Lo Último

1103. Usos amorosos de la posguerra española - V. Entre santa y santo, pared de cal y canto.





Casi todos los españoles de uno y otro sexo que andan hoy al filo de los sesenta años, ya vivieran la guerra civil en la zona republicana o en la franquista, suelen coincidir en un punto al evocar las impresiones que aquella conmoción dejara en sus mentes infantiles: la vida familiar había relajado notablemente sus normas habituales de cohesión.

"Nuestros padres olvidaron las normas, nos dejaron vivir. Se podía salir de casa sin grandes dificultades sin que nadie se fijara en nuestra presencia. Se podía ir sucio e habían roto las rutinas internas de la vida familiar. Se habían abiertos las puertas de la calle anárquica y variopinta".

La misma autora que hace este comentario señala, poco más adelante, el frenazo que supuso para los niños la disciplina impuesta en casi todos los hogares como consecuencia de la victoria de las tropas del general Franco:

"Como una reacción, quizá desesperada, quizá necesaria para sobrevivir, los padres se volvieron más exigentes... La censura de todo lo que hacíamos iba a estar presente en nuestra adolescencia, en contraste con la forzosa libertad de los años de la guerra... En aquellos primeros cuarenta, los chicos con los chicos tenían que estar; las chicas, a su vez, con las chicas". (1)

Como primera medida de urgencia, la coeducación había quedado tajantemente prohibida mediante una ley de mayo de 1939, por considerarla un sistema pedagógico abiertamente contrario a los principios del Glorioso Movimiento Nacional. (2) Esta ley —que se mantuvo en vigor treinta años— marcó sensiblemente la conducta de las nuevas generaciones de españoles en su paso de la infancia a la pubertad; y esto se acusaba en la intrínseca dificultad para la «camaradería» latente en las pocas chicas que llegaban a la Universidad o a trabajar en una oficina, porque además tampoco los hombres con que iban a alternar allí se prestaban, salvo honrosas excepciones, a un trato sin reticencias.

Previamente a este ingreso en centros de trabajo mixtos, las ocasiones de intercambiar preguntas, entretenimientos y comentarios con adolescentes del sexo contrario, no sólo habían quedado reducidas a ámbitos delimitados por la vecindad o el parentesco, sino viciadas por una sombra de aprensión, que en la edad adulta solía desembocar en las torpezas a que siempre conduce la desconfianza.

Para los niños de la guerra, antes de pensar en resolver su porvenir, existían dos tutorías fundamentales: la del propio ambiente familiar y la del lugar donde cursaran sus estudios de Enseñanza Media. Entre las dos alternativas del colegio religioso, donde la disciplina era mayor, y la del Instituto —masculino o femenino—, donde el profesorado era más competente, la mayoría de los padres de cierto nivel social elegían de preferencia la primera. La razón que solían invocar era la de que allí los hijos estaban «más sujetos», pero tanto o más pesaban las consideraciones de tipo clasista, especialmente cuando se trataba del bachillerato de una chica. Porque en este caso predominaba la opinión de la madre, más conservadora por convicción o por miedo de que su hija le saliera rara, perdiera el freno de la Religión y se contaminara de costumbres impropias de una señorita. En los Institutos de Segunda Enseñanza, generalmente ubicados en lugares provisionales y no muy confortables, la matrícula era notablemente más barata que en los colegios de monjas, y por eso había «mucha mezcla», como solía decirse.

Acudían chicas de extracción rural o hijas de proletarios de dudosa ideología, cuyos modales y lenguaje eran más descarados, y a muchas de ellas las esperaban a la salida de clase chicos de su barrio con los que se iban tranquilamente de paseo.

Antes de seguir adelante, conviene hacer un paréntesis, aun a riesgo de que sea largo para señalar que nos estamos refiriendo a capas de la sociedad más o menos privilegiadas y donde tenía algún sentido hablar de estudios o de sumisión a las leyes dictadas por el nuevo Estado, es decir donde no reinaba la miseria.

La palabra miseria tiene a veces en los textos oficiales un retintín poco piadoso, como haciendo recaer alguna culpa sobre aquel que la padece. En amplios sectores de los suburbios de Madrid, que fueron frente de guerra y quedaron prácticamente arrasados, en el año 1944 apenas se había reconstruido nada todavía.

"...y entre las ruinas —dice un texto— las gentes se amontonan aprovechando ansiosamente una sola habitación para albergarse cuatro o cinco familias, buscando refugio en sótanos o cuevas de tierra y durmiendo en repugnante mezcolanza de sexos y edades. La miseria es tan enorme que difícilmente se puede explicar. Sin muebles, sin vestidos, sin casi comida: así viven muchos miles de almas en las afueras de Madrid, dedicados a la busca, a la ratería y a la mendicidad, depauperados y recelosos. Masa en la que se echa la tuberculosis y que espera siempre la convulsión social o política que le permita dar satisfacción a sus anhelos de disfrute de tantas y tantas maravillas como la ciudad ofrece a su envidia impotente. (3)

En el mismo informe se reconoce que numerosos chicos y chicas, que en alguna barriada llegaban a los cinco millares, carecían de escuela y que el problema se agravaba porque existían algunas academias particulares donde se hacía caso omiso de las medidas que tendían a inculcar ideales patrióticos, como era aquel de la separación de los sexos. A esta desobediencia se le atribuían raíces subversivas:

"Por deliberado propósito sectario del maestro o por asegurarse este una más fácil clientela de alumnos, se torpedean las disposiciones del Estado Católico, sin que la Inspección de Primera Enseñanza llegue a enterarse de ello o tenga eficacia para corregirlo". (4)

En aquellas barriadas de extrarradio, habitadas por obreros y por gente sin oficio ni beneficio, reinaba la anarquía y el desdén rencoroso a las normas. La mayoría de las uniones eran ilícitas y la gente vivía entregada a "... muchas actividades que escapan a la observación directa, entre las cuales no sería difícil encontrar ramificaciones del socorro rojo, de rudimentarias organizaciones subversivas, de bandas de rateros y forajidos, de agentes de la trata de blancas y de otras actuaciones al margen de la ley o contra la ley, desarrolladas siempre de la forma más ruin y repugnante". (5)

Aquella indecencia tenía su correlato en el aspecto, que es criticado con la misma agresiva impiedad:

"... una inmoralidad que se manifiesta en el propio modo de vestir, pues en general las mujeres llevan trajes extremadamente rotos que apenas cubren sus carnes. No es raro encontrar mujeres que visten un albornoz o un gabán, también rotos". (6)

El extrarradio de las grandes ciudades fue un tema candente para los rectores de la moral oficial, porque allí se situaban todos los focos de rebeldía de posguerra, como en un vertedero de pavesas aún no extinguidas. En alguna de estas míseras barriadas, como las madrileñas de La Elipa o el Tejar de Sixto, colindantes con la colonia de hotelitos situada al final de la calle de Jorge Juan, aquellas gentes sin ley pertenecían a la misma feligresía que otros vecinos simplemente «venidos a menos». Y el temor de las autoridades era el de que la manzana podrida contaminara a la sana, y no al revés. Generalmente se reconoce que la libertad de trato entre muchachos y muchachas era absoluta, así como la indiferencia de los padres ante el hecho de que sus hijos, desde la primera edad, camparan tranquilamente por sus respetos, "... salvo, naturalmente, en las familias de recia contextura hogareña y gran moralidad, pertenecientes casi siempre a la clase media". (7)

En esta salvedad ya queda patente la animadversión, que nunca depuso el gobierno del general Franco, hacia el proletariado, aquella masa «en que se ceba la tuberculosis» y que, según todos los informes reservados, le pagaba su desprecio en la misma moneda, resistiéndose a cualquier conato de regeneración. La España triunfal, pujante y católica presentaba este inquietante y molesto envés.

En 1944, el Puente de Vallecas, con más de 80.000 vecinos, llegó a tener que declararse, casi en su totalidad, como «zona infranqueable a los ideales sanos». Dentro de esa barriada, la más conflictiva de los suburbios madrileños "... anidan en una compleja confabulación los rencores políticos, las fobias sociales, el odio a la religión y el desprecio de los principios morales. Una dilatada zona de no menos del 89 por ciento de sus moradores puede considerarse como infranqueable, pues no se ha encontrado hasta ahora el medio de hacer penetrar en ella ideales sanos, ni de atraerlos a un ambiente regenerador.

En el 11 por ciento restante, después de descontar esta zona infranqueable, se señalan otras tres, definidas como «zona de conquista», donde la gente tiene ideas erróneas pero no es mala en el fondo; la «zona buena», de gente no estrictamente cristiana pero de costumbres ordenadas; y la «zona selecta» de buenos católicos, que incluye aproximadamente el 2 por ciento de vecinos de la barriada.

Los suburbios ofrecían un cuadro de indecencia que no se sabía cómo tapar y cuya visión escandalizaba. Veamos una descripción realista de este cuadro, fechada en 1944:

"Mención especial merece lo que ha ocurrido este año y ocurre todos los veranos en las orillas del Manzanares. Se deslizan las escasas aguas de éste bajo el puente por donde llega a Madrid el ferrocarril del Norte, repleto siempre de viajeros nacionales y extranjeros; y precisamente en el citado puente suelen hacer los trenes una parada de precaución que permite a los viajeros contemplar el espectáculo de una multitud semidesnuda y harapienta revolcándose en charcos fangosos, y tumbados hombres, mujeres y niños en un casi imposible hacinamiento, entre yerbajos amarillos, periódicos grasientos, restos de comida malolientes y detritus de toda índole". (9)

Pero en las zonas de extrarradio había también fábricas, mataderos, solares donde crecía la yerba y pastaban ovejas, casas semiderruidas, huertas, tiovivos, merenderos y piscinas, y eran tentadores para la excursión en metro o en tranvía. Lo más alarmante para las autoridades es que formaban un ancho anillo que rodeaba casi sin solución de continuidad a la gran urbe, y que no estaban aislados de ella por ninguna muralla inexpugnable. De los suburbios de Madrid, donde vivían alrededor de medio millón de personas, surgían muchas jóvenes «caídas», a quien nadie podía impedir pintarse los labios, ponerse un traje ceñido y subir a la Gran Vía, las cuales "... pasean a diario por los cafés madrileños sus encantos y acaso sus enfermedades, ya que esta clase de prostitución clandestina escapa hoy a todo control sanitario y policial. A su vez, Madrid vuelca sobre los suburbios, sobre todo en los días festivos una multitud de parejas que buscan en los merenderos, en las piscinas, en el río, en los paseos de las afueras y en el cobijo de las innumerables ruinas producidas por la guerra, lugares adecuados para toda clase de actos inmorales y escandalosos. Se establece así una especie de intercambio, de endósmosis y exósmosis de inmoralidad, de tal forma que a veces resulta difícil determinar si es el suburbio el que ensucia a Madrid en el aspecto moral o es la ciudad la que pervierte y da mal ejemplo a sus suburbios". (10)

Este intercambio entre el extrarradio y la ciudad, fenómeno igualmente importante en otras capitales de España, dio lugar a una expresión, «irse a los desmontes», muy usada en los años cincuenta para designar el plan más o menos habitual de las parejas de novios de la clase media, que no sabían dónde ir para entregarse a ciertas expansiones sin correr el riesgo de ser vigilados.

Pero, aunque se ampliará este extremo en su lugar oportuno, lo que quiero dejar insinuado ahora, para enlazar con el tema de la educación, es que la excursión a los desmontes de una pareja de la clase media era propuesta y capitaneada por el novio, que ya tenía conocimiento de aquellos barrios, en algunos casos a causa de una relación íntima con alguna moradora de ellos. Lo contrario era impensable. Para una chica burguesa significaba el descubrimiento de «otro mundo», y no siempre se prestaba de buen grado a asomarse a él, de la misma manera que en la primera edad recelaba, aunque a veces con cierta envidia, de los juegos callejeros de sus hermanos, demasiado violentos, y de aquellas conversaciones sobre «cosas feas» que los aislaban en un mundo de difícil acceso y reglas excluyentes.

El papel de explorador de lo desconocido y de incitador a la transgresión se le había asignado al varón desde la infancia; y con la prohibición de la enseñanza mixta lo que se pretendía era velar por la inocencia de las niñas, en quienes se veía sobre todo una cantera de futuras madres destinadas a dar ejemplo. Continuamente se fomentaba en ellas la noción de que había cosas de las que no tenían por qué enterarse. Y mucho más si se estaban educando en un colegio de monjas.

Tras una permanencia de varios años —internas, externas o mediopensionistas— en uno de estos colegios, aparte de salir refinadas en sus maneras y doctoradas en vainica y letanías, pocas ocasiones se les habían ofrecido a las educadas y futuras educadoras de la burguesía para enterarse de lo que pasaba en la calle «anárquica y variopinta», ni para sacudir la inopia y la rutina de aquella pubertad por la que navegaban como en sueños.

"La rutina —escribió años más tarde un autor— es el monstruo de cien cabezas de los colegios femeninos. Se arrastran unos principios muy apañaditos, muy ortodoxos, pero que, como Clavileño, no tienen fuerza para despegar. (Estos colegios) observan lo que podríamos llamar la estática de la enseñanza, que en torre de marfil prefabrica buenas pero no elásticas maneras; o, si queréis, la enseñanza de invernadero". (11)

Y dentro del ambiente familiar de ciertas clases sociales (que sin ser elevadas podrían identificarse con las «familias de recia contextura hogareña» que encomia el texto antes citado), también se practicaba la enseñanza de invernadero. Las chicas decentes eran aves de corral, no ganado trashumante. «¡Quita, quita! las niñas en la calle no aprenden nada bueno», sentenciaban las señoras, haciendo un gesto de asco con la nariz.

Los contactos con gente de clase social inferior se consideraban menos evitables y perniciosos en el caso de los niños, cuyo talante aventurero y curioso era tolerado y hasta fomentado con complacencia, como cosa propia de su condición. La mayor libertad de movimientos y de expresión que les estaba permitida había de influir, naturalmente, en su aprendizaje del amor, iniciado casi siempre a trancas y barrancas a través de escarceos y de bromas con personas mayores que ellos y más experimentadas, pero sobre todo —y esto es importante— de clase social más modesta. El contraste con un mundo más crudo y unos ejemplares femeninos menos «de invernadero» los ayudaba a doctorarse por su cuenta en las lides del sexo, aunque a costa, eso así, de que la vía tomada los alejara cada vez más de sus hermanas y de las amigas de éstas, a quienes se suponía que alguna vez tendrían que dirigirse para pedirles relaciones formales. Ellas seguían un rumbo totalmente opuesto, más señoril y altivo.

"Las niñas tienden a codearse con niñas de clase superior, con el ingenuo afán de contagiarse de ese halo de brillantez, apellidos y nutridas cuentas corrientes. Los niños, en cambio, gozan confraternizando con los golfos más desarrapados, en los que suelen admirar su espíritu de iniciativa y su temperamento aventurero". (12)

La mística de la masculinidad venía exaltada ya en los tebeos de aventuras dedicados a los niños. Como las directrices de la prensa infantil y juvenil también se atenían al principio de segregación educativa adoptado por el Gobierno, ninguna niña compraba Flechas y Pelayos ni los cuadernillos de El guerrero del antifaz. Ellas leían publicaciones como la revista Chicas, que luego se llamó Mis chicas donde se les daban consejos de higiene, de comportamiento social, de cocina y de labores, y se las encaminaba hacia paraísos de ternura sublimados en breves relatos de final feliz. La conquista de la gloria y la lucha por labrarse un porvenir se consideraban temas indignos de una publicación dirigida a distraer los ocios de las futuras mujeres.

Pero al niño no había que educarlo en la pasividad, convenía que se identificara desde la primera edad con aquellos héroes de papel, infatigablemente luchadores e indefectiblemente victoriosos. Lo cual no quiere decir que la identificación fuera fácil.

El paso de la infancia a la madurez en una época donde en la mayoría de los hogares reinaban el encogimiento, el luto y los problemas económicos, no podía por menos de estar marcado para cualquier adolescente de temperamento sensible por desalientos y miedos. Pero se veía obligado a reprimirlos, lo cual falseaba aun más su verdadera identidad. Acababa de producirse en el país una cruel contienda, en la que ese adolescente no había intervenido como protagonista, pero en la que podían haber perdido la vida sus hermanos mayores, sus padres o sus parientes. Y aquella monserga del heroísmo a ultranza, que, como secuela de la propaganda bélica, se seguía predicando en los tebeos, los colegios y los campamentos juveniles, era dura de compaginar con la mera supervivencia y la aspiración a un porvenir simplemente decoroso, cuya conquista poca relación podía guardar ya con la letra de los himnos.

La crítica del heroísmo se desarrolló más tarde, bien entrada la década de los cincuenta, pero ya antes algún escritor sensato se había atrevido a defender la legitimidad del desencanto ante las expectativas de un futuro que no despertaba demasiado entusiasmo.

"En verdad el entusiasmo no se suscita a voluntad. Ni se puede mantener, como el estilo olímpico, con un diario entrenamiento, porque no nace de nosotros mismos; se siente provocado por algo que actúa fuera de nosotros... Y no puede uno entusiasmarse de continuo, como no se puede estar en la tensión heroica de la batalla, si no es en la batalla misma. Lo demás es fariseísmo, falsificación pura, trampa y cartón de la más detestable insinceridad. Justamente porque se trata de una moral extraordinaria la moral del combatiente, siente el que de la trinchera vuelve a la retaguardia automáticamente rebajada «su» moral. Y en verdad la retaguardia no es ni más ni menos detestable que antes de la batalla... sino el combatiente que vuelve, quien al entrar en contacto con su normal nivel... se apea de la moral excelsa y transitoria a que había acostumbrado el pulso de su vida". (13)

Aparte del anacronismo que esta moral excelsa y transitoria del héroe suponía para un país descalabrado, donde de lo que se trataba era de ir tirando a base de componendas, tampoco las enseñanzas oficiales tendían a politizar de verdad a los chicos, en el sentido de informarles de algo de lo que estaba pasando en el mundo. Uno de ellos, años más adelante, recuerda en sus memorias:

"La atonía de nuestra vida colectiva de adolescentes en rebaño era tal que resulta hoy inimaginable. No recuerdo, por ejemplo, que ninguno de los acontecimientos de la guerra mundial obtuviera la más mínima resonancia en los pasillos o en los siniestros patios de recreo o que se hubiera comentado en las tertulias de portal". (14)

Si a esto se añade el hecho de que los comentarios familiares, de donde podía llegar algún atisbo de información para los niños, se solían formular en sordina y bajo advertencias temerosas que impedían su posible ampliación, se entenderá que aquellos «flechas y pelayos» que arriaban bandera en los campamentos juveniles, tanto si tenían vocación de «res publica» como si no, estaban jugando a un juego que los entontecía.

También en los tebeos de aventuras brillaba totalmente por su ausencia cualquier reflejo de realismo. Eran historias circunscritas a unas coordenadas geográficas e históricas tan lejanas que nunca proporcionaban pistas de comportamiento concreto. Y más que estimular, suponían un espejismo equivocado. ¿Qué niño tímido, de mala salud, familia con problemas económicos o un físico poco agraciado podía, por ejemplo, identificarse con El guerrero del antifaz?

El protagonista de esta historieta, cuyos primeros cuadernillos empezaron a publicarse en Valencia en 1944, había nacido en un harén moro antes de la conquista de Granada. Siempre con el rostro enmascarado, sus hazañas las lleva a cabo en un medio hostil, cuyos obstáculos vence gracias a su arrojo, a su agilidad y a la ayuda de la Providencia. Es guapo, valiente, cortés con las mujeres, de noble cuna y de porte atlético. Pero sobre todo no llora nunca. En cuanto a su aprendizaje del amor, que es lo que aquí nos interesa de preferencia, está claramente enmarcado en la disociación amor-sexo, que había de ser una constante en la mentalidad varonil de la posguerra. A lo largo de sus aventuras, se topa con una serie de mujeres insinuantes de tipo «vampiresa» (Aixa, Zoraida, la Mujer Pirata), que le tientan entre risotadas, gasas flotantes y velos transparentes. Pero los pensamientos del héroe son para la condesa Ana María, que simboliza a la «buena» de las novelas rosa, y que espera siempre entre suspiros el remate de sus múltiples proezas, alargadas a propósito para que el «suspense» de la publicación no decaiga. (15)

Trasladado este esquema al plano de un noviazgo largo, podría sacarse en consecuencia que el pacto social que llevaba a la consumación del amor tenía que ser aplazado hasta que el protagonista llevase a cabo una misión que nunca parecía terminar. Tal podía ser, por ejemplo —y era el caso más frecuente— la preparación de unas oposiciones. Las diferencias más engorrosas entre la realidad y la ficción estaban no sólo en el menor grado de resistencia a las tentaciones del amor «impuro» por parte del lector de tebeos, sino en la falta de aliciente y de sobresaltos que aquella empresa tenía para las condesas ana marías de carne y hueso. A ellas también sus propias lecturas juveniles les habían hecho soñar con héroes arriesgados de los que la tienen a una con el alma en vilo y que, a decir verdad, poca semejanza guardaban con los anémicos empollones de Derecho Civil.

Refiriéndonos, de momento, a la primera diferencia, hay que decir ya que al hombre que llegaba virgen a la boda se le miraba como a una «avis rara» y nadie le auguraba muchos éxitos ni como pretendiente, ni como marido ni como padre. A pesar de que la censura de la época silenciaba cualquier referencia abierta a la sexualidad, había todo un código de sobreentendidos, mediante el cual se daba por supuesto que las necesidades de los hombres eran más urgentes en este terreno, e incluso se aconsejaba a las muchachas que no se inclinaran, en su elección de novio, por un jovencito inexperto sino por un hombre «corrido» o «vivido», como también se decía.

"El hombre nunca ha vivido lo bastante antes de casarse... ni la mujer tiene por qué investigar en lo que no puede ya haber la menor intervención... El hombre —no lo olvides— es siempre, en igualdad de fechas e inscripciones en el Registro Civil, mucho más joven que la mujer. Por eso, para que su espíritu se vaya sedimentando, conviene cogerlos «un poquito cansados». (16)

Este cansancio que «sedimentaba el espíritu» masculino no se refiere, como resulta ocioso resaltar, a los mandobles del guerrero del antifaz ni a sus arriesgados saltos de almena en almena como tampoco a la ascesis erótica que le instaba a alejarse de los engatusamientos de aquellas «malas» de la historieta. Las Aixas, Zoraidas y Mujeres Pirata con que se iba a encontrar en la pubertad el lector de tebeos no llevaban velos exóticos por la cara, ni siquiera eran pérfidas como las vampiresas del cine. Se trataba de pobres chicas, muchas de ellas de extracción rural, a quienes la orfandad, la miseria y la falta de trabajo empujaban al río revuelto de las ciudades y las obligaban a comerciar con sus cuerpos para ganarse el sustento. Algunas de ellas eran madres solteras o viudas con hijos que mantener, y ejercían la prostitución clandestina o callejera, porque les traía más cuenta que someterse a la opresiva explotación de que eran víctimas en los numerosos lupanares repartidos generosamente por la Península Ibérica y regidos por jefas avarientas y sin escrúpulos.

El tema de la prostitución, muy debatido en el período que nos ocupa, entraba de lleno dentro de los objetivos redentores del Patronato de Protección a la mujer, creado en 1942 y presidido por la esposa del general Franco. Ni esta señora ni las demás que componían la Junta parece que miraran el problema más que con la desdeñosa altivez de quien teme sentirse contaminado al hurgar en un tema tan asqueroso.

Sobre el papel se habla de que pretendían amparar a las víctimas del vicio, tanto en lo que se refería a la regeneración de las muchachas caídas como a la protección de las vacilantes, mediante la creación de talleres donde las tuteladas encontraran la oportunidad de aprender un trabajo.

Pero los métodos que empleaba la Policía para hacer entrar en razón a las prostitutas callejeras poco tenían de persuasivos. La encarnizada belicosidad de estos «redentores» alcanza en algunas descripciones tales cotas de dureza que no puede por menos de sugerir un paralelo con la caza de alimañas.

"La Policía recogió en las calles de Madrid a 500 desgraciadas que, por contravenir las órdenes dictadas respecto de horas y lugares, eran en otras ocasiones castigadas a 15 días de calabozo, y las trasladó a un edificio habilitado por la Dirección General de Prisiones, de acuerdo con la de Seguridad, en el pueblo de la Calzada de Oropesa. Eran el deshecho de la sociedad y reunían todas las lacras morales y físicas... Casi doscientas eran menores de edad y otras tenían más de 50 años. El 95 por 100 estaban enfermas de terribles dolencias específicas contagiosas. Sus vestidos, compostura y lenguaje parecían revelar que sus almas habían perdido ya definitivamente los últimos adarmes de pudor y piedad. Se insolentaban con la Policía, y al día siguiente de ser encerradas, cincuenta saltaron las tapias de la prisión burlando la vigilancia de la guardia militar y tuvieron que ser capturadas a campo través... Tres meses después — concluye el informe— las hemos visto en misa, después de una misión de ocho días, sollozando amargamente con las manos juntas y la cabeza doblada". (17)

Esta prostitución furtiva o eventual era ejercida, según se insiste en algunos textos, por jóvenes desamparadas o sirvientas despedidas.

Esta última puntualización explica el recelo con que se admitía en las casas a las criadas que no tenían una hoja de informes lo suficientemente tranquilizadora, ya que entraban a convivir bajo el mismo techo con familias que podían tener hijos en «edad difícil». Se llegó a estimar como una medida conveniente para que las criaditas jóvenes no se echaran a perder "... la prohibición absoluta de la emigración de muchachas de sus provincias; prohibición asimismo de colocarse antes de los dieciocho años y sin certificado de sus padres que las autoricen a servir; control de su conducta y de sus cambios de colocación por un organismo creado al efecto, y asistencia obligada a cursos de capacitación profesional y educación cristiana".

En un informe enviado desde Almería al Patronato de Protección de la mujer se decía: "Faltan muchachas de servir bien formadas moralmente. La mayoría tiene un concepto erróneo de la situación y recurre al servicio doméstico como un medio de satisfacer sus afanes inmoderados. El salario mensual es de treinta a cuarenta pesetas".

Yo creo que los que tenían un concepto erróneo de la situación eran los que suponían que con 30 ó 40 pesetas al mes una chica tuviera bastante para satisfacer afanes ni moderados ni inmoderados.

Otros informes, como uno recibido desde Guadalajara, eran algo más piadosos:

"Las muchachas de servir llevan una cruz a cuestas, pues en su casa no pueden tenerlas por falta de medios y están siempre expuestas, lejos de sus padres, a caer en innumerables peligros. Los salarios, por lo general, son bajos y no les bastan para atender a sus necesidades, cosa que las obliga a veces a recurrir a medios deshonestos para hacer frente a la vida". (18)

A la prostitución clandestina —la única verdaderamente perseguida— se le achacaban mayores estragos que a la practicada en los lupanares, tan tolerados que se llamaban «Casas de tolerancia». Estos se admitían, con un optimismo a todas luces inconsciente, como un mal menor y transitorio y se juzgaba su abolición como un ideal más o menos próximo hacia el que hay que tender en todas las formas posibles. (21) 

este ideal nunca se tendió verdaderamente, y se sustituyó por medidas, de cuya eficacia cabe dudar, para la reglamentación y control de los prostíbulos, que según la mayoría de las opiniones era punto menos que imposible hacer desaparecer y a los que se atribuía una función de desahogo necesario en favor de la integridad de las condesas anamarías. En lo referente al control de los prostíbulos, parece que desde el punto de vista sanitario era muy poco severo. Pero sí se llegó a conseguir más o menos el aislamiento de las casas de tolerancia.

"...en lugares alejados del centro de la población y fuera de los barrios de vecindario honesto, así como la identificación personal rigurosa de toda meretriz y prohibición radical de que ejerza ese oficio ninguna menor de edad". (22)

También se habló mucho sobre el papel de la subida de impuestos a los lupanares, cuyo producto se destinaría al sostenimiento de los reformatorios, y de las sanciones implacables a los corruptores de menores. Se perseguirían los abusos de las encargadas de los prostíbulos, comprobándose en cada caso la «voluntariedad» de la meretriz.

Pero todo esto, en la práctica, era tan imposible como desterrar de un plumazo la prostitución clandestina o encubierta. Muchas chicas falsificaban la cédula de identificación exigida para ejercer el oficio; y en algunas ciudades portuarias y de alto nivel de población flotante, como Barcelona, era inútil soñar con atajar la contaminación callejera, que alcanzaba también, según testimonios reservados, a prácticas de homosexualidad.

"El aspecto de la ciudad, en cuanto se refiere al problema que nos ocupa, es verdaderamente lamentable —dice un informe—. Las Ramblas y calles próximas son escenario a todas horas del día de lúbricas exhibiciones e invitaciones a actos inmorales por mujeres que deambulan sin evitarlo nadie, y existen además determinados lugares de la vía pública —la «feria Negra» junto a la Central Telefónica, la calle Mata, los desmontes de la futura plaza de las Glorietas, la cascada del Parque, la antigua Plaza de Toros de la Barceloneta, junto a la Cárcel Modelo, y en la parte alta de la Avenida del Generalísimo— donde mujeres indecentes, amparadas por la escasez de alumbrado, efectúan actos obscenos en gran escala,... La plaga de invertidos que, sin recato alguno, se muestra con frecuencia en todos los lugares, es el capítulo más vergonzoso de la ciudad". (23)

Se puede colegir fácilmente, de acuerdo con esta descripción y otras semejantes referidas a los diferentes puntos de la geografía española, lo fácil que le era a un adolescente de la época encontrar desahogo a sus nacientes necesidades sexuales y licenciarse de forma perentoria y bastante barata en la asignatura de hombre vivido.

Aquellos buceos en «el amor fácil» resultaban más directos e indiscutibles que la complicada y sutil estrategia requerida para enamorarse. Y sobre todo para interpretar rectamente la respuesta femenina a posibles avances. Porque el comportamiento de una chica decente podía ser imprevisible, ambivalente. En todo caso, siempre difícil de entender a la primera. Y el trato con las muchachas decentes provocaba generalmente en el joven una timidez que le coaccionaba al producirse los primeros acercamientos.

Uno de estos muchachos nos ha dejado una pintura muy expresiva de aquellos primeros titubeos desconcertantes:

"Acumulaba conscientemente datos, supuestos elementos de realidad con los que nutrir mis sueños y mis versos. Pero precisamente esa atención sublimada me empujaba a un comportamiento con las chicas totalmente falto de naturalidad y hacía más difícil lo que hubieran sido mínimas satisfacciones... Los paseos por las casas de putas, si desde un cierto punto de vista deprimentes, eran desde otro refrescantes, la contrapartida del aliento litúrgico y lejanísimo de nuestras enamoradas"(24)

A muchos, llegados a cierta edad que les aconsejaba «sentar la cabeza», les hubiera gustado casarse sin tener que pasar por el enojoso trámite del noviazgo, pero no había salida de emergencia para esquivar aquel camino que había que recorrer jalón por jalón, y que tenía su propio catecismo.

"No tenía novia, pero quería casarme. Por lo visto uno para tener novia se ha de enamorar. Y como si esto fuera poco..., otra señorita se ha de enamorar de él. Si no, no hay matrimonio posible. Por lo menos así me lo habían enseñado mis doctos profesores del colegio". (25)

La diferencia entre señoritas y mujeres de la vida estaba clarísima en todas las conciencias desde edad temprana. A las primeras, si se quería uno decidir por ellas, había que hacerles el amor; a las otras no.

«Hacer el amor» es una expresión que tardó muchos años en tener la connotación de ayuntamiento carnal con que hoy en día es empleada. En los años cuarenta significaba iniciar un asedio, a veces descrito en términos de estrategia militar, para convencer a la elegida del interés especial que despertaba su persona.

"Siempre deben ser ellos los que inician el cerco —dice un texto—, los que sostienen el sitio y los que se deciden a avanzar en regia hasta el absoluto sometimiento de la posición deseada". (26)

Con estas consignas de ataque podían sentirse a sus anchas los muchachos agresivos y seguros de su éxito, pero a muchos otros les echaba atrás la sola idea de declararle su amor a una chica, perdían pie en aquellas lides. A los que no se identificaban con el guerrero del antifaz, su timidez congénita se les podía acrecentar al verse obligados a disimularla y vencerla.

"(David) se sentía a un tiempo feliz e insatisfecho —Se lee en una novela de principios de los cincuenta— indeciso entre el deseo de mostrarse audaz y el temor que ante la muchacha le sobrecogía". (27)

La huida hacia el campo de experimentación del «amor fácil», de reglas mucho menos comprometedoras, podía empezar siendo una solución de emergencia contra la timidez y acabar desembocando en otro tipo de compromiso que hiciera desertar a los hombres del matrimonio, en algunos por aborrecimiento a las mujeres en general y en otros por aficción exclusiva a cierto tipo de mujeres que atemorizaban menos, pero a las que la sociedad bienpensante sólo admitía a regañadientes.

Los casos de tendencia homosexual que pudieran latir en el fondo de una soltería masculina prolongada no eran, aunque sin duda existieran, del dominio público, pero sí en cambio se tenía noticia de que tras el secreto temor de algunos solterones al matrimonio se escondía en cierto pisito más o menos modesto una mujer que había accedido a conceder sus favores, a la que habían retirado de la mala vida y de la que, llevados por el afán de protección latente en la condición varonil o por el carácter sencillo y sin pretensiones de ella, habían podido llegar a enamorarse.

Eran relaciones más o menos clandestinas, pero aceptadas. «Lo que no me explico es por qué no se casa de una vez con ella», se comentaba a veces en círculos de amigos enterados del caso. Y la respuesta era casi siempre la misma: «Hombre, yo lo comprendo, por no darle un disgusto a su madre». De hecho alguna de estas relaciones, que incluso fueron monógamas y duraron años solamente acabaron santificadas ante el altar con la muerte de una señora de misa diaria, ropas oscuras y gesto de reina destronada, sobre todo si era madre de hijo único. El culto a la madre y a su sistema de valores era una exigencia sentimental a la que numerosos varones de pocos arrestos fueron incapaces de escapar en toda su vida. La noción de la madre como jerarquía superior y ejemplar estaba totalmente vigente en una época donde de hecho la guerra había diezmado cruelmente el número de maridos y eran muchos los hogares donde la mujer había tenido que hacer acopio de entereza y valentía para sacar adelante a los hijos y para hacer equilibrios entre dos extremos tan difíciles como no perder su dignidad y atender a las exigencias de la economía doméstica. Estas circunstancias, objetivamente ciertas, ampliaron e intensificaron el mito de la santa madre que, como revancha, se instaló en tan ingrato modelo, renunciando a todo desahogo placentero pero ensoberbeciéndose en su condición de mártir. En algunos textos se plantea la misión maternal como una vocación de ascesis religiosa.

"Se llega a la maternidad por el dolor como se llega a la gloria por la renunciación... Maternidad es continuo martirio. Martirio creador, perpetuador, que comienza con la primera sonrisa del hijo y sólo finiquita cuando los ojos inmensos de la madre se cierran para siempre... Iluso seria quien pretendiera asociar la perfección a la felicidad..., siendo el mundo por mandato divino valle de lágrimas... Sólo es mujer perfecta la que sabe formarse para ser madre. Si en el agradable camino de una vida fácil, la mujer no sabe prepararse más que para el amable triunfo de salón, pobre será su victoria... El gozo de ser madre por el dolor y el sacrificio es tarea inexcusablemente femenina". (28)

Este mito de la «mater dolorosa», que tenía claras vinculaciones con el culto a la Virgen María, proponía a las chicas casaderas su propio camino de perfección para el futuro y establecía para los jóvenes un rígido punto de comparación que aumentaba sus cautelas e indecisiones a la hora de elegir la compañera de su vida. El famoso «una madre no se encuentra y a ti te encontré en la calle», propalado por todas las radios de vecindad en la chirriante copla de Juanito Valderrama, encogía las conciencias de los que buscaran en las relaciones con el sexo opuesto satisfacciones que no hubieran de desaguar forzosamente en aquel tenebroso valle de lágrimas.

La influencia de la madre ante las posibles desviaciones de su hijo varón al llegar a «la edad mala» nunca era directa sino solapada, pero en cualquier caso constituía un chantaje sentimental. Era la estrategia normalmente aconsejada a las madres por las publicaciones religiosas:

"Debe procurar ante todo no discutir nones con el hijo y menos en materia de fe. Podrá la madre, pero siempre con discreción, manifestar la pena y el dolor de su alma ante las dudas de su hijo. A veces esto sirve de agarradero sentimental". (29)

Los maridos, cuando existían, purgaban el abandono en que, por regla general, dejaban a sus santas esposas, dándoles un simulacro de vara alta en el negocio espinoso de la «formación» de los hijos. Pero ellas, salvo honrosas excepciones, no estaban dispuestas ni capacitadas para solventar de manera propiamente pedagógica ninguna duda de las muchas que surgían en sus hijos ante la naciente dualidad amor-sexo que los fatigaba en la época de la pubertad. Legisladoras implacables de la conducta honesta, pocas veces se detenían a analizar las contradicciones de aquel problema tan omnipresente como impalpable de la castidad, barrera para la naturalidad y la alegría. Y barrera, por supuesto, entre padres e hijos, porque era de mal gusto mencionarlo. Hablando de la actitud general de inhibición de los padres ante el despertar de la sexualidad en sus hijos, ha escrito un autor:

"El padre ordinariamente se inhibe. La madre prácticamenttambién, por más que, como desempeña el papel de educadora moral de los hijos, ella es quien a su modo afronta el problema. En el padre la inhibición tiene un sentido negativo, de negligencia más o menos consciente. En la madre esa inhibición es su modo naturalmente femenino de resolver el problema..., que obedece a un sentido erróneo. El problema no sale de manos de la mujer". (30)

Ya hemos visto que los chicos, sin dejar de respetar como un dogma aquella táctica de avestruz de sus madres y fingiendo dejar el problema en sus manos, buscaban soporte en la calle para el aprendizaje de su masculinidad, cuyos avatares comentaban con sus congéneres, con mayor desparpajo o remordimiento de acuerdo con el carácter de cada cual. A todos ellos, y más si habían asistido a colegios religiosos y seguido aquellos apocalípticos ejercicios espirituales de la época, les habían metido el resuello en el cuerpo sobre los castigos divinos y las espeluznantes enfermedades que les podía acarrear la incontinencia sexual, pero se sentían amparados por la convención, aceptada paralelamente con igual vigencia, de que «todos lo hacían» y por lo ridiculizada que era socialmente la imagen del niño puro tipo San Luis Gonzaga.

Sea como quiera en las clases de Religión, tanto para las chicas como para los chicos, el mandamiento sobre el que más se insistía era el sexto, aunque todas las referencias a él rodearan el asunto de una irreal nebulosa.

"La mayoría de las advertencias morales —dice un autor— versan sobre el sexto mandamiento, las descripciones de castigos terroríficos y de enfermedades posibles suceden a las invectivas al placer aludido — contrasentido curioso— al que se exalta falsificada y desnaturalizadoramente con relación al real. El resultado de todos estos desorbitamientos es dar más y más alimento a la imaginación..., llevando al debatirse y agotarse en una lucha mal planteada". (31)

Mal planteada para todos, pero aún más ciega para quien ni siquiera tenía localizado al enemigo, que era el caso de muchas chicas de posguerra. El enfrentamiento de la carne con el espíritu, implícito en la devoción incondicional a la Virgen María, creaba en ellas, con el ansia personal de identificación, escrúpulos de un cariz muy peculiar. Desde que una niña se preparaba para tomar la primera comunión, momento en que el problema de la pureza se planteaba, tenía que enfrentarse, por de pronto, con la violencia de arrodillarse frente a la rejilla de un confesionario para hablar con un hombre, lo cual acentuaba la necesidad del eufemismo, de inquietudes y sutilezas que no tenían clara definición, y en las que se había visto previamente obligada a bucear a solas. De aquellos balbuceos angustiosos y baldíos surgía la primera noción de pecado personal. De ahí en adelante todo en torno suyo se iba a confabular para hacer sentir a la adolescente que había emprendido un camino tortuoso y lleno de asechanzas aunque de la naturaleza de aquellas asechanzas nadie —y menos que nadie aquella sombra varonil sin rostro ni pasión verbal, oculta tras el confesionario— le explicara nada concreto que ayudara realmente a la localización del peligro. Lo único que sacaba en consecuencia es que aquel camino hacia la pubertad tenía que recorrerlo muy seriecita y con el susto en el cuerpo, como si a cada momento pudiera saltar un bicho desconocido de cualquier esquina. Eso era prepararse a ser mujer.

"El grupo de las que vamos a hacer la primera comunión estamos separadas de las demás y ni damos clase ni nada. Nos pasamos el día leyendo historias de santas, estudiando el catecismo, oyendo casos de miedo que nos explica la madre y hablando de lo bonito que nos están haciendo el vestido para ese día. Ni siquiera tenemos ganas de jugar como antes, y en el recreo miramos un poquito por encima del hombro a las otras compañeras que saltan a la comba como tontas sin problemas de conciencia y sin preocupaciones". (32)

Ya en aquellas preocupaciones incipientes, que en muchos casos se convertirían con el correr de los años en obsesiva carga, se intuía que para las mujeres el sacramento de la penitencia iba a ser más riguroso que para los hombres. Rigores no por más habituales menos sutiles y complejos, ya que mediante el ejercicio de la ceremonia confesional, casi siempre insatisfactoria, la mujer había de verse perpetuamente abocada a tratar de entender lo que el hombre zanjaba sin tantos miramientos.

Como ejemplo de la menor coba que se daba al penitente masculino, puede servir la anécdota siguiente, que hace poco me ha referido uno de ellos: Por los años cincuenta, en la Iglesia del Buen Suceso de Madrid, un curita benévolo había optado por dar la absolución a los hombres sin preguntarles nada, y había una cola impresionante. Como impresionante sería, si pudiera hacerse sobre estadísticas fiables, el número de jóvenes desbordados por la escisión interna ante la encrucijada del sexo, el amor y el porvenir decente, cuyas contradicciones tantas veces se veían sin ánimos ni paciencia para afrontar, y de ahí su miedo posterior a echarse una novia que fuera grata a la familia.

No quiere decir esto que la primera confesión no supusiera también para los niños un expediente violento, que se agudizaría en los casos naturales de timidez. Pero el mismo acceso frontal hacia el padre espiritual y el abrazo sin rejillas era ya indicativo del distinto grado de confianza sugerido por aquella relación, donde para exponer unos asuntos que se iban a tratar de hombre a hombre, no había menester tantos rodeos. En el sobreentendimiento de que los niños, aunque tomaran la primera comunión, no compartían aquellos vagos y quintaesenciados problemas que eran «cosa de chicas», había también implícito el reconocimiento de una cierta dejación de responsabilidades en manos de la futura mujer. Sobre ella había de pesar, aún antes de llegar a ser madre ni saber con qué se comía eso, la tarea de encauzar por el camino del bien al posible novio descarriado, de cargar con sus extravíos sin dejar de amarle y sin dejarse arrastrar por ellos. Los riesgos de esta difícil labor de la amante-misionero se presentan en algunos textos de la época como uno de los alicientes más heroicos del noviazgo:

"La discrepancia entre sentimientos religiosos ofrece positivo riesgo entre enamorados. Ahora bien, el hombre, por no sabemos qué complejos de pedantería, cuando es joven suele encontrarse tan fuerte que le parece mal confesar su fe. Tu ex amor... ha pasado por un gran bache espiritual. No tiene nada de particular que su conducta alterada y las hecatombes que se han producido en los últimos años del mundo le tengan en ese tránsito doloroso que, sin una mano enérgica pero dulce para encauzar su mal, deja a los hombres al margen de la gran serenidad que trae el rezo... —No te quejes, tienes por delante una bonita papeleta en el ejercicio del amor". (33)

Pero en la práctica no quedaban tan claramente delimitados los papeles de redentor y redimido, y esta impresión ya se sacaba de los primeros juegos infantiles, cuando eran mixtos. Aparte de que jugar a las enfermeras no a todas las niñas les divirtiese, es que a muy pocos niños les gustaba hacer de heridos, sino de luchadores, exploradores y aventureros, como la propaganda de los tebeos les enseñaba. Cuando una niña tenía hermanos aunque esa circunstancia le proporcionara ocasión para observar más de cerca las reacciones del sexo masculino, raramente podía tomarlas como modelo de conducta, so pena de ser tildada de «marimacho», que era muy mal insulto. Eran ellos, por muy al margen que vivieran de «la gran serenidad que trae el rezo» quienes se habían erigido en redentores. Y precisamente en ninguna tarea inmediata desaguaban con más ahínco sus ansias redentoras que en la de velar por la pureza de la hermana y fiscalizar su conducta. Sobre ella ensayaban desde temprana edad la actitud autoritaria con ribetes de ternura que más tarde les parecería la adecuada para mantener incontaminada a su propia novia de las salpicaduras del coto masculino.

Era mal mirado el joven que se desentendía de la conducta de su hermana, que no la acompañaba a las fiestas y que no le echaba alguna bronca si se propasaba en escarceos con algún muchacho de mala reputación. El influjo recíproco de la chica sobre la conducta de su hermano era más discutible, pero eso no importaba para que las amigas de la hermana considerasen a ésta como puente de acceso a una cierta intimidad familiar con el joven en edad de echarse novia. En los consultorios sentimentales, que tendían a prohibir cualquier iniciativa femenina, como luego veremos, este expediente de adorar al santo por la peana era uno de los pocos que se tenían por inocentes y legítimos.

"No veo inconveniente en que procures fomentar la amistad de sus hermanas..., intimando con ellas lo más posible, saliendo al cine, al teatro y en general a todo aquello que a ellas les guste. Así irás estrechando cada vez más esa amistad, hasta lograr... entrar en su casa con toda libertad y a todas horas. Entonces tendrás la posibilidad de verle con más frecuencia y que él te trate en la intimidad y te vaya conociendo mejor, pudiendo llegar a invitarte para que salgas con él". (34)

Los noviazgos de posguerra se habían convertido en un negocio doméstico, en el que había que contar con el visto bueno de las respectivas familias. Las dignas y suspicaces madres exigían garantías de porvenir a sus futuros yernos y soñaban para sus hijas un ascenso en la escala social. Para sus hijos varones, a los que nunca tenían tanta prisa por ver casados, deseaban simplemente una mujer que no los echara a perder y que se pareciera lo más posible a ellas mismas. El ideal de muchas era el de mantenerlos el mayor tiempo posible bajo su ala protectora, sumidos en el ámbito reconfortante de las buenas costumbres.

Una vez terminado el Examen de Estado, los chicos de provincias querían volar con alas propias y salir de su casa para hacer carrera en otra ciudad de más amplios horizontes. Así hablaba una madre gazmoña y preocupada ante esta separación:

"Esto de separarse de Pepe para que se vaya a ese Madrid de mis pecados —y de otros muchos pecados que no son míos, que es lo grave— me tiene inquieta. Ya sé que el chico es bueno. Pero se halla en la edad más a propósito para echarse a perder. Aquí tiene la guía y el ejemplo de su padre, está encajado en las costumbres de casa, no tiene porqué descarriarse. Y además le cuido yo, le preparo la comida, le tengo el cuarto limpio que se puede peinar mirándose en el suelo. No me ha dado nunca disgustos si exceptuamos aquel día en que iban a detenerlo porque pedía que linchasen al árbitro en el partido que jugó aquí el Valladolid"(35)

Ellas, en muchos casos, eran las que fomentaban con un amor exclusivo y mal entendido la timidez del hijo y su futura hipocresía.

Cuando este Pepe y tantos pepes de la época «Se descarriaban» con la complicidad jocosa de los amigotes, sabían que en el fondo contra quien estaban pecando era contra la santa madre. Y por eso era también a ella a quien había que desagraviar más adelante, eligiendo una novia que le diera gusto. Pero para la elegida, por muy decente y modosa que fuera, dar gusto a la futura suegra no era tarea tan fácil. Enamorarse de su hijo entrañaba la osadía de intentar destronarla, o al menos así lo interpretaban muchas madres, que eran las que iniciaban la agresividad.

En la posguerra los chistes de suegras constituyeron una verdadera plaga, burdo reflejo de una opinión que consideraba como síntoma de rebeldía y de mala condición el afán de una joven por querer a su novio sólo para ella, prescindiendo del influjo de su parentela. Este intento podía hacer fracasar un matrimonio, sobre todo si las circunstancias obligaban a la convivencia. Que el hijo, en caso de desavenencias, tomara partido por la madre, se consideraba una cosa natural; y son muchos los textos que exhortan a la nueva esposa a ceder en su derecho.

"Tienes que volverte más diplomática, hijita, si quieres que tu hogar no resulte un fracaso. El problema de la muchacha joven que se casa con un hijo único y que se va a vivir con él y con la suegra... suele tener la misma evolución... Ten en cuenta que no se debe nunca y por ningún motivo enfrentar a un hijo con su madre, a no ser que concurran circunstancias muy graves de orden religioso o moral que lo aconsejen... Tú no debes aspirar a mandar y decidir... Procura ganarte el cariño de tu suegra a base de «saberla llevar». Nada te cuesta poner una cara sonriente y agradable". (36)

Volvemos a lo de siempre, a la prédica de la sumisión y la sonrisa. A un hombre, en el fondo de su alma, podían hartarle estas ñoñeces y estar deseando la vehemencia de otro tipo de novias más de rompe y rasga, pero no se atrevía a confesárselo ni siquiera a sí mismo.

Julián, el protagonista de una novelita de la época, tras haber sido seducido por Gloria, «una fresca», piensa en el amor más soso, pero más ideal, de su novia y reflexiona así:

"Si la otra fuera tan vehemente, tan audaz. Pero no; por eso precisamente amaba a Olvido. Por la mansedumbre, por el sufrir oculto, por el amor tímido". (37)

Desgarrados en esta peliaguda dicotomía entre el amor «a imagen y semejanza de la madre» y las exigencias del sexo, pocos fueron los enamorados de la época que pudieran conocer con un mínimo de precisión el tipo de atractivo o afinidad que, durante la etapa del noviazgo, les unía a sus parejas.

"Por pudor, precaución o artificio —dice un texto— no suelen los enamorados dejar rienda suelta a su expresión. Así ellas parecen, en ciertos casos, esfinges y ellos, en ciertos casos también, monstruos de frialdad o fenómenos sin corazón". (38)

Desde un punto de vista lingüístico, el fracaso que suponía la llamada «escuela del noviazgo» se materializa en la desviación maliciosa que se atribuía al vocablo «entenderse». Es muy significativo que el hecho de entenderse un hombre y una mujer (que es para lo que habría tenido que servir un noviazgo, a fin de cuentas) remitiera únicamente al entendimiento sexual, cuando este tipo de entendimiento era, además, el que casi nunca se garantizaba a lo largo de los pocos contactos furtivos que una relación decente permitía. Cuando se decía de algún hombre, casi siempre «soto voce»: «Se entiende con Fulana», ya se sabía que se estaba acostando con ella. Hay un rastro de esa acepción en el siguiente comentario:

"El hombre difícilmente «se entiende» con la mujer, para decirlo con frase vulgar; «no es comprendido» diríamos más sutilmente". (39)

¿Por qué —se pregunta uno— había de ser vulgar una frase que alude a algo tan sano y deseable como el entendimiento entre un hombre y una mujer, si no fuera por la desviación semántica que había captado el vocablo para la órbita de las satisfacciones prohibidas? Bien claro queda en este rastro lingüístico que la pared de cal y canto implantada por la segregación educativa lograba ampliamente sus objetivos en el punto fundamental: en la violación del entendimiento.


Carmen Martín Gaite
"Usos amorosos de la posguerra española"


Capítulo VI - El arreglo a hurtadillas
Capítulo VII - Nubes de color rosa
Capítulo VIII - El tira y afloja
Capítulo IX - Cada cosa a su tiempo



NOTAS

1. Josefina R. Aldecoa, Los niños de la guerra, ed. Anaya, 1983, PP. 12 y 17.
2. Para ampliar este tema de la coeducación, ver A. Ferrándiz y V. Verdú, Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, Ed. Cuadernos para el diálogo, Madrid 1974, PP. 51 y st.
3. La moralidad publica y su evolución (Edición reservada, destinada exclusivamente a las autoridades), Madrid, 1944, p. 315.
4. Op. cit., p. 135.
5. Op. cit., p. 319.
6. Op. cit., p. 321.
7. Op. cit., p. 320.
8. Op. cit., Pp. 322-323.
9. Op. cit., p. 291.
10. Op. cit., p. 314.
11. F. Casamaió, en El Ciervo, 18 de mayo de 1952.
12. J. M. Barjau, El Ciervo, febrero de 1956.
13. Gaspar G. de la Serna, en El Español, 26 de agosto de 1944.
14. Carlos Barral, Años de penitencia, Alianza Editorial, Madrid 1975, p.165.
15. Para ampliar este tema, ver Juan Antonio Ramírez: «Grupos temáticos del tebeo de aventuras en la España de la posguerra » y «Estructura e ideología del tebeo de aventuras», en Cuadernos de realidades sociales, n. 8, 1975 y n: 13, 1977.
16. Medina, «Consúltame», 15 de febrero de 1942.
17. Eccíesia, 15 de diciembre de 1941.
18. «La moralidad...», op. cit. p. 212.
19. Op. cit. p. 210.
20. Op. cit. p. 218.
21. Op. cit. p. 18.
22. Op. cit. p. 18.
23. Op. cit. PP. 83-84.
24. Carlos Barral, op. ci!., PP. 110 y 128.
25. Mariano Merle, en El Ciervo, noviembre de 1953.
26. Medina, «Consúltame», 29 de octubre de 1944.
27. Juan Goytisolo, Juegos de manos, ed. Destino, Barcelona 1954, p. 85.
28. José Juanes, Medina, 6 de diciembre de 1942.
29. Senda, mayo - junio de 1941.
30. Angel Fontanel, El Ciervo, junio de 1954.
31. Juan Gomis, El Ciervo, febrero de 1957.
32. «Antoñita la fantástica», en Mis chicas, 4 de noviembre de 1948.
33. Medina, «Consúltame», 25 de octubre de 1942.
34. Letras, «Consultorio Sentimental», mayo de 1949.
35. Nicolás González Ruiz: «Su hijo se va», en Letras, julio de 1950.
36. Letras, «Consultorio sentimental», enero de 1949.
37. Angeles Villarta: Una mujer lea, ed. Colenda, Madrid 1954, p. 157.
38. Medina, «Consúltame», 1& de marzo de 1945.
39. Letras, «El defecto de ser hombre», enero de 1949.



No hay comentarios:

Publicar un comentario