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1281. Auschwitz, 27 de Enero de 1945





El 27 de enero de 1945 el Ejército soviético abría las puertas del infierno en Auschwitz II-Birkenau. Cerca de 7.000 prisioneros, más de 600 menores, recuperaban la libertad tras sobrevivir al horror. 

Transcribimos los recuerdos de Primo Levi, prisionero de Auschwitz, el día de la liberación hace 70 años.



La primera patrulla rusa avistó el campo hacia mediodía del 27 de enero de 1945. Charles y yo fuimos los primeros en divisarla: estábamos llevando a la fosa común el cadáver de Sómogyi, el primer muerto de nuestros compañeros de habitación. Volcamos la camilla sobre la nieve sucia, porque la fosa estaba llena ya y no había otra sepultura: Charles se quitó el gorro, saludando a los vivos y los muertos.

Eran cuatro soldados jóvenes a caballo, que avanzaban cautelosamente, metralleta en mano, a lo largo de la carretera que limitaba el campo. Cuando llegaron a las alambradas se pararon a mirar, intercambiando palabras breves y tímidas, y lanzando miradas llenas de extraño embarazo a los cadáveres descompuestos, a los barracones destruidos y a los pocos vivos que allí estábamos.

Nos parecían asombrosamente corpóreos y reales, suspendidos (la carretera estaba más en alto que el campo) sobre sus enormes caballos, entre el gris de la nieve y el gris del cielo, inmóviles bajo las oleadas de viento húmedo y amenazador del deshielo.

Nos parecía, y era así, que la nada llena de muerte en que dábamos vueltas desde hacía diez días había encontrado su centro sólido, un núcleo de condensación: cuatro hombres armados, pero no armados contra nosotros; cuatro mensajeros de paz, de rostro rudo e infantil bajo los pesados cascos de pieles.

No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones, y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.

Así, la hora de la libertad sonó para nosotros grave y difícil, y nos llenó el ánimo a la vez de gozo y de un doloroso sentimiento de pudor que nos movía a querer lavar nuestras conciencias y nuestras memorias de la suciedad que había en ellas: y de pena, porque sentíamos que aquello no podía suceder; que nunca ya podría suceder nada tan bueno y tan puro como borrar nuestro pasado, y que las señales de las ofensas se quedarían en nosotros para siempre, en los recuerdos de quienes las vivieron, y en los lugares donde sucedieron, y en los relatos que haríamos de ellas. Pues —y éste es el terrible privilegio de nuestra generación y de mi pueblo— nadie ha podido comprender mejor la naturaleza incurable de la ofensa, que se extiende como una epidemia. Es una necedad pensar que la justicia humana pueda borrarla. Es una fuente de mal inagotable: destroza el alma y el cuerpo de los afectados, los apaga y los hace abyectos; reverdece en infamia sobre los opresores, se perpetúa en odio en los supervivientes, y pulula de mil maneras, contra la voluntad misma de todos, como sed de venganza, como quebrantamiento de la moral, como negación, como cansancio, como renuncia.



Estas cosas, confusas entonces, y advertidas por la mayoría sólo como una súbita oleada de cansancio moral, acompañaron nuestro gozo por ser liberados. Por ello, pocos de nosotros corrimos al encuentro de los salvadores, pocos caímos de rodillas. Charles y yo nos quedamos en pie junto al hoyo desbordante de miembros lívidos mientras los demás tiraban las alambradas; luego volvimos con la camilla vacía a llevar la noticia a nuestros compañeros.

Durante el resto del día no sucedió nada, cosa que no nos sorprendió y a la que estábamos acostumbrados hacía mucho tiempo. En nuestra habitación la litera del muerto Sómogyi fue ocupada inmediatamente por el viejo Thylle, ante la visible repulsión de mis dos amigos franceses.

Thylle, por lo que yo sabía entonces, era un «triángulo rojo», un prisionero político alemán, y era uno de los ancianos del Lager; como tal había pertenecido por derecho propio  la aristocracia del campo, no había trabajado manualmente (al menos en los últimos años) y había recibido alimentos y ropas de su casa. Por estas razones, los «políticos» alemanes eran raramente huéspedes de la enfermería, en donde por otra parte gozaban de varios privilegios: el primero de ellos, el de escapar a las selecciones. Como en el momento de la liberación era él el único, había sido investido por los SS que huían, del cargo de jefe de barracón del Block 20, del que formaban parte, también, además de nuestra sala de enfermos altamente contagiosos, la sección de TBC y la sección de disentería.

Como era alemán, se había tomado muy en serio aquel precario nombramiento. Durante los diez días que mediaron entre la partida de los alemanes y la llegada de los rusos, mientras cada uno libraba su última batalla contra el hambre, el hielo y la enfermedad, Thylle había hecho diligentes inspecciones de su recientísimo feudo, controlando el estado de los suelos y de las escudillas y el número de las mantas (una por huésped, vivo o muerto). En una de sus visitas a nuestra habitación había hasta elogiado a Arthur por el orden y la limpieza que había sabido mantener; Arthur, que no entendía alemán, y mucho menos el dialecto sajón de Thylle, le había contestado «viejo asqueroso» y «puta de los boches»; a pesar de ello Thylle, desde aquel día en adelante, con evidente abuso de autoridad, había cogido la costumbre de venirse todas las tardes a nuestra habitación para servirse del cómodo retrete que teníamos instalado allí, el único en todo el campo que se limpiaba regularmente, y el único situado en la proximidad de una estufa.

Hasta aquel día el viejo Thylle había sido para mí un extraño, y por ello un enemigo; además, un poderoso, y por ello un enemigo peligroso. Para la gente como yo, es decir, para la mayoría del Lager, no había más matices: durante el larguísimo año transcurrido en el Lager yo no había tenido ni curiosidad ni ocasión de indagar en las complejas estructuras de la jerarquía del campo. El tenebroso edificio de los poderosos malvados estaba por encima de nosotros, y nosotros mirábamos al suelo. Y sin embargo fue este Thylle, viejo militante endurecido por cien luchas por su partido y dentro de su partido, y petrificado por diez años de vida feroz y ambigua en el Lager, el compañero y el confidente de mi primera noche de libertad.



Durante todo el día habíamos tenido demasiado que hacer para tener tiempo de comentar el acontecimiento que, sin embargo, sentíamos marcaba el punto crucial de toda nuestra vida; y tal vez inconscientemente lo habíamos buscado, el quehacer, precisamente con el fin de no tener tiempo, porque frente a la libertad nos sentíamos desvanecidos, vacíos, atrofiados, incapaces de desempeñar nuestro papel.

Pero llegó la noche, los compañeros enfermos se durmieron, también Charles y Arthur se quedaron dormidos con el sueño de la inocencia, porque estaban en el Lager hacía solamente un mes y todavía no habían absorbido todo su veneno: solo yo, aunque agotado, no podía dormirme, por el mismo cansancio y por la enfermedad. Tenía doloridos todos los miembros, la sangre me golpeaba convulsamente en la cabeza, y me sentía invadido por la fiebre. Pero no era eso sólo: como si hubiese caído un dique, precisamente en aquel momento en que todas las amenazas parecían desaparecer, en que la esperanza de un retorno a la vida dejaba de ser una locura, me sentía vencido por un dolor nuevo y más vasto, antes sepultado y relegado fuera de los límites de la conciencia por otros dolores más urgentes: era el dolor del exilio, de la casa lejana, de la soledad, de los amigos perdidos, de la juventud perdida, y de la multitud de cadáveres que había a mi alrededor.

Durante el año que había estado en Buna había visto desaparecer a las cuatro quintas partes de mis compañeros, pero no había sentido nunca la presencia concreta, el asedio de la muerte, su hálito sórdido a un paso, al otro lado de la ventana, en la litera de al lado, en mis propias venas. Yacía, así, en un duermevela enfermo y lleno de pensamientos funestos.

Pero pronto me di cuenta de que alguien más velaba. A la respiración pesada de los durmientes se sobreponía a ratos una inhalación ronca e irregular, interrumpida por golpes de tos y por gemidos y suspiros sofocados. Thylle lloraba, con fatigoso y desvergonzado llanto de viejo, insoportable como la desnudez senil. Tal vez se dio cuenta, en la oscuridad, de algún movimiento mío; y la soledad que hasta aquel día ambos, por diversos motivos, habíamos buscado, debía de pesarle tanto como a mí, porque en mitad de la noche me preguntó: «¿Estás despierto?», y sin esperar respuesta se encaramó con gran trabajo hasta mi litera, y se sentó autoritario junto a mí. No era fácil entenderse con él; no sólo por motivos de idioma sino también porque los pensamientos que teníamos en el pecho durante aquella larga noche eran desmesurados, maravillosos y terribles, pero sobre todo confusos. Le dije que sentía nostalgia; y él, que había dejado de llorar, «¡diez años!», me dijo, «¡diez años!»: y después de diez años de silencio, con un hilo de voz estridente, grotesco y solemne a un tiempo, se puso a cantar la Internacional dejándome turbado, desconfiado y conmovido.



La mañana nos trajo las primeras señales de libertad. Llegaron (evidentemente mandados por los rusos) una veintena de civiles polacos, hombres y mujeres, que con escasísimo entusiasmo empezaron a moverse para poner orden y limpieza entre los barracones y llevarse los cadáveres. Hacia mediodía llegó un niño asustado que arrastraba una vaca por el cabezal: nos dio a entender que era para nosotros y que nos la mandaban los rusos, luego abandonó el animal y salió huyendo como quien lleva el diablo. Imposible decir cómo el pobre animal fue muerto en pocos minutos, vaciadas sus entrañas, descuartizado, y cómo sus despojos se esparcieron por todos los rincones del campo donde anidaban los supervivientes.

A partir del día siguiente vimos dar vueltas por el campo a más muchachas polacas, pálidas de compasión y de asco: limpiaban a los enfermos y les curaban las heridas lo mejor que podían. También encendieron una hoguera enorme en medio del campo, que alimentaban con los pedazos de los barracones derrumbados, y sobre la que hacían una sopa en recipientes improvisados. Por fin, al tercer día se vio entrar en el campo una carreta de cuatro ruedas guiada festivamente por Yankel, un Häftling: era un joven judío ruso, puede que el único ruso entre los supervivientes y, como tal, se había encontrado naturalmente revestido de la función de intérprete y de oficial de enlace con los mandos soviéticos. Entre sonoros trallazos anunció que estaba encargado de llevar al Lager central de Auschwitz —transformado en un hospital gigante— a todos los que quedábamos vivos, en grupos pequeños de treinta o cuarenta al día, empezando por los enfermos más graves.

Mientras tanto había empezado el deshielo que temíamos hacía tantos días y a medida que la nieve iba desapareciendo el campo se convertía en una sucia ciénaga. Los cadáveres y las inmundicias hacían irrespirable el aire nebuloso y blando. Y la muerte no había dejado de atacar: morían a decenas los enfermos en sus literas frías, y morían acá y allá, por las carreteras fangosas, como fulminados, los supervivientes más ávidos que, siguiendo ciegamente los impulsos imperiosos de nuestra antigua hambre, se habían atracado con las raciones de carne que los rusos, que seguían enzarzados en combate en frentes no lejanos, nos hacían llegar al campo irregularmente: unas veces poco, otras nada, otras en una abundancia disparatada.

Pero de todo cuanto ocurría a mi alrededor yo no me daba cuenta más que de manera intermitente y confusa. Parecía que el cansancio y la enfermedad como bestias feroces y viles, hubiesen estado en acecho al momento en que me despojaba de toda defensa para echárseme encima. Yacía en un torpor febril, consciente sólo a medias, fraternalmente asistido por Charles, atormentado por la sed y por agudos dolores en las articulaciones. No había médicos ni medicinas. Me dolía también la garganta y tenía media cara hinchada: la piel se me había puesto roja y rugosa, y me ardía como si me hubiese quemado; tal vez sufría de muchas enfermedades a la vez. Cuando me llegó la hora de subir a la carreta de Yankel ya no podía tenerme en pie.

Me alzaron al carro Charles y Arthur, junto con una carga de moribundos de los que no me sentía muy distinto. Lloviznaba, y el cielo estaba bajo y oscuro. Mientras el lento paso de los caballos de Yankel me arrastraba hacia la lejanísima libertad, desfilaron por última vez ante mis ojos los barracones donde había sufrido y había madurado, la plaza de la Lista en la que se erguían ahora, una cosa al lado de la otra, la horca y un gigantesco árbol de Navidad, y la puerta de la esclavitud sobre la que, ya inútiles, se leían aún las tres palabras sarcásticas: «Arbeit Macht Frei», «El trabajo nos hace libres».

Primo Levi
"La Tregua" - Capítulo I "El deshielo"




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