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2020. Las mil estudiantes de la Universidad de Madrid. Entrevista con María de Maeztu

Lo que podrán ser las mujeres

Desde los tiempos más remotos hasta finales del siglo XIX, la Humanidad femenina se dividía en dos grandes grupos, a saber: 

1.° Mujeres que se casaban.
2.° Mujeres que se quedaban solteras. 

Las que por su desgracia pertenecían a este último grupo, recibían la denominación de solteronas, y sus soluciones eran las siguientes: 

Solución A. Meterse monjas. 
Solución B. Poner un estanco. 

Todo esto podían hacer, o al menos intentar, las mujeres. Tampoco estaba mal visto que se dedicaran a la literatura, en su casa, naturalmente. Mas si examinamos detenidamente la cuestión, veremos que solo una mujer entre cada veinte o treinta millones de ellas elegía este camino. No faltaban tampoco las que se dedicaban al arte (comediantas, bailarinas y similares). Estas eran excluidas de la buena sociedad.

Y , por último, también podían las mujeres ser reinas, pero hay que decir que se les presentaban muy pocas ocasiones.

Las únicas salidas claras que tenía la mujer eran, por tanto, las tres indicadas. El matrimonio, el estanco y el convento.


Un trueno

Pero he aquí que, hacia el año 1850, una mujer tuvo la ocurrencia de estudiar la carrera de Medicina. Aquella mujer se llamaba Isabel Blackwey, y era norteamericana, residente en Inglaterra.

Esta mujer se presentó una mañana en la Facultad de Medicina de Londres con los papeles debajo del brazo, dispuesta a matricularse como un alumno más. El revuelo que se armó a consecuencia de esta extraña solicitud fue colosal. ¿Ustedes se imaginan lo que pasaría si mañana don Miguel de Unamuno, por ejemplo, manifestase que quería torear en Vista-Alegre, alternando con el Niño de Haro? ¿Sí? Pues si se imaginan eso, y todavía les sobra imaginación, es fácil que se hagan cargo de la actitud de la Universidad británica y del mundo en general ante la resolución de Isabel Blackwey.

No se admitió su matrícula, y, además, no solo la Universidad de Londres sino otras de muchos países aprovecharon aquella ocasión para ponerse a salvo de peticiones semejantes y manifestaron «legalmente» que las Universidades eran unos lugares «solo para hombres».


El rey sabio y… relativamente feminista

Sin embargo, había un país en el mundo que desde hacía siglos conservaba abiertas las puertas de la Universidad a la mujer. Este país era el nuestro.

Alfonso el Sabio dejó consignado en el código de las Siete Partidas que la mujer podía estudiar todo cuanto quisiese, menos la carrera de Leyes. 

Jurisconsultas…, en ningún caso, pensó y escribió don Alfonso. Por lo visto, no quería que le salieran competidoras. Como a partir del Rey Sabio nunca el legislador se ocupó de este asunto, queda sentado que las mujeres no tenían cerradas más puertas que las de la Facultad de Derecho.


Otro trueno

Sería el año noventa y tres cuando una joven llamada María Goyri quiso estudiar la carrera de Filosofía y Letras en Madrid. Al ir a matricularse, el secretario le advirtió: 

—Cierto que no existe ninguna disposición que le impida a usted conseguir su deseo. Ahora bien, yo no me hago responsable de lo que pueda ocurrir, y, por tanto, solo la matricularé en el caso de que traiga una autorización especial. 

El claustro de profesores deliberó ampliamente. Por fin, cuando los graves varones llevaban ya dos o tres días acariciándose incesantemente las barbas en señal de duda, acordaron oficiar en sentido favorable, pero dispuestos a revocar esta disposición si la presencia de la muchacha provocaba disturbios entre los escolares o producía alteraciones del orden en las clases.

Luego la Facultad tomó medidas. Tan pronto llegaba la chica a la Universidad, los bedeles la conducían al Decanato y la encerraban hasta que llegaba el catedrático encargado de dar la primera clase. Este la acompañaba al aula, y, una vez allí, le hacía sentarse, no en los bancos de los alumnos, sino en una sillita traída al efecto y convenientemente separada de todos. Luego este mismo profesor la volvía a dejar en el Decanato, y allí esperaba ella la llegada de la clase siguiente, y así hasta la hora de marcharse en que con las mismas precauciones que al entrar volvía a ser conducida por los bedeles hasta la puerta. Esta muchacha terminó brillantemente sus estudios, y poco después se casaba con uno de los hombres más ilustres que hoy tiene España. Con don Ramón Menéndez Pidal.



La tempestad

Pero desde el año 1893 han cambiado mucho las cosas. Poco a poco han ido acudiendo las muchachas a la Universidad. Primero, a las Facultades de Farmacia y Filosofía y Letras; después, entraron tímidamente en las de Ciencias y Medicina. Por último, han invadido la de Derecho. Hace tres o cuatro años no estudiaban esta carrera más de tres o cuatro muchachas. Hoy acuden a la Facultad de Derecho más muchachas que a la de Medicina.

Durante el curso de 1900 a 1901 estudiaban en la Universidad de Madrid solamente dos mujeres. No nos han dicho a qué Facultad pertenecían, pero no es aventurado suponer que una estudiaría Letras y otra Farmacia o las dos una de estas cosas. 

Pero pasa el tiempo y el afán de la mujer española por el estudio crece, aunque muy despacio. Un curso son cuatro, otro son seis, otro una…, hasta el año 1918, en que por primera vez se reúnen cien muchachas estudiantes. La gente comentaba: 

—La Guerra ha sacado de quicio a las mujeres. Lo mismo está pasando en todas partes… Pero pronto se convencerán de que su sitio está en la cocina. 

A partir del año 1918, la cifra de estudiantes femeninos se duplica cada año. Así, en el curso de 1921-22, ya hay en la Universidad 220 chicas, repartidas por todas las Facultades, sin excepción.

En el curso de 1925-26 son ya 542 las estudiantes. 

En el curso 1927-28 casi llegan a mil. 

Y a partir del año 27, la cifra se mantiene casi constantemente hasta ahora. 

Ha sido, pues, en un espacio de nueve años, cuando las mujeres han invadido la Universidad, al mismo tiempo que invadían las tiendas, las oficinas, los despachos… 

¿Fue esto consecuencia de la Guerra? ¿Fue consecuencia de la Revolución rusa? ¿Se trata de un fenómeno pasajero? ¿Es, por el contrario, algo definitivo?

Yo no lo sé. Por el mundo hay unos señores con barba que se llaman sociólogos y que parece que son los encargados de decir la última palabra sobre estas cuestiones. Claro que entre tanto cada uno es libre de pensar lo que le acomode.


¿Dónde viven las estudiantes?

En nuestro país, una de las personas que más han trabajado y han luchado por la causa de la cultura femenina es, sin duda alguna, doña María de Maeztu. Y hay que convenir que con un éxito magnífico. Ella fundó la Residencia de Señoritas Estudiantes en el año 1915. 

—Muy pocas alumnas tendría entonces la Residencia, ¿verdad? —pregunto a la señorita de Maeztu. 

—Tres solamente, y no porque las chicas se resistieran a vivir aquí, sino porque, en realidad, no había más que dos o tres mujeres en la Universidad, y estas eran hijas de familias residentes en Madrid. La Residencia de Señoritas no se basó en un hecho, sino en una suposición. No era, pues, un negocio que se montase para aprovechar las circunstancias favorables. Era un sacrificio que hacía la Junta de Ampliación de Estudios para animar a las mujeres españolas a seguir el camino que habían iniciado las de otros países.


Cuando la señorita de Maeztu estudiaba

Doña María de Maeztu tuvo que pasar una odisea parecida a la de la señora de Menéndez Pidal. Oigámosla: 

—Yo era maestra en Bilbao. Pude conseguir una escuela siendo muy joven. En seguida me di cuenta de que para ejercer el Magisterio, tal y como yo lo entendía, era menester una formación más amplia que la de la Escuela Normal. Entonces decidí ingresar en la Universidad.

Comencé a estudiar la carrera de Filosofía y Letras y me matriculé en la Universidad de Salamanca. Recuerdo que la primera vez que fui a examinarme desde Bilbao coincidí en el tren con los estudiantes de Deusto. Los muchachos me miraban como a un bicho raro, y en todo el viaje no dejaron de hacer comentarios, bastante desfavorables para mí. El hecho de que una mujer joven viajase sola era considerado casi tan reprobable como el que estudiase una carrera. 

Yo me alojaba en Salamanca en casa de don Miguel de Unamuno, y él era quien me acompañaba hasta la puerta del aula donde tenían lugar los exámenes. De pronto, se me ocurrió estudiar, además de la carrera de Letras, la de Derecho. La gente, que ya venía sospechando del equilibrio de mis facultades mentales, declaró solemnemente: 

—¡Está loca! 

Aunque no se lo dije a nadie, la noticia de que yo pensaba vestir la toga se extendió por Bilbao, y el Colegio de Abogados, reunido para examinar tan grave cuestión, acordó cerrarme sus puertas, caso de que yo terminase la carrera, e instar a los otros Colegios de España para que hicieran lo mismo. En vista de esto y de otras cosas, desistí de vestir la toga. El año 1909, acabada ya mi carrera, vine a Madrid a estudiar el Doctorado de Letras y la carrera superior del Magisterio.


Cómo nació la idea de fundar la Residencia

—Me alojaba en una casa de huéspedes de la calle de Carretas, donde pagaba un duro. Pero allí no había manera de estudiar. Voces, riñas, chinches, discusiones y un sinfín de ruidos de la calle me impedían dedicarme al trabajo. Comprendía que no habría muchacha de provincias que se decidiera a estudiar en la Universidad a costa de aquello y se me ocurrió que a las futuras intelectuales había que proporcionarles un hogar limpio, cómodo, cordial…, semejante a los que ya existían en el extranjero.

El año 1915 propuse a la Junta para Ampliación de Estudios la fundación de la Residencia, y al final de aquel curso se abrió esta con tres muchachas, estudiantes de Magisterio. Las tres eran catalanas.

Al finalizar este primer año, aquellas tres habían aumentado hasta diecisiete. Algunas de estas estudiaban Farmacia, el resto eran maestras.

El segundo año hubo cincuenta alumnas repartidas entre la Escuela Superior del Magisterio y las Facultades de Farmacia, Ciencias y Letras.

El quinto año ya hubo cien chicas, entre ellas Victoria Kent, que era la única estudiante de Derecho.

Hoy tenemos trescientas cincuenta alumnas, porque nuestros edificios no tienen más capacidad, pero pasan de quinientas las solicitudes que cada año recibimos.


No me hable usted…

—Indudablemente, la Residencia de Señoritas no ha sido la consecuencia, sino la causa de que haya tantas muchachas en la Universidad. 

¡Es tan grato su ambiente!… ¡Tan agradables las caras que se ven!… ¡Tan cómodos los cuartos! ¡Tan confortables los salones y hasta la biblioteca…, que dan ganas de quedarse aquí y de convertirse en «estudiante honoraria» para toda la vida!

Pero a la Residencia se puede venir a pasar un rato agradable en cualquier época del año menos ahora. 

El mes de junio es trágico para las simpáticas habitantes de esta casa. 

Todas están pálidas, nerviosas, apesadumbradas y se refugian en la biblioteca o en los más absurdos rincones de la casa, agarradas fuertemente a unos enormes libros de texto. No quieren hablar, ni reír, ni siquiera retratarse para no perder un momento. 

—Es que me examino mañana, ¿sabe? 
—Y yo esta tarde, de dos… 
—Y yo voy ahora mismo… ¡Y con Negrín! ¿Se hace usted cargo?

Están silenciosas, y si alguna habla es para lanzar frases, en general poco halagadoras para los señores catedráticos.

—Morirse, no…, ¡pobre hombre!… Pero ya podía coger un «gripazo» esta tarde. 

—¿Y qué más da? —dice otra—. Ese examina aunque esté con cuarenta grados de fiebre. Le conozco. Y vuelven a hundirse en el libro.


Números

En la Universidad están las chicas todavía más agitadas. 

—¿Cuántas son ustedes en su curso, aproximadamente? 

—¿Y yo qué sé? Pues sí que está una en estos momentos como para hacer cuadros estadísticos… 

Y me vuelve la espalda. 

En la Secretaría de la Universidad me han facilitado amablemente los datos que deseaba.

¿Quieren ustedes saber cuántas son y cómo se distribuyen las estudiantes en la Universidad Central? Pues oigan, o, mejor dicho, lean la estadística de estos últimos años. Durante el curso 1928-29, estudiaron en Madrid ochocientas ochenta y cuatro señoritas, repartidas así:

Farmacia, 502 
Filosofía y Letras, 163 
Medicina, 118 
Ciencias, 70 
Derecho, 41

A partir de este año, decrecen las estudiantes de Farmacia, pero aumentan las de otras carreras. 

En el curso de 1929-30, estudian en Madrid algunas chicas menos. La cifra total es la de setecientos ochenta y cuatro, y su distribución la siguiente:

Farmacia, 390 
Filosofía y Letras, 218 
Ciencias, 71 
Medicina, 61 
Derecho, 44

El curso de 1930-31 da un total de ochocientas setenta y ocho estudiantes:

Farmacia, 418 
Filosofía y Letras, 235 
Ciencias, 91 
Derecho, 68 
Medicina, 66

Durante el curso de 1931-32 hubo ya mil diez estudiantes en Madrid, repartidas así:

Farmacia, 394 
Filosofía y Letras, 329 
Ciencias, 115 
Derecho, 101 
Medicina, 81

Faltan datos exactos del curso que termina ahora, pero puede asegurarse que las notas más salientes son un gran aumento en las Facultades de Derecho y Letras, especialmente en la primera, y un descenso en la de Farmacia.

La afición de las muchachas a las leyes nace al calor de la República, como puede verse por las estadísticas anteriores. Es que la nueva legislación reconoce a las abogadas los mismos derechos que a los abogados, y las mujeres, siempre prácticas, acuden en masa a estudiar a la Facultad que antes tenían tan abandonada. 

Lo que parecía imposible hace unos años va a ocurrir. La carrera de leyes se va a poner de moda. 

Por eso, el otro día, un catedrático de Derecho, antifeminista, exclamó al ver la cantidad de muchachas que esperaban turno para examinarse con él. 

—El mundo se desquicia. Dentro de poco llegaremos a la siguiente fórmula: «Una mujer: una toga.» Claro que para entonces yo me habré pegado un tiro…


Josefina Carabias
Estampa, 24 de junio de 1933



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