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1269. La primera clase en el nuevo Pabellón de Filosofía y Letras de la Ciudad Universitaria.





El domingo 15 de enero de 1933, Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República, inauguraba una parte del primer edificio de la Ciudad Universitaria de Madrid: la moderna Facultad de Filosofía y Letras, con la asistencia de Manuel Azaña; los ministros Fernando de los Ríos, Indalecio Prieto, Luis de Zulueta y Claudio Sánchez Albornoz; y el decano de la Facultad, Manuel García Morente.

Los estudiantes no estaban obligados a asistir a clase y podían elegir libremente sus asignaturas. Entre los profesores que allí impartieron clase se encuentran los mejores intelectuales de la Edad de Plata: José Ortega y Gasset, Xavier Zubiri, María Zambrano, Julián Besteiro, Manuel García Morente, Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Tomás Navarro, Rafael Lapesa, Pedro Salinas, Miguel Asín, Elías Tormo, Jorge Guillén, Claudio Sánchez-Albornoz, Manuel Gómez-Moreno, Agustín Millares Carlo, María de Maeztu, Hugo Obermaier y tantos otros. 

Fue la única Facultad que llegó a trasladarse antes de la Guerra española, convirtiéndose durante la contienda en cuartel de la XII Brigada Internacional, sufrió considerables daños y los libros de su valiosa biblioteca, la que dirigiera Juana Capdevielle, fueron usados para construir barricadas. 



*



Ha nevado en la noche.

La mañana ha aparecido lisa y clara, ribeteada de blanco. Poca gente sobre la nieve todavía, en esta ancha y vacía Plaza de la Moncloa: algún bracero, alguna devota... Hay, olvidado en el cielo, un fantasma de Luna, y el Sol, teñido de rosa, comienza a resbalar por los aleros.

Hay que madrugar, ¡ahora sí que hay que madrugar!, para acudir a la Universidad. Tanto, casi, como para una partida de sport. Y eso parece esta mocedad que se agrupa y vocea junto al primer autobús, reclamando su puesto: una alegre partida de esquiadores.

La Sierra azul, con un festón de nieves blancas, se dibuja apenas en un horizonte lavado de nubes. ¿Es que vamos allí? La gran parada de los autobuses, rojos, azules, amarillos, blancos, recoge el bando de muchachos en el borde de los paseos. Y ellos, los estudiantes, los asaltan, gritando en el regocijo del primer asombro:

—¡Oye tú, un autobús de dos pisos!

—¡A ver si os caéis, vosotros, que sois de pueblo!

Otros prefieren formar, para la marcha a pie, pequeñas caravanas.

—¡Un kilómetro y medio, total...!

Y lucen sus chaquetas de sport, sus sweatersde colores, ellas, sus medias noruegas, dobladas sobre el recio calzado suizo.

El pabellón, cuadrado y rojo, hace brillar sus cien ventanas como cien ojos que vigilan esta primera entrada en las clases nuevas. Al lado, otros cuerpos del edificio, en construcción todavía, tienen colgados los andamios y dejan circular el aire frío en los calados cúbicos de su esqueleto de cemento.

—¿Se dará clase?

—¿Han cambiado las horas?

—¿Traéis los cuadernos?

Se ríe, se saluda con grandes efusiones, como en un largo viaje; se consulta, ansiosamente, las carteras.

—¡El latín! ¡Me dejé en casa el ejercicio de latín!

Muy pocos conocen el edificio nuevo. Los otros miran por las ventanillas, esmeriladas de frío, señalando pabellones en construcción.

—¿Es este?

—¿Es aquel?

—¿Todavía más lejos?

No decimos que haya idilios que se reanuden en esta vuelta de las vacaciones. En la nueva mocedad universitaria, son pocos los idilios. Mucha camaradería, mucha amistad... No sé cuál de esos pensadores, fáciles de consultar porque sus máximas están en las hojas de todos los calendarios, ha dicho que la amistad excluye el amor.

—¡Anda éste, qué jersey más elegante!

—¡Con que te has dejado bigote! Oye, ¿te abriga?

Una parada. La rampa, el pabellón. Se vacían los autobuses como por encanto, a un viento de curiosidad, y los pasillos se llenan de voces.

—¡Oye tú, qué alegre!

—¡Oye tú, qué bonito!

Luego viene la inquietud de encontrar las clases en aquel laberinto de galerías, brillantes de color y de luz.

—¿Es la ocho?

—Es la once.

Se consulta en los planos colocados en las carteleras –¡oh, todo tan moderno!– y al entrar en las aulas, al olor fresco de la pintura nueva, de la madera nueva, al brillo de estos cristales, de estos barnices, de estos niquelados impecables, alguien exclama –él sabrá por qué–:

—¡Lo difícil que va a ser aprobar aquí...!

Dicen que luego, cuando esté instalado el comedor, habrá un té estudiantil cada quince o veinte días, y acaso, acaso... baile.

—¡Que rabien los que ya han terminado la carrera!

La nueva vida del nuevo estudiante español empieza hoy, con este pabellón, todo ventanas al sol, todo terrazas abiertas a la Sierra, todo luz cordial que choca y se fragmenta en espejos policromos de azulejería.

La vieja vida, que pronto pasará para no volver, queda encerrada en el caserón triste, en las galerías yertas, en los claustros grises, en aquel jardín muerto de frío y sombra de la vieja Universidad.


Matilde Muñoz





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