Lo Último

1759. Los caudillos bárbaros





Han vuelto a quitarle a Miaja ocho batallones para que el general Pozas desarrolle una nueva ofensiva al Este de Madrid. Largo Caballero sigue aferrado a la idea de liberar Madrid desde fuera. Las tropas republicanas avanzan quince kilómetros e incluso ocupan el pueblo de Almadrones; pero el enemigo no acude al señuelo y sabiendo que la resistencia de Madrid se ha debilitado al restarle fuerzas, se lanza por su parte a una nueva ofensiva contra la capital. Esta vez intenta una operación más hábil, escarmentado ya por los fracasos que ha sufrido en la Ciudad Universitaria, donde las brigadas internacionales de Kléber, Luckas y Hans le cierran el paso obstinadamente. Su plan consiste en avanzar más hacia el Norte para cortar las comunicaciones de Madrid con la Sierra.

El día tres de enero, a las seis de la mañana, tres columnas, con un total de seis mil hombres, se lanzan al ataque. Dos de las columnas, partiendo de Boadilla del Monte se infiltran por el espacioso bosque que hay en las inmediaciones de este pueblo; la tercera columna sale de Villaviciosa de Odón. En un avance rapidísimo estas fuerzas se lanzan al ataque contra Humera, Pozuelo de Alarcón y Aravaca. En este último pueblo, la lucha es durísima. Los rojos abandonan sus posiciones y se repliegan en desorden. El primer día de ofensiva caen Humera, Pozuelo y Aravaca y queda cortada por el fuego de la artillería rebelde la carretera de La Coruña. A partir de aquel instante, la comunicación de Madrid con el ejército de la Sierra tiene que hacerse dando un largo rodeo.

En Madrid no hay fuerza alguna de reserva y faltan, además, los ocho batallones que han sido quitados del frente para llevarlos a Guadalajara. El general Miaja pide urgentemente que se le devuelvan estas fuerzas que habían salido de Madrid contra su voluntad. Pero ya es tarde. Al segundo día de ofensiva rebelde, las tropas republicanas están en franca derrota.

Perdida la moral, castigados durísimamente por el fuego de las baterías rebeldes que van demoliendo concienzudamente todas sus posiciones, los milicianos rojos se repliegan desordenadamente hacia Madrid. Los oficiales, pistola en mano, intentan vanamente contenerles. Grandes núcleos abandonan el frente y llegan corriendo hasta la Cuesta de las Perdices. Muchos tiran los fusiles y las cartucheras para correr mejor. Enloquecidos por el pánico, creen que la caballería mora viene pisándoles los talones y a todo correr llegan a la orilla del Manzanares y se lanzan a vadearlo para ir a esconderse en Madrid. Su terror es tal que algunos perecen ahogados al atravesar el río.

Solo un pequeño núcleo de valientes mantiene el contacto con el enemigo y retrasa su avance, replegándose poco a poco y ordenadamente. Pero a este grupo reducido de combatientes le es imposible contener el avance arrollador del adversario definitivamente. Los tanques de los franquistas, partiendo de Aravaca llegan a la carretea de La Coruña, que queda, al fin, cortada.

El general Miaja moviliza las fuerzas que puede extraer de los demás sectores del frente para poner una barrera al avance triunfal del enemigo y mientras trata de organizar una nueva línea de defensa, en lo que se tardarán varias horas, ordena a los jefes de los batallones en derrota que, al precio que sea, contengan la desbandada de sus tropas. Dos de los barbados caudillos del pueblo, Cipriano Mera, y «El Campesino», anarquista el uno, comunista el otro, llegan a la Cuesta de las Perdices dispuestos a todo. Los milicianos fugitivos siguen llegando en bandadas, sin armas, ciegos de terror, sordos a las órdenes y a las amenazas de sus oficiales.

Mera y «El Campesino» ordenan la colocación de ametralladoras en los terraplenes que hay a ambos lados de la carretera y las disparan contra los grupos de fugitivos que se aproximan. Cogidos entre los fuegos cruzados de las ametralladoras, no hay escapatoria posible para los desertores. Huyendo de las balas enemigas se encuentran con aquella cortina de fuego que les cierra el paso. Lo único que pueden hacer es aplastarse contra las cunetas de la carretera. La aviación enemiga, que vuela por encima de sus cabezas, bombardeando y ametrallando las concentraciones que descubre, acaba de quitarles toda esperanza de salvación. La muerte los tiene cercados y por todas partes les amenaza. Paralizados por el terror, van quedándose acurrucados al borde de la carretera, como bestias acosadas. Los dos caudillos rojos, Mera y «El Campesino», seguidos de su escolta, que con los fusiles echados a la cara disparan en el acto contra todo el que aún intenta huir, van juntando a los desertores en una de las explanadas que hay al lado de la carretera.

Perdida toda esperanza, aquellos pobres hombres se dejan manejar con la docilidad de un rebaño asustado. En poco tiempo, Mera y «El Campesino» reúnen así unos quinientos fugitivos. Entre ellos se hallan dos capitanes que se habían metido en un colector para resguardarse del bombardeo de los aviones enemigos.

«El Campesino» manda formar a los desertores en dos filas y con la pistola en el puño les pasa revista. Cuando el bárbaro caudillo del pueblo les mira a la cara, aquellos infelices bajan la vista avergonzados. «El Campesino» les habla al fin con su voz ronca:

—¡Vais a ser fusilados por cobardes! —les dice.

Su ademán y el tono de su voz no dejan lugar a dudas.

—¡Primero los oficiales! —ordena.

Los hombres de su escolta hacen salir del grupo a los dos desdichados capitanes y los colocan delante de las ametralladoras. Se oye el tableteo de las máquinas y los dos cuerpos caen a tierra acribillados de balazos. Por las filas de desertores corre un estremecimiento de terror. Un hombre joven y fuerte se adelanta con ademán desesperado, gritando:

—¡Yo no soy un cobarde ni un traidor!

Otro le secunda.

—¡No podíamos resistir más!

Los demás le hacen coro.

—¡Llevo seis meses luchando en primera línea como voluntario!

—¡Era imposible mantenerse en las posiciones que teníamos!

—¡Me he estado batiendo en la Sierra desde el primer día!

—¡Mis dos hermanos han sido fusilados por los fascistas!

—¡Los tanques nos arrollaron!

—¡Los jefes dieron la voz de sálvese el que pueda!

El coro de disculpas, lamentaciones, frases de desesperación, protestas de adhesión a la causa e invocaciones patéticas, va alzándose en torno al barbado caudillo, que contempla desdeñoso aquella humanidad blanda, claudicante, desesperada, que no se resigna a ser sacrificada.

—¡Basta! —grita «El Campesino» cortando en seco las súplicas y las protestas—. ¡Si no queréis morir como cobardes y traidores a la causa del pueblo, vamos a ver si sois capaces de morir como hombres! Vais a coger otra vez los fusiles que habéis tirado y vais a volver a dar la cara al enemigo. El precio de vuestra vida es la reconquista de las posiciones que habéis abandonado cobardemente. Voy a poner estas ametralladoras en la retaguardia y el que se atreva a dar un paso hacia atrás, sepa desde ahora que le va en ello la vida.

Allí mismo se reorganizan los pelotones, que son encuadrados por nuevos oficiales y los infelices milicianos vuelven al ataque. Junto al terraplén quedan los cadáveres de los dos oficiales que no supieron cumplir con su deber.

La reconquista de las posiciones perdidas es ya imposible y aquellos centenares de desgraciados se hacen matar lanzándose a la desesperada contra las vanguardias fascistas.

Pero el avance victorioso del enemigo ha sido contenido y el desastre total que amenazaba a Madrid se ha evitado.


«¡Traición!»

Esta misma noche del tres de enero, cuando Miaja está rodeado de los jefes de su Estado Mayor estudiando el plano de operaciones, se abre violentamente la puerta de su despacho y aparece con brusco ademán un hombre vestido con una cazadora de cuero, pistola ametralladora al cinto, las altas botas cubiertas de lodo hasta las rodillas, la visera de la gorra echada sobre los ojos, que miran torvamente. Es Cipriano Mera, el caudillo anarquista, jefe de las tropas de la FAI, que han sufrido el ataque enemigo en la carretera de La Coruña.

Miaja, al ver entrar a Mera en aquella actitud provocativa, corta la conversación con los jefes militares y encarándose con el cabecilla anarquista, le dice secamente:

—Para entrar se pide permiso, ¿sabes?

—¡Ya estoy harto de pedir permisos!

—Pues aquí, te vuelvo a decir, no se entra así. ¡O se sale por la ventana!

Los dos hombres se miran a la cara, midiéndose de arriba abajo. Hay un penoso silencio. Miaja contempla fríamente al caudillo anarquista que, sin replicar, mantiene su actitud hosca y amenazadora.

—¿Qué te pasa? ¡Di! ¿Qué ocurre?

—Lo que ocurre —dice Mera rechinando los dientes— es que estamos siendo víctimas de un engaño. ¡Nos traicionan!

—¿Quiénes?

—¡Los militares! —agrega Cipriano Mera mirando de reojo a los jefes de Estado Mayor que rodean a Miaja.

—¡Mentira! —exclama el general.

—¡Vamos a la lucha, vendidos! —insiste el anarquista. Y con frases entrecortadas, que le salen a borbotones empujadas por la ira, expone una vez más la eterna sospecha anarquista de que los jefes y oficiales del ejército profesional llevan a los milicianos al matadero, porque están en inteligencia con el enemigo. La catástrofe de hoy no se explica sino por una traición.

—¡No hay tal traición! —afirma rotundamente Miaja—. La guerra tiene sus reveses. Creer invariablemente que éstos se deban a la traición de los jefes es una cobardía y una estupidez.

—¡Yo vengo a pedir que se castigue a los responsables del desastre de hoy! ¡Nos llevan engañados!

—No hay tal engaño, te digo. Somos inferiores en organización y en armamento. Con el valor personal no basta. Esto es todo.

Miaja explica circunstanciadamente al guerrillero anarquista por qué ha vencido hoy el enemigo; le demuestra sobre los planos la eficacia fatal de su maniobra y la inferioridad maniobrera de los milicianos. Aquel hombre que había entrado en el despacho de Miaja como portavoz de un movimiento sedicioso vacila, da vuelta entre las manos a su gorra y farfulla unas objeciones.

—Tu deber es no dejarte arrastrar por ese movimiento instintivo de desconfianza en el mando cuando se producen reveses como el de hoy. Los hombres como tú son los que deben dar ejemplo de disciplina y subordinación a las masas. Luchamos en malas condiciones. Los que desde aquí dirigimos la guerra tenemos tanto interés en ganarla como los que se baten en las trincheras. Ve y convence de esto a tus hombres. Tu deber es imponerles a ellos la disciplina y obedecer ciegamente las órdenes que se te den. Solo así podremos ganar la guerra.

El guerrillero anarquista se rinde al fin a la evidencia y a la ciega confianza que solo un militar español, el general Miaja, sabe inspirar a los hombres del pueblo.

Estos casos de insubordinación son harto frecuentes en unos hombres que tienen como doctrina la rebeldía. Basta un revés en el frente, una dificultad en los aprovisionamientos, una inferioridad en el material con respecto al del enemigo, para que los milicianos de la FAI se consideren traicionados por los jefes y amenacen con la sedición.

Un día, se presentó en el despacho del Jefe del Estado Mayor, teniente coronel Rojo, un cabo que, sin pedir permiso a nadie, se había venido del frente con los soldados de su escuadra, armados de sus fusiles, para apoderarse «por las buenas o por las malas», de las armas automáticas que, según le habían dicho, había en el Ministerio.

—Sabemos —dice el cabo— que aquí hay muchos fusiles ametralladores y que los tenéis escondidos para vosotros. ¡Vengan esas armas automáticas, que hacen falta para los que luchamos en primera línea y no para que se las reserven los emboscados!

A estos insensatos hay que disuadirlos con buenas razones y, si el caso llega, hacerles frente pistola en mano, desarmarles y castigarles. Adscrito al Estado Mayor se halla un caracterizado anarquista, Martín Barrios, que es quien se encarga de convencer de lo absurdo de sus propósitos a las comisiones de milicianos de la FAI que vienen del frente en son de rebeldía. Cuando las razones no bastan, hay que echar mano al contundente argumento de las pistolas. Tanto arrojo y serenidad como en el frente hacen falta en los sótanos del Ministerio de Hacienda y lo mismo se juegan la vida los que están en las trincheras que los que en la retaguardia asisten al mando.

Así va poco a poco restableciéndose la disciplina en un ejército que se lanzó a la guerra teniendo la indisciplina por lema. Este verdadero milagro llevado a cabo gracias al general Miaja y a sus colaboradores es el hecho más sorprendente de la guerra civil española.


Momentos de angustía

Ante la amenaza que representa para Madrid el avance de los rebeldes por la carretera de La Coruña se da por terminada la ofensiva del general Pozas y se ordena que regresen a Madrid las brigadas internacionales y los batallones que se habían enviado a Guadalajara. La comunicación con la Sierra hay que hacerla ahora dando un rodeo por Colmenar Viejo, para volver a tomar la carretera de La Coruña en las proximidades de Torrelodones, pero el enemigo avanza rapidísimamente para llegar cuanto antes a este lugar estratégico y dejar definitivamente aislado el ejército que defiende la parte occidental de la Sierra.

Las tropas rebeldes atacan Majadahonda   y las brigadas internacionales, después de perder muchos hombres, tienen que replegarse. En Las Rozas, que es el pueblo inmediato, hay dos batallones que tienen solo cinco cartuchos para cada miliciano y horas más tarde sucumbe también. El avance del enemigo es fulminante. El pueblo próximo es ya Torrelodones. Si los fascistas lo ocupan se acabaron las comunicaciones de Madrid con el sector occidental de la Sierra.

En el despacho de Miaja la angustia es terrible. Porque la triste realidad es que a partir de Las Rozas, donde están ya los rebeldes, no hay ni un soldado ni un parapeto y en Torrelodones toda la guarnición la componen veinticinco ordenanzas. Se prepara a toda prisa una columna de socorro; pero si el enemigo ha seguido avanzando será inútil, porque llegará mucho antes que las fuerzas enviadas desde Madrid o la Sierra. El general Miaja, al teléfono, pregunta de minuto en minuto a Torrelodones. Cada vez que le dicen que el enemigo no se ha presentado todavía, se permite un ancho respiro. Así va cayendo lentamente la tarde. Cuando llega la noche sin que las vanguardias rebeldes se hayan presentado en Torrelodones, el general Miaja tiene al fin una sonrisa de triunfo. Si el adversario se ha detenido en Las Rozas para seguir mañana el avance, mañana ya será tarde para él.

Así es. Mientras las tropas rebeldes descansan, baja de la Sierra una brigada que establece una sólida línea defensiva a la salida del pueblo y cuando el enemigo quiere reanudar su marcha triunfal le es ya imposible dar un solo paso. Horas antes, los camiones cargados de soldados hubiesen llegado a las estribaciones de la Sierra sin que les hostilizasen con un disparo.

Días después, un evadido del campo rebelde cuenta que el comandante de las fuerzas que debieron realizar sin una baja la operación definitiva para el aislamiento de Madrid, se ha hecho justicia, suicidándose. Miaja no lo cree. Le parece inverosímil.


Manuel Chaves Nogales
La defensa de Madrid - Capitulo XV















La Defensa de Madrid es una recopilación de dieciséis artículos periodísticos de Manuel Chaves Nogales publicados en dieciséis entregas semanales, entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938 en la revista mexicana Sucesos para todos bajo el título Los secretos de la defensa de Madrid con ilustraciones de Juan Helguera. En 1939 fueron publicados en el diario británico Evening Standard bajo el título de The Defender of Madrid, en doce entregas, del 16 al 28 de enero.

María Isabel Cintas Guillén, tras un exhaustivo trabajo de investigación, reunió los artículos en un libro publicado en 2011, editado por Renacimiento.

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