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1807. Viaje a la aldea del crimen XXVII





«Er señó directó y la disiplina». Declaración de María Silva, «La Libertaria».


María Silva Cruz, de dieciséis años: A su padre, Juan Silva, lo sacaron de su casa, lo soltaron y al poco rato lo volvieron a detener, llevándolo al corralito del "Seisdedos", donde murió. Dice que el día 11, al anochecer, fue a casa de su abuelito, "Seisdedos", que estaba enfermo, y a quien ella asistía a diario. Su abuelo estaba solo, y cuando estaba con él entraron varios del pueblo. Ella se retiró a un rincón al oír tiros de dentro de la choza, y añade que reconoció, por las voces, porque no había luz, a los que estaban dentro de la choza de su abuelo el "Seisdedos", que eran: su abuelo, Francisco Cruz; su tío, Pedro Cruz Jiménez; Jerónimo Silva González, Francisco García Franco, Josefa Franco, Manuel García Franco, de trece años;  Manuela Lago y la declarante. Sin luz en la choza, vio que empujaban la puerta y pudo ver que un hombre caía al suelo después de una descarga. Conoció después que era el Quijada y que iba esposado. Manifiesta la declarante que, horrorizada por el tiroteo de uno y otro lado, salió por el corralito y que luego dicen que salió su primo. Manifiesta que al salir ella oyó grandes disparos y que aún no sabe cómo pudo salir con vida.»

Relata la muerte de otros parientes suyos en la forma que ha quedado ya descrita, y añade: «El día 12, muchas mujeres y niños se fueron al monte, donde estuvieron hasta el día 14, volviendo al pueblo porque les habían manifestado que los guardias de asalto iban a bombardear el campo. La Guardia civil la detuvo, llevándola a Medina Sidonia, de donde salió a los dos o tres días.

»Volvieron a detenerla, llevándola nuevamente a Medina, estando enferma con calentura. Manifiesta que estando en la cama en la cárcel, el jefe, D. Andrés Barroso, se insinuaba amorosamente con ella, tocándola la mano insistentemente al darle el socorro y pretendiendo acariciarla, cosa que ella rechazó indignada, y que cuando se levantó, el jefe Sr. Barroso pretendió que se apoyará en su brazo para ayudarla A andar, y ella le dijo que sabía andar perfectamente sola. Dice que jamás la han llamado "la Libertaria" hasta el día de los sucesos, y este nombre se lo puso la guardia de asalto.»

El director no dejaba hablar a los presos con gente de fuera. En aquellos días, María Silva estaba en la cama, enferma. El director había dado órdenes terminantes al guardián, que repetía suspirando ante nuestras promesas: 

—La «disiplina, señó».



Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas),  1933














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