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2116. Las manos de Víctor Jara



Me acuerdo perfectamente de la primera vez que las manos de Víctor tocaron las mías. Fue un momento decisivo para ambos, que determinó un cambio en nuestra relación y el comienzo de largos años de felicidad -una felicidad que no todo el mundo tiene la suerte de conocer- una felicidad de la cual se tiene plena conciencia, en que lo único que se teme es que sea demasiado perfecta como para que dure eternamente. Ella terminó para siempre el 11 de septiembre de 1973.

Estábamos en el Parque Forestal de Santiago. Era en noviembre, una tibia noche de primavera; comenzaba la Primera Feria de Artes Plásticas, a orillas del Mapocho: la primera exposición de arte al aire libre que se hacía en Santiago. Había pinturas por todas partes, esculturas, grabados, artesanía, cerámicas. Buenas, malas y regulares. Había stands con mariposas, ángeles y flores de Rari, hechos con crin de vivos colores; chanchitos y guitarreros de Quinchamalí, de greda negra brillante, decorados con un fino trazo de flores blancas; ponchos y frazadas venidos del norte y del sur. El aire estaba saturado de olores a carbón quemado y humeante, del aroma de las cebollas que venía de los stands donde vendían vino y empanadas; del humo de las chimeneas de los buquecitos de latón blanco, puestos bamboleantes de maní tostado y confitado. Había una muchedumbre, e innumerables niños a pesar de la hora avanzada. El suelo era áspero y polvoriento, y con el alumbrado tan irregular era fácil caer en hoyos que uno no se esperaba. Allí vi por primera vez a Violeta Parra, sentada en un transatlántico, rodeada de sus tapicerías, de sus hijos y de sus instrumentos musicales. Alguien tocaba la guitarra muy cerca. A la luz de las ampolletas desnudas colgadas de los árboles, los tapices de Violeta brillaban con vida propia.

Víctor la saludó, bromeó con ella mientras pasábamos, y fue cuando nos alejábamos del ruido, de las luces y de la gente de la exposición, bajo los grandes árboles del parque, que Víctor tomó mi mano, y comprendimos que allí terminaba nuestra soledad.

Una de las primeras conversaciones que tuvimos fue en mi departamento de la calle Seminario, sobre el antiguo convento. Las ramas del viejo cedro que crecía abajo, en el patio, sombreaban las ventanas, y a través de ellas veíamos aparecer las luces en la cumbre del Cerro San Cristóbal y el cielo límpido de la tarde de Santiago. Víctor era alumno de la escuela de Teatro.  Yo era bailarina y profesora. Hablamos de eukinética, del tacto como medio de comunicación y como expresión del carácter humano, de lo que hay de específico en la forma como la gente toca a los demás, a los objetos que la rodean, en la forma como palpa el aire mismo; del paso de un hombre o de un mujer, que es también un aspecto del tacto (¿Por qué algunos pies maltratan los zapatos, arruinándolos, dejándolos deformes, mientras que otros tienen una pisada liviana y dejan su envoltura intacta?). Hablamos de cuán esenciales son para todo artista que se sirve del cuerpo humano como instrumento expresivo, la sensibilidad y la conciencia de todos estos factores; pero también para los demás seres humanos, porque les da un sentimiento más rico de la comunicación con sus semejantes y con el mundo que los rodea.

La palma de las manos de Víctor es ancha, casi cuadrada. Sus dedos son largos y ágiles, y él sabe juntarlos curvándolos, como las bailarinas hindúes.  Sus manos son callosas, pero flexibles y expresivas; las uñas cortas y redondeadas, muy frágiles; el tacto leve y delicado, pero cálido y firme; con él Víctor puede expresar el amor y la ternura. Su tacto me enseñó a derribar mis alambradas, a relajarme, a ser feliz siendo yo misma, porque él me ama y me necesita con todos mis defectos.

En muchas de sus canciones Víctor utilizó el símbolo de la mano humana para expresar sus sentimientos y sus ideas. En una de las más antiguas, escrita en el curso de nuestros primeros años juntos, él dice:

Yo no creo en nada
sino en el calor de tu mano con mi mano,
por eso quiero gritar
no creo en nada
sino en el amor de los seres humanos ...

Es una canción con recuerdos de su propia infancia, visión de la pobreza sórdida, entre un padre borracho y una madre que se mató trabajando. No había dinero para comida, pero sus padres adquirían sin cesar cirios para comprar la suerte ante las imágenes de los santos.

Las manos de Víctor eran hábiles no sólo para tocar su guitarra. Era elpapi a quien las niñas esperaban cuando había una astilla que desenterrar o una herida que curar, porque sus manos eran seguras y suaves y el dolor era menor bajo su contacto.

En su infancia, Víctor aprendió lo que es el trabajo con las manos, supo cuánto tiempo entraba, de labor y de la vida, en un campo labrado, la rueda o el yugo de un arado, en una marmita de greda. Sus únicos bienes preciosos, fuera de su guitarra, eran objetos fabricados por las manos del pueblo que él amaba y cuyos sufrimientos y luchas eran los suyos: una copa de madera rústica, que los araucanos habían usado durante años para sus alimentos; frazadas y ponchos tejidos por los campesinos durante los meses de invierno, al término de la cosecha; un lazo de cuero trenzado gastado por el uso.

El lazo dio origen a una canción dedicada al anciano que lo hizo, un viejo que vivió toda su vida en el pueblecito donde Víctor pasó una parte de su infancia: Lonquén. Está enclavado en las colinas al suroeste de Santiago, cerca de la gran ciudad, pero completamente alejado de ella. En la canción de Víctor las manos del anciano se transforman en un símbolo de vida y de trabajo duro:

Sus manos siendo tan viejas
eran fuertes para trenzar,
eran rudas y eran tiernas
como el cuero del animal.
El lazo como serpiente
se enroscaba en el nogal
y en cada lazo la huella
de su vida y de su pan.
Cuánto tiempo hay en sus manos
y en su apagado mirar
y nadie ha dicho -está bueno,
ya no debes trabajar.

Víctor hizo también una canción sobre las manos de Angelita Huenumán, una india mapuche que, en una minúscula pieza sombría, con suelo de tierra, hacía en su telar frazadas de colores con dibujos extraordinarios. Utilizaba lana hilada y teñida por ella misma, de los corderos que ella también criaba y cuidaba. Angelita vivía con unniñito, lejos de todo, entre los lagos, los bosques y las montañas de Arauco:

Sus manos bailan en la hebra
como alitas de chincol,
es un milagro cómo teje
hasta el aroma de la flor.
En sus telares Angelita
hay tiempo, lágrima y sudor,
están las manos ignoradas
de mi pueblo creador.

Los años sesenta dieron un nuevo impulso a la lucha por una sociedad más justa y suscitaron exigencias más perentorias de cambios fundamentales. En estas condiciones, el compromiso de Víctor también maduró, y en 1969 escribió La plegaria a un labrador, en donde la mano del hombre ya no es sólo un símbolo de amor que une a los individuos. Ahora pasa a ser un símbolo de orgullo y de reconocimiento de la propia identidad, un símbolo de fuerza y de lucha colectiva por una causa común:

Levántate
y mira la montaña
de donde viene
el viento, el sol y el agua.
Tú que manejas el curso de los ríos,
tú que sembraste el vuelo de tu alma,
levántate
y mírate las manos,
para creer estréchala a tu hermano;
juntos iremos
unidos en la sangre,
hoy es el tiempo que puede ser mañana.

La Plegaria a un labrador fue escrita un año antes que Allende llegara a ser presidente de Chile. Los cuatro años de vida que le quedaban, Víctor los consagró a aquello en lo cual él más creía: el gobierno de la Unidad Popular, la posibilidad de construir un Chile socialista e independiente por medios pacíficos.

Víctor, director de teatro de éxito, cantor y compositor popular, seguía, sin embargo, al lado de la gente con que había nacido: los obreros y los campesinos de Chile. El decía: La mejor escuela de arte es la vida misma. Decía también: A veces quisiera ser diez personas para ayudar en todo lo que hay que hacer. Pasó sus últimos cuatro años componiendo, cantando, recorriendo todo Chile y América Latina, listo en todo momento a cumplir la tarea que fuera necesaria. Yo lo veo en el campo, bajo el sol enceguecedor, ayudando en la cosecha de maíz, desmembrando la planta de arriba abajo con gran habilidad; y durante la pausa consagrada al reposo, sentado en la tierra seca y polvorienta, bajo los eucaliptos, listo para tocar la guitarra y cantar, escuchar o discutir. Lo veo en una bodega haciendo equilibrios arriba de una enorme pila de sacos de azúcar. Está desnudo hasta la cintura y transpira. Es una dura faena levantar los pesados sacos y ordenarlos a la velocidad con que los grupos de trabajadores voluntarios los traen desde los vagones del Ferrocarril. Todos ellos luchan contra las consecuencias de la huelga de los dueños de camiones que la CIA financia para paralizar Chile.  Víctor ríe y bromea. Su entusiasmo es contagioso, y a su alrededor todos trabajan mejor en equipo.

Once de septiembre de 1973: Día de la monstruosa y criminal agresión militar contra el pueblo chileno; día en que se desencadena el fascismo.

Víctor deja la casa para presentarse en su lugar de trabajo: la Universidad Técnica del Estado. Víctor es hecho prisionero junto a muchos más y llevado al Estadio Chile, lugar donde antes se han celebrado tantos festivales de la canción. Víctor es allí humillado, golpeado, torturado, como tantos otros. Le quiebran las manos. Luego lo acribillan hasta matarlo, y su cuerpo es arrojado a la calle y recogido después por una patrulla, que lo lleva hasta la morgue de la ciudad. Allí lo encuentro yo, entre montones de cuerpos de estudiantes, de trabajadores, de profesores. Allí entiendo de verdad lo que significa el fascismo. Querría morirme, pero es necesario que yo siga viviendo, aún con el suplicio de Víctor incrustrado dentro de mí. Saco fuerzas de su vida y de su coraje.

En alguno de esos cinco días Víctor escribió:

Sólo aquí
diez mil manos que siembran
y hacen andar las fábricas

Somos diez mil manos
manos que no producen.
¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del compañero presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.

Los fascistas chilenos convirtieron las manos de Víctor en un símbolo de los monstruosos crímenes que han cometido contra el pueblo de Chile, en un símbolo del horror y de la represión. Pero yo me acuerdo de ellas como de un símbolo de amor, de vida, de felicidad; y yo he sentido, cada vez más, el calor de miles y miles de manos solidarias tendidas por hombres del mundo entero.

Veo a Víctor de pie en un estrado al aire libre, en Santiago, frente a una multitud; en el océano de rostros humanos hay obreros, mineros, campesi­nos, familias venidas de las poblaciones, estudiantes, hombres, mujeres y niños de Chile. Esta masa enorme bulle con una vida propia, y encontrarse en medio de ella, con su aire de fiesta, su euforia, su resolución, con las banderas llameando sobre las cabezas, es una experiencia que no olvidaremos jamás. Y ese pueblo canta junto a Víctor:

Aprendí el vocabulario
del amo dueño y patrón.
Me mataron tantas veces
por levantarles la voz.
Pero del suelo me paro
porque me prestan las manos,
porque ahora no estoy solo,
porque ahora somos tantos.


Joan Turner
Araucaria de Chile n°2 - Francia, 1978




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