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2085. IMAGÍNATE (A Ugíjar, el día que la sombra de la esvástica nazi la cubrió)




Es madrugada. La nieve ha comenzado a caer débilmente. Nuestra ropa está empapada porque, antes de ser nieve era una finísima lluvia la que nos caía encima. Subimos una empinada cuesta. Vamos en formación. Nos empujan para acelerar el paso. El frío, el miedo, el ladrido de los perros que no cesa, impiden pensar; solo obedecer. Nos gritan en una lengua que no entendemos. No sabemos qué hacer y, por ello, nos llueven los golpes. Continuamos ascendiendo. Más golpes, más voces, más ladridos… ¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos? Desde que bajamos del tren hace un rato no han cesado de darnos voces. Son soldados. Cuelgan fusiles de sus hombros. Algunos sujetan firmemente una cuerda que evita que los perros salten sobre nosotros tras haber bajado de cada uno de los vagones que componían ese convoy.

El camino está helado. Lo notan las suelas de mis maltrechos zapatos. Seguro que estamos bajo cero y que la nieve nos rodea; pero no la veo. En la oscuridad de la noche, conforme nos acercamos a paso ligero, distinguimos dos potentes focos instalados en la parte alta de un edificio que, por la altura donde están situados, aparenta ser ciclópeo. ¿A qué lugar nos han traído los alemanes, en ese maldito tren de mercancías? Hemos llegado, después de –al menos- tres días de viaje infernal. Encerrados como animales, sin ventilación, sin poder movernos, haciendo las necesidades propias a la vista de todos; sin pudor porque la ocasión no era favorable y la necesidad perentoria.

Al bajarnos de los vagones, formar e iniciar el camino de ascenso a la cercana colina hemos podido leer un nombre: Mauthausen… Los focos cada vez son más grandes, más potentes. No me siento los pies. El frío se me ha metido en todo el cuerpo. Se me está helando hasta el tuétano. Creo que hoy es 27 de enero de 1941[1].

Hemos llegado. La enorme puerta de ese granítico edificio está abierta. Parece como si nos tragara al atravesarla. Distingo, en la parte superior del muro donde se encuentra la puerta, una enorme figura, –seguramente de bronce, aún de noche y no se puede reconocer bien-, de un águila, que sostiene con sus garras la esvástica nazi. Da a entender que, con su penetrante mirada, se ha estado fijando en cada uno de nosotros. Y somos cientos pero… estoy solo. No tengo a mi lado a ningún amigo; conocidos sí, pero eso, conocidos. Ningún paisano ha viajado conmigo. Soy el único deportado de Ugíjar que ha llegado a este infame lugar del que no sé si podré salir… Ugíjar, mi querida Ugíjar, la que me ha visto nacer, crecer, jugar, correr, reír… ¡Cómo la echo de menos!

Ugíjar me venía viendo desde que vi la luz en ese bendito pueblo alpujarreño, un 19 de junio de 1918[2], en las postrimerías, tanto de la Primera Guerra Mundial como de la primavera  alpujarreña. Situado en La Alpujarra de Granada, casi oculto entre las agrestes cumbres de Sierra Nevada, rodeado de farallones, de barranqueras, de arroyos y torrentes que bajan horadando la propia montaña como consecuencia del deshielo del manto níveo que cubre, durante casi todo el invierno, sus imponentes cimas, ahí está Ugíjar, la llamada “capital de La Alpujarra”, la protagonista principal de la guerra de las Alpujarras y, -según la leyenda-, como una de las consecuencias de la misma, su patrona: la Virgen del Martirio y la historia que ha pasado, de boca en boca, en torno a ella desde aquellas “navidades de sangre”, en 1568, cuando los moriscos se levantaron en armas.

En una de sus hermosas calles, concretamente en la de San Felipe[3], y en su número 3, me asomé a este mundo y pude comprobar la luminosidad alpujarreña. Más tarde, conforme fui creciendo, fui disfrutando de mi ciudad, de mi familia, de mis amigos. Empecé a ir a la escuela para aprender, como hacía todo el mundo en aquél tiempo, al menos lo básico. Lo suficiente para poder decir que no era un analfabeto. Las cuatro reglas, algo de lectura, lenta pero sabiendo lo que leía, y otro tanto de escritura, con faltas de ortografía, lo reconozco pero… se entendía lo que quería decir cuando escribía algo. Mi padre, Cristóbal, me decía que, sabiendo lo que sabía, sería muy difícil que me engañaran el día de mañana. Era, como todos los alpujarreños, o la mayoría de ellos, agricultor. Las labores de la vega no tenían secreto para él; en cada estación sabía lo que tenía que hacer, lo que tenía que sembrar, cómo tenía que hacerlo. Era un hombre que amaba lo que hacía, y quería a su familia por encima de todo. Cuánto me he acordado de él desde que dejé mi casa para alistarme voluntario en un batallón de milicianos.

Acababa de cumplir la mayoría de edad y pensaba, por tanto, que tenía que defender mi país y mi tierra, -la que me había visto hacerme mayor-, de aquella sublevación militar contra un régimen legalmente establecido. La adolescencia la pasé entre tertulias republicanas, entre vehementes discursos, tanto en Ugíjar como en los pueblos vecinos; es decir, viviendo el día a día con fervor republicano y con todo lo que significaba el hacer otra clase de política, el vivir de otra manera a como estábamos acostumbrados.

Con ese paso dado se iba a acabar, no sabía por cuánto tiempo, la vida tranquila que llevaba en Ugíjar. Ayudando a mi padre en sus labores del campo. Jugando con mis amigos cada día. Yendo a los pueblos cercanos, cuando ya tuvimos alguna edad para eso, -siempre con algún familiar-, a la feria y fiestas de los mismos. Cantando canciones tradicionales de la comarca, a la luz de la luna, en las noches de primavera, junto a laúdes, bandurrias, guitarras, violines, vino de La Contraviesa y alguna que otra botella de anís. O cuando porfiaban algunos troveros atacando y defendiendo respectivamente… Eso tendría que esperar porque su misión, ahora, era otra.

Dejé atrás a mi Ugíjar del alma. No sabía si regresaría o no. A través de mi unidad militar, durante el transcurso de esa guerra cainita que asoló nuestro país, me fui acercando a Aragón donde participe en esa interminable batalla del Ebro que perdimos. No nos quedaba otro remedio, a los que habíamos sobrevivido, que marchar hacia Cataluña y, perdidas todas las posibilidades de que la guerra diese un giro inesperado, fui uno de los cerca de quinientos mil españoles –soldados, civiles, mujeres, niños, ancianos, heridos, animales, vehículos…- que cruzaron la frontera francesa pidiendo refugio y seguridad, perseguidos por las tropas del Ejército “Nacional” y por su aviación, que no dejó de hostigarnos hasta el cruce efectivo de esa línea inexistente que separa un país de otro.

Nos han hecho formar ante un tosco edificio. Se oye decir que son las duchas. Un deportado, con traje a rayas y un brazalete con el indicativo kapo[4], hablando nuestra lengua, nos indica que nos desnudemos y dejemos las pertenencias en el suelo. Entramos. Ha empezado a amanecer. El agua está tan fría que da la sensación que me están pinchando en cada milímetro de mi piel. Es breve. No hay nada para secarnos así que lo hacemos con nuestra propia ropa. Medio secos volvemos a ponérnosla medio mojada. Continuamos en fila. Pasamos a otra dependencia contigua. Nos toman la filiación. Nos indican que nuestro nombre y apellidos, en ese lugar, no le importan a nadie. Ya no eres persona. Eres un número.

Me ha tocado –como si fuese un sorteo- el 5729. Pero, ¡Ojo!, dice un kapo, fuerte y claro: “Cada vez que os presentéis ante un oficial SS, lo haréis indicando vuestro número, ¡En alemán! ¡Aprendedlo rápido, os va la vida en ello!”[5]. Ya no tengo nombre, soy un número, en este caso Siebenundfünfzig Neunundzwanzig (57 29). Lo repito mentalmente, una y mil veces, tengo que aprenderlo. Terminada la toma de filiación, ya en otra habitación, volvemos a despojarnos de la empapada ropa. Nos rasuran todo el vello de nuestro cuerpo. He dicho bien, ¡todo!, y nos dan una especie de pijama a rayas, pantalón, chaqueta y gorra. Camiseta interior, calzón, escudilla y zapatillas -por llamarlo de alguna manera-.

Cuando llegamos al campo de refugiados no nos dieron tantas cosas como aquí. Eso sí, conservamos nuestros nombres. Perdonad. Aún no me he presentado. Soy Antonio Ruiz Velasco[6] y, como os he dicho en renglones anteriores, nací en Ugíjar (Granada). Pronto los franceses, dentro del medio caos del principio, vieron que podíamos ayudarles en su defensa contra el ejército alemán. Pidieron voluntarios para formar parte de grupos de trabajo para reforzar las defensas de la frontera con Alemania. Me apunté a una de ellas intentando, de alguna manera, tener mejor vida que en el campo donde me habían llevado[7]. Todo iba bien hasta que los alemanes invadieron Francia por donde nadie pensaba que pudieran hacerlo.

Todos los grupos, en masa, fuimos hechos prisioneros y enviados a un campo de prisioneros de guerra, -los alemanes les denominan stalag[8]-, de nombre impronunciable. Luego supe que era el stalag XI-B[9], en Fallingbostel[10], pequeña localidad situada al norte de Hannover y al este de Bremen. Debíamos ser bastantes porque a mí me correspondió el número 87.796. Más tarde nos enteramos que a los españoles no se les aplicó la Convención de Ginebra porque desde el gobierno español alguien –dicen que Serrano Suñer, el cuñado de Franco, Ministro de Exteriores en aquel momento- había dicho que “fuera de España no había españoles”. Si no éramos prisioneros de guerra ni españoles pues… Aquel tren que nos llevó desde ese stalag hasta Mauthausen lo hizo transportando –en el caso de los españoles- apátridas. Por ese motivo nos dieron, también, un triángulo equilátero azul[11]  que debíamos coser en la chaqueta a cuadros, en el lado izquierdo, a la altura del pecho. En su interior, la letra ese mayúscula (S), paradójicamente, indicaba nuestra naturaleza, o sea, “spaniard” (español).

Me lo han quitado todo. Nombre, apellidos, pertenencias, vello, país…Pero no podrán quitarme mis recuerdos. Aquellos que día a día fueron amasándose y guardando en mi cabeza. Las travesuras que, como niño, también hice por todos los lugares de Ugíjar; los juegos, a todas horas, en todas las épocas del año y durante todos los días que lo componen. Y, sobre todo, cuando llegaban las fiestas en honor de la Virgen del Martirio, nuestra patrona, del 10 al 14 de octubre ¡Cómo disfrutábamos de todas las actividades que se hacían durante las fiestas! Conforme me fui haciendo un poco mayor, fui dándome cuenta que me interesaban las chicas, que quería estar con ellas. Durante las fiestas estaba deseando sacar a bailar a cualquiera de ellas aunque, a decir verdad, casi siempre estaba con una que tenía una larga melena de pelo negro azabache, de piel morena, un año menor que yo, con los ojos negros como la noche. Reconozco que estaba perdidamente enamorado. ¿Qué será de ella…?

Un golpe en la espalda con una porra de un kapo sirvió para que volviera a la realidad. Entramos en el block (barracón) que me había tocado para dejar las escasas pertenencias y ponerme, como los demás, el traje a rayas, coserle –ya nos dejaron las herramientas- el triángulo azul. Allí me indicaron qué camastro de madera –a modo de literas, de tres alturas- me correspondía. No existía colchón alguno sobre la dura madera que amortiguara mi peso y poco más tarde pude comprobarlo en toda la extensión de la palabra. Esa primera noche me fue imposible conciliar el sueño. Aunque… pasó tan rápida que se juntó con la llamada a formación cuando aún no había amanecido. Desconozco la hora que pudiera ser. Muy temprano, desde luego. Leve lavado de cara a la carrera, a formar delante del barracón –vi que arrastraban a uno que dormía cerca de mí. Supongo que está muerto- y a pasar lista, como la noche anterior. Entiendo. El muerto estaba vivo la noche anterior y tienen que cuadrar los números.

Mientras estamos formados, con tanto frío, se me viene a la cabeza el invierno en Ugíjar. Hace frío allí pero no se puede comparar con éste. El frío de Mauthausen te agarrota, te impide moverte, se clava dentro de ti como cuchillos, por toda la superficie de tu cuerpo. El suelo más helado aún. Ha terminado el recuento. A tomar un sucedáneo de café –agua oscura sin saber qué es lo que le da ese color- con un trozo de pan y un algo de margarina. Después, cada uno al kommando –lugar de trabajo- al que le han destinado. Yo estoy de martillero en la cantera –wiennergraben, le llaman- del campo. Es un infierno dentro de otro.

Febrero y marzo han pasado volando. Estoy cada vez más delgado, empiezan a notarse demasiado mis costillas, señal que falta –y de qué manera- comida que llevarnos a la boca pues el hambre es cada vez más atroz. Ayer presencié una pelea a la hora de comer. Nadie quería ser de los primeros en acercarse, con la escudilla, a que te sirvieran esa especie de sopa de nabos. El por qué era fácil de entender. Los nabos siempre están en el fondo de la sopa, y a los primeros solo les cae líquido. Me he enterado que me trasladan a un kommando exterior que se llama Gusen[12]. No hablan bien de él. Tenían razón. El día 21 de abril de 1941 me trasladan a ese lugar. Es como el campo principal pero más pequeño. También tienen otra cantera de granito –igual que en Mauthausen, ésta tiene otro nombre: Kastenhofen- y allí me han enviado a perforar. El número que me han dado ahora es más difícil de pronunciar que el que tenía antes pero, tengo que aprenderlo, me va a vida en ello; ahora es el 12.314[13]. La vida en Gusen es peor que en el campo principal. No sé si aguantaré vivo aquí mucho tiempo. Adelgazo cada día más y eso me preocupa bastante, sobre todo en este lugar. Parece que el invierno no quiere irse. No se nota para nada que estamos en primavera. No sé si llegaré a ver, a este paso, el verano.

Cada día que pasa es una odisea para mí. Se me nota demasiado que tengo los días contados. El trabajo es agotador. La comida mínima, sin calorías suficientes. Los golpes, por cualquier cosa, no cesan… No sé si abandonar mi lucha por vivir y acelerar mi muerte porque, vivir así, día tras día, es como morir cada día y ver cómo mueres. A veces le digo a mi querida Virgen del Martirio que me lleve con ella, que no aguanto un días más de esta manera. El martirio que padezco en mis débiles carnes, desde hace algún tiempo, es ya insufrible. No puedo más. Además, tampoco soy capaz de hacerlo solo aunque, confieso, se me ha pasado en más de una ocasión por la cabeza…

Ha transcurrido, y de qué manera, más de un año desde mi ingreso en este dantesco infierno. He soportado lo insoportable en Gusen viendo, día a día, mi deterioro físico y mental. Creo que hoy, día 10 de mayo de 1942[14], es el último de mis días. Me he acordado tanto de mi familia en Ugíjar; cada día y a cada hora han estado presentes en mi mente. Ya no podré disfrutar del paisaje inmenso de La Alpujarra. De la soberbia imagen de Sierra Nevada con su manto blanco hasta los pies. No volveré a ver, y disfrutar del florear de los almendros que se agarran en los taludes y en las barranqueras. De ver sobrevolar, en el cielo alpujarreño el águila culebrera, la real… no, hoy no veré el final del día. Estoy agotado, sin vida, decidle a…


José Sedano Moreno
Berja, 13/03/2016


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[1] BERMEJO, Benito, y CHECA, Sandra. Libro Memorial. Españoles en los campos de concentración nazis, (1940-1945). Madrid: Secretaría General Técnica del Ministerio de Cultura. 2006. Pág. 86.
[2] Ibidem.
[3] Centro Documental de la Memoria Histórica (en adelante CDMH),- antiguo Archivo General de la Guerra Civil Española, en Salamanca-. Relación de muertos españoles en el campo de concentración nazi de Mauthausen (Austria). Entregada por el deportado español Juan de Diego, superviviente de dicho campo, pudo sacar un duplicado de los listados del mismo, y donarlo a ese Archivo, hoy CDMH (N. del A.). Referencia: FEDIP, Caja 55. Expte. 4. Hemeroteca MF/R. Signatura 2312. Pág. 41 (aunque no están numeradas por su orden correlativo. N. del A.).
[4]   Iniciales de las palabras, en alemán, Kamaraden Polizei (camarada policía, como su nombre indica). Tomando las dos primeras sílabas de cada uno forman la palabra KAPO. (N. del A.).
[5] N. del A
[6] BERMEJO, Benito, y CHECA, Sandra. Libro Memorial… Ibidem
[7] Fueron las llamadas Compañías de Trabajadores Extranjeros o CTE. Más tarde pasan a denominarse Compañías de Trabajadores Españoles. Estaban militarizadas –bajo mando francés-, compuestas por españoles. La mayoría de ellos había hecho la guerra en España. Hubo algunas que sí terminaron siendo militares todos sus componentes. Se distribuyeron a lo largo de toda la “Línea Maginot”, junto con la frontera de Alemania. (N. del A.).
[8] Sílabas iniciales de las palabras Stadt Lager, o sea, campo de prisioneros de suboficiales y de personal de tropa. Las primeras sílabas de cada una de las palabras forman la palabra STALAG. Dependiendo de la categoría, es decir, de la graduación de los prisioneros, así iba a un campo de prisioneros o a otro. (N. del A.).
[9] Eran los llamados Distritos Militares o WEHRKREIS. Se anotaban con números romanos I, II, III, IV… Si dentro de cada Wehrkreis se levantaba más de un campo de prisioneros, se les iban denominando añadiéndole a las letras del alfabeto, en mayúscula, o sea, I-A, I-B, XII-C… etc. (N. del A.).
[10] Localidad donde se levantó el campo de prisioneros de guerra de suboficiales y tropa anotado como XI-B. (N. del A.).
[11] Dependiendo de la causa de la detención, así era el color que les asignaban: Verde: malhechores, criminales, ladrones… Rojo: prisionero político. Rosa: Homosexual. Negro: Cura. Morado: los bibelforschers (literalmente: los lectores de la Biblia) o Testigos de Jehová. Azul: Apátridas (como a los españoles en Mauthausen). Amarillo (doble superpuesto): Judíos… etc. (N. del A.).
[12]   Gusen inicialmente fue un kommando de ida y vuelta, es decir, salían del campo principal por la mañana hacia Gusen y regresaban, a la tarde, al campo principal. Poco a poco se fueron asignando más deportados a este kommando exterior, por lo que se vio la conveniencia de levantar un subcampo –que dependía orgánica y administrativamente del campo matriz-; éste tenía cierta autonomía y se hizo estable. Incluso hubo que crear un Gusen II y III. Allí murieron la mayoría de los españoles deportados a Mauthausen. (N. del A.).
[13] BERMEJO, Benito, y CHECA, Sandra. Libro Memorial… Ibidem.
[14] Ibid.


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