Lo Último

2196. Madrid, 2 de diciembre





Delante de la ventana, hay dos muertos. Al herido lo han tirado hacia atrás por los pies. Cinco compañeros sostienen la escalera, con sus granadas de mano junto a ellos. Una treintena de internacionales está en el cuarto piso de una casa rosada. 

Un altavoz enorme, de aquellos que transportan los camiones republicanos para la propaganda y cuya bocina los llena, grita en la tarde de invierno que ya declina: ¡Camaradas! ¡Camaradas! ¡Conservad vuestras posiciones! Los fascistas ya no tendrán municiones esta tarde: la columna Uribarri les ha hecho saltar esta mañana treinta y dos vagones. 

¡Camaradas! ¡Camaradas! Conservad… 

Los fascistas no tendrán más municiones, pero por el momento las tienen: han contraatacado y ocupan los dos primeros pisos. El tercero es neutral. Los internacionales ocupan el cuarto. 

—¡Basuras!, —grita en francés una voz que sube a través de la chimenea—. ¡Ya veréis si no tenemos bastantes municiones para reventaros!

Abajo, es el Tercio. Las chimeneas son buenos tubos acústicos. 

—¡Cochinos a diez francos diarios!, —contesta Maringaud, que se ha puesto a cuatro patas: hasta el fondo del apartamento, las balas llegan a la altura de la cabeza. Él tuvo en otra época el romanticismo de la Legión. Los refractarios, los enérgicos. Abajo tiene a la Legión española, venida a defender no sabe qué, borracha de vanidad guerrera. El mes anterior, en el Parque del Oeste, Maringaud ha atacado a la bayoneta. ¿Y cuándo el Tercio? Esa jauría adiestrada en sangre, servil a no sabe qué, le produce horror. Los internacionales son también una legión, y lo que más odian es la otra. 

Los 155 republicanos tiran sobre lo que fue el hospital. 

El apartamento, donde Maringaud y sus compañeros buscan «ángulos de tiro» entre ruidos cristalinos de vidrio roto, es el de un dentista. Una puerta está cerrada con llave. Maringaud es tan fornido que parece gordo, y tiene cejas espesas sobra una nariz chiquita en una cara de bebé de publicidad. Cuando derriban la puerta, aparece el gabinete de trabajo, un moro indolentemente tendido en el sillón de operaciones, muerto. Ayer eran los republicanos los que ocupaban la planta baja de la casa. Esta ventana es más ancha y menos alta que las otras; las balas enemigas sólo han roto hasta tres metros del suelo la vidriera del dentista. Desde allí se puede ver y tirar. 

Maringaud no tiene todavía mando: no ha hecho su servicio militar. Pero no le falta autoridad en su compañía: todos saben que era secretario de fábrica de una de las más grandes manufacturas de armas. Los italianos habían encargado allí dos mil ametralladoras destinadas a Franco; el patrón de la fábrica, fanático de armas, no las dejaba encajonar «porque no estaban a punto». Todas las noches, terminado el trabajo, una parte de la fábrica se iluminaba por encima de la ciudad, y el viejo patrón, apasionado, modificando sólo una bisagra de una máquina minúscula en su taller, ponía a punto la pieza decisiva que debía hacer de esas ametralladoras «ametralladoras que no necesito decirle cómo». Y a las cuatro de la mañana, uno después de otro, militantes obreros, siguiendo las instrucciones de Maringaud, llegaban para falsear, con algunos limazos, la pieza pacientemente elaborada. Seis semanas. Durante cuarenta noches se prosiguió en esa fábrica de armas ese combate paciente entre la pasión técnica (el patrón de Maringaud no era fascista; sus hijos si lo eran) y la solidaridad. 

Todos los de la brigada habían por experiencia que no era un trabajo inútil. 

Los compañeros de Maringaud vienen a instalarse encima de las balas. 

Esa casa, donde se combate desde hace diez días, asaltada o sitiada, es inexpugnable, salvo por la escalera donde se relevan cinco internacionales con sus granadas. La perspectiva no permite poner un cañón en batería, y en cuanto a las balas… Quedan las minas. Pero, mientras el Tercio esté abajo, la casa, incluso minada, no saltará. 

Los cañones de 155 de los republicanos continúan tirando.

La calle está vacía. En una docena de casas, se insultan por las chimeneas. A veces, un ataque, de uno o de otro lado, trata de ocupar la calle, fracasa, se retira; los centinelas, que la muerte no distrae, esperan, ociosos, detrás de las ventanas; si un infeliz periodista viniera a observar aquí, tendría de inmediato su balazo en el cuerpo. 

Hay un fusil o una ametralladora detrás de cada ventana, el altavoz cubre con sus gritos enronquecidos los insultos de la chimenea, y la calle está vacía como para la eternidad.

Pero, a la derecha, está el hospital, la mejor posición fascista del frente de Madrid. Ese sólido rascacielos, aislado en medio del césped, domina todo el barrio residencial. Desde su cuarto piso, los compañeros de Maringaud ven a los republicanos, en cada calle, a cuatro patas en el barro; y aunque no vieran el hospital, adivinarían su presencia por la altura que ningún cuerpo vivo puede sobrepasar. 

Como las casas de la calle, el hospital, cuyas ametralladoras tiran incesantemente, parece abandonado. Este rascacielos melancólico y asesino, ruina de torre babilónica, sueña como un buey entre los obuses que lo abofetean con escombros. 

Uno de los internacionales, buscando en todos los armarios, acaba de encontrar unos gemelos de teatro. 

Las granadas estallan en la escalera. Maringaud va hasta el rellano.

—No es nada —dice uno de los internacionales de guardia, en medio del estruendo de los obuses. 

El Tercio ha intentado subir una vez más.

Maringaud toma los gemelos. Visto de más cerca, el hospital cambia de color, se vuelve rojo. Debe su forma nítida únicamente a su masa: bajo cada golpe del 155 que lo bombardea, se hunde, se abolla o se achata levemente, como el hierro al rojo bajo los golpes del martillo. Sus ventanas, más visibles, le dan ahora un aspecto de colmena cuyas abejas han huido. Y sin embargo, muy lejos, en torno de ese baluarte en minas, los hombres se arrastran por las
calles lluviosas o trepan por los troles herrumbrados del tranvía. 

—¡Dios mío, Dios mío!, —grita Maringaud alzando sus fuertes brazos—. ¡Ya está, ya está! ¡Lo atacamos!… 

Están pegados unos a los otros, entre el moro muerto en su sillón de dentista y la ventana. Las manchas negras de los dinamiteros y de los lanzadores de granadas surgen de la tierra en torno al hospital, alzan los brazos, entran de nuevo en el barro, reaparecen donde estaba cinco minutos antes el rosario rojo de la dinamita y de las granadas. 

Maringaud corre hasta la chimenea, grita al Tercio: 

—¡Miren un poco lo que ocurre en el hospital, zopencos! 

Y vuelve corriendo a su lugar. Los dinamiteros están muy cerca; de la colmena hundida corre hacia las líneas fascistas todo un pueblo de insectos perseguidos por sus propias ametralladoras.

La chimenea no ha contestado. Un checo, más inclinado que los otros internacionales, el máuser al hombro, tira, tira, tira. En las casas de la otra acera desde donde son asediados, los internacionales tiran también: rozando la pared, los del Tercio huyen de la casa rosada: la casa está minada y va a estallar.

El Negus avanza en la contramina. Desde hace un mes, no cree ya en la Revolución. El Apocalipsis ha terminado. Queda la lucha contra el fascismo y el respeto del Negus por la defensa de Madrid. Hay anarquistas en el Gobierno; otros, en Barcelona, defienden ásperamente doctrina y posiciones. Durruti ha muerto. El Negus ha vivido tanto tiempo de la lucha contra la burguesía que ahora vive sin mayor trabajo de la lucha contra el fascismo: las pasiones negativas siempre han sido las suyas. Y sin embargo, eso no va ya. Oye a los suyos hacer por radio la llamada a la disciplina y envidia a los jóvenes comunistas que hablan después, y cuya vida no ha sido transformada en seis meses… Combate aquí con González, el gordo compañero con quien Pepe atacaba a los tanques italianos frente a Toledo. González es de la C.N.T., pero todo eso le es indiferente. Hay que hacer polvo a los fascistas y discutir después. «Tú comprendes —dice el Negus—, los comunistas trabajan bien. Yo puedo trabajar con ellos, pero quererlos, no. En vano echo los bofes, no hay nada que hacer…». González era minero en Asturias y el Negus obrero de los transportes en Barcelona. 

Después del lanzallamas del Alcázar, el Negus se ha refugiado en ese combate subterráneo que quiere, donde casi todo combatiente está condenado, donde sabe que morirá, y que conserva algo de individual y de romántico. Cuando el Negus no sale adelante con sus problemas, se refugia siempre en la violencia o en el sacrificio; en los dos a la vez, mejor aún.

Avanza, flaco, seguido por el gordo González, en una contramina que debe terminar un poco más lejos que la casa rosada. La tierra se vuelve cada vez más sonora: o la mina enemiga está muy cerca (pero no oye golpear), o… 

Arma una granada.

El último golpe de pico se hunde en el vacío, y el cavador se desmorona,
arrastrado por su impulso a un gran hueco profundo. La linterna eléctrica del Negus busca a su alrededor como la mano de un ciego: tinajas, altas como hombres. Un sótano. El Negus apaga y salta. Frente a él, otra linterna busca también. El que la tiene no ha visto la luz del Negus, la primera en apagarse. Un fascista. ¿Tirar? El Negus no ve al hombre. La casa rosada está casi encima de ellos. González se encuentra todavía en el pasillo. El Negus lanza su granada. 

Cuando el humo que gira sobre sí mismo a la luz de la linterna de González se disipa, dos fascistas se han hundido, la cabeza por encima de un lago pegajoso de aceite o de vino, de donde salen pedazos de vasijas enormes, y que sube, en la luz fija de la linterna eléctrica, hasta sus hombros, hasta sus bocas, hasta sus ojos. 

El contraataque republicano ha terminado: Maringaud y sus compañeros están libres. González y los suyos vuelven a la permanencia de la brigada. Hay que atravesar parte de Madrid. 

Ya se ha adquirido la costumbre del bombardeo; en cuanto los paseantes oyen un obús desaparecen por una puerta y después vuelven a seguir su camino. Acá y allá, las fumarolas que inclina un viento suave ponen en la tragedia una paz de chimeneas de pueblo a la hora de la cena. Un muerto ha caído a través de la calle, con un portafolio de abogado apretado bajo el brazo que nadie se atreve a tocar. Los cafés están abiertos. De cada estación del metro sale una población semejante a la de un asilo de noche siniestra; una población desciende por ella con colchones, toallas, carritos para niños, carretillas cargadas de batería de cocina, mesas, retratos, niños con toros de cartón; un campesino trata de empujar un asno tozudo. Desde el 21, los fascistas bombardean diariamente, en los alrededores de Salamanca, extraordinarias componendas se elaboran para colarse dentro de las casas… A veces, el montón de escombros se mueve y aparece una mano con los dedos extraordinariamente tensos, pero los niños juegan a los aviones de caza junto a los bombardeos, entre las caras agobiadas por la huida. Las mujeres vuelven a Madrid en espuertas y colchones, como las de los cuentos árabes. Un conductor de tranvía que se ha unido a los soldados para ir al servicio permanente de las brigadas, le dice a González:

—Como vida, comprendes, es vida; pero como oficio no es un oficio: sales, haces tu trabajo, llegas al final con la mitad de tu clientela, la otra se ha muerto en el camino. Te lo repito: no es un oficio…

El conductor se detiene, González se detiene, Maringaud se detiene. Todos los transeúntes se detienen o corren a refugiarse bajo las puertas: cinco Junkers, protegidos por catorce Heinkels, llegan sobre Madrid. 

—No hay que tener miedo —dice una voz—, uno se acostumbra. 

Y antes de que González y Maringaud hayan visto sea lo que fuere sobre el cielo gris de la tarde, una multitud enorme sale de los refugios, de los sótanos, de las casas, de las estaciones del metro, el cigarrillo en la boca, las herramientas o los papeles en la mano, en suéter, en chaqueta, en pijama, o cubiertas con frazadas.

—¡Son los nuestros!, —dice un civil. 

—¿Cómo lo sabes?, —pregunta González. 

—¡Me suena mejor que antes! 

Del otro lado de Madrid, por primera vez, llegan treinta y seis aviones de caza republicanos. 

Por fin llegan los aviones vendidos por la U.R.S.S. después que ésta ha denunciado la no intervención. Algunos ya han combatido en Getafe, y los aparatos reparados de los internacionales han echado folletos sobre Madrid para anunciar la reorganización de la aviación republicana; pero esas cuatro escuadrillas de nueve aviones, que llegan en losange, dirigidos por Sembrano, son, por primera vez, la guardia de Madrid.

El Junker que va a la cabeza tuerce a la derecha, tuerce a la izquierda, vacila. Las escuadrillas republicanas se precipitan a toda velocidad sobre el grupo de bombardeo. Las manos de los hombres se crispan sobre el hombro o la cadera de las mujeres. Desde todas las calles, desde todos los tejados, desde todos los orificios de los sótanos, desde todas las estaciones del metro, aquellos que hace ya dieciocho días esperan de hora en hora las bombas, miran. Por fin la escuadrilla enemiga da media vuelta hacia Getafe, y un grito de quinientas mil voces, salvaje, inhumano, liberado, sube hacia el cielo gris donde se hunden los aviones de Madrid.

Heinrich mira por la ventana, al caer la noche, la multitud de soldados separados de sus unidades que acaban de hacerse reincorporar. Ante él, el mapa donde lleva las indicaciones que le transmite Albert, pegado al teléfono, como de costumbre. Por todas partes se confirma que los fascistas, privados por el coronel Uribarri del tren con municiones, no tienen más municiones. 

—El ataque a Pozuelo y Aravaca ha sido rechazado, mi general.

Heinrich anota en el mapa las nuevas posiciones. Los pliegues de su nuca blanca parecen sonreír. 

—El ataque a Las Rozas ha sido rechazado —trasmite otro oficial de Estado Mayor. 

De nuevo el teléfono: 

—Muy bien, gracias —contesta Albert. 

El ataque a la Moncloa ha sido rechazado. 

Todos tienen ganas de congratularse. 

—¡Coñac general en el próximo éxito!, —dice Heinrich.

El Ministerio de Guerra transmite el orden de las posiciones en el receptor de Albert; las brigadas llaman por el otro aparato. 

—¡Dadme coñac!, —dice Albert—: Avanzamos en la Puerta de Hierro; la carretera de La Coruña está despejada. 

—¡Villaverde está reconquistado! 

—¡Marchamos hacia Quemada y hacia Garalito, mi general!


André Malraux
La esperanza (L’espoir), 1937



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