Lo Último

2479. Lamentación




(Por lo muchachos moros que ,
engañados, han caído ente Madrid).


En medio de este suelo se levantan
como reproche amargo a mi conciencia,
los gritos guturales de esos cuerpos
tendidos para siempre en el vacío.
Nadie dirá sus nombres ignorados,
nadie pondrá al recuerdo cinta blanca,
sólo en común reciben el desprecio
sobre la nada de su muerte impura.
¡Oh víctimas terribles de la sangre,
incautos cervatillos del desierto!
Los hoyos que os han dado como tumbas,
son la sola verdad de vuestras vidas.
Nacisteis, y una mano ya acechante
apagaba la luz de vuestros ojos.
Supisteis que el camello era más dulce
que el hombre cuando vuela en los espacios.
Caliente está la raza dominada,
entre escombros pasados y humo denso,
un castillo español os hace daño
clavado en vuestras sienes sin prestigio.
Ya sé que la barbarie y vuestra furia,
latiendo están su perro rencoroso,
que colocáis alegres las cabezas
goteantes de horro sobre cuchillos,
que desgarran la carne del contrario
como una res que aplaca el apetito,
y los míseros pueblos os miraron
pasar como huracán que apaga el fuego.
Conozco por rumores que se acercan
la forma de ese espanto desatado,
pero, ¡Oh  mozos caídos, yo os defiendo!
Yo levanto mi voz sobre los restos,
de vuestro sacrificio miserable,
yo quiero un grave canto dedicaros
a aquel soplo de vida que habéis sido.
¡Nuestro infame dominio a que reduce
la juventud ligera de esos cuerpos!
Pudimos ser quien alumbrará un día
el libro que en sus frentes se ha dormido,
pero sólo nos queda la vergüenza,
el  impasible reto de sus rostros
tras la muerte falaz que han encontrado.
Vosotros enemigos del desierto,
juveniles bandadas asesinas
ante los muros de una villa heroica:
no habrá ese paraíso que os pregonan
bajo palmas en brazos de la amada,
no beberéis la leche de camella
entre la cárdena luz del horizonte.
Sólo la muerte impera y os aguarda,
con el supremo engaño irrevocable.


Juan Gil-Albert
Noviembre de 1936





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