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2013. Recuerdos de Joaquín Maurin - V. La caída

El auto de línea salió de Jaca a primeras horas de la tarde. Estaba lleno: hombres, mujeres y un cura. Todos estaban excitados. Hablaban, y yo, haciéndome el distraído, escuchaba. El cura era el más hablador: decía que "los rojos" -ya empezaba a emplearse esa palabra- se encontraban al otro lado del Gállego.

El autobús no se paró hasta llegar a Biescas, población situada a orillas del Gállego. En Biescas había mucha gente armada y de uniforme: carabineros, guardias civiles y jóvenes con camisa azul y correaje.

Después de una breve parada, el autobús siguió hacia el norte, bordeando el Gállego, que corría encajonado por un cauce estrecho y profundo. Los viajeros iban bajando en los pueblos del trayecto. Bajó también el cura.

Al atardecer, el autobús llegó al pueblo de Panticosa. Pedí hospedaje en la única fonda del lugar, y allí encontré menos formalidades que en Jaca. La posada estaba prácticamente vacía. Sólo había una señora con dos niños.

Dijo que era de Zaragoza y que se encontraba allí porque su marido, médico movilizado, había sido apresado por los republicanos - no empleó la palabra "rojos". Me pareció adivinar un drama. La señora, por su parte, me miraba con cierto recelo. Debí de parecerle un pájaro raro. Como el margen de conversación era muy limitado, después de la cena, pretextando cansancio, me fui a mi habitación. El silencio durante la noche era absoluto.

Ni los grillos se atrevían a quebrantarlo. Sin embargo, apenas logré dormir.

Al día siguiente, moviéndome como un turista, salí a las afueras del pueblo, deseoso de estudiar el panorama. No se veía a nadie en los campos.

Yo nací en un pueblo de los Pirineos, y crucé la montaña varias veces, yendo y viniendo de Francia, con una relativa facilidad. Pero aquí la cordillera es altísima y escabrosa. Tuve la impresión de que me había metido en una ratonera. No había salida.

El segundo día, decidí ir al balneario, situado a unos tres kilómetros del pueblo. Fui a pie. La carretera bordeaba un ruidoso riachuelo que corría por una estrecha garganta.

Al llegar al balneario me paró una pareja de la Guardia Civil, y me pidió la documentación. Enseñé mi salvoconducto.

Topográficamente, el balneario de Panticosa es uno de esos prodigios de la naturaleza formados por el derretimiento lento, durante milenios, de un glaciar. Es un hoyo, con un laguito en el fondo, del que arranca el riachuelo. Por todas partes, montañas cortadas a pico, inaccesibles.

Si yo había soñado que quizá pudiera perderme en los bosques y pasar a Francia, me había equivocado. Mi primera intención era instalarme en el balneario y confundirme con los bañistas y turistas. ¡Iluso! No había bañistas. El balneario estaba cerrado. El único turista era yo.

Di una vuelta por los alrededores. No había transcurrido una hora desde mi llegada cuando la Guardia Civil vino a mi encuentro, diciéndome:

- Vamos a proceder a su detención.

- ¿Por qué? -pregunté-. He venido con salvoconducto. 

- Nos infunde sospechas.

Quedé detenido. Después de cachearme, me encerraron en una habitación del balneario. En la puerta quedó de guardia un paisano joven, con gorro militar.

Al cabo de un rato manifesté deseos de ir al W.C., y el joven guardia no puso inconveniente y me acompañó. No vi en él ninguna hostilidad hacia mí. Le dije, para ver cómo reaccionaba:

- ¡No sé por qué me han detenido!

El joven guardia me explicó que el día anterior había habido un tiroteo en los alrededores del balneario y que había sido herido un guardia civil, como queriéndome dar a entender que los guardias estaban muy excitados.

En la habitación había un aparato de radio, y pregunté al joven guardia si podía usarlo. Me dijo que sí.

Lo puse en marcha, y fui seleccionando emisiones hasta oír una estación que decía: "¡Aquí los Aguiluchos de la F.A.I.!"

Me emocioné, y casi me entraron ganas de llorar.

La F.A.I., tan obtusa políticamente durante los años de plasticidad democrática, tan responsable de los males que ahora experimentaba España, luchaba por la democracia y la República. Interiormente exclamé: "¡Viva la F.A.I.!"

Tuve la intuición de que el P.O.U.M. y la C.N.T.-F.A.I. habían superado las divergencias y luchaban juntos por la causa de la Libertad. No me equivocaba. El frente de Aragón, en la provincia de Huesca, lo defendían las juventudes del P.0.U.M. y de C.N.T.-F.A.I. Yo me había aproximado a esos luchadores, pero finalmente caí. Políticamente, yo había muerto. Se trataba ahora de salvar la vida, dignamente, sin humillación.

A la mañana siguiente, una pareja de la Guardia Civil me invitó a tomar asiento en un automóvil.

Llegamos a Jaca hacia las 10 de la mañana. El coche se paró delante del cuartel, y fui conducido al mismo despacho en el que cuatro días antes había hablado con el comandante Pareja.

Este salió de un despacho interior, me miró, reconociéndome, y, sin decir una palabra, volvió a la habitación de donde había salido.

Me tomó declaración un capitán, herido, que se movía con muletas. Fue correcto. Le expliqué lo que había dicho antes al comandante Pareja. No me pareció que el capitán-juez diera una importancia especial a mi caso, ni a mi situación. Yo, Joaquín Julió Ferrer, natural de Bonansa, provincia de Huesca, residente en Madrid, me encontraba en La Coruña como turista el 18 de julio, y había venido a Jaca para ver si podía establecer contacto con mi familia. Había ido a Panticosa como simple turista...

Terminada la declaración, fui conducido a un coche, en donde había otro paisano, y custodiados los dos por una pareja de la Guardia Civil fuimos llevados a la prisión de Jaca.


Cómo se salvo Joaquín Maurín. Recuerdos y testimonios
Jeanne Maurín















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