- ¿Quién es el responsable de todo esto? Tú, supongo, ¿no?
- Hizo la pregunta en un tono agresivo que me revolvió. Contesté agrio: 

- ¿Y quién eres tú? 

- Mira, camarada. Éste es el camarada Kolzov de Pravda e Izvestia. Venimos del Comisariado de Guerra y queremos saber algunas cosas sobre ti. -Ella hablaba con un marcado acento francés. Miré el montón de papeles. Eran los despachos de prensa mandados sin el sello de la censura el 7 de noviembre. 

El ruso se volvió a mí y gritó: 

- Esto es una vergüenza. Quien quiera que sea el responsable de esta clase de sabotaje, merece que le fusilen. Los hemos visto en el comisariado cuando alguien del ministerio los llevó para que se enviaran a Valencia. ¿Eres tú quien ha dejado a los periodistas decir estas cosas? ¿Tú sabes lo que has hecho? 

- Lo único que sé es que soy yo quien ha evitado que esto siguiera pasando -repliqué-. Nadie se ha preocupado de ello, y tú me parece que también te has enterado un poco tarde. -Y comencé a explicar toda la historia, menos molesto por la manera imperativa de Kolzov que satisfecho de que al fin alguien se ocupara de nuestro trabajo. Terminé diciéndole que hasta entonces estaba encargado de la censura sin autoridad alguna, con excepción de la mía y la del improvisado Comité del Frente Popular, consistente en nueve personas. 

- La autoridad de quien tú dependes es el Comisariado de Guerra. Vente con nosotros y Susana te dará una orden del comisariado. 

Me llevaron en un coche al Ministerio de la Guerra donde encontré que la mujer, a quien llamaban Susana, estaba actuando como secretaria responsable del Comisariado de Guerra de Madrid; aparentemente sin más razón que el haber mantenido su cabeza firme, porque hasta entonces no había sido más que una mecanógrafa. Grupos de oficiales de las milicias entraban y salían, gentes entraban violentamente gritando que no les había llegado el armamento que les estaba destinado; y tal hombre, Kolzov, se mezclaba en cada discusión y gritaba con toda la autoridad de su vitalidad y de su arrogancia. 

Me alegraba caer bajo el Comisariado de Guerra. Álvarez del Vayo, que era mi jefe supremo en su calidad de ministro de Estado, había sido nombrado comisario general. Aún no le conocía personalmente, pero estaba bien predispuesto por el sentimiento popular hacia él; había sido el primero de los ministros que había vuelto a Madrid y había hecho contacto con el frente de batalla de la ciudad sitiada. Todo el mundo narraba cómo él solo se había enfrentado con el grupo de anarquistas de Tarancón como un hombre. Las gentes recordaban que era él quien había dicho la verdad acerca de nuestra guerra a los diplomáticos, reunidos en Ginebra. Esperaba que, en las condiciones del estado de sitio, la censura de prensa extranjera se mantendría libre de interferencias de la burocracia del Ministerio de Estado emboscada en la retaguardia de Valencia. 

La orden escrita que recibí del Comisariado de Guerra el 12 noviembre decía así: Teniendo en cuenta el traslado a Valencia del Ministerio de Estado y de la necesidad indispensable de que el departamento de prensa de dicho ministerio continúe funcionando en Madrid, el comisario general de Guerra ha decidido que el dicho departamento de prensa dependerá de ahora en adelante del comisario general de Guerra y, por otra parte, que Arturo Barea Ogazón será responsable del mismo, con la obligación de rendir un informe de sus actividades al comisario general de Guerra. 

En la tarde de aquel mismo día, Rubio Hidalgo llamó desde Valencia. Venía a Madrid para arreglar las cosas. Informé al comisariado. Me dijeron que no le dejara tocar un solo papel y que le llevara al Ministerio de la Guerra; ya se encargarían ellos de él.

 - ¿Y suponiendo que no quiera ir? 

- Te lo traes entre dos guardias de asalto. 

Hasta entonces había rehusado utilizar el despacho de Rubio. Era una habitación dispuesta para el jefe de sección que podía sentarse allí con todos los honores de su cargo, sin que le molestara el trabajo de otros. Por otra parte, odiaba el olor de la habitación. Pero cuando Rubio Hidalgo llegó de Valencia, le recibí en su propio despacho, sentado a su mesa, e inmediatamente le transmití la orden del Comisariado de Guerra. Palideció más de lo que era y guiñó sus ojos ganchudos:

- Bueno, vamos. 

En el comisariado escuchó en silencio la reprimenda agria y cruda; después puso sus cartas sobre la mesa. Él era el jefe de prensa del Ministerio de Estado; el Comisariado de Guerra tenía que oponerse a cualquier acción desorganizada y brutal, puesto que reconocía la autoridad del Gobierno y su propio jefe era un miembro de él. La posición legal de Rubio era inatacable. Se acordó que la Oficina de Prensa y Censura en Madrid seguiría dependiendo de él en su calidad de jefe de prensa. Estaría bajo el Comisariado de Guerra en Madrid para las instrucciones inmediatas, y, a través del comisariado, bajo la junta de Defensa. El Departamento de Prensa del Ministerio de Estado seguiría pagando los gastos de la oficina de Madrid, los despachos censurados se seguirían enviando a Rubio Hidalgo. Estuvo suave y convincente.

Cuando volvimos al ministerio discutió conmigo los detalles del servicio: las reglas generales para la censura sobre cuestiones militares me serían dadas por las autoridades de Madrid. Acordamos que el servicio debía trasladarse en bloque a la Telefónica. Los periodistas pedían el cambio; la mayoría de ellos vivían en hoteles cercanos a la Telefónica y encontraban muy inconveniente el ir y venir todos los días al ministerio a través de un Madrid salpicado de cañonazos. Teníamos también el interés de liberar a los censores de la Telefónica de su trabajo eventual como censores de prensa y en organizar los turnos de trabajo con nuestro escaso personal. Rubio prometió mandarme desde Valencia otro censor. Se marchó con apreciaciones entusiastas para el trabajo arduo que habíamos hecho y con acendradas protestas de amistad. Me quedé convencido de que me odiaba, aún mucho más que yo a él. 

Cuando nos hubimos instalado en la Telefónica, me fui por unas horas. Era mi primer descanso desde el 7 de noviembre. Tenía el cerebro acorchado y quería respirar un poco de aire. Ir a casa no había ni que pensarlo. Me marché Gran Vía abajo, hacia el barrio de Arguelles y el paseo de Rosales, el barrio que había sido casi demolido por el bombardeo concentrado en los primeros días de sitio, cuando los tanques alemanes de los rebeldes se preparaban trepar hasta la plaza de España. Habían comenzado a subir la cuesta de San Vicente, pero habían sido rechazados cuando casi llegaban a ver la estatua de bronce de don Quijote. Toda la parte de Argüelles alrededor del paseo de Rosales y de la calle de Ferraz, que debía haber sido la brecha abierta en la muralla de defensa, estaba entonces evacuada y declarada zona de guerra, como parte frente. 

Se había disipado la niebla de la noche anterior y el cielo era despiadadamente azul. Contemplé cada brecha y cada agujero en el Cuartel de la Montaña. Los jardines al pie estaban pelados y sucios. Algunos de los agujeros servían de marco al sol en los patios. El edificio era ahora una cáscara vacía y silenciosa que recibía los ruidos del frente y los devolvía amplificados y terribles. El tableteo de las ametralladoras allá abajo repercutía en las galerías del cuartel. 

Hasta aquí llegaban los signos de vida humana, el ruido de gentes en algún rincón abandonado del cuartel, compañías de milicianos marchando por las avenidas hacia el frente, centinelas de guardia en puertas rotas. Quise seguir en dirección al paseo de Rosales, pero un soldado me hizo retroceder. 

- No se puede pasar, compañero, está barrido por las ametralladoras. 

Seguí por la calle paralela, la calle de Ferraz. Estaba desierta. Conforme avanzaba, la calle muerta se iba apoderando de mí. Había casas absurdamente intactas, lado a lado de montones inmensos de basura y escombro. Había casas cortadas limpiamente por un hachazo gigante que mostraban sus entrañas como una casa de muñecas abierta. En los pocos días que habían transcurrido, las nieblas habían estado trabajando en silencio: habían pelado el papel de las paredes y lo habían convertido en largas tiras pálidas que flameaban al viento. Un piano caído sobre su cojera mostraba sus dientes blancos y negros. Se balanceaban las lámparas del comedor con las pantallas pretenciosas de faldillas bordadas, ahogadas de vigas desnudas. Detrás de una ventana flanqueada de erizados cuchillos de roto cristal, un espejo intacto, desvergonzado, reflejaba un diván que dejaba escapar sus intestinos.

Pasaba bares y tabernas: uno cuyo piso había sido tragado por la boca oscura y aún hambrienta de la cueva, otro con las paredes intactas, pero el mostrador de cinc arrugado, el reloj en la pared, una retorcida masa de ruedas y muelles y una cortinilla roja agitándose delante de nada. Entré en una taberna que no estaba herida, sólo abandonada. Sillas y banquetas continuaban alrededor de las mesas pintadas de rojo, las botellas y los vasos estaban aún como los dejaron los parroquianos. En la pila del mostrador, el agua era espesa y llena de lodo en el fondo. Por la boca de un frasco de vino, cuadrado, renegrido de posos secos de vino, apareció lentamente una araña, se afirmó sobre el borde con sus dedos peludos y se me quedó mirando. Me marché de prisa, casi corriendo, perseguido por el grito y por la mirada de las cosas muertas. Los carriles del tranvía, arrancados del pavimento de piedra, retorcidos en rizos convulsos, me cerraban el paso, como serpientes llenas de furia. La calle no tenía fin.


Arturo Barea
"La Forja de un rebelde" III La Llama - Segunda parte (1951)
Capítulo I - Madrid



4 comentarios:

  1. Arturo Barea, no representa la memoria de mi pueblo, representa la memoria de los míos, de mis más allegados, de mis más queridos... Manuel Chaves Nogales, ese si, representa la memoria de mi pueblo, calle a calle. A los dos los has dado, como a tantos y tantos, voz y recuerdo en este espacio. ¡ROSAS!

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  2. Gracias José Miguel. ¡Por la Memoria!
    Un abrazo.

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  3. Gracias, María Torres, por tu maravilloso aporte. Aquí hay un hito que muchos quisieran dar por olvidado, pero no, las cosas no funcionan así. Me llevará tiempo abarcarlo pero seguro que en un tiempo lo voy a tener cerca. Un saludo! ;)

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    1. Gracias a ti, José Manuel, por encontrarnos en este espacio contra la desmemoria. No hay olvido, no. Un saludo fraternal.

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