Lo Último

1998. España bajo las bombas I

1937. Hacia la Guerra

Preámbulo

Dada la gravedad de los acontecimientos que ocurren actualmente en España, dada la importancia que adquirió —en razón de esos mismos acontecimientos— el Segundo Congreso Internacional de Escritores celebrado en Madrid por representantes de 26 países de Europa, América y Asia, me había parecido improcedente, a primera vista, ofrecer a los lectores de Carteles un reportaje como el que hoy comienza a publicarse. Mi intención primitiva era destinarles algunos artículos de observación y comentarios de orden político, así como una fiel relación —tal vez austera— de los trabajos realizados por el Congreso. Nunca un reportaje(...) ya que el «reportaje» implica ciertas concesiones a un pintoresquismo descriptivo y anecdótico que se me antojaba fuera de lugar en momentos tan dramáticos, tan patéticos, como los que está viviendo la España de hoy.

Sin embargo, apenas atravesado el túnel de Port-Bou, mis decisiones primeras comenzaron a modificarse. Me di cuenta de que para hablar de la España que contemplaban nuestros ojos de hombres, era imposible permanecer en un plano meramente crítico o especulativo. Pascal decía que existían dos lógicas: una lógica del pensamiento, y otra del corazón. Y ante espectáculos tan humanos —tan pletóricos de sangre y alma, de lágrimas e intensidad— como los que hemos presenciado en estos veinte días de viaje a una tierra sometida a imperativos telúricos y agentes de muerte, a fuerza de terror y fuerzas de júbilo y amor a la vida, nuestra «lógica del pensamiento» se ha roto ante nuestra «lógica del corazón». Por ella sentimos y vibramos, por ella lloramos ante los niños de Minglanilla y supimos dormir a pierna suelta bajo los feroces bombardeos de Madrid. ¡Porque hace falta mucho más valor para resistir a los espectáculos conmovedores que nos presenta la España de hoy, que para vivir, con sus hijos, momentos de intenso peligro!

Modificando, pues, mi proyecto primero, trataré de haceros vivir conmigo la emoción profunda de un viaje a España en estos días de tormenta; trataré de haceros sentir el crescendo de esa emoción, que se amplifica como un regulador de partitura musical, hasta alcanzar el Fortissimo gigantesco, inhumano y tan humano, de Madrid. Menos me interesa que conozcáis «hechos» a que conozcáis «hombres» —hombres que he conocido en tiempos de paz, en cinco viajes consecutivos a España, y que hoy he visto transfigurados, modificados en su íntima esencia, por su apego a un ideal o por su contacto cotidiano con las más tremendas voluntades de aniquilamiento.

Trataré, pues, de hacer un historial del Segundo Congreso Internacional de Escritores, llevando paralelamente una especie de cámara fotográfica destinada a fijar lugares y gentes, así como un micrófono para recoger palabras y sonidos. Citaré frases enteras de escritores o de poetas que supieron plasmar, mejor que yo, una frase o una emoción. Trataré de llevaros conmigo al frente de Madrid y a los campos de batalla de Guadalajara; a la sede de las Brigadas Internacionales y a los sótanos de la iglesia de San Francisco el Grande; citaré poemas y contaré anécdotas, porque nada de lo que se refiera a la España de hoy resulta exento de contenido humano.

Y si hoy me enorgullezco de haber poseído siempre, en mi carrera de escritor, una cierta probidad intelectual, es para poderos decir que todo lo que os narre «lo he visto, lo he oído» con mis propios ojos, con mis propios oídos (sin utilizar jamás una referencia)... y con esa «lógica del corazón» que es, al fin y al cabo, la única eficaz en circunstancias como las que hemos conocido.

Ante todo, para explicar los motivos de nuestro viaje a España, quiero citar un simple párrafo del escritor francés André Chamson, compañero nuestro y director del semanario Vendredi de París: Hace dos años, la Asociación Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura había resuelto celebrar su próximo congreso en Madrid. A pesar de la guerra, el Gobierno de la República ha tenido a bien darnos la hospitalidad que nos había brindado en tiempos de paz. No debe verse en nuestro viaje el menor gesto de alarde u ostentación. No se demuestra valor yendo a visitar amigos desdichados, cualquiera que sea la causa de su desdicha. Pero sería una cobardía evidente el no hacerlo... Añado que nuestra función de escritores nos obligaba a realizar ese viaje...

Por tales razones llegamos a Cérbère una hermosa mañana de julio.

Unas cuantas colinas adustas, hijas de los Pirineos, servían de límite al último paisaje francés.


El Túnel de Port-Bou

Una de las emociones más profundas de nuestro viaje a la España ensangrentada la hallamos al surgir del túnel que lleva de Cérbère a Port-Bou.

Viaje enorme... que dura dos minutos escasos. Pero viaje enorme, porque nos hace trasponer la frontera insignificante —y tan dramática— que delimita dos realidades. Atrás han quedado los alegres cafetines mediterráneos, donde gente poco nerviosa saborea interminables bebidas anisadas; en Collioure hemos visto innumerables pintores, cazando destellos luminosos con sus pinceles... Y se ha presentado, en tierras francesas aún, un pequeño ferrocarril de enlace... que ya huele a guerra. Tren destartalado, con locomotora de tipo antiguo, con vagones viejos, de ventanillas incompletas, cuyas ruedas gimen lamentablemente a lo largo de los rieles. Y el tren ha desaparecido bajo tierra. Dos minutos de oscuridad. Dos minutos de silencio. Rodamos hacia un mundo donde los factores vida y muerte cobran nuevas categorías, nuevos significados; donde la facultad de existir se exalta hasta lo dionisíaco en un juego prodigioso y abominable contra las voluntades de aniquilamiento. Vida que se hace más palpable, precisamente, porque la presencia de la muerte la hace imperativamente dinámica; vida que adquiere, por constantes posibilidades de no ser, una conciencia total de sí misma.

¡Luz deslumbradora! Cortina que se ha abierto brutalmente sobre un espectáculo nuevo. ¡Estamos en España!... Y son los mismos árboles, las mismas piedras, las mismas playas de arenas finas que lamen las olas musicales del Mediterráneo. En la oscuridad del túnel presentíamos el paisaje; nuestros ojos, fijos en tinieblas de humo, lo conocían de antemano.

Pero lo que aún no conocían nuestros ojos era lo que le habían añadido los mensajeros de la muerte: aquel enorme agujero abierto en la roca por una bomba de mil kilogramos; aquel puente de piedra, destruido por obuses nocturnos; los cristales rotos de la estación del ferrocarril; los techos transformados en pobres esqueletos de vigas resquebrajadas... ¡Estamos en España! A cualquier hora, en cualquier instante, los aviones pueden dejar caer sobre estas viejecitas, sobre estos niños, sobre estos modestos empleados ferroviarios, feroces cargas de explosivo. Aldea fronteriza, Port-Bou conoce un terrible privilegio: el de poseer una estación terminal importante. Los franquistas han tratado de destruirla varias veces. Hasta ahora no lo han logrado.

En el interior de la estación, un cartel nos muestra un cadáver de niño: Defended Madrid. La dramática atmósfera comienza a afirmarse.

Los más intensos bombardeos vividos en Madrid no podrán hacernos olvidar la emoción de esta llegada a Port-Bou.


Hacia Gerona

Los maravillosos choferes del Servicio de Aviación nos llevan a toda velocidad por una carretera de ensueño. Adelante van Juan Marinello, Nicolás Guillén, Octavio Paz, José Mancisidor y Carlos Pellicer. Detrás, nosotros —Delia del Carril, André Malraux, Claude Aveline, Pablo Neruda y yo— acompañados por un alto funcionario de la Generalidad de Cataluña (salimos de París con un día de retraso y tenemos que alcanzar a los miembros de las otras delegaciones en Valencia). La ruta dibuja caprichosas ondulaciones a lo largo de una costa sinuosa. Escala montañosa. Desciende a las playas. Se pierde en bosquecillos de pinos para reaparecer al borde de un precipicio. Hace calor. Brilla el sol. Casi olvidamos que hemos entrado en tierras de guerra. Los problemas menores, las preocupaciones personales vuelven a la superficie. Malraux nos habla de John Dos Passos. Marinello descubre nuevamente la tierra de sus padres... Los nidos de ametralladoras que vigilan la costa se hallan tan bien ocultos entre las rocas, que no se les divisa a cincuenta metros de distancia. La silueta de un acorazado se dibuja apenas sobre el filo del horizonte... «¿Será nuestro?...» De pronto, los autos se detienen al borde de un acantilado que acuesta el mar a nuestros pies, doscientos metros más abajo. El panorama es realmente espléndido. Y, en el silencio de nuestra contemplación, suena la voz del funcionario responsable (pronto aprenderíamos a conocer la importancia que cobra en la España actual la palabra «responsable») de nuestra caravana:

—¡Qué hermosa es España! ¿No comprenden ustedes que se quiera dar la vida por defender tierra tan bella?


Gerona

Los intelectuales de Gerona, reunidos en la sala principal del Ayuntamiento, nos hacen una recepción encantadora por su sencillez y cordialidad. Eruditos, historiadores, amorosos lectores de manuscritos e incunables, restauradores y clasificadores de obras de arte. Representantes de esa noble casta de intelectuales provincianos españoles, que prolongan y renuevan las disciplinas clásicas con una modestia admirable.

Nos llevan a la catedral. Majestuoso edificio que se alza en lo alto de una escalinata de piedra blanca, con su inmensa nave gótica y su fachada de un academicismo austero. Un edificio lateral, transformado en museo público, guarda las pinturas y piezas de orfebrería del tesoro ritual. Admirables tablas catalanas de los siglos XIII y XIV, lacas policromas, retablos de una prodigiosa invención pictórica, estatuas y detalles de escultura, vestimentas episcopales, cálices, relicarios, báculos cubiertos de piedras preciosas... Un restaurador trabaja minuciosamente, con sus oros y barnices, entregado a la tarea de hacer revivir una cabeza de virgen descolorida por el tiempo... ¿Dónde hay huellas aquí de ese vandalismo de masas enloquecidas de que tanto hablan los periódicos de derecha del mundo entero?...

—¿Gerona ha sido bombardeada alguna vez? —pregunta uno de nuestros compañeros.

—El martes cayeron setenta bombas sobre la ciudad —responde el historiador que nos guía.

¡Hoy veremos una vez más el espectáculo que nos espera en tantas ciudades y pueblos de España! Edificios abiertos sobre la calle, como casas de muñeca. Edificios sin techo. Montones de ladrillos erizados de vigas calcinadas. Una mujer amamantando su niño entre las ruinas de lo que fue su cocina hogareña...

(Quince días después. Gerona habría de sufrir otro bombardeo, mucho más mortífero que el anterior.)


Habla André Chamson

Lo que más me ha impresionado durante este viaje es la realidad total, es el contraste formidable establecido entre las fuerzas de la vida y de la alegría y las potencias del odio y de la destrucción. Sobre esa alegría serena se ciernen en todas partes las amenazas de la muerte. No hay una ciudad, una aldea, un núcleo humano, por pequeño que sea, que no haya de temer, a cada segundo, el ataque de los aviones, de los cruceros en alta mar o, si el frente está próximo, los martilleos de la artillería.

La amenaza está en todas partes, tan presente que el hombre reaprende a vivir sin tomar en cuenta esta presencia. «¿No has estado en la guerra?», me pregunta un carabinero. «Si oyes las sirenas, acuéstate contra una pared.» Abandonado a los horrores de la guerra, el hombre se acomoda con ellas. Durante nuestro viaje hemos hallado la guerra en todas partes... En Gerona las casas derruidas nos indican que acaban de pasar aviones dejando caer sus cargamentos de bombas...


Barcelona

Anunciada por un prólogo de arrabales interminables, Barcelona va afirmándose en sus edificios crecientes, en sus vías que se ensanchan cada vez más a medida que nos acercamos al corazón de la ciudad. Ya se divisan las torres de la iglesia increíble de Gaudí. Ya se presiente el hormiguero humano de las ramblas. Nada, aquí, hace sentir la presencia de la guerra. Nada aún, porque sólo son las cinco de la tarde..., y porque todavía no hemos visitado ciertos barrios.

Las avenidas están llenas de gente. En las ramblas, las muchachas compran flores y canarios enjaulados. Las mujeres, bonitas, elegantes, están maravillosamente bien peinadas, como sus hermanas de Madrid. «Todo aparece viviente, laborioso [nos dirá Chamson]. Crecen los andamios; en todas partes se yerguen construcciones nuevas. Los tranvías desfilan sin tregua, los cafés están repletos...» Sin embargo, reina el peligro. Esta mañana voló sobre la ciudad un avión enemigo, causando la consiguiente alarma, aunque sin dejar caer bombas. ¿Constituirá su paso el signo precursor de un próximo ataque nocturno? ¡Quién sabe!... Porque Barcelona ha conocido también la angustia del despertar sobresaltado, al ritmo de explosiones que parecen venir de abajo, arando el asfalto y la tierra. El último raid le ha costado ciento cincuenta vidas; ciento cincuenta cadáveres alineados en las mesas frías del necrocomio. Pronto veremos las viviendas de donde fueron retirados los restos humanos; pobres casas en que las bombas enemigas abrieron tremendos boquetes negros, respetando —¿por qué?— una leve cortina de muselina azul. Balcones con los barrotes torcidos. Ventanas absurdamente ensanchadas por la explosión. Vigas metálicas enmarañadas como alambre de florista... ¡La guerra también ha pasado por aquí! Lo comprenderemos una vez más, a las diez de la noche, cuando se apaguen todos los focos de las calles, cuando los tranvías velen sus luces, cuando los transeúntes se transformen en un desfile de fantasmas, de sombras levemente alumbradas por bombillas mortecinas con reflejos de luciérnaga.


Ante el micrófono

Miravilles, el joven ministro de la Propaganda, nos lleva a la estación de radio instalada en sus oficinas. Es hombre enérgico y cordial.

En pocos instantes ha sabido captarse nuestra simpatía.

Nos trata con esa sencillez sin afectación que es atributo de todos los dirigentes de la España republicana. Sus palabras, sus gestos, respiran juventud y dinamismo. Una emoción viril matiza su voz cuando, instalado ante el micrófono, habla de su patria a millares de oyentes.

Juan Marinello pronuncia algunas palabras, mensajes de fe y esperanza. Concluye su discurso con unos párrafos dichos en perfecto catalán, causando la sorpresa sonriente de Miravilles y de los empleados de la estación emisora. Nicolás Guillén recita poemas de José Ramón Cantaliso. Luego cede su puesto a André Malraux, el formidable autor de La condición humana, Los conquistadores y La vida real.

Fino, nervioso, estrujando entre sus largos dedos un eterno cigarrillo, Malraux —uno de los más altos valores de la literatura mundial— comienza su discurso por una anécdota.

Un día en que los obuses caían sin tregua sobre Madrid [nos dice], me encontré en la Gran Vía con un individuo que llevaba un largo rollo de papel debajo del brazo, y andaba tranquilamente por los lugares más expuestos sin pensar en el peligro. Intrigado, lo seguí. ¡Un manuscrito de metro y medio de ancho es cosa que siempre ha de interesar a un escritor! Le pregunté lo que era aquello. Me respondió: «¡Es papel encolado, pues quiero cambiar los papeles que tapizan mi habitación!...»

En este momento [comenta Malraux] en que los acontecimientos de España plantean ante el escritor problemas que afectan su propia razón de existir con imperativos ineludibles, hay demasiados intelectuales que sólo piensan en cambiar los papeles que tapizan sus habitaciones...

Y lanzado sobre este tema, el novelista lo desarrolla en una serie de variaciones deslumbradoras, con esa dialéctica incomparable y nada oratoria que tantas veces nos había admirado en conversaciones particulares o en actos públicos. (¡Cómo olvidar aquella luminosa sobremesa, en Castellón de la Plana, en que Malraux nos exponía, a Marinello y a mí, su teoría sobre el destino político del escritor, estableciendo los fundamentos de una ética intelectual que calificaba de «antimaniqueísta»!)

—Si oyen sirenas de noche, no se inquieten. ¡Quiere decir que el bombardeo ha terminado!

Confieso que esta declaración del botones del hotel nos deja estupefactos, a Guillén y a mí. ¡Yo había creído siempre que las sirenas de alarma, respondiendo a su definición, servían para poner a los habitantes de una ciudad sobre aviso!...

Raúl González Tuñón, poeta argentino que lleva meses viviendo en España, nos explica esta inevitable acción retrospectiva de las sirenas de alarma en Barcelona y en Valencia. Los aviones italianos, procedentes de las islas Baleares, ponen en juego una técnica de bombardeo singularmente peligrosa y artera. Vienen volando a una altitud extraordinaria y, al llegar a las inmediaciones de las ciudades, detienen el motor y descienden planeando hacia los lugares que intentan bombardear. Los aparatos de señales acústicas no pueden, por lo tanto, revelar su presencia. Al encontrarse sobre la zona elegida los aviones ponen el motor en marcha, dejan caer sus cargas de explosivos y huyen a toda velocidad. Es este el momento en que las sirenas pueden avisar que todo peligro ha pasado. «¡A dormir!»

Esta noche en Barcelona será una de las pocas noches tranquilas que conoceremos en tierras de España. No sospechamos que mañana, en Valencia, nos espera nuestro bautismo de fuego.


Alejo Carpentier
Carteles, 12 de septiembre de 1937



1 comentario:

  1. En el presente, los aviones y sus bombas no se ocultan tras el silencio, sino tras el anonadante ruido de la propaganda mediática.

    Salud

    ResponderEliminar