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2384. Una historia de Ibiza I




Huyendo de la muerte (¡aquel terrible choque del expreso en un túnel!), de la que se había salvado por llegar tres minutos más tarde a la estación del Norte, Javier, aquella misma noche y al azar, escogía sobre el mapa de España un punto cualquiera donde pasar las vacaciones de verano. Igual que en la infantil y olvidada clase de geografía, su dedo, a modo de puntero, fue recorriendo de Norte a Sur, de Levante a Poniente las tierras coloreadas de las provincias, saliéndose de ellas lentamente hasta llegar al mar y pararse en una isla con la que siempre había soñado: Ibiza. Allí pasaría un mes, o poco más, retirado de todo en un molino, leyendo, escribiendo, mirando las bahías diminutas, las veleras lejanas, bajo la sombra antigua de los viñedos y algarrobos.

A la mañana siguiente, sin advertir a nadie de su cambio de rumbo, salió para Alicante, donde debía embarcarse al atardecer.


I

Bajaba poco a la ciudad.

Unos geranios altos, fuertes, membrudos y hombretones, como jamás los había visto; un pozo de agua turbia que rezongaba, protestando abajo, con una voz de ogro semidormido, cuando el cubo de cinc se le hundía en la garganta; un algarrobo de brazos milenarios y codos enraizados en la tierra; dos habitaciones de cal; un molino de vela, rotas dos de sus aspas y siempre fijo ya en el mismo viento; toda esta maravilla puesta en una terraza, suspendida sobre el pequeño mar de una ensenada solitaria, hacía que Javier se sintiese más perezoso que nunca, de espalda al resto de la isla, mirando sólo lo que tenía delante: playas casi desiertas, higueras adormiladas, suaves colinas de pinos adolescentes, y el Mediterráneo, cerrado su añil en un extremo por la banda tórrida de otra isla: Formentera.

Esta dejadez y rústico abandono le retenían lejos de la ciudad. Cuando algunas tardes bajaba, siempre por las veredas de las tumbas cartaginesas y los olivos seniles, iba a sentarse entre los pescadores del Bar La Estrella, en la acerca de la marina. Desde su arribo a la isla no había leído los periódicos de la Península. Llegaban ya de noche, retrasados, y no valía la pena hacer cuatro kilómetros para irlos a buscar. Sabía que por allá las cosas no iban bien, que diariamente caían asesinados muy buenos camaradas y que la respuesta a todos estos crímenes había ido a clavarse mortalmente en la cabeza de un «ilustre político», jefe del partido monárquico. Aquella tarde, y alargando el camino por el borde de las viejas murallas, bajó a sentarse al bar, seguro de distraerse un poco escuchando el lenguaje, para él incomprensible, de los pescadores ibicencos, primitivos y rudos, con aire de piratas y perfiles de águilas costeras. No los conocía. Ni ellos tampoco a él. Sólo el dueño le saludaba, cruzándose entre ambos, al servirle, unas pocas palabras castellanas, las suficientes para comprender esas otras que por recelo o falta de confianza se callaban. Aquella tarde se atrevieron a más.

—¿Socialista? —insinuó, a media voz, Javier.

—Sí. Y casi todos estos que frecuentan mi bar. O, al menos, de la U. G. T. ¿Y usted?

Javier le respondió después de unos instantes de duda:

—Amigo de los trabajadores.

La voz ampliada de un gramófono les tapó el diálogo. Algunas mozas ibicencas, con sus largas faldas rizadas, sus petos y zarcillos labrados de oro puro, seguidas por unos marineros, se pararon a escuchar la canción. Metálica, atronadora, una voz de mujer inundaba el paseo, saltando por encima de los mástiles, enredándose en las jarcias y las redes tendidas:

Carita de emperaora,
cuerpo de clavel moreno...

Fue llegando más gente, hasta formarse un muro de caras silenciosas, ojos y oídos atentos. Javier, de pronto, reconoció algunas. Caras vistas en Madrid, en la Universidad, en determinados cafés y sospechosas tertulias estudiantiles. Había venido a Ibiza, un poco fatigado de la lucha política, a premiarse con un mes de reposo y aislamiento su doctorado de Filosofía y Letras. La presencia de aquellas caras enemigas, mezcladas con las de inocentes ibicencas, le desagradó hasta torcer la boca con un gesto de asco. Se hubiera marchado en aquel mismo instante a otro lugar: a Mahón, a las costas de África, adonde ni de vista reconociera a nadie. Ya iba a pagar para subirse a su molino, cuando la voz del gramófono fue interrumpida violentamente por la de la radio. Las primeras palabras, enredadas aún en las del cante jondo, no se comprendían. Eran las de un hombre que hablaba claro, pero angustiosamente; que de pronto gritaba, lleno de autoridad y de ira. La gente que oía se arremolinó, desordenándose.

—¡Silencio! ¡Silencio! —chilló entonces Javier, subiéndose a una silla—. ¡Es Madrid, camaradas! ¡Habla Madrid!

Las palabras del hombre que gritaba por radio fueron al fin dominando el tumulto. Nueva ola de gente se agolpó ante el Bar La Estrella. Y las palabras lograron sonar límpidas, tajantes, sobre el silencio del paseo marino:

—¡Huelga general, trabajadores! ¡Huelga general en aquellas capitales y pueblos donde los militares rebeldes hayan osado declarar el estado de guerra! ¡Huelga general! Los momentos son graves, gravísimos. El proletariado español sabrá responder a esta provocación derrochando su valentía y su sangre...

Javier volvió a chillar todavía con más fuerza:

—¡Es la voz de Largo Caballero, camaradas! ¡Es Largo Caballero, socialistas! ¡Trabajadores ibicencos: es la voz de vuestro jefe, del camarada Largo Caballero, la que estáis escuchando!

Impasibles, los pescadores sentados en el bar miraban a Javier y al altavoz de la radio como si los dos hablasen un idioma extranjero. Javier llegó a pensar: «Estos hombres de Ibiza no entienden bien el castellano.»

—¡Camaradas...! —les empezó a decir con una mezcla de rabia y ternura.

Pero de la radio salía una nueva voz repitiendo, insistente:

—Se licencia a todos aquellos soldados cuyos jefes traidores les hayan ordenado sublevarse. Quedan libres... Pueden marcharse todos a sus casas... Se licencia...

Después se oyó la voz de la C.N.T.; también, la de la F.A.I.

Las órdenes, la lectura de proclamas y adhesiones al Gobierno, los discursos se sucedían rápidos, cubriéndose los unos a los otros. Una nueva voz, que Javier reconoció en seguida, comenzó a hablar. Era grave, solemne, llena de nobleza. Todo lo doloroso, lo firme, lo grande de la tierra de España temblaba en su acento:

—¡A las armas, pueblo español, trabajadores españoles! Socialistas, anarquistas, comunistas: ha llegado la hora de liquidar a vuestros verdugos. La patria está en peligro. ¡En pie todos, con el Gobierno del Frente Popular, con el Gobierno legítimo de la República! Habla el Partido Comunista. ¡A las armas, obreros, campesinos, marineros, soldados!

—¡Ibicencos! —volvió a chillar Javier, saltando sobre una mesa y espinándose aún para que lo que iba a revelar cayera desde arriba, removiendo en un vuelco el pecho de la gente—. ¡Es Pasionaria, la camarada Dolores Ibarruri, la que se dirige a vosotros! ¡Pasionaria!

En ese momento la radio conectaba con la Puerta del Sol. El alma entera y entusiasta del pueblo de Madrid invadió la impasibilidad de la isla, llenándola de canciones heroicas, de clamores de muchedumbre, gritos y vivas.

—¡U.H.P.! ¡U.H.P.! ¡U.H.P.!

En el ritmo cortante y repetido de estas tres letras se marcaba la marcha decidida, la voluntad firme de los trabajadores madrileños. La Puerta del Sol retemblaba dentro de Javier como si los pasos del pueblo en armas dieran contra su corazón. «¡Ha llegado la hora, ha llegado la hora!», se decía mecánicamente mientras pasaban, de lejos, por sus ojos, bosques movibles de banderas, hombres y fusiles. «Hay que marcharse a la Península. Mañana mismo. Ahora. ¡A ver! ¡Un barco! ¿Dónde hay un barco, una gasolinera, una barca de remos?» Javier, por encima de las cabezas paradas, miró hacia la bahía. Pero sólo vio que los mástiles de los laúdes anclados en el puerto cabeceaban, tranquilos. Algo grande, algo inmenso sucedía en España. El necesitaba presenciarlo, intervenir, dar su sangre, morir por ello. Sintió, de pronto, vergüenza de encontrarse perdido en una isla, lejos de sus amigos y camaradas, sin tomar parte como ellos en aquella esperanza revolucionaria, convertida inesperadamente en realidad gracias a la sublevación de unos cuantos jefes militares. Se bajó de la mesa donde todavía estaba encaramado, dispuesto a preparar su equipaje para marcharse a la mañana siguiente. El desfile de la Puerta del Sol se había ido alejando. Con el Himno de Riego, que cerraba la histórica emisión de aquel día, el paseo y el bar se fueron quedando desiertos. Cuando la gente se alejaba, el gramófono, siempre con la misma garganta metálica y estentórea, comenzó a rayar La Internacional. Una Internacional melancólica, de fin de fiesta o de verbena.

El dueño de La Estrella se acercó reservadamente a Javier.

Dos obreros le acompañaban. Javier se adelantó:

—¿Y qué va a suceder en la isla?

—Aquí sólo tenemos una guarnición de soldados que se marcha mañana con destino a Alicante. Guardias civiles y carabineros son pocos.

Quien así habló era un hombre de aspecto rudo, no se sabía si joven, con una boina hacia adelante tapándole las cejas, nariz de gaviota y ojos de gavilán.

—Pau García, pescador —agregó él, presentándose.

—Antonio, el carpintero —añadió el otro—. Los dos, de la U.G.T.

—Comunista —confesó Javier.

—Quizá aquí no pase nada. Pero esta noche, permanentemente, se reúnen en la Casa del Pueblo todos los directivos de las organizaciones obreras —dijo el dueño del bar.

—Yo, por si acaso, iré a buscar la dinamita —susurró Pau.

—¿Adonde?

—Adonde la hay. Al polvorín.

—¿Y usted, compañero?

—Yo —contestó Javier, despidiéndose—, si no sucede nada y puedo, saldré mañana para la Península.

—Seguramente que saldrá, amigo. En esta isla todos somos parientes. Es muy difícil que aquí suceda algo.

Y el dueño de La Estrella, al decir esto, rozó amistosamente con su mano el hombro de Javier.

—Buenas noches.

—Salud.

Pasadas las últimas casas de la ciudad, Javier encendió su linterna, sorteando las tumbas del sendero de olivos que le subía a su casa.


Rafael Alberti, Madrid 1937
Una historia en Ibiza - Capítulo I
"Relatos y prosa", Bruguera 1980




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