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2379. Mirando a Madrid

Llego de Madrid, donde vivo desde hace cuatro meses, y me atrevo a sostener que ninguna ciudad española ha puesto en la lucha la emoción y la grandeza que han puesto Madrid y su provincia. Vive desde Noviembre momentos heroicos y los madrileños de hoy nierecen la consagración de la Historia, como los de Alvarez Gato y los de la Independencia. Y lo más sorprendente es que su heroismo no es retador, ni pretenciosa su gesta, ni se llena de humo la cabeza de sus héroes. Lo son todos, y en Madrid lo heroico adquiere el ritmo del vivir cuotidiano.

Unas horas antes de salir para Valencia me decía un soldado del Ejército popular que, herido por tercera vez, sufre horrible mutilación de la pierna izquierda: "Lo único que siento es que quedaré inútil para volver al frente". No es de extrañar por eso que españoles y extranjeros al pisar sus calles deshechas y al contemplar sus edificios acribillados, sientan todos el contagio de un ambiente maravilloso. Al estallar un obús dentro de una sala de cine se intenta suspender el espectáculo, pero el público examina tranquilamente la trayectoria del proyectil, acuerda se cambien de sitio los que corrían mayor riesgo, y a ios pocos minutos la pantalla continúa ofreciendo regocijantes escenas de peliculeros americanos.

Otro sucedido. Un muchacho despacha vino en una taberna de la estrecha y tortuosa calle de Tetuán, próxima a nuestra Puerta del Sol. Una explosión, seca y terrible, seguida de una espesa nube de polvo le hace temblar el pulso. La mujer del pueblo, que delante del mostrador esperaba el vino para su hogar, comenta con la mayor naturalidad: "Oye, no tiembles, que me tiras el vino".

Como siempre, desde mi llegada, he vivido en continua comunicación con el pueblo y he sentido las más grandes emociones de mi vida. Podrá discutirse el Madrid de ayer, centralizador y burócrata, confiado y alegre, pero es indiscutible el Madrid de la guerra, el sufrido y envidiable Madrid de hoy que sin gritos ni aspavientos, serenamente y con plena conciencia de su misión ante el mundo, acepta generoso el dolor y el sacrificio. No importan las privaciones ni los peligros; cuando la metralla abre las carnes de un madrileño, sea quien fuere, todos corren en su auxilio, para prodigarle, aun con riesgo de la propia vida, cuidados y atenciones. Es que el dolor, maravilloso aglutinante de las almas, ha fundido en una sola las de todos los ciudadanos.

Quiero destacar un aspecto de este Madrid, espejo y honra de España y del mundo. Unido a la Junta de Protección del Tesoro Artístico, cuya labor no será jamás bastantemente elogiada, he visitado multitud de iglesias respetadas por el pueblo. Ninguna molestia, ninguna dificultad; es frecuente el caso de trabajadores sin preparación, que, pistola en mano, se opusieron a desmanes e incendios, salvando con un hondo concepto de responsabilidad, inapreciables tesoros y monumentos de la religión, del arte y la cultura. Llevamos recogidos veintidós archivos parroquiales —eran treinta las parroquias de la capital— e inmensa cantidad de ornamentos y objetos jeligiosos. El Jesús de Medinaceli fué entregado por las milicias comunistas a Margarita Nelken; la Confederación ha instalado en la Iglesia del Carmen una preciosa exposición de estatuas y ornamentos; la Virgen de la Almudena continúa intacta sobre su pedestal, aún habiendo sido utilizada la iglesia para abastos; y recuerdo emocionado lo que me decían unos obreros en la parroquia de Maravilas al reclamarles un gran lienzo de Jesús crucificado: "Ese no se le lleva; ese es nuestro; le mataron los facciosos de su tiempo por ser bueno y amigo de los pobres". Lo mismo ha sucedido con las personas. Cuando, pasados los primeros momentos de exaltación y de rabia, el pueblo ha descubierto sacerdotes que le amaron y le defendieron, les han otorgado su confianza y su cariño. En Madrid viven en la actualidad centenares que fueron absueltos por los tribunales populares y que han sido nombrados presidentes de comités de casas y aun de barriadas; otros organizan secciones del Socorro Rojo y no pocos fueron nombrados en pueblos y en la ciudad. Barajas, Vallecas, Guadalix, Becerri, Torrelaguna y otros guardan sus sacerdotes con verdadero cariño y uno de Vallecas, en documento firmado que conservo, dice: "El Comité acordó llevarme al Ayuntamiento para que estuviese más seguro. Desde el coche en que me recogieron hasta el local formaron dos filas apretadas de gentes que no cesaban de felicitarme y abrazarme. El Comité, compuesto, como es natural, por hombres de todos los partidos, decidió después instalarme en una de las casas incautadas y hube de salir al balcón para expresarle mi gratitud. Declaro que el momento fué indescriptible. Yo guardaré siempre en mi corazón gratitud inmensa para con el pueblo de Vallecas, que así se ha conducido conmigo, sin hacer yo otra cosa con ellos que tratarlos con cariño y respeto".

Dimas Sigüenza, firmante de las palabras que transcribo, y otros, cuyos testimonios también conservo, son el mejor exponente en favor de un pueblo que cada día con mayor precisión y justeza sabe distinguir el problema político del hecho religioso. En Madrid son muchos los niños que se bautizan, los enfermos que reciben asistencia espiritual y los matrimonios según el rito de la iglesia; conozco sacerdotes que faltos de medios, reciben cada día el pan de manos de trabajadores, estos hombres incomparables que han sabido guardar las imágenes de Mena, de Becerra, de Leoni y los lienzos de Ribera y Zurbarán. Frente a ellos están, impotentes y traidores, los que bombardean a Madrid, los que cañonearon al pueblo y a los monumentos religiosos, los que han roto muros y bóvedas sagradas. San Sebastián, San Marcos, Santiago, San Ginés, San José, Las Descalzas, San Antonio, La Almudena, los detentadores de una religión que es justicia, paz y libertad.


Leocadio Lobo
Teniente Vicario de San Ginés
Valencia, Julio de 1937















Publicado en Facetas de la actualidad española, La Habana, septiembre de 1937


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