Lo Último

1831. Ante la derrota




Ante la derrota. Reuniones ministeriales en el Castillo. ¿Negociaciones folletinescas a base de un impostor? El fatalismo del Estado Mayor Central.  Una crisis sentimental de Negrín. La visita de los diputados. Carlos Rubiera. Las Cortes en el Castillo. En marcha hacia la frontera. Francia, tierra de promisión.


El espectáculo de la masa de fugitivos, y el del Gobierno, era la estampa de la derrota. Mal que bien, las dependencias habían acabado por instalarse. El Estado Mayor Central había buscado acomodo en La Agullana, dando motivo, por su proximidad a la frontera, a las críticas más aviesas. La Subsecretaría de Aviación, en Cabanelles; Armamento, en Besalú; Marina, en Roses; Tierra, en el Castillo; la Dirección General de Seguridad, en Figueres; la Subsecretaría de la Presidencia, en el Castillo. Los ministros llevaban una vida dispersa, en grupos de afinidades selectivas. Cuatro de ellos vivían en Figueres, en una casa, a juzgar por los detalles, sospechosa de haber albergado un templo en que Marte y Venus reñían combates voluptuosos.

El Presidente había fijado su residencia en la masía del Torero, último nombre de una casa de campo situada entre La Agullana y La Vajol. El presidente de la República había sido instalado, entre una magnífica colección de cuadros de Vicente López, en el Castillo de Perelada. Su estado de conciencia resultaba fácil de imaginar. Las apariciones de Negrín en el Castillo eran intermitentes. Sus reuniones con los ministros comenzó celebrándolas en la Secretaría General. A la primera acudieron Companys y Aguirre. Este se mostraba particularmente animoso. Fiaba en que la política de resistencia reportase sorpresas agradables.

Presumo que sus esperanzas estaban referidas a posibles cambios de la política internacional, como consecuencia de las pretensiones de Hitler. Companys, a quien oí discurrir, no ocultaba su desesperanza en cuanto a la suerte de Cataluña. Se inclinaba a darlo todo por perdido, en razón de nuestra debilidad militar y del crecimiento moral del adversario. La propia topografía había dejado de sernos favorable. Las dos opiniones respondían lógicamente a la posición de ambos hombres. Lo que me produjo cierta sorpresa fue encontrar a Giral, a quien creía influido por el pesimismo cósmico de Azaña, en la misma línea animosa de Aguirre. Confiaba, no en la victoria, sí en que la situación tuviese un remedio relativamente satisfactorio. El Presidente afectaba un optimismo que, en aquellas condiciones, resultaba desaforado y humorístico. Estaba un poco al margen de la realidad, deduciéndolo de sus encargos. Pedía, como si la cosa fuese fácilmente hacedera, la instalación de una central telefónica automática. En todo el Castillo disponíamos de dos o tres teléfonos. En tomo a uno de ellos, en la Subsecretaría de Tierra, permanecían los ministros horas y horas. Cuando querían desentumecerse se daban los grandes paseos por la plaza de armas. Todo lo tenían hablado y comentado. Coincidían en la misma irritación por la conducta, para ellos inexplicable, del Presidente. Este, juzgando por mis noticias, buscaba por los caminos internacionales una solución al conflicto que teníamos planteado. ¿Estaba en relación con alguna personalidad monárquica? ¿Llevaba bajo mano una negociación de tipo casi folletinesco? Me inclino a creer que la personalidad monárquica que había llegado a Figueres, y que le había sido confiada sigilosamente a José Prat, es la misma que, a efecto de sus gestiones, se presentó a nuestros embajadores de París y Londres con una carta, sobremanera expresiva, de puño y letra de Negrín. En nuestras embajadas no le dieron el mismo crédito que el Presidente, quizá porque los informes sobre la personalidad monárquica a que aludo justificasen toda clase de reservas. ¿Un impostor audaz? ¿Un nuevo Avinareta? El marqués de Cañada Hermosa no dio más señal pública de su ingenio que una carta, divulgada por dos o tres diarios de París, que no debieron de tardar en arrepentirse de su ingenuidad. Los capítulos de esta historia los llevó el Presidente con el más absoluto sigilo. La carta a que me refiero hizo de epílogo.

Alternando con las actividades diplomáticas, Negrín se iba a visitar los frentes, con el doble propósito de apreciar por sí mismo la situación y de animar a los soldados. Los dictámenes que le daba Rojo debían ser terriblemente pesimistas. Para creerlo así tenía, además de la marcha de las operaciones, un indicio inequívoco en los juicios que Cordón emitía Sobre Rojo. Dentro de una cierta corrección militar, la crítica era durísima, de tipo casi feroz. Sobre el plano le oí diseñar una operación que, sin excesivas exigencias, podía consentimos, a su juicio, éxitos parciales que situarían al adversario en una posición comprometida.

—Todo menos el encogimiento de hombros fatalista en que se ha refugiado el Estado Mayor. Si lo que desea es acabar, que lo proclame así. 

El prestigio de Rojo había resistido demasiado tiempo. Lenguas, como piquetas de duras, se aprestaban a demolerlo. Algunos de los juicios que entonces oí los he visto impresos después. «En su día la crítica razonada —copio del general Gamir Ulibarri—, con datos a la vista, de que carecemos, seguramente emitirá juicio acertado. Pero si podemos lanzar el aserto de que la pérdida de Cataluña se decidió en el Ebro, al consumirse en la operación las mejores y únicas reservas, sin contar el desgaste del material, muy escaso de por sí, por lo que, si puede aplaudirse como hecho táctico, fue realmente de catástrofe estratégica». El autor de ese juicio insinúa que la operación del Ebro fue el resultado de una imposición de orden político. Si Rojo era, entre sus colegas, un concitador de situaciones fatales, Negrín ganaba fama, en las tertulias de funcionarios del patio de armas del Castillo, de único responsable de la tragedia. Ese toletole levantaba espuma de indignación. Se lo advertí a Prat; lo avisé a los ministros.

El ambiente se iba haciendo cada vez más irrespirable; Un incidente cualquiera podía ser causa de trastornos serios. El Gobierno tenía que tener una política y trazarse un plan para realizarla. No podía seguir la vacación ministerial. Era obligado plantarse ante los hechos y, de acuerdo con su gravedad, decidir la conducta. «Me parece necesario — opiné— que el Presidente, o por autorización de este el general jefe del Estado Mayor, les diga lo que se puede esperar y lo que no se puede esperar. Queda la zona Centro–Sur, único emplazamiento decoroso para proseguir las negociaciones que existan. Madrid sigue siendo la capital de España». Los ministros con quienes hablé asintieron a mis palabras, que interpretaban su propio pensamiento. Faltaba, para que lo pudiesen expresar, un solo detalle: la presencia de Negrín. Este trabajaba por su cuenta, obseso por dos ideas: evitar que la derrota de Cataluña degenerase en catástrofe humana y conservar la resistencia como único medio de lograr una paz que no supusiera el aniquilamiento implacable de los vencidos.

Sólo a este fin conservaba la máscara de la resistencia a todo evento. Sabía que tenía sobre sus hombros el peso trágico de la derrota y hacía esfuerzos para que no se le notase el cansancio ni la desesperación. Una tarde se presentó en el Castillo fatigado, casi jadeante. Preguntó si teníamos algo que darle de comer. Se sentó a la mesa y se dejó abatir por una crisis de melancolía. Se le empañaron los ojos.

Por sacarle de aquel estado, me puse a encomiarle la comida, propia de una mesa particularmente cuidada, como procedente de la inagotable generosidad de nuestro proveedor parisiense. No me escuchaba. Un poco repuesto, exclamó: 

—¡Y pensar que su amigo Mendieta podía estar camino de México, a cubierto de estas angustias! Nunca se lo agradeceré bastante, y le confieso que es uno de esos rasgos que no esperaba. ¡Es tan difícil el arte de renunciar! 

—Recuerde usted que le hizo promesa de permanecer en el puesto que le asignara hasta el último momento. El tema, después de todo, no tiene importancia. Creo que debe pensar usted en reunirse con los ministros lo más rápidamente posible y darles una información militar y diplomática. 

—Para eso, justamente, he venido; pero estoy tan cansado que no sé si podré hacerlo. 

—Inténtelo, que vale la pena. 

Se fue al despacho de la Subsecretaría de Tierra, donde le esperaban los ministros. Tardaron en reunirse. Advertidos de su cansancio, más que visible, aceptaron que reposara algún tiempo. Reunidos, el examen de la situación fue rápido. Militarmente se trataba de proseguir la retirada; ganando el mayor plazo posible con el menor sacrificio de soldados y de material. Internacionalmente, las gestiones estaban encaminadas a evitar una derrota que facultase a Franco para erizar España de cadalsos. A tal efecto, Negrín había llamado al embajador francés y al encargado de Negocios de Inglaterra, notificándoles que el Gobierno español agradecería los buenos oficios de sus gobiernos respectivos para evitar la prosecución de la guerra dejando a salvo la independencia de España. Este, y el deseo de evitar las represalias, eran los únicos móviles de la resistencia y con una garantía de Francia y de Inglaterra, que descartase toda influencia de alemanes e italianos, la guerra podía quedar terminada. Los resultados de estas negociaciones, de haber tenido en nuestro poder Barcelona, hubieran sido, probablemente, otros muy diferentes. Esa misma tarde, el Presidente celebró una extensa conferencia con el encargado de Negocios de los Estados Unidos.

Álvarez del Vayo iba y venía de Figueres a Perpíñán, donde se había instalado el Negociado de Claves del Ministerio de Estado. Siempre nos traía, fresca de tinta de imprenta, una esperanza como regalo. Su optimismo, elaborado o espontáneo, no sufría, a semejanza de su sonrisa, alteración. Otro de los amigos que tenía el viaje rápido era Víctor Salazar. Su dinamismo se hizo increíble. Quería saber qué hacía con el material que, ¡al fin!, estaba, con facilidades inusitadas, pero tardías, a nuestra disposición. A su juicio no valía la pena de meterlo en Cataluña. Cabía en todo caso, embarcarlo para la zona Centro–Sur. La decisión era grave y sólo al Presidente correspondía tomarla. En medio de este repertorio abrumador de preocupaciones, el calendario, en la persona de Cuevas, oficial mayor de las Cortes, nos traía otra: la reunión preceptiva del Parlamento, prevista por la Constitución para el 1° de febrero. San Mateo no hubiese osado sostener su doctrina, —«no el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre»— frente a nuestro fervor constitucional. Este aceptaba todas las disminuciones, menos la de que el Parlamento dejase de reunirse en una de las dos fechas de rigor.

El lugar de la ceremonia y el número de los oficiantes importaban menos. El castillo de Figueres iba a añadir a su historia un capítulo más, que no dejará de tener, en lo porvenir, explotación literaria. ¿Acudían a la llamada constitucional los diputados que habían llegado de la zona Centro–Sur? No. Su viaje estaba determinado por preocupaciones más hondas que las puramente formales. Traían la conmoción de la zona que representaban en Cortes, profundamente sacudida por el sorprendente progreso de los rebeldes en Cataluña, después de la caída, injustificable, de Barcelona. Sin noticias del Gobierno, desconociendo su paradero, la relajación de las esperanzas estaba a punto de determinar el derrumbamiento de todas las energías. Estimaban indispensable que el Gobierno hiciese conocer su pensamiento, dando señales de vida. Pintaban la situación como muy apurada. Había un detalle que dejaba ver, mejor que sus informes, cómo era, en realidad. Al anunciar su viaje a los correligionarios, éstos reaccionaron contra el propósito, acusando a los diputados de desertores: «¡Todo cuanto os importa es salvaros, como siempre, dejándonos a los demás en el aprieto!». Necesitaron emplear mucha saliva y bastante tiempo para persuadirles de lo contrario. Autorizados a salir, pocas personas debieron confiar en su regreso. Regresaron. Cumplido el encargo, les faltó tiempo para pedir una plaza en el avión que hacía el servicio de París, a fin de empalmar en Toulouse con el del «Air France» que hacía escala en Alicante. Carlos Rubiera, que era quien daba personalidad al grupo de parlamentarios, tenía una idea clara de lo que significaba, como riesgo personal, la reincorporación a la zona Centro–Sur. Su medida del peligro, según pude deducir de una breve conversación con él, era exacta. Sus palabras finales me impresionaron: «Todo eso es verdad, pero no queda más remedio que cumplir con el deber hasta el final. Quiero estar en Madrid sin perder una hora, para que los amigos que por desesperación desconfiaron reconozcan que no tenían razón». No sé si mi mano, al apretar la suya en una despedida que podía ser eterna, supo ser conductora de mi sincera emoción. En la implacable revisión de méritos que hacían los acontecimientos, los hombres que alcanzaban certificado de útiles eran muy contados. Rubiera se llevó el suyo. No quiso quedarse a la reunión de las Cortes; prefirió volver donde sus electores.

La reunión del Parlamento se dispuso en una caballeriza del Castillo. El adorno era bastante sumario. Los carabineros habían hecho una instalación de circunstancias. En la nave inmensa, recia de buena piedra, el grupo de los diputados y el Gobierno evocaba, por el lugar y la hora —medianoche—, la ceremonia religiosa y entrañable de una secta perseguida. La ortiga irónica, no descubriendo tierra de qué alimentar sus raíces, quedaba fuera. Por entre los arcos rebotaban los ecos de las palabras de Negrín, cargadas de agudo sentimiento de responsabilidad y calentadas por los últimos tizones de una fe que agonizaba, rusamente alanceada por la adversidad. Negrín estaba ¡al fin!, fuera de la política. Uno a uno le habían vuelto a las manos los pedazos de autoridad que tenía delegados. A los desertores físicos era necesario añadir los desertores morales. Toda la política estaba hecha y no quedaba por andar más que la calle pina y estrecha de la Amargura. Negrín hubiera dado su vida por no recorrerla; pero se cerró la puerta de escape del suicidio. Nunca he sentido tanto respeto por él como a partir del momento en que apuntaba con su cuerpo la derrota para que no nos aplaste inexorablemente. Es, en efecto, de todos, el que tiene más motivos de cansancio. El destino le ha hecho trampa. Ha jugado en su contra. La intuición le ha engañado. Quizá le ha faltado, en algunos momentos, la energía decisiva. No ha sabido hacerse desecar el corazón, pantano peligroso para un gobernante obligado a hacer la guerra. Era, con su ciencia y su experiencia, mucho menos de esparto a como representaba… En el último instante, cuando los demás se caen o se evaden de sí mismos, cuando le abandonan o le salpican de infamias, con el viento en contra, se impone la obligación de corregir a la adversidad. Les debe ese esfuerzo a los hombres anónimos que han creído en su palabra y que continúan haciendo cara al adversario. Su último discurso a los diputados, una reducción considerable de los Trece Puntos, vale, no por las palabras que contiene, que todas ellas están, no diciendo nada o expresando muy poco, en el Diccionario de la Lengua, sino por la angustia indecible con que se pronunciaron. Las he olvidado; pero conservo inalterable el tono de su voz, el acento profundo del orador que daba una vida nueva a pensamientos sin relieve en fuerza de haber hecho de ellos comercio habitual e indiferente. No era necesaria una especial receptividad para sintonizar con la emoción de Negrín, pero quizá resultase indispensable una guía de su intimidad verdadera para darse cuenta exacta de lo que aquella emoción representaba como sufrimiento y, a la vez, como potencia. Le oí como a un confesante público, obstinado en publicar su único pecado: el orgullo de ser español y de amar a su patria. A trompicones, sin método, con una frase directa y nada literaria, nos enseñó a pronunciar, en la comunión de angustias de aquella noche, las tres sílabas de la palabra que le tenía subyugado: España. Sonaba, ¿cómo sonaba?, a rumor de mieses en Castilla, a soleá de torero, a jarcias zurradas por las rachas del Cantábrico, a jota de segador, a andadura de merinos por Extremadura, a zorcico de piloto, a estremecimiento de chopos a orillas del Duero, a sardana de payés, a frotamiento de cepas riojanas, a folia de tabaquero… ¿A qué suenas tú, España, cuando no suenas a muerte? A eso que suenas, a eso sonaste, para mí, la noche del castillo de Figueres. El hombre que se debatía contra la derrota había tenido una grave conversación con los señores Henry, embajador de Francia, y Stevenson, encargado de Negocios de Inglaterra, a quienes había precisado su última aspiración para deponer las armas y terminar la guerra: seguridad de que no se producirían represalias. A cambio de esa concesión, que debía ser sólida, el Gobierno libraría a los vencedores todo el material recibido y en curso de recepción, la Escuadra —que se esperaba fuese hundida por los marinos —, los recursos nacionales bloqueados en el extranjero y, finalmente, añadió Negrín: —Mi persona, para que con la justicia que se me haga quede cancelado el proceso de la guerra. 

Al discurso de Negrín siguieron, breves, los de los representantes de las minorías. Lamoneda me pidió que yo hiciese el de la nuestra. Me negué porque me faltaba dominio sobre mis emociones. Lo hizo él. Acertó a matizar sus palabras: «Grave es nuestra responsabilidad. Graves son también los momentos y difícil el administrar el esfuerzo, la sangre, las energías, la capacidad de sacrificio del pueblo español. Los límites de esta capacidad de sacrificio y los límites de este deber, nadie los conoce mejor que los hombres que se sientan en ese banco. Nosotros estamos seguros de que sabrán conjurar la necesidad histórica de la República Española con la posibilidad de resistencia, de lucha y de acción».

Indicó que no nos estaba permitida la duda, y era verdad. Se votó la confianza. El texto aprobado decía: 

«Las Cortes de la Nación, elegidas y convocadas con sujeción estricta a la Constitución del país, ratifican a su pueblo, y ante la opinión universal, el derecho legítimo de España a conservar la integridad de su territorio y la libre soberanía de su destino político. Proclaman solemnemente que a esta obra de independencia y libertad nacional asiste unánime el concurso de los españoles, y que, sean cuales fueren las vicisitudes transitorias de la guerra, permanecerán firmemente unidos en la defensa de sus derechos imprescriptibles. Saludan al Ejército de Mar, Tierra y Aire, y ratifican su confianza invariable en el porvenir glorioso de la patria española. Castillo de Figueras, a primero de febrero de mil novecientos treinta y nueve». 

Pascual Leone defendió la proposición y la votaron con él todos los diputados presentes: Torres, Eduardo Gasset, Pía y Armengol, Suárez, Picallo, Viana, Longueira, Pradell, Ossorio Tafall, Aguilar Calvo, Muñoz G. Ocampo, Vicente Sol, Escribano, Vergara, Pesset, Marco Miranda, Viguri, Tejero, Lasso Conde, Ragassol. Templado, Zulueta, Pedro Martínez, Pasos, Pedro Vargas, Margarita Nelken, Mije, Navarro, Aznar, Ruiz Lecina, Zancajo, Jáuregui, Sarmiento, Belarmino Tomás, Aliseda, Marino Saiz, Junco Toral, Zugazagoitia, Castillo, Díaz Castro, Cubertoret, Sosa, Crescenciano Bilbao, Pasagali, Borderas, Llopis, Edmundo Lorenzo, Sala, Manso, Comas, Padró, Santaló, Fernández Clérigo, Lamoneda y Martínez Barrio.

La reunión se disolvió, llena de presagios desventurados, en la negrura nocturna del patio del Castillo. El triángulo luminoso de los faros de los coches, al maniobrar los vehículos, descubría semblantes abatidos, grupos de hombres sin esperanza. Cada cual pensaba en organizar la defensa de su vida, en ponerse del lado de allá de la frontera. No había nada que hacer en Cataluña. La derrota estaba moralmente consumada. De boca en oído circulaban las versiones más lamentables, las censuras más agrias, las descalificaciones más tajantes. «¿Cómo sorprenderse de un final amargo después de una política tan desatentada?».

Los comunistas acaparaban todas las maldiciones. Ellos eran los culpables de la catástrofe, los causantes directos del aislamiento internacional. Sobre su cabeza descargaban las iras parlamentarias del patio del Castillo. ¿A quién pedirle ecuanimidad de juicio en aquel instante? Delante de Figueres, los residuos del Ejército seguían, mal que bien, oponiendo alguna resistencia al avance enemigo. Sus capitanes más calificados, o para mayor exactitud, más descalificados, tenían una significación política bien conocida. Sólo simplificando mucho el problema de la guerra se les podía hacer responsables de la derrota. Esas reducciones al absurdo tienen la ventaja, para quienes las hacen, de eliminar la propia responsabilidad. Con unos responsables, con otros o con todos, la derrota, trágica y brutal, planeaba sobre nuestras vidas.

Los aviones de Franco habían llegado hasta el cielo de Figueres, sacando de su indiferencia resignada a la muchedumbre que acampaba en la villa. El retumbar de las explosiones, los reventonazos siniestros de las bombas, la sacudieron con un nuevo pánico y la pusieron en la carretera con una sola aspiración apremiante: ¡Francia! Fue un río humano, negro de dolor y de miseria. Hombres, mujeres, niños, con el corazón en la boca, mordiéndolo para que no se les cayese al suelo, adelantaban sus pasos, desentendiéndose del cansancio, para ganar la frontera. A cada kilómetro recorrido, el rebujón conteniendo los últimos vestigios del hogar perdido se iba haciendo más flaco. Ropas, papeles, recuerdos íntimos, sucios de sudor y de barro, señalaban, en el campo frío de invierno, la ruta de la caravana. Una costra de andrajos tapaba la belleza de los bancales. Carros campesinos, vehículos militares, coches ligeros y camiones pesados, a la velocidad de sus posibilidades, hacían, al disputarles la carretera, más penosa la marcha de niños y mujeres, forzados a caminar por los barbechos, donde no dejaban de meterse los conductores impacientes. Ni una queja. Ni un grito. Sólo el ruido sordo, agobiante, de la pisada colectiva de la muchedumbre. Todos los sufrimientos sofocados. Todas las miradas sin brillo. Todas las piernas tercas. Y el silencio ¡qué silencio! Dentro, de él, la amenaza, de un momento para otro, de la más terrible acusación contra nuestros errores, nuestros orgullos, nuestras vanidades que echaban fuera de su patria a tanta criatura para siempre infeliz.

Mezclados a las madres y los hijos, acosados por igual reacción del instinto, grupos de soldados, terciados los fusiles, el mirar perdido, cobardes de la voz de mando. Su recuperación se hacía sin esfuerzo. El dedo de un niño podía abatirles. No eran nada ni nadie. Se les congregaba en los descampados, formaban sumisos y bajaban, a contracorriente, más cansados, más rotos, aplastados por un destino que no comprendían y al que no hacían resistencia. Iban, sin ganas, donde les empujaba el sargento. ¿A la muerte, ya innecesaria? ¿Al combate perdido? ¿Dónde los llevaban? El ruido de la batalla los haría desertar una tercera vez. Guardias de Asalto cargados con el matalotaje familiar, artilleros encampanados en camiones y a mitad ocultos en la pieza antiaérea, carabineros sin jactancias. Arriba un cielo aterido y hostil, abajo un carro frío y viscoso. A tiro de fusil, la tierra de promisión: Francia. ¡Qué duro volverle la espalda! Las vidas que se, cruzaban, unas al fuego de la guerra, otras a la esperanza del exilio, se negaban a mirar. Tenían el pudor de su destino antagónico. ¡Qué sucio debía ser el paisaje para los ojos de estos hombres pastoreados por el miedo a la muerte! A los nuestros, su dulzura lejana, hecha de grises invernizos, era remordimiento. Todo intento de defensa personal se disolvía, con crujimientos íntimos, a la vista de la masa anhelante que invertía sus últimas energías en huir de su patria. ¿Con qué obligación más dura podría abrumarles la adversidad? Ciega de indiferencia, sobresaltada de horror, sin consuelo alguno, la masa marchaba, marchaba, enrojecida por el frío, ennegrecida por el barro, estimulada por su propio ruido —¡hala! ¡hala! ¡hala!— que ocultaba, en su sorda resonancia, la punta de acero de innumerables protestas… —¡hala! ¡hala! ¡hala!

Nosotros, después de una noche pasada en La Vajol, en un camión confortable del EMC, regresamos al castillo de Figueres. ¿A qué? No teníamos razón alguna para saberlo. A hacer acto de presencia ante los funcionarios que continuaban en él. Positivamente, a ordenar su evacuación, consumada en una proporción altísima. Nuestro coche avanzaba por la carretera como si fuesemos a entregarnos al enemigo. No sabíamos dónde estaba. La situación militar era sobremanera confusa. Por toda referencia segura, nos ateníamos a los controles, confiados a los últimos equipos de internacionales. El general Pozas, comandante militar de Figueres, se las ingenió admirablemente para complicar el tráfico y rodear de absurdas formalidades la situación. Sin un papel suyo, imposible transitar. Era el último lazo que la inepcia castrense nos tiraba a los pies en el momento mismo en que, en previsión de un avance brusco del adversario, nos hubiese convenido tener alas en ellos.

Pozas nos amarraba como a desertores a los pocos que, por orgullo personal, persistíamos en permanecer en nuestros puestos. Dos subsecretarios. Sacristán, de Hacienda, Méndez, de Gobernación, y un amigo de ellos, Fermín Mendieta, recogieron la última visión del Castillo que, pocos días después, a la vista de él los soldados de Franco, había de ser volado, retumbando la explosión en las estribaciones españolas del Pirineo.


Julián Zugazagoitia 
Guerra y vicisitudes de los españoles - Capítulo 52



Guerra y vicisitudes de los españoles fue escrito en París entre 1939 y 1940. Se publicó en 1940 en el periódico La Vanguardia de Buenos Aires, por entregas.



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