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2475. La música del "No pasarán"

Río Manzanares durante la defensa de Madrid. Noviembre  de 1936



¿No lo sabías compañero? El grito iracundo y profético del pueblo de Madrid en aquellos días dramáticos de Noviembre, tuvo su música. No sé si luego algún compositor de los que saben de fusas y corcheas habrá trazado sobre el pentagrama las notas de un himno que se titule así: "No pasarán".

Pero en aquellas horas híspidas de tragedia escribirían poca música los profesionales de la composición. Madrid era toda una inmensa orquesta, una férvida sinfonía de dolor y sacrificio.

Y fue entonces, en el atardecer trágico del 6 de Noviembre, cuando un hombrecito del pueblo, un viejo, puso un fondo musical al estribillo dramático de Madrid, al "¡No pasarán!" inmortal.

El viejo —el "señor Pepe" le llamaban— llegó, cuando la tarde caía a un merendero de fama castiza, a orillas del Manzanares, el río pobre y heroico de Madrid. "Paellas para bodas y bautizos" proletarios, bailes domingueros, pequeño Trianón de amores entre estudiantes y modistillas en otro tiempo. Una tapia sobre el río sediento y unos arbolillos presumiendo de jardín. Pero aquel día no danzaban parejas, ni las hornillas asaban chuletas para la merendola. Olía el aire a pólvora y crujían brutales explosiones. En la tapia, los milicianos ,se echaban el río con el fusil preparado y donde no había tapia, se ponían adoquines, traídos de no se sabe dónde, y se amontonaban sacos llenos de tierra.

Cuando el trajín era mayor llegó el viejecillo: un veterano menestral, un castizo, con su gorrilla y su pelliza de cuello de astracán falsificado.

¿Cómo pudo llegar hasta aquel lugar de máximo peligro el "señor Pepe"?

Un miliciano le preguntó:

—¿Dónde vas, abuelo?

Y el "señor Pepe" contestó:

 —Vengo del Sindicato, que esta mañana llamó por la Radio a todos los del oficio. Y aunque yo hace años que no estoy para la faena, acudí de los primeros.  Había pocas armas, se las habían dado a los muchachos. Como venían hacia aquí eché tras ellos. ¿Dónde hay fusiles?

Sonrió el miliciano:

—Están todos ocupados. ¿No los oyes? Lo mejor que debes hacer es marcharte a Madrid, abuelo.

Se indignó el "señor Pepe". ¿Para esto iba a haber bajado él? ¡Malditos setenta años! Hacían creer que el hombre ya no servía para nada. Y con la voz trémula de rabia, el buen hombre clamaba:

—Yo he venido aquí para algo. ¿Qué voy a hacer yo?

—Mira, compañero, haz lo que quieras; pero déjanos en paz. Tenemos todos tajo de firme. Los fascistas están ahí, al otro lado del río, y nos fríen a tiros.

De  pronto, entre el estruendo guerrero vibró una música castiza: ¡el organillo del merendero sonaba, con su estridor metálico, como en los días pacíficos de las "paellas para bodas y bautizos!" ¿Quién era el organillero que daba vueltas al manubrio bajo un diluvio de balas? El "señor Pepe", que ya no podía hacer otra cosa, se había agarrado al piano mecánico, viejo símbolo de juventud alegre y de casticismo. ¿Qué tocaba? No se entendía. Eran antiguas habaneras, rancios pasodobles, chotis verbeneros y chulapones... Era igual. El a todas las músicas les ponía la letra del mismo estribillo: "¡No pasarán!" "¡No pasarán!"

El "señor Pepe", hacía la guerra a su manera. Cuando se agotaba un cilindro, cambiaba el son y tocaba otra pieza. Y con su voz de bajo, un poco cascada de vejez y cansancio, cantaba sin cesar, adaptándolo a todas las músicas, y si no, de cualquier manera :

—¡No pasarán! ¡No pasarán!

Una bala perforó la caja del piano con un hueco son de ataúd que se rompe.

El "señor Pepe", impertérrito, cambió la pieza y siguió cantando.

Un obús estalló en el jardín. Sólo entonces cesó la música. El "señor Pepe" cayó con el pecho agujereado. Lo recogieron dos milicianos. Retorciéndose de dolor, ya en los linderos de la muerte, la mano derecha del viejo seguía dando vueltas a la manivela de un piano que no existía. Y su voz ronca, rota, de agonizante seguía cantando con no se sabe qué música:

—¡No pasarán! ¡No pasarán!


Juan Ferragut
Facetas de la actualidad española núm. 9
La Habana, enero de 1938




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