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2623. Balada del pan amarillo (postguerra)



Balada del pan amarillo
(postguerra) 


En el pan de maíz, el sol queda 
a sufrir con nosotros, amarillo. 
Toda la población de la mazorca 
nos acompaña así, nos edifica. 

Por él acerca el campo su palabra 
caída entre los muertos y el otoño, 
su balada perdida, sin garganta 
que dé salida al canto de la tierra. 

En él late la yema de la vida 
llena de avispas ciegas, desnortadas, 
y bulle un zumo de limón caliente 
en el lugar donde la sangre canta. 

En el pan de maíz hay una rosa 
amarilla de azufre y tristeza; 
un acorde, una música de hierro, 
quizá una fuerza de astros extinguidos. 

Hay un calor dormido junto a un niño, 
un fuego a medio hacer con hielo cerca, 
una remota fiebre de azafranes 
diluidos en mares de ceniza. 

Perros hambrientos tienden sus aullidos 
debajo de los árboles dorados, 
y un aserrín de cálida madera 
trepa al silencio en espirales mudas. 

Por el pan de maíz, toda la vida 
se nos quedó amarilla, pero erecta, 
se nos quedó oxidada, pero firme, 
y el pan aquél ya es carne, hueso nuestro. 

Invisibles canarios que venían 
inmiscuyendo su ternura inquieta 
en el redondo pan de la amargura 
nos daban alas, plumas, voces rubias… 

Con el dolor del miedo nos saciaban. 
Con su lívido frío. Y nos alzamos 
en terca voluntad de crecimiento: 
nos quisimos quedar a ver la vida. 

Como una flor de liquen, arraigada 
en tejado pobrísimo, sin tierra 
ni apenas otra cosa que la nube, 
así creció y se fue la dura infancia. 

(¿Adónde? ¿Con qué escolta ilimitada 
de estrellas y nenúfares? ¿Qué signos 
sin descifrar dejaba? ¿Qué simientes? 
¿En dónde están sus leves huesecillos…?) 

Con amarillo pan hemos nutrido 
la adolescencia débil y espigada, 
el amor primero, lo inefable 
de la esperanza: cuanto no tuvimos. 

Y si crecimos, si hasta aquí llegamos 
con el pan de maíz en las arterias, 
fue porque el sol tribal de la naranja 
se escondió con tristeza. Y nos sostuvo. 


María Beneyto
Antología de Poesía Social,  Leopoldo Luis. Edic. Júcar, 1982







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