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1785. Viaje a la aldea del crimen XVII

Juan Silva González
El asesinato de Juan Silva González. ¿Cómo quiere que entre, si me voy a quemar?


Un grupo de guardias de asalto, a los que acompañaba un guardia civil del destacamento 
permanente de Casas Viejas, echó abajo la puerta de la choza de Juan Silva González.

Éste protestó, advirtiendo que les hubiera abierto voluntariamente. Lo encañonaron y lo obligaron a salir con los brazos levantados. El guardia civil les advirtió que era un campesino honrado y que daba su palabra de que no había intervenido en los sucesos. Los de asalto, después de una breve discusión, le dijeron que podía quedarse en su casa. Una mujer de la familia atribuye lo que ocurrió después a las maneras un poco desenvueltas de Juan cuando se dirigió a los guardias reconviniéndoles el haber echado la puerta abajo.


Un cuarto de hora más tarde regresaban los guardias de asalto solos, sin la compañía del guardia civil. Volvieron a encañonarle:


—Salga afuera.


Su mujer advirtió:


—¿No han oído ustedes al guardia civil que no tenía culpa de nada?


—Sí —respondió uno de asalto—. Es para una declaración. Salga a la calle.


Obedeció y fueron con él en dirección a la choza de «Seisdedos». Allí había un oficial y otros guardias. Estos le ordenaron, señalándole las ruinas humeantes de la choza:


—Entre usted ahí.


—Hombre —respondió Juan—, ¿cómo me manda eso? ¿No ve que está ardiendo?


Un poco más lejos de las ruinas yacía, todavía humeante, el cadáver de Francisca Lago, sobrina suya. Juan, que ignoraba los pormenores de lo ocurrido por la noche, no sabía qué hacer. Un guardia se impacientaba:


—Vamos, entre usted.


—¿Cómo quieren que entre —insistió—, si me voy a quemar?


Pero se acercó al fuego, y cuando se disponía a trasponer la cerca, los guardias dispararon sobre él.


Luego le apoyaron una pistola en la sien y le «volaron la cabeza», como decía una mujer que lo presenció, y a la que obligaron a marcharse apuntándole con los fusiles y advirtiendo:


—Como vuelva la cabeza se va a encontrar con un balazo.


En la plaza estaba el delegado gubernativo. El teléfono seguía comunicando con Cádiz y con Madrid. Las fuerzas de asalto se sentían asistidas en todo momento por «razones superiores». La defensa del régimen.


Cuando cayó Juan Silva subían en cuerda de presos cuatro campesinos más.




Lo que dicen las madres de esos cuatro campesinos.

Preferimos copiar de la declaración oficial que hicieron después, las mismas palabras de las madres de Juan y Manuel García Benítez, Juan Grimaldi y José Toro. Son más expresivas que todo lo que nosotros pudiéramos decir:

«Dolores Benítez.—De cuarenta y ocho años, casada, con siete hijos. Rectifica este número: "Digo, cinco, que dos me los mataron." Que sus hijos Juan García, de veintidós años, y Manuel, de veintiuno, aquella noche se acostaron juntos en la cama de su madre. Que a las doce de la noche, poco más o menos, se levantó con su marido y se sentaron sin encender lumbre por miedo a los tiros, que se oían constantemente; Ya de madrugada vio arder la choza de "Seisdedos". Que llamó a sus hijos mayores —los dos citados—, asustada, para que le ayudaran a tener cuidado no se corriera el fuego por las demás chozas hasta la suya. Que así estaban cuando, ya "día claro", oyó mucho ruido en la puerta y entraron varios guardias. Que dijeron:

—¡Que se levanten y salgan los hombres!

»Sus hijos salieron —sigue diciendo la madre—, y al verla llorar, el mayor le dijo que se tranquilizara, "porque el que nada hace nada teme". Añade la declarante que se llevaron a los dos y que ella les siguió; pero tuvo que volver, porque un guardia le dijo:

—Si no vuelve usted p'atrás, le soltamos una descarga.

»Que se quedó cerca y oyó decir: "Con éstos ya hay bastante." Oyó gritar a mucha gente y muchos tiros, y después subió a la choza del "Seisdedos" y se los encontró "cadáveres, cruzaíto el uno sobre el otro". Que había "un reguero de sangre diforme que no había dónde poner los pies". Que el mayor tenía "volaíta la cabeza, y el otro ya no lo vio, porque al dolor se le perdió el mundo de vista".

»María Villanueva.—De setenta años, casada; está presa de enorme emoción, fatigadísima. Dice: Que estaba con su niño Juan Grimaldi, de treinta y tres años (aclara: Para una madre siempre un hijo es un niño); que fue el que le mataron. Que estaba en su casa, sobre las ocho de la mañana, y llegaron una multitud de guardias de asalto, que entraron en su casa —la puerta estaba abierta y su hijo "acabaíto de levantar"—, y dijeron: "Hombres afuera", saliendo el padre y el hijo con "los brazos contra el cielo". Que entró un guardia y con el cañón de la escopeta le volcó la cama, y, al lamentarse, le dijo: "Busco a ver si hay escopeta." "Aquí no hay na de eso", replicó ella. Que en la habitación del "lao" estaba su hija como muerta, y ella se lo dijo al guardia. Frente a la puerta estaba el guardia civil de Casas Viejas. Salvo. Que los de asalto, al ver a ella llorar y abrazarse a su hijo, la quitaron, diciéndole "que no le iba a pasar nada; que era para tomarle una declaración". Que uno que había "con tres estrellitas en la gorra" (el capitán) les dijo a unos guardias de arriba que tiraban: "No tirar, que hay mujeres y niño aquí." Que a su hijo se lo llevaron al mataero (esto dice la frase con todo su realismo). Y allí se lo dejaron muerto. Que fue para allá, a verlo, y un guardia la apuntó y amenazó con matarla. Que con su pena "cayó al suelo y de allí la recogieron". Que "toíto el pueblo sabe lo bueno que era su hijo, y lo noble, que nunca se había metido en nada".»

Y veamos todavía otra declaración: la de María Toro.

«De cuarenta años, viuda. Que a su único hijo, de veintitrés años, "se lo han matao". Que sobre las siete de la mañana fueron a su casa los guardias de asalto, y a su hijo, "que estaba sentaíto en una silla, pues se acababa de levantar y estaba malo", le estaba ella haciendo una tacita de café. Que entraron los guardias y se lo llevaron, y "aunque ella les lloraba y les enseñaba, como prueba de que no se había metido en nada, su cama calentita, se lo llevaron, tirándole todos los muebles por alto". Le dijeron "que iban a tomarle declaración". Que como no volvía, se fue hacia la corraleta y vio a su hijo muerto, con un boquete en la cabeza, y se llenó con su sangre las manos "pa besarle el cuello". Que han hecho una cosa muy mala con su hijo de su alma.»

Hay una madre que no pudo declarar. El que declaró después fue el hijo. Los guardias entraron en una choza donde no había hombres. Estaba sola una anciana, llamada Joaquina Jiménez; los guardias preguntaron por «su hijo», sin saber si lo tenía. La mujer confesó que había huido al campo. Entonces apalearon a la anciana, produciéndole tales heridas que falleció días después. A su hijo, Francisco Jiménez, le llaman «el Gitano».


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas), 1933















La imagen de Juan Silva ha sido tomada del Blog Desde la historia de Casas Viejas.


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