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2170. Primera ofensiva contra Madrid

Entre todas las ciudades españolas que los sublevados esperaban dominar en las primeras horas, o días, de la insurrección, es obvio señalar que Madrid y Barcelona eran objetivos de primerísimo orden. Por esa razón, sigue causándonos estupor releer con qué ligereza e irresponsabilidad se pretendió conquistar ambas ciudades. Falló el factor sorpresa —primordial en cualquier operación militar— y se subestimó al enemigo. Desalojados los sublevados no ya de todos los cuarteles de Barcelona sino también de toda Cataluña, Madrid parecía, digamos, la más asequible. En primer lugar para las columnas norteñas, que mandaba el general Mola. Éstas quedarían bloqueadas en las sierras de Guadarrama y de Somosierra a mediados de agosto de 1936, tras varias semanas de enconados combates con las Milicias Populares Obreras. Luego, para las tropas que suben del sur, mandadas por el general Franco, que estrena su primer nombramiento —decreto del 24 de julio, firmado por la Junta de Defensa Nacional, instalada en el palacio Arzobispal de Salamanca—, como jefe del «Ejército de Marruecos y del Sur de España».

En el asalto a Madrid —en el proyecto primitivo, se entiende— se preveía el ataque simultáneo por parte de seis columnas: una procedente de Córdoba–Toledo, otra de Talavera de la Reina, otra de Ávila, otra de Segovia, otra de Guadalajara y otra de Valencia; utilizando como ejes de la marcha las carreteras nacionales correspondientes.

Un paseo militar, en suma. La verdad es que a uno, a la vista de tan ambicioso proyecto, lo primero que se le ocurre preguntarse es qué clase de militares iban a realizarlo. ¿Los mismos que habían conducido la sublevación al fracaso?

Mientras no ha encontrado más que grupos de campesinos mal armados e inconexos, Mola ha progresado hacia Madrid. Pero en cuanto se enfrenta con columnas de milicianos algo organizadas, ya no da un paso más. Lo mismo se puede decir de los sublevados que suben del sur. Aunque éstos tendrán que vencer resistencias más serias, como la de Badajoz, en el segundo tramo de su marcha. No se olvide lo que se recalcó antes: tropas militarizadas se enfrentan —con mandos profesionales a su cabeza—, con fuerzas populares mandadas por jefes de milicias, asesorados por militares casi siempre, y cuyos hombres son, en la mayoría de los casos, milicianos. También fueron milicianos, bajo el mando del general Riquelme y del coronel Mangada, los que, semanas antes, detuvieron a las columnas del general Mola en las sierras.

Ahora, en los primeros días de noviembre de 1936, no son seis sino siete las columnas fascistas que pretenden ocupar Madrid. Dos de ellas por el frente encajado entre los puentes de Segovia, Toledo y Princesa, en plan de operación de distracción. Las tres columnas que debían entrar primero en la capital eran las que provenían del oeste; concretamente por la Casa de Campo. Las dos restantes atacarían por el puente de los Franceses y el del ferrocarril Irún–Madrid.

«Terrible noche la del 6 de noviembre de 1936 en Madrid» —ha escrito el general Vicente Rojo en uno de sus libros—. Al atardecer caían sobre la capital de la República los primeros cañonazos enemigos, que parecían anunciar el principio del fin. A los efectos deprimentes de los antiguos reveses que se sufrían y a la desconfianza en el triunfo que irradiaba de las alturas de la dirección política, venían a sumarse los efectos desalentadores de aquellos primeros disparos que presagiaban la inminencia de la batalla de Madrid. El Gobierno había decidido aquella tarde su salida de Madrid para Valencia. Esa misma noche —la del 6 de noviembre— se constituye el Estado Mayor Central, que auxiliará al Mando Especial creado para la defensa de Madrid, bajo el mando del general José Miaja, el cual nombró a Vicente Rojo jefe de dicho Estado Mayor.

Éste es uno de los tres factores determinantes del éxito de la defensa de Madrid. Otro sería la creación, a primeros de octubre, de la Primera Junta de Defensa de Madrid, compuesta por representantes de Izquierda Republicana, de la Agrupación Socialista de Madrid, de Unión Republicana, del Partido Comunista, de las Juventudes Socialistas Unificadas, del Partido Sindicalista, de la Confederación Nacional del Trabajo y de la Unión General de Trabajadores (lo
que, en los momentos más críticos, hará posible una auténtica movilización popular en apoyo de los combatientes). Completan dicha Junta: delegados del Ayuntamiento y de la Diputación de Madrid y de la Inspección de Milicias Obreras. Para sustituir la rudimentaria red de zanjas y de «quitamiedos» se dispone de un plan de fortificaciones del que es autor el teniente general Masquelet.

Cada miembro de esta Junta recibió una credencial firmada por el propio jefe del Gobierno, el socialista Largo Caballero, que le autorizaba «a meter las narices en todo». «Podíamos entrar y salir en todos los organismos oficiales, tanto militares como civiles, visitar las unidades del frente, los cinturones de fortificaciones e inspeccionar toda clase de servicios concernientes a la defensa. Y sugerir todo lo que quisiéramos, pero sin tomar ninguna medida», ha escrito Gregorio Gallego, el miembro más joven de dicha Junta —recién cumplidos sus dieciocho años—, en representación de la Confederación Nacional del Trabajo y de las Juventudes Libertarias. Este «poder meterse en todo» —tratándose, naturalmente, de militantes antifascistas conscientes y responsables—, iba a tener una gran trascendencia en la primera batalla de Madrid. Generó un levantamiento en masa apenas la Junta lanzó su primer manifiesto, apelando a la resistencia contra el invasor. De las columnas enemigas, tan sólo una, la de Talavera de la Reina, alcanzaría a crear una cuña peligrosa en el dispositivo de defensa: en la Ciudad Universitaria, la cual, salvo pequeñas alteraciones, ya no se modificaría hasta el final de la guerra, veintiocho meses después. Los historiadores más serios del mundo, que han escrito sobre nuestra guerra, consideran la defensa de Madrid — octubre de 1936–marzo de 1939— como la batalla más decisiva y una victoria restallante de los republicanos, puesto que la no caída de la capital en manos de los facciosos obligaría a éstos a una larga campaña por la periferia, en cuya prolongación sus defensores encontrarían, a lo largo de casi tres años, razones de esperar y de acariciar la idea de salir vencedores.

Sería injusto silenciar el incomparable papel que desempeñaron las mujeres en la defensa de Madrid. María Teresa León, creadora, con su compañero Rafael Alberti, de La Guerrilla del Teatro (otoño de 1936), ha escrito: «Sabemos las mujeres de Madrid que de nuestra fortaleza depende la resistencia de las líneas de fuego, y que esos milicianos con cara de capitanes, de que hablaba ayer Antonio Machado, no puedan ver en nuestros ojos más que el reflejo de nuestra confianza. La mujer española se ha levantado sobre nuestros campos rotos con el prestigio de su derecho a intervenir en la Historia de España». Y el propio general Rojo, en uno de sus libros, estampó la siguiente dedicatoria: «A la mujer española, abnegada, heroica, ejemplar entre todos los horrores, la angustia y la desesperanza. Porque cada hora de la batalla de Madrid, no hubo virtud de que no diera ejemplo. Y hoy, cuando nadie recuerda lo que recibió de ella, sigue perpetuando, anónima, su vida sencilla: sigue erguida y en calma, sin rencor por el daño que le han hecho».

Quizá convenga aclarar que cada vez que hablamos de los niños de una ciudad republicana nos estamos refiriendo a los nacidos en ella, pero también a los recién llegados en calidad de refugiados. De ahí que se considerasen asimismo «niños de Madrid» los que llegaron a la capital de España, procedentes de tierras vecinas, en los primeros tiempos de la guerra. Una común circunstancia los hermanaba —a buen seguro, por vez primera en nuestra Historia—: la de ser los principales beneficiarios de la revolución cultural emprendida en la primavera de 1931, con el advenimiento de la Segunda República. De una cultura entendida en el más fraternal sentido de la palabra: como capacidad de asimilación, esfuerzo de comprensión, anhelo de armoniosa convivencia y, como feliz compendio de todo ello, un afán inextinguible de justicia.


Eduardo Pons Prades
Los niños republicanos en la Guerra de España, 1997


Fotografía: Miliciana de guardia en San Antonio de la Florida (Madrid)


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