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1787. Viaje a la aldea del crimen XVIII


Fotografía: Serrano




Un campesino enfermo a quien invitaron a sentarse y dos de pie.

Los guardias seguían recorriendo la aldea, entrando en las chozas donde suponían que podía haber algún rebelde. Éstos habían abandonado el pueblo, y en número de cuatrocientos vagaban por el campo.

La sierra de Ronda comenzaba algunos kilómetros más al Norte, y ya es tradicional como refugio seguro contra los fusiles y contra los jueces. Reloj en mano, los oficiales esperaban el cumplimiento del plazo señalado, razziando con prisa. El pueblo seguía desierto. Los campesinos se apiñaban en el fondo de las chozas con la mujer y los hijos. Después de los fusilamientos primeros habían quedado, con el eco de los tiros enredado en las chumberas, unas sombras desesperadas que vagaban por las cercanías sin poder aproximarse a las ruinas quemadas. Esas sombras —las mujeres Dolores Benítez, María Villanueva, María Toro—, con su sola presencia, con su ir y venir apresurado y sin objeto, y con sus alaridos, eran la conciencia despierta del pueblo. Sin que nadie lo dijera expresamente, todos sabían lo que estaba sucediendo.

Una de las chozas que elevaba su cono de paja y ramilla a un lado de la torrentera era la de Manuel Benítez. En el fondo de la choza, Manuel formaba con su mujer, Sebastiana Reyes, y sus cinco hijos, un apretado grupo. Manuel estaba enfermo; pero se había levantado con la alarma de la noche, y sentado, rodeado de los suyos en silencio, tendía el oído sobre la calle desierta, sobre el pueblo. A veces se acercaba un rumor de cacería y volvía a alejarse. Manuel Benítez estaba enfermo. Sabiendo que hay hambre en el mundo, no había que preguntar la enfermedad. Recordamos al campesino que decía después de un viaje del gobernador:

—Lo que el señó gobernador ha dicho de paz y de calma, está muy bien; pero yo llevo muchos días saliendo de mi casa antes de que mis hijos se levanten, y volviendo después de haberlos acostado, para no pasar por el dolor de oírles pedirme pan y no podérseles dar.

El rumor de cacería se aproximaba. No podían percibir las palabras, pero se oían tiros sueltos y las características voces de ojeo. Manuel Benítez, desde aquel hambre de tres días sin bono de pan—sin el subsidio—, oía las pisadas firmes y las voces de los guardias con espanto. Para tranquilizar a los suyos fingía serenidad y confianza. Ya las voces en la misma puerta, se dirigió a su mujer con una advertencia.

De sus tiempos de guarda de campo tenía una escopeta, vieja e inservible.

—Anda vivo a esconderla—le dijo.

La mujer se disponía a pasar al departamento contiguo, cuando la puerta se abrió. Aparecieron tres guardias.

—¿Qué hace usted? —preguntaron a Manuel.

—Ya lo ven. Estar con mis hijos.

La mujer iba a pasar al cuarto de al lado; pero los guardias —que los encañonaban— le ordenaron que permaneciera quieta. Registraron minuciosamente las dos habitaciones y encontraron la escopeta. La mujer les explicaba:

—No se ha disparao desde hace diez años.

Los guardias no contestaron. Ordenaron a Manuel que se levantara y saliera delante. Los hijos se colgaban de su cuello, y un guardia les advirtió, acariciándoles las mejillas:

—No llorar, nenes; palabra que no le hacemos nada a papá.

Con los guardias iba un oficial. Manuel Benítez andaba con dificultad. Tres días en la cama, las dos noches anteriores en vela, habían debilitado sus piernas. Para seguir subiendo, los guardias tenían que sostenerlo por debajo de las axilas. Al llegar a la corraleta de «Seisdedos», Manuel vio a los cuatro que acababan de fusilar y otros que todavía estaban en pie: Juan Cantero, casi un muchacho, y Fernando Lago, ya maduro. Los dos eran personas honradas, muy estimadas en el pueblo. Iban maniatados.

Los guardias, al verlos, se acordaron de pronto de que Manuel iba con las manos sueltas. Le pusieron las esposas. Advirtió que estaba malo. Un guardia civil lo hizo notar también al oficial. Éste se encogió de hombros y dijo:

—Tengo órdenes terminantes.

Pero al ver que el aspecto del detenido era verdaderamente el de un enfermo, le invitaron a sentarse en un poyo de tierra.

El capitán de asallto dijo a los detenidos:

—Pasad a ver el cadáver del guardia.

Los dos avanzaron hacia las ruinas de la choza. Manuel Benítez se limitó a volver la cabeza.

Entonces el capitán dio la voz de «¡Fuego!» y se hicieron varias descargas, hasta que murieron los tres.


Algunas palabras de los familiares de esas tres víctimas.

He aquí lo que dijo en sus declaraciones Sebastiana Reyes Estudillo, de treinta y ocho años, viuda «porque me lo mataron». Dice: «Que a las siete de la mañana del día siguiente, su marido, Manuel Benítez, y sus cinco hijos, se acababan de levantar. Que su marido estaba malo y de poco ánimo. Que oyó muchas voces, y al abrir la puerta "se colaron tres guardias de asalto". Que al ver a su marido, le dijeron: "Usted, ¿qué hace?" "Ya ustés lo ven; estar con mis hijos al cuidao." Que registraron "toíta" la casa y se llevaron una escopeta muy vieja que tenía su marido de cuando fue guardia de campo. Que esa escopeta no disparaba. Que se llevaban a su marido, y como sus niños lloraban, abrazaítos a su padre, les dijeron: "No llorar, nenes; palabra de caballero que no le hacemos nada a papá." Que iba un jefe detrás. Que cuando fue a la corraleta vio a su marido muerto de un tiro, "que le había comió un peazo del cráneo". Que lo que han hecho es un crimen que no tiene perdón.»

Los otros detalles los hemos tomado de fragmentos de otras declaraciones, donde fueron expuestos. Rosalía Estudillo Mateos se presentó a declarar espontáneamente ante la Comisión, y su declaración consta en los siguientes términos:

«Que le han "matao" a su marido, Fernando Lago, y a su hija Manuela Lago, de diecisiete años.

Esta infeliz fue de visita a casa del "Seisdedos", que era de todos conocido, y estando allí le cogió los tiros y se tuvo que quedar, y sabe que al querer salir "juyendo" la mataron los guardias. Que a su marido, por la mañana, lo sacaron de su casa y le amarraron las manos, y como los hijos lloraban, abrazaos a su padre, uno le dijo: "Nena, no llorar. Ya tu padre vuelve.” (En este instante, una niña de catorce años, que la acompaña, dice: "A mí me lo dijeron, y era pa matarlo.”) Que después se lo mataron en la corraleta, con otros.»

El padre de Juan Cantero hizo su declaración, que consta en los siguientes términos:

«Francisco Cantero; está afiliado al partido socialista de Casas Viejas. Dice que a las nueve del día 11 estuvo en la posada de Montiano; que oyó disparos y se metió en su casa. El día 12 salió con otro compañero socialista, a las diez de la mañana, para ver la choza de "Seisdedos". Manifiesta que vio cómo a su padre lo sacaban de su casa y luego volvía. A su hijo Juan lo llevaron a la choza de "Seisdedos", donde le mataron. Vio que lo sacaban los de asalto. A los pocos minutos de salir Juan de su domicilio oyó una descarga en la choza de "Seisdedos".

»Dice que en el Centro Socialista se reunían los domingos, y que él oía que lo que se pretendía en España era implantar la Reforma agraria a base del reparto de las tierras para que se acabase el hambre y para que todos fueran iguales. Manifiesta que le pegó y maltrató el guardia García.»

Pero la razzia no había terminado aún. El pueblo estaba sumido en el horror y el espanto. Las fuerzas continuaban registrando hogares y llevándose a los jóvenes o a los viejos, según la inspiración del momento. Los alrededores de la choza de «Seisdedos» se poblaban de nuevas sombras: esposas, madres, hijas. Los hombres no se atrevían a salir, porque hacían fuego sobre ellos en cuanto veían alguno por la calle. 

He aquí las palabras de Encarnación Barberán (viuda de Manuel Quijada, a quien mataron con las esposas puestas): «A su marido, Manuel Quijada, lo sacaron de su casa a las dos de la tarde del día anterior, y lo tiraron al suelo, dándole puntapiés y culatazos, dejándolo medio muerto. Que después lo mandaron a la casa del "Seisdedos" "esposao", y ya iba muertecito por la paliza tan terrible que le dieron, y allí se quedó "pa siempre". Que a ella también le pegaron los guardias con los vergajos.» (Varias personas confirman literalmente esta declaración.)

Estos casos fueron muy abundantes. Además de la madre del "Gitano" murió también otra mujer llamada Vicenta Pérez, madre del detenido Sebastián Pavón. Esta mujer, después de ser apaleada brutalmente por el guardia civil García, y huyendo de las amenazas de muerte que contra ella y sus tres hijos recibía constantemente, marchó a Cádiz al día siguiente de los sucesos, para refugiarse al lado de unos parientes. Inmediatamente de llegar fue sometida a curación; pero las lesiones y las impresiones  morales recibidas determinaron su muerte pocos días después. Tenía cincuenta años y era de complexión fuerte.


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas),  1933

















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