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2047. Discurso de Bertolt Brecht en el II Congreso Internacional de Escritores

Hace ahora cuatro años han tenido lugar una serie de terribles acontecimientos en mi país que señalaban que la cultura, en todas sus manifestaciones, entró en una zona de peligro mortal. El vuelco fascista despertó inmediatamenteen una gran parte del mundo las protestas más apasionadas, sus actos de violencia despertaron aversión. Aun para muchos de los que estaban llenos de aversión las grandes conexiones permanecieron completamente a oscuras. Algunos de estos sucesos, aunque percibidos, no han sido generalmente reconocidos en su significado elemental para el ser o no ser de la cultura.

Los monstruosos acontecimientos en Esparña, bombardeos de ciudades y pueblos abiertos, matanzas de poblaciones enteras, abren ahora cada vez a más personas los ojos para el significado de los acontecimientos, en el fondo no menos monstruosos sino sólo aparentemente no tan dramáticos, que han tenido lugar entonces en países como el mío, donde el fascismo ha conquistado el poder. Ellos descubren más claramente ahora la terrible causa común de la destrucción de Guernica y la ocupación de las Casas Sindicales alemanas en mayo del 33. El grito de aquellos que son asesinados en plazas públicas, refuerza el grito imperceptible, anónimo, de aquellos que son torturados detrás de los muros de los sótanos de la Gestapo: las dictaduras fascistas han comenzado a aplicar ahora también al proletariado ajeno los métodos aplicados a su propio proletariado; tratan al pueblo español como si fuera el pueblo alemán o italiano. Si las dictaduras fascistas fabrican sus parques de aviación, el propio pueblo no recibe mantequilla y el pueblo ajeno recibe bombas. Por la mantequilla y contra las bombas estaban las casas de los sindicatos: han sido cerradas. ¿Quién puede dudar hoy todavía que la manera de las dictaduras de prestarse entre ellas los ejércitos, es una y la misma maltera que la de dar un gigantesco incremento al comercio con la mercancía fuerza de trabajo, dirigiendo hacia el capital a batallones de civiles con sus servicios voluntarios de trabajo?

Cuando se produjo el ataque general contra las posiciones económicas y políticas de los obreros alemanes e italianos, cuando se ahogó la libertad de coalición de los trabajadores, la libertad de opinión de la prensa y la democracia, con esto se efectuó el ataque general contra la cultura.

Ni inmediata ni directamente se consideró igual la destrucción de los sindicatos que la destrucción de catedrales y otros monumentos culturales. Y, sin embargo, se efectuó aquel ataque al centro de la cultura.

El pueblo alemán e italiano perdió toda posibilidad de producción cultural, cuando fue privado de sus posiciones económicas y políticas -el mismo Señor Goebbels se aburre en sus teatros-, el pueblo español, mientras defienda su tierra y su democracia con las armas, conquista y defiende su producción cultural: por cada hectárea de suelo un centímetro cuadrado de lienzo del Prado.

Si es así, si la cultura es algo inseparable de la productividad general de los pueblos, si una misma intervención violenta puede privar a los pueblos de la mantequilla y del soneto, si en efecto la cultura es algo tan material, ¿qué se ha de hacer entonces en favor de su defensa?

¿Qué puede hacer ella misma? ¿Puede batirse? Se bate, luego puede. La lucha tiene sus distintas fases. Los diferentes productores culturales se oponen primero sólo de forma impulsiva a los terribles sucesos en su país. Pero ya la designación de la barbaridad como barbaridad significa: batirse. Entonces se unen contra la barbaridad, lo que es necesario hacer para batirse. Pasan de la protesta a la apelación, del lamento al llamamiento de lucha. No sólo indican con los dedos hacia la acción criminal, sino que llaman a los criminales por su nombre y exigen su castigo. Se dan cuenta que la condena de la opresión tiene que finalizar con la exterminación de los opresores, que la compasión con las víctimas de la violencia ha de convertirse en rechazo contra los agresores, la compasión en rabia y la aversión contra la violencia en violencia. A la violencia de la clase privilegiada se ha de contraponer la violencia, la violencia plena y destrozadora del pueblo.

Porque sus guerras ya no terminan. Las escuadras de aviadores italianos, que se han lanzado encima de la infeliz Abisinia, se elevaron al aire con petróleo todavía caliente y se unieron con las escuadras alemanas para lanzarse juntos encima del pueblo español. La batalla no se acaba de resolver ya se levantan escuadras aviadoras del Japón imperialista sobre China.

A estas guerras como a aquellas otras guerras de las que hablamos, ha de declararse la guerra y esa guerra ha de llevarse a cabo como guerra.

La cultura, durante mucho, durante demasiado tiempo sólo defendida con armas espirituales, pero atacada con armas materiales, ella misma no sólo es una cosa espiritual sino también y sobre todo una cosa material, ha de ser defendida con armas materiales.

Bertolt Brecht
París, 17 de Julio de 1937


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