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1809. El horror del fascismo en Extremadura

El 19 de julio, el pueblo extremeño de Villanueva de la Serena caía en poder de los fascistas. El hecho no era para sorprender a nadie..., a nadie que no le pidiese peras al olmo, por supuesto, y sabido es que esta petición era, desde bastante atrás, el signo bajo el cual se decía que se quería defender la República. Bueno, al grano. Un teniente coronel sublevado del 10 de agosto: la “zona”, con el espeluznante recuerdo de la matanza -verdadera “caza del hombre”- que, según la frase imperecedera del entonces ministro de la Gobernación, señor Rico Avello, fué “una sofocación de una rebelión que había salido como las propias rosas”; una Guardia Civil que, desde el 16 de febrero, freía literalmente a cacheos y registros a todo el que le olía a militante de partido de clase, o simplemente a hombre de izquierdas... El fascismo se instaló allí como en su casa. Detención de todos los concejales y directivos obreros. La compañera del más significado de éstos, Josefina Jiménez, es también presidente de la Agrupación femenina. En su casa se han “movido” muchas cosas; entre otras, la distribución entre familias simpatizantes a raíz de octubre, de niños asturianos; ella misma tiene “amadrinada” a una asturianita. En su casa habita la diputado socialista de la provincia cuando viene por ahí, y en ella recibe a las comisiones de camaradas y allí se han establecido bases de trabajo. Además Josefina Jiménez también “mitinea”; no pasa semana sin que vaya a algún pueblo, próximo o lejano, a “organizar” a las mujeres o a encararse con los patronos que rebajan los jornales de la uva o de la aceituna... 

¡Buena presa Josefina Jiménez! El 20 de julio ya la han cogido. Conviene exhibirla: que se sepa. Durante varias horas, en un carro de Asalto se la hace recorrer interminablemente Villanueva. En el carro van diez guardias civiles y diez falangitas; señoritos y lacayos de señoritos. “¡Grita arriba España, so tal!” La conminación salía por igual de labios de unos que de otros. Josefina es mujer serena; en cuanto vió la víspera detener a su compañero, se hizo su composición de lugar; venga lo que viniere, y sea cual sea el sobresalto de su corazón, no se recrearán con su zozobra. Impertérrita, contesta siempre lo  mismo. (“Pero, hijo, si yo no soy extranjera; soy de Málaga, tan española como quien más. ¿A qué he de gritar yo ahora eso?”) Ella podrá no perder su calma; no así sus verdugos; antes de apearse del carro de Asalto en que toda Villanueva la vió pasar, entre veinte hombres armados, con una dignidad ejemplar, ya ha recibido en el pecho el primer culatazo. 

A patadas y empellones -veinte “caballeros” para maltratar e insultar a una mujer- se la hace entrar en el Ayuntamiento y allí se la sienta, en un cuartucho, frente a una docena de compañeros muertos. Un cabo -el mismo que de un empujón la ha obligado a sentarse en la silla- encuentra el espectáculo sobremanera regocijante: “¡Anda, recréate, so... tal, y reza si quieres!” Por lo visto, el cabo es cristiano. Su cristianismo, tan sui géneris, acabó por remover algo en un algo que tenían unos guardias parecido a una sombra de conciencia. Se enzarzaron éstos con aquél, y, tras un buen rato de hallarse Josefina “recreándose” frente a los cadáveres de sus doce compañeros, los dos guardias la sacaron de allí y la llevaron a otra habitación. 

Dos días sin probar bocado. (Cierto es que, a la mañana siguiente, un teniente le había llevado un poco de pan y jamón; cierto es también que ella le contestó que “de ellos no quería nada.”) Ya de noche, abre la puerta el sargento del puesto de Madrigalejo, el pueblo en que Josefna ha “mitineado” la semana anterior. El sargento es hombre leído; recuerda oportunamente aquella frase típica de los interrogatorios de octubre: “¿Dónde están las pistolas?” La frase, como en octubre, tiene su natural colofón: Josefina no sabe dónde están las pistolas, no sabe quiénes son los compañeros que tienen pistolas en Madrigalejo ni en Villanueva, no sabe gritar “¡Arriba España!” y ha de saber, y Josefina aprende muy pronto, allí mismo, lo que es una buena paliza, dada con bríos a una “roja” por un sargento de la Guardia Civil. 

Y Josefina entra en la cárcel encerrada con otras cuatro. El sargento pregunta con insistencia: ¿“Dónde está Fulano? ¿Quién oculta a Mengano?” Josefina nada sabe; nada contesta. El sargento toma el hábito de incrustarle el cañón del fusil por los costados para que haga memoria. Un día, de un puñetazo le salta una muela y le rompe un diente. Días de incomunicación absoluta. Unica sensación llegada del exterior: ruido de disparos, gemidos de los apaleados, insultos soeces... La comida la envían compañeros, familiares. No se les ocurre mandar  agua y allí no se da agua. Los carceleros - voluntarios - son falangitas. Cuando las detenidas, no pudiendo resistir ya la sed de varios días, imploran un poco de agua, la contestación es digna de tan dignos “caballeros”: “Bebed m...a!” Tuvieron las detenidas que beberse el agua de un carburador. 

Pero hay algo peor que la sed, y aun que la angustia por el propio destino.¿Qué sería de la niña? Para Josefina, la niña, la asturianita Delmira Solís, esa muñequilla rubia de cuatro años, es como hija salida de su misma entraña. Es la hija en que ha cifrado todo el cariño frustrado por los hijos que no ha logrado tener. Cuando el padre vino a verla, el Primero de Mayo, en un viaje pagado por los compañeros de Villanueva, el rudo minero lloró lo que no había llorado en los tormentos de la represión. Le dijeron si se la quería llevar... Balbuciendo de emoción aseguró: “Sería un mal padre si me la llevara; nunca podrá estar como está aquí.” Sí; para Josefina hay en la cárcel algo peor que las palizas y que la sed, y que la angustia  por la propia suerte: la inquietud por la niña. “¿Qué habrán hecho con mi niña?” No hicieron nada, pero de milagro. El dueño de una fonda, hombre “de orden” y de influencia, sobre el cual no se atrevieron a disparar los de Falange, cogió a la nena en brazos y, tras largo y empeñado forcejeo, logró salir con ella...

Ya más de una semana de encierro. Únicas noticias del exterior: que al compañero, como a los demás directivos obreros, se los han llevado hacia Cáceres. Malos tratos, insultos... Josefina empieza a sufrir cruelmente de un pecho herido por los culatazos. 

El 31 de julio se le anuncia, por fin, lo que le espera, lo que ya sospechaba: si no denuncia lo que se le exige que denuncie, al día siguiente será fusilada. Y para que no se crea que son cosas dichas en el aire, para que se entere bien, si es que todavía no se ha enterado, de cómo las gastan los del brazo extendido, ese día se la obliga, en pie entre cuatro guardias civiles, a presenciar la ejecución del alcalde del pueblecito de Pela. Josefina Jiménez, inmovilizada entre cuatro guardias, vió como este compañero gritò: “¡Pertenezco a las Juventudes! ¡Muero por mi ideal! ¡Viva la revolución!” Luego le vió apretar los dientes para no gritar más. Y luego le oyó gemir, exclamar unos ayes desgarradores, que a los verdugos les enardecían aún más en su salvajismo, y que a ella se le han clavado para toda su vida en lo más hondo del alma...También se le clavaron en el alma -porque éste tenía alma, alma de ser humano- a uno de los guardias civiles. Un guardia muy joven, Antonio Peña, conocido por Peñita. Allí mismo se arrancó la guerrera del uniforme, dijo que aquel uniforme deshonraba al que se lo ponía y escapó... Marchó al frente a luchar junto a sus hermanos, a cumplir con su deber de trabajador, de hombre consciente y libre.

Josefina no se murió. Ni enloqueció, aunque mentira parezca. Al día siguiente, o sea el primero de agosto, señalado para su fusilamiento, los leales entraron en Villanueva de  la Serena. Al huir, los guardias traidores y los señoritos canallas se olvidaron de los presos. Los milicianos abrieron a culatazos las puertas de la cárcel y “resuscitaron” a más de cien compañeros. El primero que entró en Villanueva con las fuerzas de la reconquista fué el miliciano José Sánchez Galán; muy amigo de Josefina y de su compañero, quería a la niña Delmira como a cosa suya. Corrió en su busca, y, con ella en brazos, se precipitó a esperar a Josefina, a la salida de la cárcel. Hoy Josefina Jiménez es delegada en el Comité de Abastos de Villanueva. Ha estado tres meses en el hospital, y el pecho aún no lo tiene curado. Pero no sabe quedar inactiva, y es, como dicen de ella en broma cariñosa, “el hombre” de confianza de la Comandancia Militar, que a ella recurre para todo: lo mismo para organizar y dirigir la matanza de cerdos para las Milicias, que para establecer alojamientos, que para ocuparse de las presas. De las presas fascistas, las que se regocijaban con el martirio de los nuestros. (“Y no permito -dícenos Josefina con su energía tranquila- que se las veje o humille en lo más mínimo. Que vean que valemos más que ellos, y, si la tienen, que se mueran de vergüenza algún día!”). 


Margarita Nelken 
Estampa, 30 de enero de 1937



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