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1730. Carta de Unamuno a Quintín de Torre





Sr. D. Quintín de Torre

Acabo de recibir, mi querido amigo y co-bilbaíno, su nueva carta y quiero contestarle arres (sic) y sin dejar que se me enfríe el ánimo.

Me dice usted que su carta, como todas las que escribe desde ahí, van abiertas, que así se lo recomiendan y es por la censura. Lo comprendo. Yo, por mi parte, cuando escribo calculo que esa censura puede abrir mis cartas, lo que naturalmente –usted me conoce– me mueve a gritar más la verdad que aquí se trata de disfrazar.

Le agradezco las noticias que me dá, pero en cuanto a eso de que los rojos –color de sangre– hayan sacado los ojos, el corazón y cortado las manos a unos pobres chicos que cojieron no se lo creo. Y menos después de lo que me añade. Su “esto es cosa cierta” lo atribuyo, viniendo en carta abierta y censurada, a la propaganda de exageraciones y hasta mentiras que los blancos –color de pus– están acumulando. Sobre una cierta base de verdad.

Me dice usted que esta Salamanca es más tranquila, pues aquí está el caudillo. Tranquila? Quiá! Aquí no hay refriegas de campo de guerra, ni se hacen prisioneros de ellas, pero hay la más bestial persecución y asesinatos sin justificación. En cuanto al caudillo –supongo que se refiere al pobre general Franco– no acaudilla nada en esto de la represión, del salvaje terror de retaguardia. Deja hacer. Esto, lo de la represión de retaguardia, corre a cargo de un monstruo de perversidad, ponzoñoso y rencoroso, que es el general Mola, el que sin necesidad alguna táctica, hizo bombardear nuestro pueblo. Ese vesánico no ha venido –al revés de Franco– si no a vengar supuestos agravios de tiempo de la dictadura primoriberana y a satisfacer los odios carlistas de los que en las anteriores guerras civiles se ensañaron con nuestro Bilbao.

Ahora, sobre la base, desgraciadamente cierta, de lo del Frente Popular, se empeñan en meter en él a los que nada con él tuvieron –tuvimos parte– y andan a vueltas con la Liga de los Derechos del Hombre, con la masonería y hasta con los judíos. Claro está que los mastines –y entre ellos algunas hienas– de esa tropa no saben ni lo que es la masonería ni lo que es lo otro. Y encarcelan e imponen multas –que son verdaderos robos– y hasta confiscaciones y luego dicen que juzgan y fusilan. También fusilan sin juicio alguno. (Claro que los jueces carecen de juicio, estupidizados en general por leyendas disparadas) y “esto es cosa cierta” porque lo veo yo y no me lo han contado. Han asesinado, sin formación de causa, a dos catedráticos de Universidad –uno de ellos discípulo mío– y a otros. Últimamente al pastor protestante de aquí, por ser... masón. Y amigo mío. A mí no me han asesinado todavía estas bestias al servicio del monstruo que pretendió que yo diera un certificado de buena conducta. ¿A quien creerá usted? A Martínez Anido, el mesánico.

Qué cándido y que lijero anduve al adherirme al movimiento de Franco, sin contar con los otros, y fiado –como sigo estándolo– en este supuesto caudillo. Que no consigue civilizar y humanizar a sus colaboradores. Dije, y Franco lo repitió, que lo que hay que salvar en España es la “civilización occidental, cristiana” puesta en peligro por el bolchevismo, pero los métodos que emplean no son civiles, ni son occidentales sino africanos –el africano no es, espiritualmente, Occidente– ni menos son cristianos. Porque el grosero catolicismo tradicionalista español apenas tiene nada de cristiano. Eso es militarización africana pagano-imperialista: y el pobre Franco, que ya una vez rechazó –si bien tímidamente– aquello de Primo de Rivera de “los de nuestra profesión y casta”, refiriéndose a la oficialidad de carrera, que no es el ejército, como el clero no es la Iglesia, el pobre Franco se ve arrastrado en ese camino de perdición. Y así nunca llegará la paz verdadera. Vencerán, pero no convencerán; conquistarán, pero no convertirán.

Lo que le digo desde ahora es que todos los buenos y nobles y patriotas españoles inteligentes, que sin haber tenido nada que ver con el Frente Popular, están emigrados no volverán a  España. No volverán. No podrán volver como no sea a vivir aquí desterrados y envilecidos.
             
Esta es una campaña contra el liberalismo, no contra el bolchevismo. Todo el que fue ministro en la República, por de derecha que sea, está ya proscrito. Hasta a Gil Robles –figúrese, a Gil Robles!– le tienen desterrado. Unos días que pasó aquí, en su pueblo, hace poco, tuvo que estar recluido en casa de un amigo. Como yo estoy recluido en la mía.

Y basta.

Haga usted de esta carta el uso que le parezca y si el pobre censor de esa quiere verla que la vea y si le parece, que la copie.

Pobre España! y no vuelva a decir “¡Arriba España!” que este se ha hecho ya santo y seña de arribistas.

Reciba un abrazo de


Miguel de Unamuno
Salamanca, 13 de diciembre de 1936
Epistolario inédito II (1915-1936)



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